La historia de América comenzó mucho antes de la aparición de las grandes civilizaciones que hoy asociamos con su pasado precolombino. Miles de años antes de que los mayas levantaran sus ciudades, los mexicas construyeran Tenochtitlan o los incas extendieran su dominio por los Andes, numerosas comunidades humanas habían recorrido, explorado y habitado un continente de dimensiones extraordinarias. Desde las regiones heladas del extremo norte hasta los territorios australes de Sudamérica, aquellos primeros pobladores tuvieron que adaptarse a paisajes muy diferentes, aprovechar recursos desconocidos y desarrollar formas de vida que, con el paso de las generaciones, dieron origen a una notable diversidad cultural. La prehistoria americana comprende ese prolongado proceso de ocupación, adaptación y transformación de las sociedades humanas, cuyo estudio resulta indispensable para comprender los fundamentos históricos de los pueblos indígenas del continente.
Una de las grandes preguntas de la arqueología americana es cuándo y cómo llegaron los primeros seres humanos. La explicación mejor respaldada por las investigaciones arqueológicas y genéticas sitúa el origen principal de las poblaciones fundadoras en el nordeste de Asia, desde donde diferentes grupos humanos alcanzaron América durante el Pleistoceno tardío, en el contexto de las últimas glaciaciones. En aquellos tiempos, enormes cantidades de agua permanecían acumuladas en los grandes mantos de hielo, provocando un descenso considerable del nivel de los océanos. Como consecuencia, amplias superficies actualmente sumergidas quedaron al descubierto, entre ellas Beringia, una extensa región que conectaba Siberia con Alaska a través de lo que hoy conocemos como estrecho de Bering. No se trataba simplemente de un paso estrecho entre dos continentes, sino de un territorio de gran amplitud, con ecosistemas propios y recursos aprovechables por las poblaciones humanas y animales. Su existencia proporcionó una conexión geográfica fundamental para comprender el poblamiento americano.
Sin embargo, establecer el momento preciso de aquellas migraciones continúa siendo uno de los principales desafíos científicos. Durante buena parte del siglo XX predominó la interpretación de que los primeros habitantes del continente habían llegado hace aproximadamente 13.000 años, asociados a la denominada cultura Clovis, reconocible por sus características herramientas de piedra. El descubrimiento y la investigación de yacimientos anteriores obligaron a revisar progresivamente aquella cronología. Actualmente existen evidencias sólidas de presencia humana anteriores a Clovis, mientras que otros hallazgos sugieren ocupaciones considerablemente más antiguas. Entre los más relevantes destacan las huellas humanas descubiertas en White Sands, Nuevo México, cuyas dataciones, situadas aproximadamente entre 21.000 y 23.000 años de antigüedad, han recibido el respaldo de diferentes métodos científicos independientes. Estos descubrimientos han ampliado las posibilidades cronológicas del poblamiento, aunque todavía permanecen abiertas numerosas cuestiones sobre sus primeras fases, la continuidad de las ocupaciones y la relación entre los distintos grupos humanos.
También se debate cuáles fueron las principales rutas utilizadas para penetrar y extenderse por el continente. Una hipótesis tradicional plantea que los grupos procedentes de Beringia avanzaron hacia el sur por un corredor interior que se abrió entre grandes masas de hielo en América del Norte. Otra posibilidad, que ha adquirido considerable importancia en las investigaciones recientes, propone desplazamientos siguiendo la costa del Pacífico, aprovechando sus recursos marinos y los territorios costeros disponibles. Ambas explicaciones deben entenderse dentro de un proceso potencialmente prolongado, condicionado por las transformaciones ambientales y posiblemente desarrollado mediante distintas fases migratorias. La desaparición bajo el mar de antiguas zonas litorales dificulta especialmente la recuperación de pruebas arqueológicas. Por ello, reconstruir estas rutas exige relacionar los restos materiales con la geología, la evolución del clima y los estudios genéticos de poblaciones antiguas y actuales.
Una vez establecidos en América, los seres humanos protagonizaron un proceso de expansión por territorios extraordinariamente variados. Encontraron tundras, bosques, praderas, cordilleras, desiertos, grandes ríos y regiones tropicales, cada uno con posibilidades y dificultades particulares. Durante el final del Pleistoceno convivieron con numerosas especies de grandes mamíferos, entre ellas mamuts, mastodontes, bisontes antiguos y otros representantes de la megafauna americana. Sus estrategias de subsistencia combinaron, en proporciones variables, la caza, la pesca, la recolección de plantas y el aprovechamiento de recursos disponibles en cada entorno. La fabricación de instrumentos de piedra, el conocimiento del territorio, la movilidad estacional y la cooperación dentro de las comunidades fueron elementos esenciales para desenvolverse en aquellos paisajes. Lejos de constituir una población culturalmente uniforme, los primeros habitantes americanos desarrollaron tradiciones tecnológicas y formas de organización diversas, cuya evolución estuvo estrechamente relacionada con las condiciones ecológicas y las experiencias acumuladas durante generaciones.
El estudio de estas sociedades tampoco puede limitarse a la búsqueda de las fechas más antiguas o de las primeras herramientas conocidas. La arqueología permite investigar los campamentos, las técnicas de fabricación, el aprovechamiento de los animales y las transformaciones de los asentamientos; la genética contribuye a reconstruir relaciones entre poblaciones y movimientos migratorios; y las ciencias ambientales ayudan a comprender los paisajes desaparecidos. Todas estas disciplinas ofrecen información complementaria, aunque sus resultados deben interpretarse con prudencia. La escasez de restos conservados, las dificultades de datación y la enorme extensión geográfica del continente impiden establecer una historia única y completamente reconstruida. Además, la prehistoria americana no debe contemplarse como una simple reproducción de las etapas tradicionalmente utilizadas para estudiar Europa, porque sus sociedades siguieron trayectorias propias, con ritmos y transformaciones diferentes.
Esta primera entrega, titulada «América prehistórica I: Poblamiento, cazadores y primeros pueblos», se dedicará fundamentalmente a los orígenes de la presencia humana en el continente, las principales hipótesis migratorias, las evidencias arqueológicas tempranas y las formas de vida de las poblaciones cazadoras-recolectoras. También abordará su relación con los ambientes naturales, las grandes especies animales del Pleistoceno, las primeras tradiciones culturales identificadas por la arqueología y los cambios que acompañaron el final de la última glaciación. El propósito será ofrecer una visión general, comprensible y científicamente fundamentada de una etapa decisiva, sin presentar como certezas absolutas aquellas cuestiones que todavía siguen siendo objeto de investigación.
El recorrido tendrá continuidad en una segunda entrega, «América prehistórica II: Agricultura, aldeas y sociedades complejas», centrada en las transformaciones que, durante el Holoceno, favorecieron en distintas regiones la domesticación de plantas, el desarrollo de la agricultura, la formación de aldeas y la aparición de sociedades progresivamente más complejas. Se estudiarán los principales focos culturales americanos, desde Mesoamérica y los Andes hasta América del Norte, la Amazonia, el Caribe y otras regiones sudamericanas, prestando atención a sus diferencias y relaciones. Ambas publicaciones constituyen una introducción conjunta a la prehistoria del continente, concebida desde una perspectiva amplia que no se limita a los antecedentes de las civilizaciones más conocidas. Los mayas, los mexicas, los incas y muchas otras culturas merecen estudios específicos, pero su historia forma parte de un proceso mucho más extenso, desarrollado durante milenios y protagonizado por innumerables comunidades. Comprender ese largo pasado permite reconocer la profundidad histórica, la capacidad de adaptación y la diversidad de experiencias humanas que caracterizaron a América mucho antes de la llegada de los europeos.
-Potter, Ben A., et al. (2018). «Current evidence allows multiple models for the peopling of the Americas». Science Advances, 4(8), eaat5473.
-Pigati, Jeffrey S., et al. (2023). «Independent age estimates resolve the controversy of ancient human footprints at White Sands». Science, 382(6666), 73–75.
1. Introducción: la prehistoria del continente americano
- 1.1. Qué entendemos por prehistoria en América
- 1.2. Diferencias respecto a la prehistoria del Viejo Mundo
- 1.3. Arqueología, genética y paleoantropología como fuentes
- 1.4. Los problemas de establecer una cronología continental única
2. América antes de la llegada humana
- 2.1. El continente durante el Pleistoceno
- 2.2. Las grandes glaciaciones
- 2.3. Cambios en el nivel del mar y transformación del territorio
- 2.4. La megafauna americana
3. El poblamiento de América
- 3.1. El origen asiático de las primeras poblaciones
- 3.2. Beringia durante la última glaciación
- 3.3. Cuándo comenzó el poblamiento
- 3.4. Un proceso desarrollado probablemente en diferentes fases
4. Las rutas de entrada al continente
- 4.1. La ruta interior a través de América del Norte
- 4.2. La ruta costera del Pacífico
- 4.3. Otras hipótesis sobre las primeras migraciones
- 4.4. Evidencias arqueológicas y genéticas
5. Las primeras evidencias humanas
- 5.1. El antiguo modelo de «Clovis primero»
- 5.2. Los yacimientos anteriores a Clovis
- 5.3. Monte Verde y la ocupación temprana de América del Sur
- 5.4. Dataciones controvertidas y debates actuales
6. La expansión por el continente
- 6.1. La ocupación de América del Norte
- 6.2. El avance hacia América Central
- 6.3. La llegada a América del Sur
- 6.4. Rapidez y diversidad del proceso de expansión
7. Adaptarse a un continente diverso
- 7.1. Tundras y regiones frías
- 7.2. Bosques y grandes llanuras
- 7.3. Montañas y altiplanos
- 7.4. Costas, ríos y ambientes tropicales
8. Los primeros cazadores-recolectores
- 8.1. Formas de subsistencia
- 8.2. Movilidad y campamentos
- 8.3. Tecnología lítica
- 8.4. Puntas de proyectil y otras herramientas
- 8.5. Organización de los grupos humanos
9. Las culturas paleoindias
- 9.1. La cultura Clovis
- 9.2. La cultura Folsom
- 9.3. Otros complejos arqueológicos tempranos
- 9.4. La creciente diversidad regional
10. Humanos y megafauna
- 10.1. Mamuts y mastodontes
- 10.2. Otros grandes mamíferos americanos
- 10.3. Caza y aprovechamiento de animales
- 10.4. El cambio climático al final del Pleistoceno
- 10.5. El debate sobre la extinción de la megafauna
11. El final del mundo paleoindio
- 11.1. Transformaciones ambientales
- 11.2. Nuevas estrategias de subsistencia
- 11.3. Diversificación cultural
- 11.4. La transición hacia el periodo Arcaico
12. Conclusión
- 12.1. América como escenario de una extraordinaria adaptación humana
- 12.2. Un poblamiento complejo todavía objeto de investigación
- 12.3. El comienzo de la diversidad cultural americana
- 1.1. Qué entendemos por prehistoria en América
- 1.2. Diferencias respecto a la prehistoria del Viejo Mundo
- 1.3. Arqueología, genética y paleoantropología como fuentes
- 1.4. Los problemas de establecer una cronología continental única
El estudio de la prehistoria americana permite conocer las primeras etapas de la presencia humana en un continente caracterizado por su enorme extensión geográfica y diversidad ambiental. A diferencia de otros territorios donde la evolución de las sociedades humanas puede rastrearse durante periodos mucho más prolongados, América fue poblada por grupos de Homo sapiens cuyos antepasados procedían principalmente del nordeste de Asia. Desde aquellas primeras ocupaciones hasta el desarrollo de tradiciones culturales cada vez más diferenciadas transcurrieron miles de años de adaptación, desplazamientos y transformaciones. Reconstruir este pasado exige comprender tanto las particularidades del continente como las dificultades que plantea el estudio de sociedades que, en su mayoría, no dejaron testimonios escritos.
El concepto de prehistoria, sin embargo, requiere ciertas precisiones cuando se aplica al continente americano. Las divisiones cronológicas tradicionalmente utilizadas para estudiar Europa y otras regiones del Viejo Mundo no siempre resultan adecuadas para describir los procesos americanos, donde la evolución de las tecnologías, las formas de subsistencia y la organización social siguió ritmos muy distintos. Tampoco existe una fecha única que permita establecer el final de la prehistoria en todo el continente, especialmente si consideramos la diversidad de sistemas de registro, las tradiciones históricas indígenas y las profundas diferencias entre regiones. Por ello, resulta necesario adoptar una perspectiva flexible, capaz de reconocer las características propias de cada sociedad sin imponer modelos generales que simplifiquen su desarrollo.
Esta aproximación depende de la colaboración entre diferentes disciplinas científicas. La arqueología estudia los restos materiales de las comunidades antiguas; la genética permite investigar relaciones entre poblaciones y movimientos humanos; y la paleoantropología, junto con las ciencias ambientales, contribuye a reconstruir los contextos biológicos y naturales de aquellas ocupaciones. La interpretación conjunta de estas evidencias ha transformado considerablemente nuestros conocimientos, aunque todavía subsisten problemas de datación, conservación y comparación entre regiones. Los primeros apartados de esta entrada establecerán, por tanto, las bases conceptuales y metodológicas necesarias para comprender la prehistoria americana, sus particularidades respecto a otros continentes y las razones por las que su cronología continúa siendo objeto de investigación.
1.1. Qué entendemos por prehistoria en América
La prehistoria americana comprende el conjunto de procesos humanos y culturales desarrollados en el continente antes de la aparición de las fuentes escritas que permiten reconstruir determinados acontecimientos históricos. En su sentido tradicional, el término «prehistoria» designa las etapas de la humanidad anteriores al uso de la escritura, conocidas principalmente a través de los restos materiales conservados. Sin embargo, su aplicación a América exige ciertas precisiones, porque las sociedades indígenas desarrollaron formas muy diversas de transmitir conocimientos, conservar la memoria colectiva y registrar acontecimientos. Algunas culturas mesoamericanas crearon sistemas de escritura, mientras que otras utilizaron tradiciones orales, representaciones visuales, objetos simbólicos o sistemas de registro que no equivalían necesariamente a la escritura alfabética. Por ello, hablar de prehistoria americana resulta útil como convención arqueológica, siempre que no se interprete como una etapa carente de historia, pensamiento o conocimientos organizados.
El comienzo de esta prolongada etapa se sitúa en las primeras ocupaciones humanas del continente, cuya antigüedad exacta continúa siendo investigada. América fue poblada por grupos de Homo sapiens cuyos antepasados procedían principalmente de poblaciones asiáticas, aunque todavía existen interrogantes sobre las fechas, los desplazamientos y las circunstancias de aquellas migraciones. Desde sus primeras presencias documentadas, estos grupos desarrollaron distintas estrategias para aprovechar los recursos naturales, fabricar instrumentos, organizar sus desplazamientos y establecer relaciones sociales. Sus actividades dejaron huellas arqueológicas que permiten estudiar aspectos fundamentales de su existencia: herramientas de piedra, restos de hogares, campamentos, enterramientos y otros testimonios materiales. La conservación de estas evidencias es desigual, de manera que conocemos mejor determinadas regiones y periodos que otros. Esta circunstancia obliga a considerar la prehistoria como una reconstrucción científica progresiva, sometida a nuevas interpretaciones conforme aparecen descubrimientos y mejoran los métodos de investigación.
Una de las principales dificultades consiste en determinar hasta dónde se extiende cronológicamente la prehistoria americana. En determinadas regiones de Mesoamérica surgieron sistemas de escritura durante el primer milenio antes de nuestra era, aunque su utilización y conservación fueron desiguales. En otras áreas existieron sociedades agrícolas, centros ceremoniales, estructuras políticas complejas y extensas redes comerciales sin que se desarrollaran sistemas de escritura comparables. Los Andes constituyen un ejemplo especialmente significativo, pues sus sociedades elaboraron formas propias de organización y registro, entre ellas los quipus, cuya interpretación continúa siendo objeto de investigación. La existencia de estas diferencias impide establecer una fecha común que señale el final de la prehistoria en todo el continente. Tampoco sería correcto considerar la llegada de los europeos, iniciada a finales del siglo XV, como el momento en que los pueblos americanos comenzaron a tener historia. Sus trayectorias históricas existían desde muchos milenios antes, independientemente de que hayan quedado documentadas mediante textos escritos.
En el ámbito arqueológico, la prehistoria americana suele organizarse mediante periodizaciones que facilitan el estudio de los cambios culturales. En América del Norte se utilizan frecuentemente denominaciones como Paleoindio y Arcaico, relacionadas con las primeras ocupaciones humanas y con posteriores transformaciones en las estrategias de subsistencia. En Mesoamérica aparecen conceptos como Arcaico, Formativo o Preclásico, mientras que en los Andes se emplean divisiones adaptadas a sus propias secuencias culturales, como los periodos Precerámicos y los distintos Horizontes e Intermedios. Estas clasificaciones no representan etapas universales que todas las poblaciones atravesaran de manera simultánea. Son herramientas de investigación construidas a partir de los testimonios disponibles, cuya utilidad depende de las características históricas de cada región. Una comunidad podía desarrollar una agricultura intensiva mientras otra mantenía una economía basada principalmente en la caza, la pesca o la recolección, sin que ello implicara necesariamente una diferencia de capacidad intelectual o una posición inferior en una supuesta escala de progreso humano.
También resulta fundamental distinguir entre las sociedades prehistóricas y las grandes civilizaciones precolombinas, aunque ambas formen parte de una misma continuidad histórica. Los primeros grupos de cazadores-recolectores, las comunidades que comenzaron a domesticar plantas, los asentamientos permanentes y las sociedades con arquitectura monumental constituyen expresiones diferentes de una evolución cultural extraordinariamente diversa. Algunas transformaciones favorecieron el crecimiento de poblaciones, la especialización de actividades y la aparición de nuevas formas de autoridad, pero no se produjeron de manera uniforme ni siguieron una secuencia inevitable. Numerosos pueblos conservaron durante milenios modos de vida móviles o economías mixtas que respondían eficazmente a sus necesidades y condiciones ambientales. La agricultura y las ciudades fueron alternativas históricas desarrolladas en determinados contextos, no metas obligatorias hacia las que todas las sociedades debieran avanzar.
Existe, además, una cuestión importante relacionada con la manera de interpretar este pasado. Durante mucho tiempo, la historia americana anterior a la colonización europea fue estudiada principalmente desde perspectivas externas, que concedían mayor importancia a las sociedades con monumentos, ciudades o documentos escritos. La investigación contemporánea ha contribuido a ampliar esta visión, incorporando el estudio de comunidades menos conocidas y reconociendo el valor de las tradiciones históricas indígenas. La arqueología proporciona evidencias materiales indispensables, pero las memorias orales, los conocimientos tradicionales y las interpretaciones de los propios pueblos también pueden aportar perspectivas relevantes, siempre que se distingan adecuadamente sus características y los procedimientos utilizados para contrastar las distintas fuentes. Reconocer esta diversidad documental permite evitar que la ausencia de escritura se confunda con una ausencia de memoria histórica.
En consecuencia, entender la prehistoria americana supone estudiar las formas de vida, las transformaciones y las experiencias de las poblaciones que habitaron el continente durante un periodo extraordinariamente prolongado, sin reducir su historia a una única secuencia evolutiva. El término conserva su utilidad para organizar determinados campos de investigación, pero necesita utilizarse con flexibilidad y conciencia de sus limitaciones. La diversidad regional, la existencia de tradiciones culturales independientes y las distintas formas de conservar el conocimiento obligan a considerar América como un espacio de múltiples trayectorias históricas. Esta perspectiva proporciona una base adecuada para comprender sus primeras sociedades y estudiar posteriormente las particularidades que distinguen su prehistoria de la desarrollada en otras regiones del mundo.
-Renfrew, Colin, y Bahn, Paul (eds.) (2014). The Cambridge World Prehistory. Cambridge University Press. Especialmente el volumen dedicado a América y sus capítulos sobre los periodos paleoindio, arcaico y formativo.
-Begun, Erica, y Brashler, Janet (2015). «The Americas». En Craig Benjamin (ed.), The Cambridge World History, volumen 4: A World with States, Empires and Networks, 1200 BCE–900 CE, pp. 537–571. Cambridge University Press.
-National Museum of the American Indian, Smithsonian Institution. «Essential Understandings», Native Knowledge 360°. Recurso institucional sobre la diversidad histórica, cultural y documental de los pueblos indígenas americanos.
Quiet Waters — Tule River Reservation (Aguas quietas — Reserva de Tule River). Fotografía histórica de un hombre indígena en un paisaje fluvial del oeste de Norteamérica. La imagen, tomada por Edward S. Curtis en 1924, transmite una poderosa sensación de silencio, aislamiento y vínculo con el medio natural, y funciona muy bien como evocación visual de los primeros mundos humanos del continente americano.
Esta fotografía muestra a una figura indígena de pie sobre una roca, en medio de un curso de agua rodeado por un paisaje montañoso y boscoso. Su fuerza visual no reside únicamente en el personaje retratado, sino también en la atmósfera del conjunto: el río, la niebla, la inmovilidad del agua y la profundidad del valle construyen una escena de gran intensidad poética. Aunque no representa de forma directa la prehistoria americana, sí ofrece una imagen sugerente de la relación entre los pueblos indígenas y los grandes espacios naturales del continente, y puede funcionar como apoyo visual en los prolegómenos de la entrada, donde todavía nos movemos en un plano amplio e introductorio. La fotografía fue publicada con el título Quiet waters — Tule River Reservation, dentro de la gran obra de Edward S. Curtis The North American Indian, en el volumen suplementario 14, lámina 506. Edward S. Curtis, Quiet waters — Tule River Reservation, 1924. Publicada en The North American Indian, suplemento, vol. 14, lám. 506. Se conserva en las colecciones de fotografía histórica asociadas a Edward S. Curtis; la ficha archivística del Smithsonian identifica la pieza como NAA.2010-28, Item 3959, y la describe como una fotografía de un hombre miwok o yokut sobre una roca en el río. Restauración digital en blanco y negro realizada para informacionmanu.es a partir de la fotografía histórica original.
1.2. Diferencias respecto a la prehistoria del Viejo Mundo
La prehistoria americana presenta características particulares que la distinguen de los procesos desarrollados en Europa, África y Asia, regiones tradicionalmente agrupadas bajo la denominación de Viejo Mundo. La primera gran diferencia se encuentra en la profundidad cronológica de la ocupación humana. África constituye el escenario donde surgieron los primeros representantes del género Homo y donde evolucionó nuestra especie, mientras que Eurasia conserva testimonios de una presencia humana que se remonta a centenares de miles e incluso millones de años. América, en cambio, fue poblada mucho más recientemente por grupos de Homo sapiens que alcanzaron el continente durante el Pleistoceno tardío. Esto significa que su registro arqueológico no incluye las largas secuencias de evolución de distintas especies humanas documentadas en África y Eurasia. El continente americano ofrece, fundamentalmente, la historia de poblaciones humanas modernas que llegaron con conocimientos, capacidades técnicas y formas de organización previamente desarrolladas, y que posteriormente generaron sus propias tradiciones culturales.
Esta diferencia inicial tiene consecuencias importantes para la organización de los periodos prehistóricos. En Europa es habitual distinguir entre Paleolítico, Mesolítico, Neolítico y Edad de los Metales, denominaciones construidas a partir de transformaciones tecnológicas, económicas y sociales identificadas especialmente en el registro arqueológico europeo. Aunque estas categorías también se han utilizado en otras regiones, su aplicación universal puede resultar problemática. En América suelen emplearse periodizaciones como Paleoindio, Arcaico y Formativo, junto con otras clasificaciones regionales que responden mejor a la evolución de sus sociedades. Las diferencias no son exclusivamente terminológicas: un mismo periodo cronológico podía presentar características culturales muy distintas según el territorio estudiado. Mientras algunas comunidades mantenían economías cazadoras-recolectoras, otras comenzaban a practicar la horticultura o desarrollaban asentamientos relativamente estables. Por ello, trasladar directamente los esquemas europeos a América puede producir interpretaciones equivocadas sobre el ritmo y el significado de sus transformaciones históricas.
Otra particularidad fundamental se relaciona con el desarrollo de la agricultura y la domesticación de animales. En diferentes regiones del Viejo Mundo, especialmente en el Próximo Oriente, China y algunas zonas africanas, surgieron centros de domesticación que dieron origen a sistemas agrícolas basados en especies como el trigo, la cebada, el arroz o el mijo, acompañados en determinados contextos por la cría de ganado. En América también aparecieron procesos independientes de domesticación, pero con especies vegetales y animales diferentes. El maíz, las calabazas, los frijoles, la patata y la mandioca se encuentran entre los cultivos que adquirieron una importancia extraordinaria en distintas sociedades americanas. Por su parte, la domesticación animal siguió una trayectoria particular, con especies como el perro, los camélidos andinos o el pavo, sin disponer de equivalentes generalizados a los grandes rebaños de bovinos, ovinos y caprinos de Eurasia. Estas diferencias influyeron en la alimentación, las actividades productivas, el transporte y las relaciones entre las comunidades y sus entornos, aunque no determinaron por sí solas el grado de complejidad de cada sociedad.
El desarrollo tecnológico ofrece igualmente contrastes relevantes, pero exige evitar comparaciones simplistas. En amplias regiones de Eurasia, la metalurgia del cobre, el bronce y posteriormente el hierro adquirió una importancia creciente para fabricar herramientas, armas y numerosos objetos. En América, la evolución de estas técnicas fue diferente: algunas sociedades andinas desarrollaron tradiciones metalúrgicas importantes, mientras que en otras regiones continuaron predominando los instrumentos de piedra, hueso, madera y materiales vegetales. La ausencia de una Edad del Hierro comparable a la euroasiática no impidió la construcción de grandes centros ceremoniales, complejos sistemas agrícolas o extensas redes de intercambio. Algo semejante ocurrió con la rueda, conocida en determinados contextos mesoamericanos mediante objetos de pequeño tamaño, pero que no llegó a convertirse en un medio habitual de transporte terrestre. La utilidad de cada innovación dependía de factores ambientales, económicos y culturales, de manera que una tecnología no puede utilizarse aisladamente para establecer una jerarquía entre civilizaciones.
Las diferencias también se manifiestan en las relaciones entre territorios y en la circulación de conocimientos. Durante milenios, numerosas sociedades de África, Europa y Asia estuvieron conectadas, directa o indirectamente, mediante movimientos de población, intercambios comerciales y transmisión de tecnologías. Estas relaciones favorecieron la difusión de cultivos, animales domésticos, técnicas metalúrgicas y numerosas prácticas culturales. América desarrolló sus principales tradiciones durante un prolongado periodo de separación respecto a esas grandes redes afroeurasiáticas, aunque sus regiones interiores nunca constituyeron compartimentos completamente aislados. Existieron importantes contactos entre comunidades americanas, circulación de materias primas, difusión de plantas cultivadas y transmisión de conocimientos a través de extensas distancias. Sin embargo, las barreras geográficas, las diferencias ambientales y la propia configuración del continente contribuyeron a establecer ritmos de interacción muy variados. En este contexto surgieron desarrollos originales que no pueden explicarse como simples reproducciones de experiencias ocurridas anteriormente en el Viejo Mundo.
La comparación adquiere especial interés cuando se examina la formación de sociedades complejas. En el Próximo Oriente, Egipto, Mesopotamia, China y otras regiones euroasiáticas aparecieron ciudades, estructuras estatales y sistemas de escritura mediante procesos históricos diferentes. América también conoció formas avanzadas de organización política y económica, arquitectura monumental, centros urbanos y elaboradas tradiciones intelectuales, especialmente en Mesoamérica y los Andes. No obstante, estas transformaciones surgieron mediante trayectorias propias y no siempre estuvieron acompañadas por las mismas innovaciones materiales. Algunas sociedades desarrollaron grandes construcciones ceremoniales sin escritura conocida, mientras que otras crearon sistemas de registro adaptados a sus necesidades administrativas y culturales. La existencia de estas diferencias demuestra que fenómenos como la urbanización, la especialización del trabajo o la centralización política podían desarrollarse mediante combinaciones diversas de recursos, conocimientos e instituciones.
En consecuencia, comparar la prehistoria americana con la del Viejo Mundo resulta útil para reconocer procesos generales de la experiencia humana, siempre que se respeten las particularidades de cada continente. En ambos espacios existieron adaptaciones ambientales, innovaciones tecnológicas, domesticación de especies, transformaciones económicas y cambios en la organización social. Sin embargo, sus cronologías, recursos disponibles y conexiones históricas fueron diferentes. La arqueología contemporánea procura superar las antiguas interpretaciones que presentaban las sociedades americanas como versiones atrasadas de las euroasiáticas. Su estudio revela, por el contrario, múltiples respuestas humanas a problemas semejantes, desarrolladas en circunstancias particulares y con resultados propios. Esta perspectiva comparativa permite comprender mejor la originalidad de la prehistoria americana sin separarla artificialmente de la historia general de la humanidad.
-Anderson, David G. (2014). «Paleoindian and Archaic Periods in North America». En Colin Renfrew y Paul Bahn (eds.), The Cambridge World Prehistory, pp. 923–942. Cambridge University Press.
-Yacobaccio, Hugo D. (2014). «The Paleoindian and Archaic of Central and South America». En Colin Renfrew y Paul Bahn (eds.), The Cambridge World Prehistory. Cambridge University Press.
-Love, Michael (2014). «The Archaic and Formative Periods of Mesoamerica». En Colin Renfrew y Paul Bahn (eds.), The Cambridge World Prehistory, pp. 955–969. Cambridge University Press.
1.3. Arqueología, genética y paleoantropología como fuentes
La reconstrucción de la prehistoria americana depende de la combinación de distintas disciplinas científicas capaces de estudiar un pasado del que apenas se conservan testimonios directos. Las primeras poblaciones del continente no dejaron documentos escritos que permitan conocer sus desplazamientos, actividades o formas de organización, pero sí numerosos vestigios materiales y biológicos cuya interpretación proporciona información sobre su existencia. La arqueología, la genética y la paleoantropología constituyen tres de las principales herramientas para investigar ese pasado. Cada una aborda cuestiones diferentes y utiliza procedimientos propios, aunque sus resultados adquieren mayor valor cuando se relacionan entre sí. Gracias a esta colaboración es posible estudiar las primeras ocupaciones humanas, reconocer vínculos entre poblaciones, analizar características biológicas y reconstruir determinados aspectos de las sociedades antiguas. No obstante, las evidencias disponibles son fragmentarias y exigen distinguir cuidadosamente entre los hechos documentados y las interpretaciones propuestas para explicarlos.
La arqueología constituye la principal fuente de conocimiento sobre las actividades y las condiciones materiales de vida de los primeros habitantes americanos. Su trabajo se basa en la localización, excavación y análisis de yacimientos donde se conservan herramientas, restos de hogares, huesos de animales, enterramientos, estructuras de habitación y otros testimonios de ocupación humana. Estos materiales permiten investigar las técnicas de fabricación, la alimentación, la movilidad y determinadas prácticas sociales. Sin embargo, un objeto aislado proporciona información limitada si se desconoce su contexto. La posición de los hallazgos, su relación con los estratos del terreno y la presencia de otros materiales resultan fundamentales para establecer su antigüedad y significado. Por ello, las excavaciones modernas documentan cuidadosamente las condiciones en que aparecen los restos, procurando conservar toda la información posible sobre su procedencia. La arqueología también utiliza métodos científicos de datación, como el radiocarbono para determinados materiales orgánicos y la luminiscencia para estudiar cuándo ciertos sedimentos estuvieron expuestos por última vez a la luz. Estas técnicas, aplicadas correctamente y contrastadas con otras evidencias, ayudan a construir secuencias cronológicas cada vez más precisas.
La genética ha transformado considerablemente el estudio del poblamiento americano al permitir investigar las relaciones biológicas entre poblaciones antiguas y actuales. El análisis del ADN puede revelar vínculos de ascendencia, procesos de diferenciación y contactos entre grupos humanos que no siempre resultan visibles mediante los objetos arqueológicos. Una de sus aportaciones más importantes procede del estudio del ADN antiguo, recuperado de restos humanos conservados en condiciones apropiadas. Su comparación con otros genomas permite reconstruir parcialmente la historia de determinadas poblaciones y reconocer conexiones entre regiones distantes. Las investigaciones genéticas han proporcionado un respaldo fundamental al origen predominantemente asiático de las poblaciones fundadoras de América y han revelado una historia demográfica más compleja de lo que sugerían algunos modelos tradicionales. Sin embargo, los resultados no deben interpretarse como una descripción completa de los desplazamientos humanos: las muestras antiguas son escasas, su conservación depende de las condiciones ambientales y las relaciones genéticas no indican necesariamente qué rutas concretas siguieron las personas. Además, compartir ascendencia biológica no significa pertenecer a una misma cultura, hablar una lengua común o mantener idénticas tradiciones.
La paleoantropología, por su parte, estudia los restos humanos antiguos para comprender sus características biológicas, su variabilidad y determinados aspectos de sus condiciones de vida. En el caso americano, donde los primeros pobladores pertenecían a nuestra especie, Homo sapiens, su contribución se centra especialmente en el análisis de esqueletos, dientes y otros restos que permiten investigar cuestiones relacionadas con la edad, la alimentación, la salud y las actividades físicas. El estudio de los huesos puede revelar enfermedades, lesiones o señales de esfuerzos repetidos, mientras que determinadas características dentales aportan información sobre hábitos alimentarios y relaciones biológicas. También se emplean análisis químicos, como los estudios de isótopos estables, que ayudan a conocer aspectos de la dieta y, en determinadas circunstancias, de la movilidad geográfica. Estas investigaciones requieren especial prudencia porque los restos conservados representan únicamente una pequeña parte de las poblaciones originales y porque muchas características biológicas pueden responder a múltiples causas. La colaboración con las comunidades indígenas resulta igualmente importante, especialmente cuando se investigan restos humanos vinculados a sus antepasados y tradiciones culturales.
Estas tres disciplinas se complementan con otras especialidades que permiten reconstruir el contexto ambiental de las ocupaciones humanas. La geología estudia la formación de los terrenos y los procesos que modificaron los paisajes; la paleoclimatología investiga las condiciones climáticas del pasado; y la paleobotánica y la zooarqueología aportan conocimientos sobre la vegetación y los animales relacionados con las actividades humanas. El análisis del polen antiguo, los sedimentos, los carbones vegetales y los restos faunísticos permite conocer ambientes desaparecidos y comprender mejor las posibilidades de subsistencia de las comunidades. Esta integración resulta especialmente útil cuando un descubrimiento plantea dificultades de interpretación. Unas huellas conservadas en sedimentos antiguos, por ejemplo, pueden demostrar una presencia humana aunque no aparezcan herramientas asociadas, pero su datación exige investigar cuidadosamente la formación y antigüedad del terreno. Del mismo modo, la presencia de huesos animales junto a instrumentos de piedra puede sugerir actividades de aprovechamiento, aunque para demostrar una intervención humana sea necesario identificar marcas de corte u otras evidencias convincentes.
La investigación interdisciplinar también permite revisar interpretaciones anteriormente aceptadas. Durante décadas, determinados modelos del poblamiento americano se construyeron principalmente a partir de la distribución de herramientas líticas y de las fechas conocidas en un número relativamente reducido de yacimientos. La incorporación de nuevas técnicas de datación, estudios genómicos y descubrimientos arqueológicos ha obligado a reconsiderar algunas de aquellas propuestas. Este proceso no significa que el conocimiento científico carezca de solidez, sino que sus explicaciones se perfeccionan cuando aparecen pruebas capaces de confirmarlas, matizarlas o cuestionarlas. Un resultado aislado, por espectacular que parezca, necesita situarse dentro de un conjunto más amplio de evidencias y someterse a comprobaciones independientes. La coincidencia entre datos arqueológicos, genéticos, antropológicos y ambientales refuerza determinadas interpretaciones, mientras que sus discrepancias pueden señalar problemas todavía pendientes de resolver.
El conocimiento de la prehistoria americana se construye, por tanto, mediante una investigación colectiva y progresiva en la que ninguna disciplina posee por sí sola todas las respuestas. Los objetos revelan actividades humanas, los restos biológicos permiten estudiar características y relaciones entre poblaciones, y las ciencias ambientales reconstruyen las condiciones en que transcurrió su existencia. La combinación de estos testimonios ofrece una visión cada vez más completa, aunque inevitablemente parcial, de las sociedades antiguas. Comprender cómo se obtienen e interpretan las pruebas resulta esencial para valorar el alcance de los descubrimientos arqueológicos y distinguir entre las conclusiones firmemente respaldadas y las hipótesis que continúan abiertas a nuevas investigaciones.
-Rasmussen, Morten, et al. (2014). «The genome of a Late Pleistocene human from a Clovis burial site in western Montana». Nature, 506, pp. 225–229. Investigación sobre el ADN antiguo y las relaciones genéticas de las primeras poblaciones americanas.
-Moreno-Mayar, J. Víctor, et al. (2018). «Early human dispersals within the Americas». Science, 362(6419), eaav2621. Estudio genómico sobre la dispersión y diversificación de las primeras poblaciones americanas.
-Pigati, Jeffrey S., et al. (2023). «Independent age estimates resolve the controversy of ancient human footprints at White Sands». Science, 382(6666), pp. 73–75. Investigación sobre la datación de huellas humanas antiguas mediante métodos independientes.
La Cueva de las Manos: huellas de la prehistoria americana. Conjunto de pinturas rupestres de la Cueva de las Manos, situada en el cañón del río Pinturas, provincia de Santa Cruz, Argentina. Las siluetas de manos, los pigmentos minerales y las representaciones figurativas constituyen un extraordinario testimonio de las expresiones culturales de las antiguas comunidades cazadoras-recolectoras de Patagonia.
La Cueva de las Manos, situada en el noroeste de la provincia argentina de Santa Cruz, constituye uno de los conjuntos de arte rupestre más importantes de América del Sur. Sus paredes conservan numerosas representaciones realizadas por comunidades humanas prehistóricas a lo largo de varios milenios. Entre ellas destacan las siluetas de manos, elaboradas principalmente mediante la aplicación de pigmentos alrededor de las manos apoyadas sobre la roca. Este procedimiento producía imágenes en negativo, cuyos contornos permanecían visibles una vez retirada la mano. Las pinturas presentan diferentes tonalidades rojizas, ocres, amarillas, blancas y oscuras, obtenidas mediante el aprovechamiento de minerales naturales.
La fotografía muestra un sector especialmente expresivo del conjunto, donde las siluetas de manos se distribuyen sobre una superficie rocosa irregular, acompañadas de otros motivos pintados. La superposición de algunas figuras indica que las paredes fueron utilizadas en momentos diferentes, formando una prolongada secuencia de expresión gráfica. Además de las manos, el yacimiento conserva representaciones de animales, especialmente guanacos, y escenas relacionadas con las actividades de caza, fundamentales para comprender determinados aspectos de la vida de las antiguas poblaciones patagónicas.
Declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1999, la Cueva de las Manos representa un testimonio excepcional de la capacidad humana para crear imágenes, transmitir experiencias y establecer relaciones culturales con el paisaje. Aunque no corresponde al momento de la llegada de los primeros pobladores de América, permite apreciar el desarrollo de tradiciones simbólicas durante la prolongada prehistoria del continente. Cueva de las Manos, Santa Cruz, Argentina. Fotografía de CarlosA.Barrio, 14 de febrero de 2009. Wikimedia Commons. (CC BY-SA 4.0). Original file (2,816 × 2,112 pixels, file size: 2.82 MB).
1.4. Los problemas de establecer una cronología continental única
Establecer una cronología general para la prehistoria americana constituye uno de los principales desafíos de la investigación arqueológica. La enorme extensión del continente, la diversidad de sus ambientes y las diferencias en la evolución de sus sociedades dificultan la construcción de una secuencia histórica válida para todas las regiones. Entre los territorios árticos de América del Norte, las llanuras centrales, Mesoamérica, los Andes y las regiones tropicales sudamericanas existieron profundas diferencias ecológicas y culturales que influyeron en los ritmos de ocupación y transformación de las comunidades humanas. Además, los testimonios arqueológicos conservados son desiguales: algunas zonas cuentan con numerosos yacimientos investigados durante décadas, mientras que otras permanecen insuficientemente exploradas. Por estas razones, las fechas utilizadas para caracterizar determinados periodos deben interpretarse como referencias aproximadas, sujetas a variaciones regionales y a posibles modificaciones derivadas de nuevos descubrimientos.
Una primera dificultad consiste en determinar el comienzo de la presencia humana en el continente. Aunque existe un amplio respaldo científico al origen principalmente asiático de las poblaciones fundadoras, la cronología exacta de las primeras ocupaciones continúa siendo investigada. Durante mucho tiempo, el modelo asociado a la cultura Clovis proporcionó una referencia cronológica relativamente uniforme, pero el reconocimiento de evidencias anteriores modificó considerablemente aquella interpretación. Actualmente se conocen yacimientos y testimonios que apuntan a una presencia humana más antigua, aunque no todos presentan el mismo grado de aceptación científica. También resulta necesario distinguir entre la llegada inicial de pequeños grupos, el establecimiento de poblaciones duraderas y su posterior expansión por grandes territorios. Estos acontecimientos pudieron desarrollarse en momentos diferentes y dejar registros arqueológicos de desigual visibilidad. La fecha del testimonio humano más antiguo conocido tampoco equivale necesariamente a la fecha de llegada de los primeros habitantes, pues siempre existe la posibilidad de que ocupaciones anteriores no hayan sido descubiertas o que sus restos hayan desaparecido.
La propia naturaleza de los métodos de datación introduce dificultades adicionales. El radiocarbono, ampliamente utilizado en arqueología, permite estimar la antigüedad de determinados materiales orgánicos, pero su aplicación depende de la conservación de las muestras y de su relación efectiva con la actividad humana estudiada. Además, las fechas radiocarbónicas deben calibrarse para transformarlas en estimaciones de años naturales, utilizando registros que permiten corregir las variaciones históricas de carbono 14 en la atmósfera. Otros procedimientos, como la luminiscencia, proporcionan información sobre la antigüedad de determinados sedimentos, aunque responden a principios físicos diferentes y presentan sus propios márgenes de incertidumbre. Un problema frecuente consiste en atribuir a una ocupación humana la edad de un material que pudo depositarse antes o después de ella. Por este motivo, la posición estratigráfica, la integridad del yacimiento y la coincidencia entre diferentes procedimientos resultan esenciales para construir cronologías fiables. Las fechas arqueológicas no deben entenderse como cifras absolutamente exactas, sino como estimaciones científicas acompañadas de un determinado grado de incertidumbre.
A estas limitaciones se añade la transformación del paisaje americano desde el final del Pleistoceno. Las glaciaciones modificaron profundamente la distribución de los ecosistemas y las posibilidades de desplazamiento humano, mientras que las variaciones del nivel del mar alteraron las líneas de costa. Amplias extensiones terrestres utilizadas potencialmente por las primeras poblaciones quedaron posteriormente sumergidas, dificultando su investigación. Otros asentamientos pudieron desaparecer como consecuencia de la erosión, los cambios fluviales, la actividad volcánica o la acumulación de sedimentos. Incluso cuando los restos permanecen conservados, su localización depende de circunstancias geológicas y de la intensidad de las investigaciones realizadas. Esta conservación desigual puede producir una imagen incompleta de la distribución de las comunidades antiguas. La abundancia de yacimientos en determinada región no demuestra necesariamente que estuviera más poblada que otra, pues también puede reflejar mejores condiciones de preservación o una mayor actividad arqueológica.
Otro problema fundamental aparece cuando se intenta establecer una correspondencia entre las grandes etapas culturales americanas. Denominaciones como Paleoindio, Arcaico, Formativo o Precerámico resultan útiles para organizar la información, pero no representan periodos perfectamente simultáneos en todo el continente. Las transformaciones económicas y sociales siguieron ritmos diferentes, condicionados por las características ambientales, los recursos disponibles y las tradiciones de cada población. El desarrollo de la agricultura, por ejemplo, no se produjo al mismo tiempo en todas las regiones, ni supuso necesariamente el abandono inmediato de la caza y la recolección. De manera semejante, la aparición de asentamientos permanentes, cerámica o arquitectura monumental respondió a procesos particulares que no pueden encerrarse en una secuencia continental uniforme. La cronología cultural debe construirse, por tanto, mediante marcos regionales que permitan comparar transformaciones semejantes sin presuponer que ocurrieron simultáneamente.
La diversidad de las investigaciones también plantea problemas de comparación. Los arqueólogos pueden utilizar distintos sistemas de datación, clasificaciones culturales y criterios para delimitar periodos históricos. Algunas publicaciones expresan las fechas en años antes del presente, una convención científica cuyo punto de referencia habitual es 1950, mientras que otras emplean fechas anteriores o posteriores a nuestra era. Además, una fecha radiocarbónica sin calibrar no equivale directamente a una fecha expresada en años naturales. Estas diferencias pueden provocar confusiones cuando se comparan descubrimientos procedentes de distintos estudios. Para evitarlas, resulta fundamental indicar con claridad el sistema cronológico utilizado y comprobar si las fechas representan estimaciones directas, intervalos de probabilidad o interpretaciones obtenidas mediante modelos estadísticos. La utilización de técnicas cada vez más precisas ha permitido mejorar estas comparaciones, aunque no elimina completamente los problemas derivados de las características de cada yacimiento.
La construcción de una cronología continental debe entenderse, en consecuencia, como una tarea de integración entre múltiples secuencias regionales y diferentes clases de evidencias. Es posible identificar grandes procesos compartidos, como las primeras ocupaciones humanas, las transformaciones ambientales del final del Pleistoceno o la posterior diversificación de las formas de subsistencia, pero estos fenómenos no pueden reducirse a fechas únicas aplicables a todos los territorios. La investigación actual combina dataciones arqueológicas, estudios genéticos y reconstrucciones ambientales para establecer relaciones temporales cada vez más fundamentadas. El resultado es una visión progresivamente más precisa, aunque abierta a modificaciones. Esta flexibilidad no constituye una debilidad del conocimiento histórico, sino una condición necesaria para representar adecuadamente la diversidad de experiencias humanas desarrolladas en América durante miles de años.
-Becerra-Valdivia, Lorena, y Higham, Thomas (2020). «The timing and effect of the earliest human arrivals in North America». Nature, 584, pp. 93–97. Investigación sobre la cronología de las primeras ocupaciones norteamericanas mediante el análisis y la modelización de dataciones arqueológicas.
-Potter, Ben A., et al. (2018). «Current evidence allows multiple models for the peopling of the Americas». Science Advances, 4(8), eaat5473. Revisión interdisciplinar de las evidencias arqueológicas, genéticas y paleoambientales relacionadas con la cronología y las rutas del poblamiento americano.
-Dillehay, Tom D., et al. (2008). «Monte Verde: Seaweed, Food, Medicine, and the Peopling of South America». Science, 320(5877), pp. 784–786. Investigación sobre evidencias arqueológicas de ocupación humana temprana en el sur de Chile y su importancia para la cronología sudamericana.
- 2.1. El continente durante el Pleistoceno
- 2.2. Las grandes glaciaciones
- 2.3. Cambios en el nivel del mar y transformación del territorio
- 2.4. La megafauna americana
Mucho antes de la presencia de los primeros grupos humanos, el continente americano había experimentado una prolongada historia de transformaciones geológicas, climáticas y biológicas. Durante el Pleistoceno, una época que comenzó hace aproximadamente 2,58 millones de años y concluyó hace unos 11.700 años, América estuvo sometida a importantes oscilaciones climáticas que modificaron profundamente sus paisajes. La alternancia de periodos fríos y relativamente cálidos, la expansión y el retroceso de enormes masas de hielo y las variaciones de temperatura y humedad condicionaron la distribución de los ecosistemas, la vegetación y las especies animales. El territorio que encontrarían los primeros pobladores era, por tanto, el resultado de procesos naturales desarrollados durante cientos de miles de años.
Las grandes glaciaciones tuvieron consecuencias especialmente importantes en América del Norte, donde extensos mantos de hielo cubrieron amplias regiones y transformaron las condiciones ambientales. Al mismo tiempo, la acumulación de agua congelada provocó descensos del nivel del mar que dejaron al descubierto territorios actualmente sumergidos y modificaron las conexiones geográficas entre distintas regiones. Estos cambios influyeron en la formación de paisajes, la distribución de los recursos y las posibilidades de desplazamiento de numerosas especies. Comprender estas transformaciones resulta fundamental para reconstruir el escenario natural en el que posteriormente se desarrollaría el poblamiento humano.
La fauna americana del Pleistoceno constituye otro elemento esencial de este panorama. Mamuts, mastodontes, grandes bisontes, perezosos terrestres gigantes y numerosos mamíferos compartieron ecosistemas muy distintos de los actuales, formando parte de comunidades animales que experimentaron importantes cambios hacia el final de aquella época. El estudio de estos paisajes y de su biodiversidad permite comprender las condiciones ambientales anteriores y contemporáneas a las primeras ocupaciones humanas, sin anticipar todavía las relaciones que posteriormente se establecieron entre las poblaciones y la megafauna. Los siguientes apartados examinarán las características generales del continente pleistoceno, el desarrollo de las glaciaciones, las transformaciones territoriales asociadas al nivel del mar y la extraordinaria diversidad de sus grandes animales.
2.1. El continente durante el Pleistoceno
El Pleistoceno constituye una de las etapas geológicas fundamentales para comprender la configuración ambiental de América antes y durante las primeras ocupaciones humanas. Esta época comenzó hace aproximadamente 2,58 millones de años y terminó hace unos 11.700 años, cuando dio paso al Holoceno, periodo geológico en el que nos encontramos actualmente. Forma parte del Cuaternario y se caracterizó por importantes oscilaciones climáticas que afectaron a gran parte del planeta. Durante su transcurso, el continente americano conservaba esencialmente su configuración geográfica actual, con grandes cordilleras, extensas llanuras, cuencas fluviales y regiones tropicales, aunque la distribución de sus paisajes y ecosistemas era considerablemente diferente. Las variaciones de temperatura, humedad y circulación atmosférica transformaron repetidamente la vegetación y los hábitats disponibles. Por ello, no debemos imaginar el Pleistoceno como una etapa permanentemente helada, sino como un periodo prolongado y dinámico, durante el cual se alternaron condiciones ambientales muy diversas.
La posición geográfica de América y su extraordinaria extensión latitudinal contribuyeron a generar fuertes contrastes regionales. En América del Norte, las altas latitudes experimentaron enfriamientos especialmente intensos, mientras que las regiones meridionales conservaron ambientes relativamente templados, aunque sometidos también a importantes modificaciones. Las grandes cordilleras occidentales, los sistemas montañosos orientales y las extensas llanuras interiores condicionaban la circulación de las masas de aire y la distribución de las precipitaciones. En diferentes momentos del Pleistoceno existieron regiones dominadas por vegetación abierta, bosques de coníferas, praderas y ambientes relativamente áridos, cuya extensión variaba según las condiciones climáticas. Algunas comunidades vegetales reunían especies que actualmente ocupan territorios separados, lo que demuestra que los ecosistemas antiguos no siempre pueden identificarse directamente con los actuales. Esta circunstancia resulta importante porque impide reconstruir el paisaje pleistoceno mediante una simple reproducción de la geografía vegetal contemporánea.
En las regiones centrales y meridionales de América del Norte, las transformaciones ambientales fueron igualmente significativas. Las Grandes Llanuras experimentaron variaciones en la extensión de sus formaciones herbáceas, mientras que las regiones del actual suroeste estadounidense y norte de México alternaron condiciones de mayor o menor humedad. Durante determinados periodos fríos, algunas cuencas interiores mantuvieron lagos de dimensiones muy superiores a los actuales, favorecidos por un balance diferente entre precipitaciones y evaporación. En otras zonas, la vegetación se desplazó en respuesta a los cambios de temperatura y disponibilidad de agua, modificando la distribución de bosques, matorrales y praderas. Estos procesos no se produjeron de manera uniforme: una región podía experimentar un aumento relativo de humedad mientras otra atravesaba condiciones más secas. La interacción entre relieve, circulación atmosférica y temperatura explica buena parte de esa diversidad ambiental, que constituye una característica esencial del territorio americano durante el Pleistoceno.
América Central y las regiones tropicales también experimentaron transformaciones profundas, aunque sus condiciones fueron distintas de las observadas en las latitudes septentrionales. Las variaciones en las precipitaciones y en la duración de las estaciones secas modificaron la distribución de bosques húmedos, formaciones abiertas y ecosistemas de montaña. En las tierras altas centroamericanas y en los sectores elevados de los Andes, las temperaturas más bajas favorecieron cambios en los límites altitudinales de la vegetación, mientras que las tierras bajas conservaron ambientes tropicales con características variables. Los bosques no permanecieron necesariamente intactos ni tuvieron siempre la misma extensión. Algunas regiones experimentaron episodios de fragmentación o reorganización de sus comunidades vegetales, aunque la intensidad y distribución de estos cambios continúa siendo objeto de investigación. Resulta especialmente importante evitar la idea de que las selvas americanas representan paisajes inmutables, pues sus ecosistemas poseen una historia prolongada de respuestas a las fluctuaciones climáticas.
En América del Sur, la cordillera de los Andes desempeñó un papel fundamental en la organización del clima y de los ambientes naturales. Su gran extensión y elevación condicionaban las precipitaciones, las temperaturas y la circulación de humedad entre el océano Pacífico, las tierras altas y las cuencas orientales. Las regiones andinas experimentaron cambios importantes en la distribución de los pisos de vegetación, mientras que las grandes cuencas tropicales y subtropicales respondieron de manera diferente a las oscilaciones climáticas. En la Amazonia, la evolución de los bosques estuvo relacionada con complejas variaciones de humedad, temperatura y dinámica fluvial, cuyos efectos no fueron idénticos en toda la región. Más al sur, las extensas llanuras y mesetas de las actuales Argentina, Uruguay y Patagonia conocieron transformaciones en la distribución de pastizales, estepas, matorrales y formaciones boscosas. Estas variaciones muestran que el Pleistoceno sudamericano estuvo caracterizado por una notable diversidad de respuestas ambientales, vinculadas tanto a los cambios climáticos globales como a las particularidades geográficas de cada territorio.
La red hidrográfica americana también desempeñó un papel decisivo en la configuración de sus ecosistemas. Grandes sistemas fluviales, lagos, humedales y cuencas interiores experimentaron modificaciones relacionadas con las precipitaciones, la erosión y los procesos de sedimentación. Algunos ríos cambiaron su recorrido, formaron nuevas terrazas o acumularon depósitos que todavía permiten estudiar las condiciones ambientales antiguas. En determinadas regiones áridas existieron extensiones lacustres que posteriormente desaparecieron o quedaron reducidas a pequeñas masas de agua. Al mismo tiempo, los cambios en la vegetación influyeron en la estabilidad de los suelos, la escorrentía y el transporte de sedimentos. Estos procesos formaban parte de una transformación continua del territorio, en la que el clima, el relieve, las aguas superficiales y los seres vivos mantenían relaciones estrechas. El paisaje americano era, por tanto, el resultado de una evolución conjunta de factores geológicos, climáticos y ecológicos que actuaban a diferentes escalas temporales.
El conocimiento de estos ambientes procede de numerosas investigaciones paleoclimáticas y paleoecológicas. Los sedimentos lacustres, los depósitos fluviales, los antiguos suelos, el polen fósil y los restos vegetales permiten reconstruir parcialmente las condiciones existentes en distintos momentos del Pleistoceno. El estudio de estas evidencias ha demostrado que los paisajes americanos experimentaron desplazamientos importantes de vegetación y modificaciones de sus ecosistemas, algunos de los cuales carecen de equivalentes exactos en el mundo actual. Sin embargo, las reconstrucciones continúan siendo incompletas debido a las diferencias de conservación y a la distribución desigual de los registros disponibles. Comprender esta diversidad ambiental constituye la base para estudiar las grandes glaciaciones, las transformaciones geográficas y las comunidades animales que caracterizaron al continente antes de la expansión humana. América no era un escenario natural fijo a la espera de sus primeros habitantes, sino un territorio en permanente transformación, cuya evolución condicionaría posteriormente las posibilidades de adaptación y ocupación de las sociedades humanas.
-Bartlein, Patrick J., Hostetler, Steven W., y Alder, Jay R. (2014). «Paleoclimate». Revisión de la evolución climática de América del Norte y de sus principales transformaciones ambientales durante el Cuaternario. Publicación recogida por el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS).
-Jackson, Stephen T., et al. (2000). «Vegetation and environment in Eastern North America during the Last Glacial Maximum». Quaternary Science Reviews, 19(6), pp. 489–508. Reconstrucción de los paisajes y la vegetación norteamericana a partir de registros de polen y restos vegetales fósiles.
-Iglesias, Alicia, et al. (2006). «Paleoenvironmental evolution of southern South America during the Cenozoic». Journal of Arid Environments, 66(3), pp. 498–532. Estudio de las transformaciones ambientales y de los biomas del sur de América del Sur, incluyendo las oscilaciones climáticas del Cuaternario.
La megafauna y los paisajes de América durante el Pleistoceno. Reconstrucción paleoartística de un ecosistema del Pleistoceno tardío en la región de White Sands, Nuevo México (Estados Unidos). La escena representa grandes mamíferos extinguidos, como mamuts colombinos, antiguos camélidos, leones americanos, lobos gigantes y félidos de dientes de sable, en un paisaje de humedales y extensas llanuras.
Paisaje paleontológico del Parque Nacional de White Sands, Nuevo México, Estados Unidos. Ilustración paleoartística del National Park Service (NPS), 2016. Autor individual no identificado. Imagen original en dominio público en Estados Unidos, según Wikimedia Commons.
Reconstrucción y mejora digital realizada para Información Manu, con ajustes de definición, iluminación, contraste y profundidad cromática, así como reinterpretación de algunos detalles visuales de la ilustración original.
Fuente original: Wikimedia Commons — Paleontological landscape painting, White Sands National Park, United States.
Durante las últimas etapas del Pleistoceno, amplias regiones de América presentaban ecosistemas muy diferentes de los actuales, poblados por una extraordinaria diversidad de grandes mamíferos. Esta reconstrucción artística, ambientada en la región de White Sands, permite imaginar uno de aquellos paisajes, donde los humedales y las extensiones de vegetación abierta proporcionaban recursos a numerosas especies animales.
Entre los protagonistas de la escena destacan los mamuts colombinos, grandes herbívoros que compartían el territorio con antiguos camélidos y otros mamíferos. La presencia de carnívoros, como los leones americanos, los lobos gigantes y los félidos de dientes de sable, recuerda la complejidad de las relaciones ecológicas que caracterizaban estos ambientes. La composición reúne especies conocidas por el registro fósil de América del Norte, aunque su representación conjunta constituye una interpretación artística y no la reconstrucción de un acontecimiento concreto.
La ilustración permite acercarse visualmente a un continente anterior a las profundas transformaciones ambientales que acompañaron el final de la última glaciación. Aquellos ecosistemas experimentarían importantes cambios en la distribución de sus hábitats y poblaciones animales, mientras que numerosas especies de grandes mamíferos terminarían desapareciendo.
2.2. Las grandes glaciaciones
Las grandes glaciaciones constituyeron uno de los fenómenos naturales más importantes del Pleistoceno y desempeñaron un papel decisivo en la transformación del territorio americano. Durante esta época se sucedieron numerosos periodos de enfriamiento climático, en los que los glaciares avanzaron sobre amplias superficies continentales, alternados con intervalos relativamente cálidos que favorecieron su retroceso. Estas oscilaciones no respondieron a un único acontecimiento, sino a una combinación de procesos relacionados con las variaciones de la órbita terrestre, la distribución de la energía solar, la circulación oceánica y atmosférica y los cambios en la concentración de gases de efecto invernadero. El resultado fue una sucesión de ciclos glaciales e interglaciales que modificaron profundamente los paisajes del hemisferio norte y, en determinadas regiones montañosas, también los de América Central y del Sur. La extensión y duración de las glaciaciones fueron diferentes según la latitud, la altitud y las condiciones climáticas regionales.
América del Norte experimentó algunas de las mayores acumulaciones de hielo continental del planeta. Durante los periodos glaciales más intensos, enormes mantos de hielo cubrieron buena parte del actual Canadá y avanzaron hacia territorios de Estados Unidos. El más extenso fue el manto Laurentino, que se desarrolló principalmente sobre el escudo canadiense y alcanzó espesores de varios kilómetros en determinadas regiones. Su expansión afectó a amplias superficies de las actuales provincias canadienses y penetró en sectores septentrionales de Estados Unidos. Más al oeste se encontraba el manto de hielo de la Cordillera, relacionado con los sistemas montañosos próximos al Pacífico, especialmente en Alaska meridional y el oeste de Canadá. Ambos conjuntos glaciales experimentaron avances y retrocesos que modificaron la disponibilidad de territorios libres de hielo y las conexiones entre distintas regiones. Aunque podían entrar en contacto durante determinadas fases, su comportamiento no fue siempre simultáneo, debido a las diferencias en las condiciones de acumulación de nieve, temperatura y precipitaciones.
El episodio mejor conocido es el denominado Último Máximo Glacial, correspondiente al intervalo durante el cual los grandes mantos de hielo alcanzaron una extensión cercana a su máximo global, aproximadamente entre hace 26.500 y 19.000 años. Durante esta fase, las temperaturas medias fueron considerablemente inferiores a las actuales y amplias regiones septentrionales permanecieron cubiertas por masas de hielo permanentes. Sin embargo, el enfriamiento no produjo las mismas consecuencias en todos los territorios. Mientras las altas latitudes experimentaban una intensa expansión glaciar, otras regiones conservaron extensas superficies libres de hielo, aunque sometidas a condiciones ambientales distintas de las actuales. La presencia de grandes mantos continentales alteró la circulación atmosférica, modificó los patrones de precipitación y contribuyó a reorganizar numerosos ecosistemas. Conviene recordar que el máximo global no coincidió necesariamente con el momento de mayor extensión de cada glaciar individual, pues algunos sistemas alcanzaron sus límites más avanzados antes o después de aquel intervalo.
Las glaciaciones también afectaron a las grandes cordilleras americanas. En las Montañas Rocosas, Sierra Nevada y otros sistemas elevados de América del Norte se desarrollaron glaciares de montaña que descendieron por numerosos valles, excavando profundas depresiones y transportando enormes cantidades de materiales. En México y América Central, las mayores elevaciones experimentaron asimismo episodios glaciales, aunque de extensión mucho más limitada. En América del Sur, los Andes constituyeron el principal escenario de acumulación de hielo. Los glaciares avanzaron en diferentes momentos por las montañas tropicales y subtropicales, mientras que en Patagonia y Tierra del Fuego llegaron a formar extensos sistemas glaciales conectados. El antiguo manto de hielo patagónico cubrió grandes sectores de los Andes australes y proyectó lenguas de hielo hacia las regiones orientales y occidentales. Su evolución estuvo condicionada por la temperatura, las precipitaciones y la influencia de los océanos, de manera que sus fases de expansión y retroceso no siempre coincidieron con las registradas en América del Norte.
La acción de los glaciares produjo transformaciones geológicas que todavía pueden reconocerse en numerosos paisajes americanos. El desplazamiento de las masas de hielo erosionó superficies rocosas, ensanchó valles y excavó depresiones, mientras que los materiales transportados quedaron depositados en forma de morrenas, acumulaciones de fragmentos rocosos y sedimentos que señalan antiguos límites glaciales. Muchos valles de perfil transversal en forma de U, circos de montaña y cubetas lacustres son resultado de estos procesos. En América del Norte, la actividad glaciar contribuyó decisivamente a configurar el relieve de grandes regiones y a la formación de numerosas depresiones ocupadas posteriormente por lagos, entre ellas parte de las que integran los actuales Grandes Lagos. En los Andes patagónicos, la excavación glaciar dejó profundas cuencas, valles y sistemas lacustres. Estos testimonios permiten reconstruir antiguos avances del hielo incluso allí donde los glaciares desaparecieron hace miles de años.
El retroceso de los grandes mantos de hielo no fue un proceso uniforme ni continuo. A medida que las condiciones climáticas cambiaban hacia el final del Pleistoceno, numerosas masas glaciales comenzaron a disminuir, aunque se produjeron interrupciones y nuevos avances regionales. En determinados momentos, el agua procedente de la fusión quedó retenida frente a los márgenes del hielo y originó grandes lagos proglaciares, algunos de los cuales experimentaron desagües rápidos con consecuencias importantes para las cuencas fluviales. Paralelamente, la desaparición progresiva de la carga glaciar permitió que extensas regiones anteriormente deprimidas comenzaran a elevarse lentamente, mediante un proceso geológico conocido como reajuste isostático. La liberación de territorios cubiertos por hielo favoreció también la recolonización vegetal y la reorganización de ecosistemas. La cronología de estos cambios fue distinta en cada región, especialmente entre América del Norte, los Andes tropicales y Patagonia, donde las respuestas de los glaciares dependieron de mecanismos climáticos parcialmente diferentes.
El estudio de las antiguas glaciaciones se apoya en la observación de las formas del relieve, el análisis de los sedimentos, las dataciones geológicas y la reconstrucción de las condiciones climáticas del pasado. Estas investigaciones han permitido comprender que los glaciares americanos fueron sistemas dinámicos cuya extensión respondió a numerosas transformaciones ambientales. Su influencia alcanzó territorios situados mucho más allá de los límites directamente cubiertos por hielo, afectando a la circulación de las aguas, la distribución de la vegetación y las características de los ecosistemas. Las grandes glaciaciones constituyen, por ello, una parte esencial de la historia natural del continente y ayudan a explicar las condiciones geográficas que encontraron las primeras poblaciones humanas. Sus consecuencias sobre los niveles oceánicos y la configuración de antiguas conexiones terrestres merecen un análisis específico, pues resultan fundamentales para comprender las posibilidades de comunicación entre América y otras regiones del planeta.
-Palacios, David, et al. (2020). «The deglaciation of the Americas during the Last Glacial Termination». Earth-Science Reviews, 203, 103113. Revisión continental sobre la evolución y desaparición de los glaciares americanos desde el Último Máximo Glacial hasta el comienzo del Holoceno.
-Rabassa, Jorge, Coronato, Andrea, y Martínez, Oscar (2011). «Late Cenozoic glaciations in Patagonia and Tierra del Fuego: an updated review». Biological Journal of the Linnean Society, 103(2), pp. 316–335. Estudio de las grandes glaciaciones patagónicas, su evolución temporal y sus efectos sobre el paisaje sudamericano.
-Huynh, Carla, Hein, Andrew S., McCulloch, Robert D., y Bingham, Robert G. (2024). «The last glacial cycle in southernmost Patagonia: A review». Quaternary Science Reviews, 344, 108972. Revisión de las evidencias geomorfológicas y cronológicas sobre la extensión y el retroceso de los glaciares en el extremo meridional de América del Sur.
Las grandes masas de hielo de América del Norte durante la última glaciación. Mapa de la extensión de los grandes mantos glaciares norteamericanos durante el Último Máximo Glacial, aproximadamente entre hace 26.500 y 19.000 años. Destacan las enormes capas de hielo Laurentide, Cordillerana e Innuitiana, que cubrieron gran parte del actual Canadá y alcanzaron extensas regiones del norte de Estados Unidos.
Extensión de los mantos glaciares Laurentide, Cordillerano e Innuitiano durante el Último Máximo Glacial. Cartografía de April S. Dalton, Chris R. Stokes y Christine L. Batchelor, publicada en relación con la investigación Evolution of the Laurentide and Innuitian ice sheets prior to the Last Glacial Maximum (115 ka to 25 ka), Earth-Science Reviews, 2022.
Imagen disponible en Wikimedia Commons bajo licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional (CC BY 4.0). Original file (3,573 × 2,612 pixels, file size: 2.55 MB).
Durante el Último Máximo Glacial, América del Norte presentó una configuración geográfica profundamente diferente de la actual. Grandes mantos de hielo ocuparon enormes extensiones del continente, especialmente en los territorios correspondientes al actual Canadá y las regiones septentrionales de Estados Unidos. El manto Laurentide, el más extenso de Norteamérica, cubrió buena parte del centro y el este canadiense y avanzó hacia el sur hasta alcanzar sectores de las actuales Grandes Llanuras y la región de los Grandes Lagos.
En el occidente continental se desarrolló el manto Cordillerano, vinculado a las grandes cadenas montañosas próximas al Pacífico, mientras que el sistema Innuitiano cubrió territorios del archipiélago ártico canadiense. El mapa permite reconocer también la gran masa de hielo de Groenlandia y las amplias regiones de Alaska que permanecieron libres de una cobertura glaciar continental continua. Estas diferencias geográficas resultaron fundamentales para la configuración de los paisajes pleistocenos y, posteriormente, para las posibilidades de desplazamiento de las primeras poblaciones humanas.
La presencia de estas inmensas masas de hielo modificó los sistemas fluviales, la distribución de la vegetación y las condiciones ecológicas de extensos territorios. Su posterior retroceso permitió la aparición de nuevos paisajes, lagos y corredores geográficos. El mapa representa la extensión de los principales sistemas glaciares, no su espesor ni el volumen total de hielo, y constituye una referencia visual para comprender la magnitud de las transformaciones ambientales que acompañaron el final del Pleistoceno.
2.3. Cambios en el nivel del mar y transformación del territorio
Las grandes oscilaciones climáticas del Pleistoceno modificaron profundamente la distribución de las tierras emergidas y la configuración de las costas americanas. Durante los periodos glaciales, enormes cantidades de agua quedaron retenidas en los mantos de hielo continentales, provocando un descenso del nivel de los océanos. Este fenómeno, conocido como descenso eustático, afectó al conjunto del planeta y permitió que extensas superficies de las plataformas continentales quedaran al descubierto. Durante el Último Máximo Glacial, hace aproximadamente 21.000 años, el nivel medio del mar se encontraba unos 120-130 metros por debajo del actual, aunque algunas reconstrucciones estiman descensos algo mayores. Como consecuencia, numerosos territorios que hoy permanecen sumergidos formaban parte del paisaje terrestre. Las líneas de costa se encontraban en posiciones diferentes y algunas islas estaban conectadas con masas continentales cercanas. Esta transformación tuvo importantes consecuencias geográficas y ecológicas, pues alteró la extensión de las tierras disponibles, la distribución de determinados ambientes costeros y las conexiones entre regiones.
Uno de los ejemplos más importantes fue Beringia, la extensa región que conectaba el nordeste de Asia con el noroeste de América. Actualmente, Siberia y Alaska están separadas por el estrecho de Bering, pero durante determinadas fases glaciales el descenso del nivel del mar dejó al descubierto una amplia superficie terrestre que unía ambos continentes. Este territorio no constituía un simple paso estrecho, sino una región de dimensiones considerables, formada por llanuras, cursos de agua, zonas húmedas y ambientes abiertos cuya extensión cambió con las oscilaciones oceánicas. Beringia permitió la circulación de diversas especies animales y vegetales entre Eurasia y América del Norte, además de constituir un escenario fundamental para las investigaciones sobre el poblamiento humano del continente. Su configuración, sin embargo, no permaneció estable: las variaciones climáticas y el posterior ascenso del océano modificaron progresivamente sus límites. La relación entre este territorio y las primeras migraciones humanas se estudiará más adelante, al abordar específicamente el origen y las rutas del poblamiento americano.
Las variaciones del nivel marino también transformaron las costas del Pacífico y del Atlántico. En numerosos sectores de América del Norte y del Sur, la retirada temporal del océano amplió las llanuras litorales y dejó expuestas plataformas continentales que actualmente se encuentran bajo el agua. La magnitud de estos cambios dependía de la pendiente y de las características geológicas del fondo marino: en plataformas poco profundas, un descenso relativamente moderado podía desplazar la costa grandes distancias, mientras que en regiones montañosas o con fondos abruptos sus efectos horizontales eran menores. El golfo de México, la fachada atlántica sudamericana y determinadas regiones del Pacífico experimentaron modificaciones en la extensión de sus territorios costeros. Estos cambios afectaron a estuarios, desembocaduras fluviales y ambientes próximos al litoral, modificando los espacios disponibles para numerosas especies. También alteraron la distribución de recursos marinos y terrestres, aunque sus consecuencias concretas fueron diferentes según las condiciones ambientales de cada región.
El final de la última glaciación inició una transformación progresiva de este escenario. Conforme aumentaron las temperaturas y retrocedieron los grandes mantos de hielo, el agua procedente de su fusión regresó a los océanos y provocó una elevación del nivel marino. La fase principal de este ascenso se desarrolló aproximadamente entre hace 16.500 y 8.200 años, aunque su ritmo no fue constante. Existieron intervalos de subida relativamente lenta y otros de incremento mucho más rápido, relacionados con episodios intensos de deshielo. El avance del mar inundó antiguas llanuras costeras, transformó desembocaduras y separó territorios que anteriormente habían estado conectados. Beringia perdió progresivamente su continuidad terrestre, mientras que otras regiones experimentaron la formación de nuevas bahías, estrechos y sistemas insulares. Durante el Holoceno, el nivel oceánico fue aproximándose al actual y su ritmo de cambio disminuyó considerablemente, aunque las costas continuaron evolucionando por la acción de las corrientes, el oleaje, los sedimentos y los movimientos geológicos.
No obstante, el nivel del mar observado en cada costa no dependía exclusivamente de la cantidad global de agua oceánica. El enorme peso de los mantos de hielo había hundido lentamente sectores de la corteza terrestre, mientras que otras regiones experimentaron deformaciones relacionadas con la redistribución de aquella carga. Cuando los glaciares desaparecieron, comenzó un proceso de recuperación denominado reajuste isostático, mediante el cual determinados territorios se elevaron progresivamente. Por esta razón, algunas costas registraron avances del océano mientras otras experimentaron una retirada relativa del mar, incluso durante periodos en los que el nivel oceánico global aumentaba. A estos movimientos se añadieron los efectos de la actividad tectónica, especialmente importantes en distintas regiones del Pacífico americano. La configuración actual del litoral es, por tanto, el resultado de una combinación de cambios oceánicos, movimientos de la corteza y procesos de erosión y sedimentación. Esta complejidad explica por qué no todas las costas americanas evolucionaron de la misma manera durante el final del Pleistoceno y el Holoceno.
La reconstrucción de estas antiguas geografías tiene una importancia especial para la investigación arqueológica. Numerosos territorios costeros que pudieron ofrecer recursos y espacios habitables a las primeras poblaciones humanas se encuentran actualmente sumergidos, lo que dificulta localizar posibles asentamientos y reconstruir determinados desplazamientos. El estudio de plataformas continentales, sedimentos marinos, antiguas playas, arrecifes fósiles y depósitos costeros permite identificar cambios en las líneas de costa y estimar cuándo estuvieron emergidas determinadas superficies. Sin embargo, los restos arqueológicos situados bajo el mar resultan mucho más difíciles de descubrir y conservar que los encontrados en tierra firme. Esta circunstancia introduce una limitación importante en nuestro conocimiento de la ocupación temprana de América. Los cambios del nivel marino no fueron únicamente una consecuencia de las glaciaciones: transformaron la propia geografía continental, alteraron conexiones entre territorios y condicionaron la conservación de numerosas evidencias del pasado. Comprender estos procesos permite reconstruir con mayor precisión el escenario natural en el que posteriormente se desarrollaría la expansión humana por América.
-Lambeck, Kurt, Rouby, Hélène, Purcell, Anthony, Sun, Yiying, y Sambridge, Malcolm (2014). «Sea level and global ice volumes from the Last Glacial Maximum to the Holocene». Proceedings of the National Academy of Sciences, 111(43), pp. 15296–15303. Investigación sobre la evolución del nivel oceánico y del volumen de hielo continental durante los últimos 35.000 años.
-Hopkins, David M. (1959). «Cenozoic history of the Bering land bridge». Science, 129(3362), pp. 1519–1528. Estudio clásico sobre la formación y desaparición de las conexiones terrestres entre Siberia y Alaska como consecuencia de los cambios geológicos y oceánicos.
-Jordan, James W. (2001). «Late Quaternary sea level change in Southern Beringia: postglacial emergence of the Western Alaska Peninsula». Quaternary Science Reviews, 20(1–3), pp. 509–523. Investigación sobre las transformaciones costeras de Beringia y la influencia del ascenso oceánico, el reajuste isostático y los movimientos tectónicos.
Beringia: la transformación del puente terrestre entre Asia y América. Animación paleogeográfica que representa la transformación de Beringia desde hace aproximadamente 21.000 años hasta la actualidad. Durante la última glaciación, el descenso del nivel del mar dejó al descubierto una extensa región que conectaba el nordeste de Asia con América del Norte. Su posterior inundación dio lugar a la configuración marítima actual del estrecho de Bering.
Beringia Land Bridge. Animación paleogeográfica elaborada por la National Oceanic and Atmospheric Administration (NOAA), Estados Unidos, 1999, para el Paleoenvironmental Atlas of Beringia. Representación animada de los cambios en la extensión del puente terrestre de Beringia entre hace aproximadamente 21.000 años y la actualidad. NOAA. Autor individual no identificado. Beringia land bridge-noaagov.gif — Wikimedia Commons. Dominio público en Estados Unidos (PD-USGov-NOAA). Animación original conservada sin modificaciones por Información Manu.
Durante el Último Máximo Glacial, una parte importante del agua terrestre permanecía acumulada en los grandes mantos de hielo continentales, provocando un descenso del nivel de los océanos de aproximadamente 120–130 metros respecto al actual. Esta circunstancia permitió que quedaran emergidas amplias superficies del fondo marino, entre ellas Beringia, una extensa región que conectaba Siberia con Alaska y que constituye uno de los escenarios fundamentales para comprender el poblamiento temprano de América.
La animación permite observar cómo las variaciones del nivel del mar fueron transformando progresivamente la configuración geográfica de este territorio. Conforme avanzó la desglaciación y aumentó el volumen de agua de los océanos, las zonas más bajas de Beringia comenzaron a quedar sumergidas, hasta establecerse la separación marítima que hoy conocemos como estrecho de Bering.
Este proceso no supuso una separación tectónica de los continentes, sino la inundación de un antiguo espacio terrestre. La representación permite comprender que las condiciones geográficas del Pleistoceno fueron considerablemente diferentes de las actuales y que los cambios ambientales modificaron las posibilidades de desplazamiento entre Asia y América. La animación constituye una reconstrucción científica simplificada de la evolución del territorio, no una representación directa de las migraciones humanas.
2.4. La megafauna americana
Durante el Pleistoceno, el continente americano albergó una extraordinaria diversidad de grandes animales, muchos de los cuales desaparecieron antes del comienzo del Holoceno o durante sus primeras etapas. Este conjunto de especies se conoce habitualmente como megafauna, término que designa a los animales de gran tamaño corporal y que, en los estudios paleontológicos, suele aplicarse especialmente a los mamíferos terrestres de más de 44 kilogramos de peso, aunque también se utilizan otros umbrales. América destacó por la presencia de numerosos herbívoros gigantes, grandes depredadores y especies sin equivalentes exactos en la fauna actual. Su distribución dependía de las condiciones climáticas, la vegetación y la historia evolutiva de cada región. Por ello, la megafauna americana no constituía una comunidad uniforme, sino un conjunto de especies adaptadas a ambientes muy diferentes, desde las estepas frías del norte hasta las praderas, bosques y regiones tropicales de América Central y del Sur.
América del Norte estuvo habitada por algunos de los grandes mamíferos más conocidos de la Edad del Hielo. Entre ellos destacaban los mamuts, pertenecientes a un grupo emparentado con los elefantes actuales, y los mastodontes, que representaban una línea evolutiva diferente. El mamut colombino, de grandes dimensiones, ocupó extensas regiones templadas del continente, mientras que el mamut lanudo estuvo especialmente asociado a los ambientes fríos del norte. Los mastodontes americanos, por su parte, aprovecharon principalmente recursos vegetales de ambientes boscosos y humedales. Junto a estos animales existieron grandes bisontes, antiguos caballos, camélidos, perezosos terrestres gigantes y diversos mamíferos herbívoros. La fauna depredadora incluía al conocido Smilodon, un felino de grandes caninos, además del león americano, lobos gigantes y osos de enorme tamaño, como Arctodus simus. La presencia conjunta de estos animales demuestra la complejidad de los ecosistemas pleistocenos, donde diferentes especies competían por los recursos o mantenían relaciones de depredación, aprovechamiento de carroñas y coexistencia ecológica.
América del Sur desarrolló una megafauna especialmente singular, resultado de una prolongada historia evolutiva. Durante buena parte del Cenozoico, el continente permaneció relativamente aislado de América del Norte, circunstancia que favoreció la evolución de numerosos grupos animales propios. Entre ellos destacaban los gliptodontes, grandes mamíferos acorazados emparentados con los armadillos, algunos de los cuales alcanzaron dimensiones comparables a las de un automóvil pequeño. También existieron perezosos terrestres gigantes, como Megatherium, que podían alcanzar varias toneladas de peso, y grandes herbívoros como Toxodon y Macrauchenia, pertenecientes a linajes sudamericanos hoy extinguidos. A esta fauna se incorporaron posteriormente animales procedentes de América del Norte, entre ellos distintos proboscídeos, camélidos y grandes depredadores. Este intercambio faunístico, favorecido por la conexión terrestre entre ambos continentes, contribuyó a configurar las comunidades animales sudamericanas del Pleistoceno, donde convivieron especies de procedencias evolutivas diferentes.
La distribución de estos animales estuvo estrechamente relacionada con la diversidad de los paisajes americanos. Las grandes praderas y estepas ofrecían recursos abundantes para numerosos herbívoros, mientras que los bosques proporcionaban otros tipos de vegetación y condiciones de refugio. En las regiones australes de Sudamérica, las llanuras y ambientes abiertos favorecieron la presencia de grandes mamíferos adaptados a condiciones relativamente frías o secas. En las zonas tropicales y subtropicales existieron comunidades diferentes, condicionadas por la disponibilidad de agua, la vegetación y la estacionalidad. Sin embargo, no debe suponerse que todas las especies gigantes ocuparon permanentemente espacios abiertos: algunas estuvieron asociadas a ambientes forestales o a paisajes mixtos. Los estudios de dientes fósiles, especialmente mediante el análisis del desgaste dental y de determinados isótopos químicos, permiten investigar aspectos de su alimentación y reconocer diferencias entre animales que consumían principalmente hierbas, hojas u otros recursos vegetales.
La megafauna desempeñaba funciones esenciales en el funcionamiento de los ecosistemas. Los grandes herbívoros consumían cantidades importantes de vegetación, transportaban nutrientes mediante sus desplazamientos y contribuían a la dispersión de semillas. Su actividad podía modificar la estructura de determinadas comunidades vegetales, abrir espacios mediante el pisoteo y alterar las características del suelo. Estas relaciones resultaban especialmente significativas en animales de gran tamaño, capaces de intervenir sobre el paisaje de maneras que las especies pequeñas difícilmente podían reproducir. Los depredadores y carroñeros participaban igualmente en la regulación de las poblaciones animales y en el aprovechamiento de los restos orgánicos. En consecuencia, la fauna pleistocena formaba parte activa de la configuración ambiental del continente. Los paisajes que conocemos actualmente no son simplemente aquellos antiguos ecosistemas desprovistos de sus grandes animales, pues la desaparición de numerosas especies pudo desencadenar transformaciones ecológicas duraderas.
El conocimiento de esta fauna procede principalmente del registro fósil, formado por huesos, dientes, esqueletos, huellas y otros restos conservados en sedimentos de distinta antigüedad. Yacimientos como los depósitos de Rancho La Brea, en California, y las numerosas localidades fosilíferas de las pampas argentinas han proporcionado testimonios fundamentales para estudiar la diversidad animal del Pleistoceno. Mediante la anatomía comparada, las dataciones y los análisis químicos es posible reconstruir relaciones evolutivas, hábitos alimentarios y condiciones ambientales de especies desaparecidas. Hacia el final de esta época se produjo una importante reducción de la diversidad de grandes mamíferos americanos, aunque su intensidad y cronología variaron entre regiones y especies. Las causas de aquellas extinciones, así como las posibles relaciones entre la megafauna y las primeras poblaciones humanas, constituyen problemas científicos que serán examinados posteriormente. Por ahora, resulta fundamental reconocer que los primeros habitantes de América encontraron un continente cuya riqueza biológica incluía numerosos grandes animales, integrantes de ecosistemas considerablemente diferentes de los actuales.
-Fariña, Richard A., Vizcaíno, Sergio F., y De Iuliis, Gerry (2013). Megafauna: Giant Beasts of Pleistocene South America. Indiana University Press. Obra de referencia sobre la diversidad, evolución, anatomía y ecología de los grandes mamíferos sudamericanos del Pleistoceno.
-Malhi, Yadvinder, et al. (2016). «Megafauna and ecosystem function from the Pleistocene to the Anthropocene». Proceedings of the National Academy of Sciences, 113(4), pp. 838–846. Estudio sobre las funciones ecológicas de los grandes animales y las consecuencias ambientales de su desaparición.
-Gallo, Valéria, Avilla, Leonardo S., Pereira, Rodrigo C. L., y Absolon, Bruno A. (2013). «Distributional patterns of herbivore megamammals during the Late Pleistocene of South America». Anais da Academia Brasileira de Ciências, 85(2), pp. 533–546. Investigación sobre la distribución geográfica y las relaciones ambientales de los grandes herbívoros sudamericanos.
Megafauna americana del Pleistoceno: grandes mamíferos de un continente cambiante. Reconstrucción visual de algunos de los grandes animales que habitaron América durante el Pleistoceno, entre ellos mamuts, un gran félido de dientes de sable, un cánido semejante al lobo terrible, un gliptodonte, un perezoso terrestre gigante, équidos y camélidos. La imagen sintetiza la extraordinaria diversidad de la megafauna americana y recuerda que estos animales no tuvieron un único origen, sino que procedían de procesos evolutivos distintos, desarrollados a lo largo de millones de años.
La megafauna americana estuvo formada por un conjunto muy diverso de grandes mamíferos que habitaron el continente durante el Pleistoceno. Algunos eran descendientes de linajes antiguos desarrollados en América, mientras que otros llegaron desde Eurasia o se expandieron entre América del Norte y América del Sur cuando las condiciones geográficas lo hicieron posible. Más que un mundo uniforme, la América prehistórica fue un espacio de encuentros biológicos, migraciones y adaptaciones sucesivas.
Entre los animales representados en esta escena destacan los mamuts, llegados desde Eurasia a través de Beringia durante las fases frías del Pleistoceno; los équidos o caballos americanos, pertenecientes a un linaje originado en América del Norte y posteriormente extendido a otros continentes; y los camélidos, también de origen norteamericano, de los que más tarde derivarían formas sudamericanas como los guanacos y las llamas. Junto a ellos aparecen grandes depredadores, como el félido de dientes de sable y un gran cánido tipo lobo terrible, adaptados a la caza o al aprovechamiento de grandes presas en ecosistemas abiertos.
Otros animales eran especialmente característicos de Sudamérica y de su larga evolución relativamente aislada. Es el caso del gliptodonte, gran mamífero acorazado emparentado lejanamente con los armadillos, y del perezoso terrestre gigante, uno de los representantes más conocidos de la singular fauna sudamericana. Estos linajes formaban parte de un conjunto faunístico muy original, desarrollado durante millones de años en un continente que había permanecido durante largos periodos relativamente separado de América del Norte.
La unión entre ambos bloques continentales mediante el istmo de Panamá favoreció, desde finales del Cenozoico, un importante intercambio de especies entre norte y sur, fenómeno conocido como Gran Intercambio Biótico Americano. Gracias a este proceso, distintos animales se desplazaron en ambos sentidos: algunos grupos septentrionales descendieron hacia Sudamérica y varios linajes meridionales avanzaron hacia el norte. La megafauna americana del Pleistoceno fue, por tanto, el resultado de una larga historia de aislamiento, contacto, migración y adaptación.
La imagen no representa un instante exacto ni un único lugar arqueológicamente documentado, sino una reconstrucción sintética de varios animales emblemáticos de la megafauna americana. Su finalidad es ofrecer una visión de conjunto sobre aquel mundo desaparecido, mostrando la riqueza biológica del continente antes de las extinciones que afectaron a buena parte de estos grandes mamíferos al final del Pleistoceno.
Megafauna americana del Pleistoceno. Imagen generada con inteligencia artificial por ChatGPT / OpenAI a partir de indicaciones editoriales de informacionmanu.es, con finalidad divulgativa. La ilustración constituye una reconstrucción visual sintética inspirada en conocimientos paleontológicos generales sobre la fauna pleistocena de América.
- 3.1. El origen asiático de las primeras poblaciones
- 3.2. Beringia durante la última glaciación
- 3.3. Cuándo comenzó el poblamiento
- 3.4. Un proceso desarrollado probablemente en diferentes fases
El poblamiento de América constituye uno de los grandes procesos migratorios de la historia de la humanidad y, al mismo tiempo, uno de los problemas más interesantes de la investigación prehistórica. Las evidencias genéticas y arqueológicas señalan que los antepasados de las primeras poblaciones americanas procedían principalmente del nordeste de Asia, desde donde alcanzaron el continente durante las fases finales del Pleistoceno. Sin embargo, esta explicación general no resuelve todas las cuestiones relacionadas con aquellas migraciones. Determinar cuándo comenzaron, cuántos grupos participaron y de qué manera se establecieron las primeras comunidades continúa siendo objeto de investigación. Los descubrimientos realizados durante las últimas décadas han permitido revisar antiguas interpretaciones y reconocer que el poblamiento pudo ser considerablemente más antiguo y complejo de lo que se pensaba.
La existencia de Beringia, una extensa región terrestre que conectaba Siberia con Alaska durante determinados periodos glaciales, constituye un elemento geográfico fundamental para comprender este proceso. Las condiciones climáticas y las variaciones del nivel del mar facilitaron la formación de aquel territorio, cuya importancia fue mucho mayor que la de un simple corredor de paso. Las poblaciones humanas pudieron permanecer en diferentes sectores del nordeste asiático y de Beringia antes de avanzar hacia otras regiones americanas, aunque la duración y las características de estas etapas siguen siendo debatidas. A ello se añade la posibilidad de que los desplazamientos se desarrollaran en distintos momentos y mediante movimientos sucesivos de población, en lugar de responder a una única migración rápida y uniforme.
El estudio del poblamiento americano exige, por tanto, relacionar las evidencias arqueológicas con los resultados de la genética y las reconstrucciones ambientales. La antigüedad de los yacimientos, las conexiones biológicas entre poblaciones y las condiciones geográficas de cada periodo permiten formular modelos que explican diferentes aspectos de este proceso, aunque todavía existen incertidumbres importantes. Los siguientes apartados examinarán el origen asiático de las poblaciones fundadoras, las características de Beringia, los debates sobre la cronología de las primeras ocupaciones y la posibilidad de un poblamiento desarrollado en varias fases. El objetivo será comprender cómo comenzó la presencia humana en América, distinguiendo las conclusiones respaldadas por las investigaciones de aquellas hipótesis que permanecen abiertas.
3.1. El origen asiático de las primeras poblaciones
El origen de las primeras poblaciones humanas de América constituye una de las cuestiones fundamentales para comprender la prehistoria del continente. Las investigaciones arqueológicas y genéticas coinciden en señalar que los antepasados de la mayor parte de los pueblos indígenas americanos procedían de antiguas poblaciones de Eurasia nororiental, especialmente de las regiones que hoy corresponden a Siberia y otros territorios del nordeste asiático. Estos grupos pertenecían a nuestra especie, Homo sapiens, cuya expansión fuera de África había comenzado decenas de miles de años antes. Cuando sus descendientes alcanzaron América, disponían ya de conocimientos sobre la fabricación de herramientas, el aprovechamiento de recursos naturales y la organización de comunidades cazadoras-recolectoras. El poblamiento americano debe entenderse, por tanto, como una continuación de los grandes movimientos humanos desarrollados durante el Paleolítico superior, aunque sus características concretas estuvieron condicionadas por la geografía y las circunstancias ambientales del extremo septentrional del planeta.
La identificación de este origen asiático se apoyó inicialmente en comparaciones antropológicas, lingüísticas y arqueológicas, aunque algunas interpretaciones antiguas resultaron demasiado generales o utilizaron clasificaciones humanas que hoy carecen de validez científica. El desarrollo de la genética de poblaciones permitió establecer relaciones más precisas mediante el análisis del ADN mitocondrial, transmitido principalmente por vía materna, de determinados marcadores del cromosoma Y y, posteriormente, del conjunto del genoma humano. Estos estudios identificaron importantes conexiones de ascendencia entre las poblaciones indígenas americanas y antiguos grupos de Asia nororiental. Sin embargo, la investigación genética también ha demostrado que los fundadores de las poblaciones americanas no pueden equipararse directamente con ninguno de los pueblos asiáticos actuales. Sus antepasados formaban parte de comunidades antiguas que experimentaron procesos de separación, mezcla y diferenciación genética a lo largo de muchas generaciones.
Uno de los descubrimientos más relevantes ha sido la identificación de una ascendencia compleja en las poblaciones fundadoras. Los análisis de ADN antiguo indican que sus antepasados estaban relacionados con poblaciones del este de Asia, pero también recibieron aportaciones genéticas de grupos pertenecientes a la denominada Eurasia septentrional antigua. Esta última ascendencia ha podido investigarse gracias a restos humanos paleolíticos encontrados en Siberia, cuyo estudio reveló conexiones inesperadas con los antepasados de los indígenas americanos. Tales resultados muestran que las poblaciones del norte de Asia no constituían conjuntos humanos aislados ni genéticamente uniformes. Durante el Pleistoceno existieron movimientos e intercambios entre comunidades distribuidas por extensos territorios euroasiáticos, y algunos de aquellos procesos contribuyeron a la formación de la ascendencia que posteriormente caracterizaría a gran parte de las poblaciones americanas.
El análisis de restos humanos antiguos recuperados en Alaska ha proporcionado información especialmente significativa. En el yacimiento de Upward Sun River, situado en el interior del territorio alaskeño, se encontraron restos infantiles de aproximadamente 11.500 años de antigüedad. El estudio genómico de uno de estos individuos permitió identificar una población denominada antiguos beringianos, estrechamente relacionada con los antepasados de otros indígenas americanos, pero perteneciente a una rama genética diferenciada. Los modelos demográficos elaborados a partir de estos datos sugieren que la población ancestral americana comenzó a separarse de otros grupos asiáticos muchos milenios antes de las ocupaciones arqueológicas mejor documentadas. Sin embargo, estas estimaciones genéticas no deben confundirse con fechas exactas de entrada al continente. Los procesos de diferenciación biológica pueden comenzar antes de que una comunidad se desplace a otro territorio y prolongarse durante generaciones, por lo que resulta necesario distinguir entre el origen de una población y el momento de su expansión geográfica.
La genética también ha permitido reconocer importantes diferencias entre las poblaciones indígenas americanas, resultado de una historia prolongada de diversificación. Los estudios sobre genomas antiguos muestran que, después de la formación de las poblaciones fundadoras, surgieron diferentes ramas de ascendencia que contribuyeron a poblar amplias regiones del continente. Algunas de estas divisiones están relacionadas con los principales linajes ancestrales identificados en América del Norte, Central y del Sur, aunque su distribución histórica fue modificándose mediante desplazamientos, contactos e intercambios genéticos. Además, durante el Holoceno se produjeron nuevas migraciones desde el nordeste asiático hacia regiones septentrionales de América, particularmente vinculadas a determinadas poblaciones árticas. Estas incorporaciones posteriores no contradicen el origen asiático del poblamiento inicial, pero demuestran que las conexiones humanas entre ambos continentes continuaron existiendo en diferentes momentos. También recuerdan que la historia genética de los pueblos indígenas no puede reducirse a una única población ancestral completamente homogénea.
Las conclusiones actuales permiten considerar el nordeste de Asia como la principal región de procedencia de las poblaciones fundadoras de América, aunque todavía existen cuestiones abiertas sobre su formación y diversificación inicial. El conocimiento disponible no respalda las hipótesis que proponen poblaciones europeas como origen principal de los primeros americanos. Al mismo tiempo, la identificación de vínculos biológicos no permite reconstruir automáticamente las lenguas, creencias o identidades culturales de aquellas comunidades, pues la ascendencia genética y la evolución de las culturas responden a procesos diferentes. Las sociedades indígenas americanas surgieron de trayectorias históricas propias y desarrollaron una extraordinaria diversidad a partir de antiguas conexiones humanas. Comprender su origen asiático constituye una base esencial para estudiar el poblamiento continental, pero la reconstrucción de los territorios que atravesaron y de las condiciones ambientales que encontraron requiere examinar específicamente la historia de Beringia durante la última glaciación.
-Moreno-Mayar, J. Víctor, et al. (2018). «Terminal Pleistocene Alaskan genome reveals first founding population of Native Americans». Nature, 553, pp. 203–207.
-Moreno-Mayar, J. Víctor, et al. (2018). «Early human dispersals within the Americas». Science, 362(6419), eaav2621.
-Raghavan, Maanasa, et al. (2015). «Genomic evidence for the Pleistocene and recent population history of Native Americans». Science, 349(6250), aab3884.
3.2. Beringia durante la última glaciación
Beringia fue una extensa región geográfica situada entre el nordeste de Asia y el noroeste de América, cuya existencia desempeñó un papel fundamental en la historia natural y humana de ambos continentes. Durante las fases frías del Pleistoceno, el descenso del nivel del mar dejó al descubierto amplias superficies que actualmente permanecen sumergidas bajo los mares de Bering y Chukchi, estableciendo una conexión terrestre entre Siberia y Alaska. Sin embargo, Beringia no debe imaginarse como un puente estrecho que únicamente permitía atravesar de un continente a otro. Se trataba de un territorio de enormes dimensiones que, en su definición geográfica más amplia, comprendía sectores del extremo oriental de Siberia, las tierras emergidas entre ambos continentes y regiones de Alaska y el noroeste de Canadá. Durante el Último Máximo Glacial, hace aproximadamente 26.500-19.000 años, esta conexión alcanzó una extensión considerable, formando parte de un paisaje ártico muy diferente del actual. Su importancia histórica reside en que constituyó un espacio habitable y ecológicamente diverso, cuya configuración permitió la circulación de especies y ofreció condiciones potencialmente favorables para la presencia de grupos humanos.
Una de las características más sorprendentes de Beringia fue que gran parte de su territorio permaneció libre de grandes mantos de hielo, incluso durante las fases más frías de la última glaciación. Mientras extensas regiones de América del Norte estaban cubiertas por los glaciares Laurentino y de la Cordillera, buena parte de Alaska y de las tierras beringianas conservaba superficies descubiertas. La explicación se encuentra principalmente en las condiciones climáticas de la región: las temperaturas eran muy bajas, pero también existía una notable aridez que limitaba la acumulación de nieve necesaria para formar grandes masas glaciales. En numerosas zonas predominaba el permafrost, es decir, un suelo que permanecía congelado durante largos periodos, mientras que las montañas más elevadas podían albergar glaciares locales. Esta combinación de frío intenso, escasas precipitaciones y extensas llanuras sin hielo convirtió a Beringia en un refugio para numerosas especies. Su permanencia como territorio libre de grandes glaciares resulta esencial para comprender por qué pudo mantener comunidades vegetales y animales durante etapas en las que otras regiones septentrionales estaban sometidas a condiciones mucho más restrictivas.
Los ecosistemas beringianos presentaban una diversidad mayor de la que tradicionalmente se atribuía a los paisajes de la Edad del Hielo. Durante mucho tiempo se consideró que predominaba una gran estepa fría, relativamente seca y cubierta por hierbas, semejante a determinados ambientes actuales de Siberia. Las investigaciones paleobotánicas han permitido matizar esta interpretación y reconocer la existencia de diferentes comunidades vegetales. En amplias regiones de Alaska y Siberia oriental se desarrollaron formaciones de estepa-tundra, con gramíneas, plantas herbáceas y vegetación adaptada a las bajas temperaturas. Sin embargo, los estudios de sedimentos recuperados del antiguo puente terrestre indican que algunas zonas centrales presentaban tundras relativamente húmedas, con pequeños arbustos, sauces y abedules enanos. Esta variedad de ambientes demuestra que Beringia no constituía una llanura ecológicamente uniforme. La vegetación dependía de las condiciones locales de humedad, exposición al viento, relieve y características del suelo, factores que también influyeron en la distribución de los animales y en las posibilidades de aprovechamiento de sus recursos.
La fauna beringiana incluía numerosos mamíferos adaptados a los ambientes fríos y abiertos. Entre los grandes herbívoros destacaban los mamuts lanudos, bisontes esteparios, caballos, bueyes almizcleros y otros animales capaces de aprovechar la vegetación disponible. También existían depredadores, como grandes felinos, lobos y osos, además de pequeños mamíferos y numerosas especies de aves e insectos. Los restos fósiles muestran que Beringia desempeñó un papel importante en los intercambios faunísticos entre Asia y América, aunque estas conexiones no implicaron una circulación libre e idéntica para todas las especies. Algunas pudieron extenderse por ambos continentes, mientras que otras encontraron dificultades relacionadas con las diferencias de vegetación, humedad o disponibilidad de alimentos. El rinoceronte lanudo, por ejemplo, estuvo presente en Siberia, pero no llegó a establecer poblaciones en América del Norte. Los mamuts, en cambio, ocuparon regiones situadas a ambos lados de la conexión terrestre. Estas diferencias permiten comprender que Beringia funcionaba como un territorio con sus propias condiciones ecológicas, y no simplemente como una vía de comunicación utilizada indistintamente por todos los animales.
La posible presencia prolongada de poblaciones humanas en Beringia constituye una de las cuestiones más interesantes de su investigación. Los modelos genéticos sugieren que los antepasados de los primeros americanos pudieron experimentar un periodo de diferenciación respecto a otras poblaciones asiáticas antes de extenderse por el continente. Una interpretación conocida como hipótesis del aislamiento beringiano, o Beringian Standstill Hypothesis, plantea que parte de esa diferenciación pudo desarrollarse en Beringia o en regiones próximas del nordeste asiático, donde determinados grupos habrían permanecido durante miles de años. Las condiciones relativamente favorables de algunos sectores libres de hielo hacen plausible la existencia de comunidades capaces de aprovechar los recursos animales y vegetales disponibles. Sin embargo, todavía no se ha demostrado arqueológicamente que toda esa etapa de aislamiento genético transcurriera específicamente sobre las tierras hoy sumergidas. La localización de antiguos asentamientos resulta especialmente difícil porque gran parte del territorio desapareció bajo el océano al finalizar la glaciación. Por ello, Beringia representa un escenario fundamental para comprender el poblamiento americano, aunque la duración y las características de las posibles ocupaciones humanas continúan siendo objeto de investigación.
La transformación definitiva de Beringia estuvo relacionada con el calentamiento climático que acompañó el final del Pleistoceno. El retroceso de los grandes mantos de hielo provocó un ascenso progresivo del nivel oceánico y la inundación de las tierras bajas que conectaban Asia y América. Hacia el comienzo del Holoceno, aquella extensa continuidad terrestre había desaparecido y ambos continentes quedaron separados por el estrecho de Bering, aunque las regiones situadas a sus lados conservaron importantes semejanzas ambientales y biológicas. La pérdida del antiguo puente continental modificó los ecosistemas y las posibilidades de desplazamiento terrestre, pero no supuso la desaparición de las relaciones humanas entre Siberia y Alaska, que continuaron mediante contactos marítimos en periodos posteriores. El estudio de Beringia permite comprender cómo una región actualmente sumergida pudo desempeñar un papel decisivo en la historia de la distribución de los seres vivos y en las primeras etapas de la presencia humana americana. Su reconstrucción ofrece además un ejemplo significativo de cómo los cambios ambientales pueden transformar profundamente la geografía conocida y condicionar los movimientos de las poblaciones a lo largo del tiempo.
-Elias, Scott (2015). «Beringia: Lost World of the Ice Age». Alaska Park Science, National Park Service. Estudio divulgativo especializado sobre la extensión, las condiciones ambientales, la vegetación y la fauna de Beringia durante las glaciaciones.
-Ager, Thomas A. (2003). «Late Quaternary vegetation and climate history of the central Bering land bridge from St. Michael Island, western Alaska». Quaternary Research. Investigación paleobotánica sobre la evolución de la vegetación y el clima de Beringia a partir del análisis de sedimentos y polen fósil.
-Hoffecker, John F., Elias, Scott A., O’Rourke, Dennis H., Scott, G. Richard, y Bigelow, Nancy H. (2016). «Beringia and the Global Dispersal of Modern Humans». Evolutionary Anthropology, 25(2), pp. 64–78. Revisión de las evidencias arqueológicas y genéticas relacionadas con la ocupación humana de Beringia y su posible papel en el poblamiento americano.
Beringia: el puente terrestre entre Asia y América durante la última glaciación. Mapa paleogeográfico de Beringia hace aproximadamente 21.000 años, durante el Último Máximo Glacial. La imagen muestra la amplia región terrestre que unía el nordeste de Asia con Alaska cuando el nivel del mar era mucho más bajo que en la actualidad, así como la posición de las costas antiguas y de los hielos continentales.
Durante la última glaciación, el descenso del nivel del mar dejó al descubierto una vasta extensión de tierra entre Siberia y Alaska conocida como Beringia. Lejos de ser un simple estrecho congelado o un paso reducido, Beringia constituyó una auténtica región subcontinental, con gran amplitud territorial y unas condiciones ambientales propias. Este espacio unía físicamente Asia y América del Norte y desempeñó un papel decisivo en la historia del poblamiento americano.
El mapa permite observar con claridad la diferencia entre la línea de costa de hace 21.000 años y la costa actual. También muestra la localización de diversos elementos geográficos de la región, como la península de Chukchi, la península de Seward, Alaska y el nordeste de Siberia. Al mismo tiempo, señala las zonas ocupadas por los hielos glaciares, recordando que la presencia de grandes masas heladas condicionaba los desplazamientos y la accesibilidad al continente americano.
Más que un simple “puente” estrecho, Beringia fue un territorio amplio y complejo, con paisajes de tundra-estepa, ríos, llanuras y áreas ecológicamente habitables. Su estudio ayuda a comprender mejor cómo las poblaciones procedentes de Asia pudieron llegar al continente americano y cómo los cambios climáticos y marinos terminaron por sumergir esta conexión terrestre, restableciendo la separación marítima del estrecho de Bering.
Beringia hace 21.000 años. Mapa paleogeográfico del National Park Service (NPS), Estados Unidos, difundido a través de Wikimedia Commons con el título “Beringia-Map_Bathymetry_web72_final.png”.Crédito recomendado: National Park Service (Estados Unidos), Beringia-Map_Bathymetry_web72_final.png, vía Wikimedia Commons. Imagen original conservada sin alteraciones sustanciales, utilizada con finalidad divulgativa para ilustrar la configuración geográfica de Beringia durante el Último Máximo Glacial.
3.3. Cuándo comenzó el poblamiento
Determinar cuándo llegaron los primeros seres humanos a América constituye uno de los problemas más debatidos de la arqueología prehistórica. Durante buena parte del siglo XX predominó la idea de que el poblamiento había comenzado hace aproximadamente 13.000 años, coincidiendo con la aparición de la cultura Clovis en América del Norte. Sus características puntas de piedra, encontradas en numerosos yacimientos, fueron consideradas durante décadas las herramientas de los primeros habitantes del continente. Este planteamiento, conocido como modelo «Clovis primero», ofrecía una explicación relativamente sencilla, pero comenzó a perder solidez cuando aparecieron evidencias arqueológicas anteriores. Actualmente se acepta que la presencia humana en América precede a Clovis, aunque todavía no existe acuerdo definitivo sobre la fecha de llegada de las primeras poblaciones. La investigación debe distinguir, además, entre las ocupaciones humanas más antiguas que podemos documentar y el momento real en que los primeros grupos entraron en el continente, que necesariamente pudo ser anterior.
La revisión de las antiguas cronologías se apoyó inicialmente en yacimientos que mostraban indicios de ocupaciones anteriores a los 13.000 años. Entre ellos destaca Cooper’s Ferry, situado en Idaho, Estados Unidos, donde las investigaciones identificaron materiales arqueológicos asociados a ocupaciones que comenzaron aproximadamente hace 16.000 años. Estos descubrimientos demostraron que existían tradiciones tecnológicas anteriores a las industrias Clovis y contribuyeron a cuestionar la interpretación de una entrada humana exclusivamente tardía. En América del Sur también se han identificado yacimientos que apuntan a ocupaciones tempranas, aunque la antigüedad de algunos continúa siendo discutida. El caso de Monte Verde, en Chile, tradicionalmente fechado en torno a 14.500 años, adquirió una importancia extraordinaria en este debate. Sin embargo, una investigación publicada en 2026 ha cuestionado esa cronología y propuesto una antigüedad mucho menor, interpretación que ha generado nuevas discrepancias científicas. Estos ejemplos muestran que el estudio del poblamiento americano permanece abierto y que incluso yacimientos ampliamente investigados pueden ser objeto de nuevas revisiones.
Uno de los hallazgos más importantes de las últimas décadas procede del Parque Nacional de White Sands, en Nuevo México. Allí se descubrieron numerosas huellas humanas conservadas en antiguos sedimentos próximos a un lago desaparecido. Las investigaciones publicadas inicialmente en 2021 situaron determinadas huellas entre hace aproximadamente 21.000 y 23.000 años, una antigüedad considerablemente anterior a la tradicionalmente atribuida a los primeros americanos. Las dataciones originales, obtenidas mediante restos de plantas acuáticas, suscitaron dudas relacionadas con la posible presencia de carbono antiguo en las muestras. Sin embargo, nuevos análisis publicados en 2023 utilizaron polen terrestre y técnicas de luminiscencia, obteniendo resultados compatibles con las fechas iniciales. Investigaciones independientes posteriores, publicadas en 2025, aportaron nuevas dataciones y observaciones estratigráficas que reforzaron esta cronología. Aunque continúan existiendo cuestiones sobre el alcance histórico de estas ocupaciones, White Sands proporciona evidencias importantes de presencia humana en América del Norte durante el Último Máximo Glacial.
Estos descubrimientos han obligado a reconsiderar las relaciones entre el poblamiento y las condiciones ambientales del final del Pleistoceno. Si existían comunidades humanas en el actual suroeste estadounidense hace más de 20.000 años, sus antepasados tuvieron que alcanzar regiones situadas al sur de los grandes mantos de hielo con anterioridad. Este hecho plantea interrogantes sobre las posibilidades de desplazamiento disponibles durante las fases más intensas de la glaciación. Los estudios genéticos también proporcionan información relevante, pues permiten estimar cuándo comenzaron a diferenciarse determinadas poblaciones ancestrales americanas respecto a otros grupos asiáticos. Sin embargo, estas estimaciones no equivalen necesariamente a fechas de ocupación arqueológica. Una población podía experimentar cambios genéticos antes de desplazarse a un territorio nuevo, por lo que no resulta correcto identificar automáticamente la separación entre linajes con el momento de entrada en América. La combinación de ambas disciplinas permite establecer modelos más completos, pero todavía no proporciona una cronología única y definitiva.
Algunas investigaciones han propuesto fechas considerablemente anteriores a las tradicionalmente aceptadas. Un estudio publicado en Nature en 2020, basado en el análisis estadístico de dataciones procedentes de 42 yacimientos norteamericanos y beringianos, planteó la posibilidad de una presencia humana anterior o contemporánea al Último Máximo Glacial, situado aproximadamente entre hace 26.500 y 19.000 años. Otros yacimientos han proporcionado materiales cuya antigüedad propuesta alcanza incluso periodos anteriores, aunque su interpretación suscita importantes controversias. En estos casos, resulta fundamental comprobar que los objetos identificados fueron realmente modificados por seres humanos, que permanecen en su contexto original y que las fechas obtenidas corresponden efectivamente a la actividad investigada. La antigüedad de un sedimento, por sí sola, no demuestra la presencia humana si no existen evidencias convincentes de ocupación. Por este motivo, la investigación diferencia entre descubrimientos bien respaldados, interpretaciones plausibles y propuestas que todavía necesitan verificaciones independientes.
La información disponible permite afirmar que el poblamiento americano comenzó antes de la expansión de la cultura Clovis y que algunas evidencias sitúan comunidades humanas en América del Norte hace más de 20.000 años. Sin embargo, establecer una fecha exacta para la primera llegada continúa siendo imposible con los conocimientos actuales. Tampoco debe suponerse que aquella presencia inicial implicara una ocupación inmediata, continua y generalizada de todo el continente. Pudo existir una considerable distancia temporal entre las primeras entradas humanas, el establecimiento de comunidades duraderas y la posterior expansión hacia diferentes regiones. El registro arqueológico conserva únicamente fragmentos de ese proceso, condicionados por la destrucción de antiguos asentamientos, la desaparición de territorios costeros y las dificultades propias de las investigaciones. La cronología del poblamiento debe entenderse, por tanto, como una reconstrucción progresiva cuya precisión dependerá de nuevos hallazgos y métodos de datación. Estas incertidumbres resultan fundamentales para examinar si la ocupación de América se desarrolló mediante una sola expansión o a través de diferentes fases migratorias.
-Becerra-Valdivia, Lorena, y Higham, Thomas (2020). «The timing and effect of the earliest human arrivals in North America». Nature, 584, pp. 93–97. Investigación sobre la cronología de las primeras ocupaciones norteamericanas mediante el análisis de dataciones arqueológicas y modelos estadísticos.
-Pigati, Jeffrey S., et al. (2023). «Independent age estimates resolve the controversy of ancient human footprints at White Sands». Science, 382(6666), pp. 73–75. Investigación que refuerza mediante métodos independientes la datación de las huellas humanas de White Sands entre hace 21.000 y 23.000 años.
-Surovell, Todd A., et al. (2026). «A mid-Holocene age for Monte Verde challenges the timeline of human colonization of South America». Science, 391(6791), pp. 1283–1288. Estudio que cuestiona la cronología tradicional de Monte Verde y reabre el debate sobre la antigüedad de este yacimiento chileno.
3.4. Un proceso desarrollado probablemente en diferentes fases
El poblamiento de América no debe imaginarse necesariamente como una única migración en la que un grupo humano atravesó desde Asia y se extendió de manera inmediata por todo el continente. Las investigaciones arqueológicas y genéticas muestran un proceso mucho más prolongado, caracterizado por la formación de poblaciones ancestrales, su diferenciación y sucesivos movimientos humanos. Sin embargo, conviene distinguir entre una población fundadora común y la posibilidad de diferentes fases de expansión: ambas interpretaciones no son incompatibles. Los estudios genómicos señalan que gran parte de la ascendencia de los pueblos indígenas americanos procede de una población fundadora relacionada con el nordeste de Asia, pero sus descendientes experimentaron posteriormente divisiones, desplazamientos y contactos que modificaron la distribución de sus linajes. Por ello, hablar de varias fases no significa necesariamente defender numerosas migraciones independientes desde continentes distintos, sino reconocer que la ocupación americana pudo desarrollarse mediante una secuencia compleja de acontecimientos separados en el tiempo.
Una primera etapa correspondería a la formación y diferenciación de las poblaciones ancestrales antes de su expansión por América. Los análisis del ADN antiguo sugieren que los antepasados de los primeros americanos comenzaron a separarse genéticamente de otras poblaciones asiáticas durante el Pleistoceno tardío, aunque mantuvieron contactos durante parte de ese proceso. Algunos modelos proponen que determinados grupos permanecieron relativamente aislados durante miles de años en Beringia o en regiones próximas de Siberia oriental. Esta hipótesis permite explicar ciertas características genéticas compartidas por numerosas poblaciones indígenas americanas, pero todavía existen incertidumbres sobre la localización exacta y la duración de aquel posible aislamiento. La presencia de comunidades humanas en esos territorios no implica que todos sus descendientes emprendieran simultáneamente el desplazamiento hacia el sur. Es probable que los movimientos dependieran de oportunidades ambientales, disponibilidad de recursos, relaciones entre grupos y cambios demográficos que pudieron desarrollarse durante numerosas generaciones.
Una segunda fase estaría relacionada con la expansión de las poblaciones fundadoras hacia distintas regiones americanas. Los estudios genéticos han identificado una diferenciación temprana entre importantes ramas ancestrales de los indígenas americanos, aunque la cronología y el escenario geográfico de esa separación continúan investigándose. El análisis de un individuo de aproximadamente 11.500 años encontrado en Upward Sun River, Alaska, permitió reconocer una rama denominada antiguos beringianos, diferenciada de los antepasados de otras poblaciones indígenas conocidas. Por su parte, investigaciones basadas en genomas antiguos de América del Norte y del Sur han identificado procesos de diversificación temprana que indican una historia demográfica dinámica. Estos resultados sugieren que la expansión continental no consistió en el desplazamiento de una población completamente uniforme, sino en la progresiva diferenciación de comunidades que pudieron establecerse en territorios distintos, mantener contactos o experimentar periodos de relativo aislamiento. Las relaciones genéticas permiten reconocer parte de estas transformaciones, aunque no siempre indican cuándo se produjo cada movimiento ni qué itinerarios utilizaron sus protagonistas.
La distribución de los testimonios arqueológicos también resulta compatible con un proceso de ocupación desarrollado durante diferentes momentos, aunque todavía no permite reconstruir una secuencia continental completa. Las evidencias anteriores a la cultura Clovis muestran que existieron comunidades humanas en América antes de las fechas tradicionalmente aceptadas, mientras que otros yacimientos revelan posteriores expansiones y transformaciones tecnológicas. Sin embargo, la aparición de distintas herramientas o tradiciones arqueológicas no demuestra por sí misma la llegada de nuevas poblaciones desde Asia. Las diferencias materiales pueden surgir mediante innovaciones locales, transmisión de conocimientos o adaptación a recursos específicos. Del mismo modo, la presencia de restos humanos en regiones muy alejadas no significa necesariamente que sus habitantes pertenecieran a migraciones independientes. Para interpretar estos hallazgos es necesario combinar las dataciones, las características de los asentamientos y las relaciones biológicas identificadas mediante el ADN antiguo. Esta precaución resulta esencial para evitar que cada descubrimiento arqueológico se convierta automáticamente en una supuesta nueva oleada migratoria.
Además del poblamiento fundador, existen evidencias de movimientos humanos posteriores que contribuyeron a aumentar la diversidad genética y cultural del continente. Durante el Holoceno se produjeron nuevas conexiones entre el nordeste asiático y las regiones septentrionales americanas, especialmente importantes para comprender la historia de determinadas poblaciones árticas y subárticas. Los estudios genómicos han identificado aportaciones ancestrales posteriores relacionadas con grupos de Siberia, así como complejos procesos de mezcla entre comunidades establecidas en América. En algunas regiones, estos contactos estuvieron acompañados por cambios arqueológicos y culturales, aunque las relaciones entre migraciones, lenguas y tradiciones materiales deben estudiarse individualmente. También dentro del continente se produjeron desplazamientos de población, expansiones regionales y contactos entre sociedades que ya compartían una historia americana prolongada. Estas transformaciones muestran que el poblamiento no terminó cuando los primeros grupos alcanzaron las regiones meridionales, sino que la distribución humana continuó modificándose durante miles de años mediante movimientos de diferente escala.
En conjunto, las investigaciones actuales favorecen una interpretación del poblamiento americano como un proceso gradual, dinámico y desarrollado mediante diferentes fases de diferenciación y expansión humana. La existencia de una ascendencia fundadora principalmente asiática constituye una conclusión sólidamente respaldada, pero todavía no conocemos con precisión el número de movimientos iniciales, su duración ni las relaciones entre todas las poblaciones participantes. Algunos modelos proponen una expansión fundadora principal seguida de diversificaciones internas, mientras que otros contemplan una historia temprana más compleja, siempre condicionada por la calidad y distribución de las evidencias disponibles. La ausencia de restos arqueológicos en determinados territorios tampoco demuestra necesariamente que permanecieran deshabitados, especialmente cuando sus antiguos paisajes pudieron desaparecer por transformaciones ambientales. Comprender estas limitaciones permite distinguir entre la historia biológica de las poblaciones y la reconstrucción de sus desplazamientos geográficos. El siguiente problema consiste precisamente en investigar por dónde pudieron avanzar aquellos grupos humanos y qué condiciones ofrecían las diferentes rutas de entrada al continente.
-Raghavan, Maanasa, et al. (2015). «Genomic evidence for the Pleistocene and recent population history of Native Americans». Science, 349(6250), aab3884. Investigación sobre la ascendencia fundadora de las poblaciones indígenas americanas, su diferenciación y los posteriores contactos genéticos.
-Moreno-Mayar, J. Víctor, et al. (2018). «Terminal Pleistocene Alaskan genome reveals first founding population of Native Americans». Nature, 553, pp. 203–207. Estudio del genoma de un individuo antiguo de Alaska que permitió identificar una rama diferenciada de la población ancestral americana.
-Moreno-Mayar, J. Víctor, et al. (2018). «Early human dispersals within the Americas». Science, 362(6419), eaav2621. Investigación sobre la dispersión temprana, la diversificación genética y los movimientos de población dentro del continente americano.
La expansión de Homo sapiens por el planeta: principales rutas y cronologías. Mapa de las principales rutas propuestas para la expansión de Homo sapiens desde África hacia Eurasia, Oceanía y América. La representación incorpora cronologías aproximadas basadas en investigaciones arqueológicas y genéticas, mostrando la progresiva ocupación humana de diferentes regiones del planeta y el papel de Beringia como conexión entre Asia y América. Nota cronológica. Este mapa representa principalmente la expansión de Homo sapiens durante el Pleistoceno tardío. No incluye las migraciones anteriores de otras especies del género Homo, que habían alcanzado Eurasia hace aproximadamente 1,8 millones de años. Yacimientos como Vallonnet, en Francia, y Atapuerca, en España, documentan una presencia humana muy anterior a la llegada de nuestra especie a Europa.
La expansión de Homo sapiens constituye uno de los grandes procesos de la historia humana. Nuestra especie surgió en África hace aproximadamente 300.000 años y, a través de diferentes movimientos migratorios, comenzó a establecerse progresivamente en otros continentes. Aunque existieron dispersiones anteriores, gran parte de la ascendencia de las poblaciones actuales de fuera de África se relaciona con expansiones que tuvieron lugar hace aproximadamente entre 70.000 y 50.000 años.
Las primeras poblaciones humanas modernas se extendieron por distintas regiones de Asia y Europa, mientras otros grupos alcanzaron las tierras de Sahul, la antigua masa continental que reunía Australia, Nueva Guinea y Tasmania durante las fases de descenso del nivel del mar. Estos desplazamientos no siguieron necesariamente itinerarios únicos ni se produjeron de manera continua. Las investigaciones genéticas y arqueológicas revelan una historia compleja, caracterizada por movimientos sucesivos, contactos entre poblaciones y procesos de diferenciación regional.
El poblamiento de América representa uno de los capítulos más recientes de aquella expansión planetaria. Las poblaciones ancestrales americanas procedían principalmente de grupos relacionados con el nordeste de Asia, y Beringia desempeñó un papel fundamental en su historia. Sin embargo, las fechas de llegada, los itinerarios y la cronología de las primeras ocupaciones continúan investigándose. Las evidencias de White Sands, en Nuevo México, apuntan a presencia humana hace aproximadamente entre 23.000 y 21.000 años, mientras que la antigüedad de algunos yacimientos sudamericanos sigue siendo objeto de debate científico.
Este mapa ofrece una visión general de las principales dispersiones humanas y permite situar el poblamiento americano dentro de una historia mucho más amplia. Las flechas representan itinerarios aproximados, no rutas comprobadas en todos sus tramos, y las fechas deben interpretarse como referencias orientativas sujetas a revisión.
La expansión de Homo sapiens por el planeta. Mapa de síntesis elaborado mediante ChatGPT (OpenAI) para Información Manu, 2026, a partir de modelos arqueológicos y genéticos sobre las dispersiones humanas prehistóricas. Reconstrucción cartográfica divulgativa con cronologías aproximadas; no representa rutas migratorias definitivamente establecidas.
- 4.1. La ruta interior a través de América del Norte
- 4.2. La ruta costera del Pacífico
- 4.3. Otras hipótesis sobre las primeras migraciones
- 4.4. Evidencias arqueológicas y genéticas
La llegada de los primeros seres humanos a América plantea una cuestión fundamental: ¿qué caminos utilizaron las poblaciones procedentes del nordeste asiático para alcanzar y ocupar las distintas regiones del continente? Aunque Beringia proporcionó una conexión terrestre entre Asia y América durante determinadas fases del Pleistoceno, atravesar aquel territorio no implicaba disponer de un acceso inmediato a las regiones situadas más al sur. La presencia de enormes mantos de hielo, las condiciones climáticas cambiantes y la distribución de los recursos naturales condicionaron las posibilidades de desplazamiento. Por ello, la investigación arqueológica ha propuesto diferentes itinerarios que permiten explicar cómo pudieron avanzar las comunidades humanas desde las regiones septentrionales hasta otros territorios americanos.
Las dos principales hipótesis consideran una ruta interior a través de América del Norte y otra vinculada al litoral del océano Pacífico. La primera contempla el aprovechamiento de un corredor libre de hielo entre las grandes masas glaciales, cuya apertura y habitabilidad variaron durante el final del Pleistoceno. La segunda propone desplazamientos por las regiones costeras, donde los recursos marinos pudieron favorecer la movilidad y el establecimiento de comunidades. Ambas posibilidades presentan dificultades de reconstrucción, especialmente porque numerosos paisajes antiguos desaparecieron o fueron profundamente transformados. También se han planteado otras explicaciones migratorias, aunque no todas cuentan con el mismo respaldo científico y algunas han sido ampliamente cuestionadas.
La reconstrucción de estas rutas depende de la combinación de evidencias arqueológicas, estudios genéticos y conocimientos sobre la evolución de los antiguos paisajes. Las fechas de los asentamientos, la distribución de las herramientas, las relaciones entre poblaciones y los cambios ambientales permiten evaluar la viabilidad de los distintos itinerarios, aunque todavía no existe una explicación definitiva que resuelva todos los interrogantes. Los siguientes apartados examinarán las características de la ruta interior, las posibilidades ofrecidas por la costa del Pacífico, las principales hipótesis alternativas y las pruebas disponibles para contrastarlas. El objetivo será comprender cómo las condiciones geográficas y las decisiones humanas pudieron contribuir a configurar los primeros desplazamientos por el continente americano.
4.1. La ruta interior a través de América del Norte
La ruta interior de América del Norte constituye una de las principales hipótesis propuestas para explicar cómo las primeras poblaciones humanas pudieron avanzar desde las regiones de Alaska y Beringia hacia los territorios situados al sur de los grandes mantos de hielo. Durante la última glaciación, buena parte del actual Canadá permaneció cubierta por dos enormes sistemas glaciales: el manto Laurentino, extendido principalmente por las regiones centrales y orientales, y el manto de hielo de la Cordillera, localizado en las montañas occidentales. Estas masas de hielo formaron durante determinados periodos una barrera que dificultaba enormemente la comunicación terrestre entre el extremo noroccidental del continente y las grandes llanuras norteamericanas. Sin embargo, el retroceso progresivo de los glaciares permitió que apareciera una franja de terreno libre de hielo entre ambos sistemas, conocida como corredor interior o corredor libre de hielo. Durante décadas, esta posible vía de comunicación fue considerada la explicación más probable para la expansión de los primeros americanos hacia el sur, aunque las investigaciones recientes han obligado a revisar su cronología y su verdadero papel en el poblamiento continental.
La configuración del corredor dependió de la evolución de los grandes mantos glaciales y de las condiciones geográficas del oeste de Canadá. Su trazado general se situaba entre el borde oriental de las Montañas Rocosas y las regiones ocupadas por el hielo Laurentino, atravesando sectores de los actuales territorios de Alberta y otras zonas del interior canadiense. No constituía una carretera natural continua y estable, sino un espacio cambiante, cuya anchura y accesibilidad dependían de los avances y retrocesos del hielo. En determinados momentos, las masas glaciales llegaron a unirse, cerrando completamente el paso; en otros, su separación dejó al descubierto valles, llanuras y depresiones que pudieron convertirse en zonas de tránsito. La existencia de lagos formados por el deshielo, grandes cursos de agua y superficies recientemente liberadas también condicionaba los desplazamientos. Por ello, la apertura física de una franja sin hielo no significaba necesariamente que pudiera ser recorrida de inmediato por comunidades humanas. Para convertirse en una ruta practicable debía ofrecer condiciones ambientales suficientemente favorables, recursos alimentarios y posibilidades de desplazamiento a través de extensos territorios.
La cronología de esta apertura ha sido objeto de importantes investigaciones geológicas. Durante mucho tiempo se consideró que el corredor pudo encontrarse disponible hacia el final del Pleistoceno, coincidiendo aproximadamente con la expansión de la cultura Clovis. Sin embargo, nuevas dataciones han permitido precisar considerablemente esta interpretación. Un estudio publicado en 2022, basado en la exposición de superficies rocosas anteriormente cubiertas por el hielo, situó la apertura completa del corredor hacia hace aproximadamente 13.800 años, con un margen de incertidumbre de unos 500 años. Esta estimación resulta especialmente importante porque existen evidencias de ocupación humana en regiones situadas al sur de los mantos glaciales anteriores a esa fecha. En consecuencia, el corredor interior difícilmente puede explicar por sí solo las primeras presencias humanas documentadas en América, aunque pudo desempeñar un papel relevante en movimientos posteriores. Conviene recordar que las reconstrucciones glaciales presentan variaciones regionales y que la fecha de apertura geográfica no debe confundirse con el momento en que toda la ruta adquirió condiciones adecuadas para el tránsito humano.
La habitabilidad del corredor constituye precisamente una segunda cuestión fundamental. Las regiones recién liberadas por los glaciares no disponían necesariamente de vegetación abundante ni de comunidades animales capaces de mantener a grupos humanos durante desplazamientos prolongados. Para conocer cómo evolucionaron estos ambientes, los investigadores han estudiado sedimentos lacustres, restos vegetales, polen antiguo y ADN ambiental conservado en depósitos naturales. Una investigación publicada en Nature en 2016 identificó la presencia de vegetación abierta, bisontes y mamuts en un sector particularmente importante del corredor hace aproximadamente 12.600 años. Posteriormente aparecieron comunidades vegetales más desarrolladas y especies asociadas a nuevos ambientes, como alces y otros grandes herbívoros. Estos resultados indican que la recuperación ecológica fue progresiva y que algunas zonas pudieron permanecer poco favorables para la ocupación humana durante un tiempo considerable después del retroceso del hielo. Otras investigaciones sobre restos fósiles de bisontes sugieren que determinados animales atravesaban el corredor hacia hace 13.400-13.000 años, lo que demuestra que su accesibilidad biológica pudo variar según la región, la especie y el periodo considerado.
Las evidencias arqueológicas permiten valorar también la importancia del corredor como posible espacio de comunicación entre comunidades humanas. La distribución de determinadas industrias de piedra, especialmente las puntas de proyectil acanaladas, ha sido utilizada para investigar las relaciones entre poblaciones de las Grandes Llanuras, el interior canadiense y las regiones septentrionales. Algunos estudios comparativos de estas herramientas sugieren contactos y movimientos humanos a través del corredor una vez que las condiciones ambientales permitieron su utilización. Sin embargo, identificar semejanzas tecnológicas no basta para determinar automáticamente la dirección de una migración. Los conocimientos podían transmitirse mediante contactos entre comunidades, mientras que determinadas formas de herramientas podían desarrollarse o modificarse por necesidades semejantes. Incluso se ha propuesto que algunas tradiciones tecnológicas pudieron difundirse desde regiones meridionales hacia el norte, en lugar de seguir exclusivamente el sentido contrario. Esta posibilidad resulta importante porque demuestra que la ruta interior pudo funcionar como un espacio de comunicación en diferentes direcciones, y no únicamente como el camino inicial utilizado para penetrar en el continente.
La interpretación actual de la ruta interior es, por tanto, más compleja que la propuesta tradicionalmente. Su existencia geográfica está bien documentada, pero las investigaciones indican que su apertura y recuperación ecológica fueron relativamente tardías respecto a determinadas evidencias de presencia humana al sur de los grandes mantos de hielo. Esto reduce considerablemente su viabilidad como explicación exclusiva del poblamiento inicial, sin descartar que fuera utilizada por comunidades posteriores ni que desempeñara un papel importante en los contactos entre regiones septentrionales y meridionales. Tampoco puede excluirse que la historia de las conexiones interiores incluyera situaciones anteriores todavía insuficientemente documentadas, aunque cualquier propuesta de este tipo necesita pruebas arqueológicas y geológicas convincentes. El corredor libre de hielo debe entenderse como una vía cuya importancia cambió con el tiempo, condicionada por la evolución del paisaje y las posibilidades reales de subsistencia. Su estudio demuestra que la presencia de un paso geográfico no garantiza por sí misma la existencia de una migración humana y explica por qué la investigación del poblamiento americano ha prestado una atención creciente a otras posibilidades de desplazamiento, especialmente las relacionadas con la costa del océano Pacífico.
-Pedersen, Mikkel W., et al. (2016). «Postglacial viability and colonization in North America’s ice-free corridor». Nature, 537, pp. 45–49. Investigación basada en sedimentos, polen y ADN ambiental para determinar cuándo el corredor comenzó a disponer de ecosistemas capaces de sostener desplazamientos humanos.
-Clark, Jorie, et al. (2022). «The age of the opening of the Ice-Free Corridor and implications for the peopling of the Americas». Proceedings of the National Academy of Sciences, 119(14), e2118558119. Estudio geocronológico que sitúa la apertura completa del corredor hacia hace 13.800 años y examina sus consecuencias para los modelos de poblamiento.
-Smith, Heather L., y Goebel, Ted (2018). «Origins and spread of fluted-point technology in the Canadian Ice-Free Corridor and eastern Beringia». Proceedings of the National Academy of Sciences, 115(16), pp. 4116–4121. Análisis de las herramientas líticas acanaladas y de su distribución para estudiar los contactos y movimientos humanos entre América del Norte y las regiones beringianas.
4.2. La ruta costera del Pacífico
La ruta costera del Pacífico constituye una de las principales hipótesis para explicar cómo las primeras poblaciones humanas pudieron desplazarse desde el nordeste de Asia y Beringia hacia las regiones meridionales de América. Esta interpretación propone que determinados grupos avanzaron siguiendo las costas del Pacífico norte, aprovechando los recursos terrestres y marinos disponibles en los litorales, las islas y los archipiélagos. A diferencia de la ruta interior, condicionada por la presencia de enormes mantos de hielo, el itinerario costero pudo ofrecer oportunidades de desplazamiento durante etapas en las que el interior del continente permanecía bloqueado. Sin embargo, no debe imaginarse como una vía continua, permanentemente abierta y fácil de recorrer. Las condiciones del litoral cambiaron considerablemente durante el Pleistoceno, y algunos sectores estuvieron afectados por glaciares, corrientes intensas y ambientes difíciles. La importancia de esta hipótesis reside en que permite considerar una expansión humana temprana sin depender exclusivamente de la apertura del corredor interior canadiense, cuya disponibilidad fue relativamente tardía.
La reconstrucción de esta posible ruta comienza en las costas del nordeste asiático y del antiguo territorio beringiano, desde donde las poblaciones pudieron desplazarse hacia las regiones del golfo de Alaska y el litoral occidental de América del Norte. Durante la última glaciación, el nivel del océano era considerablemente inferior al actual, de manera que extensas plataformas continentales permanecían emergidas y las líneas de costa se encontraban en posiciones diferentes. En determinadas regiones existían islas, penínsulas, ensenadas y territorios libres de hielo que pudieron facilitar desplazamientos sucesivos. Sin embargo, el manto glaciar de la Cordillera alcanzó sectores del litoral del Pacífico y dificultó el tránsito en algunos momentos. Los estudios paleoclimáticos publicados en 2023 identificaron intervalos potencialmente favorables para una migración costera aproximadamente entre hace 24.500 y 22.000 años, y entre 16.400 y 14.800 años. Estas fechas representan ventanas de viabilidad ambiental propuestas mediante modelos, no pruebas de que se produjeran necesariamente migraciones humanas durante aquellos intervalos.
Una de las explicaciones más conocidas sobre el aprovechamiento de esta ruta es la denominada hipótesis de la autopista de las algas, o Kelp Highway Hypothesis, formulada por Jon Erlandson y otros investigadores. Su planteamiento se basa en la productividad de los ecosistemas marinos asociados a los grandes bosques submarinos de algas pardas, presentes en extensas regiones del Pacífico norte. Estos ambientes proporcionan refugio y alimento a numerosas especies de peces, moluscos, crustáceos, mamíferos marinos y aves, constituyendo una fuente relativamente diversa de recursos para las comunidades humanas capaces de explotarlos. La existencia de ecosistemas semejantes a lo largo de diferentes sectores costeros pudo facilitar desplazamientos sin exigir cambios radicales en las estrategias de subsistencia. Esta hipótesis no presupone necesariamente una navegación oceánica compleja, sino la posibilidad de combinar recorridos terrestres próximos al litoral con desplazamientos cortos por agua, aprovechando islas, canales y zonas protegidas. Tampoco significa que todos los habitantes de aquellas regiones dependieran exclusivamente del mar, pues los recursos terrestres pudieron desempeñar un papel complementario importante.
La utilización de embarcaciones constituye una posibilidad razonable dentro de estos modelos, aunque las evidencias directas correspondientes a las fases más antiguas del poblamiento americano son extremadamente escasas. Las embarcaciones construidas con madera, pieles u otros materiales orgánicos difícilmente se conservan durante miles de años, especialmente en ambientes costeros sometidos a erosión y transformaciones geológicas. Por ello, la ausencia de restos de barcos no demuestra que las primeras poblaciones carecieran de conocimientos náuticos. Sin embargo, tampoco permite afirmar que necesariamente utilizaran embarcaciones determinadas ni reconstruir sus características técnicas. Los desplazamientos pudieron combinar navegación cercana a la costa, recorridos por playas y terrazas litorales, y movimientos a través de territorios interiores próximos. Los modelos paleoceanográficos indican, además, que las corrientes marinas y la presencia estacional de hielo pudieron facilitar algunos desplazamientos y dificultar otros. La investigación publicada por Summer Praetorius y sus colaboradores ha destacado precisamente la importancia de estos factores, mostrando que la viabilidad de una ruta costera dependía de circunstancias ambientales mucho más complejas que la simple ausencia de glaciares.
Las evidencias arqueológicas relacionadas con la ocupación temprana del litoral pacífico resultan especialmente importantes, aunque todavía no proporcionan una reconstrucción completa del itinerario inicial. En la costa occidental de Canadá se han identificado antiguos asentamientos que demuestran una prolongada utilización humana de los ambientes marítimos. Entre ellos destaca Triquet Island, en la Columbia Británica, donde las investigaciones han documentado ocupaciones humanas que se remontan aproximadamente a 14.000 años. Estos descubrimientos muestran que determinadas comunidades aprovechaban territorios costeros desde fechas muy antiguas, aunque no permiten identificar directamente a los primeros migrantes llegados desde Asia. También existen evidencias de aprovechamiento de recursos marinos en otros sectores del Pacífico americano durante el Pleistoceno final y el Holoceno temprano. La principal dificultad para localizar testimonios todavía más antiguos es que numerosas costas habitadas potencialmente por aquellas poblaciones quedaron sumergidas tras el ascenso del nivel del mar. Los yacimientos actualmente conocidos pueden representar únicamente una pequeña parte de una historia costera mucho más extensa.
La hipótesis de la ruta costera del Pacífico ha adquirido una importancia creciente porque resulta compatible con diversas reconstrucciones ambientales y con la existencia de ocupaciones humanas anteriores a la apertura definitiva del corredor interior. Sin embargo, su aceptación como posibilidad sólida no equivale a disponer de pruebas directas de un desplazamiento continuo desde Asia hasta América del Sur siguiendo exclusivamente el litoral. Todavía es necesario identificar más asentamientos antiguos, precisar las condiciones de habitabilidad de diferentes sectores y comprobar las relaciones entre sus ocupaciones. Las investigaciones submarinas y la reconstrucción de paisajes costeros desaparecidos pueden resultar especialmente relevantes para avanzar en este conocimiento. También debe considerarse que las rutas interior y costera no tuvieron por qué excluirse mutuamente: pudieron utilizarse en momentos diferentes y favorecer contactos entre poblaciones ya establecidas. La expansión humana por América probablemente dependió de oportunidades geográficas variables y de estrategias de adaptación diversas. En este contexto, la ruta del Pacífico constituye una explicación científicamente plausible y de gran interés, aunque su cronología exacta y su importancia relativa dentro del poblamiento inicial continúan siendo cuestiones abiertas.
-Erlandson, Jon M., et al. (2007). «The Kelp Highway Hypothesis: Marine Ecology, the Coastal Migration Theory, and the Peopling of the Americas». The Journal of Island and Coastal Archaeology, 2(2), pp. 161–174. Investigación sobre el papel de los ecosistemas marinos del Pacífico en las posibles migraciones humanas costeras.
-Praetorius, Summer K., et al. (2023). «Ice and ocean constraints on early human migrations into North America along the Pacific Coast». Proceedings of the National Academy of Sciences, 120(7), e2208738120. Estudio paleoceanográfico sobre la influencia de los glaciares, las corrientes marinas y el hielo costero en la viabilidad de las primeras migraciones.
-McLaren, Duncan, et al. (2023). «Geo-archaeology and Haíɫzaqv oral history: Long-term human investment and resource use at EkTb-9, Triquet Island, N̓úláw̓itx̌v Tribal Area, Central Coast, British Columbia, Canada». Journal of Archaeological Science: Reports. Investigación geoarqueológica sobre la ocupación humana antigua de Triquet Island y la transformación de los paisajes litorales de la Columbia Británica.
Rutas y cronología del poblamiento de América. Mapa sintético de las principales rutas propuestas para la llegada de Homo sapiens al continente americano. La imagen representa la conexión de Beringia durante el Pleistoceno final, las grandes áreas glaciadas de América del Norte, la posible ruta costera del Pacífico, la ruta interior a través del corredor libre de hielo y algunos hitos cronológicos fundamentales, desde Alaska y White Sands hasta Monte Verde y la Patagonia meridional.
Este esquema ofrece una visión general del poblamiento inicial de América desde una perspectiva geográfica y cronológica. Durante las fases frías del Pleistoceno final, el descenso del nivel del mar permitió la formación de Beringia, una amplia franja de tierra que unió Siberia y Alaska y que desempeñó un papel decisivo en la historia del poblamiento americano. A partir de ese espacio de contacto entre Asia y América, las poblaciones humanas fueron avanzando hacia el sur por itinerarios que hoy siguen siendo objeto de estudio.
El mapa distingue dos grandes posibilidades: la ruta costera del Pacífico, que habría permitido un desplazamiento relativamente rápido siguiendo litorales, recursos marinos y corredores ecológicos favorables, y la ruta interior, vinculada al corredor libre de hielo abierto entre los grandes mantos glaciares de América del Norte. También se señalan algunos lugares y referencias cronológicas especialmente importantes, como White Sands, en Nuevo México, Monte Verde, en Chile, y la llegada a la Patagonia meridional, que ayudan a visualizar la amplitud y la rapidez del proceso.
La imagen debe interpretarse como un esquema orientativo, no como una reconstrucción definitiva. Las flechas y fechas simplifican un fenómeno mucho más complejo, desarrollado probablemente en distintas fases, con movimientos sucesivos, adaptaciones regionales y cronologías todavía discutidas en algunos casos. Aun así, el mapa resulta muy útil para situar de un vistazo las dimensiones espaciales del poblamiento americano y para comprender cómo la arqueología, la paleoecología y la genética intentan reconstruir uno de los procesos más fascinantes de la prehistoria mundial.
4.3. Otras hipótesis sobre las primeras migraciones
Además de las rutas interior norteamericana y costera del Pacífico, la investigación sobre el poblamiento de América ha considerado otras hipótesis destinadas a explicar la procedencia y los desplazamientos de sus primeras poblaciones. Algunas surgieron de la comparación entre herramientas arqueológicas, restos humanos y características culturales de regiones geográficamente alejadas; otras se formularon a partir de descubrimientos genéticos que revelaron relaciones ancestrales inesperadas. Sin embargo, estas propuestas presentan grados muy diferentes de respaldo científico y no deben considerarse alternativas igualmente probables. La principal dificultad consiste en distinguir entre el origen biológico de una población, los contactos mantenidos entre comunidades y las rutas geográficas efectivamente recorridas. Una semejanza entre objetos o una relación genética antigua pueden resultar relevantes para formular nuevas preguntas, pero no demuestran necesariamente la existencia de una migración directa entre dos territorios. Por este motivo, las hipótesis alternativas deben valorarse mediante la combinación de evidencias cronológicas, arqueológicas, genéticas y ambientales, evitando interpretaciones basadas únicamente en coincidencias aisladas.
Una de las propuestas más conocidas fue la denominada hipótesis solutrense, que planteaba una posible llegada de poblaciones procedentes de Europa occidental a América del Norte durante el Paleolítico superior. Sus defensores señalaron determinadas semejanzas entre las herramientas de piedra de la cultura solutrense, desarrollada principalmente en la península ibérica y el actual sur de Francia, y algunas puntas de proyectil norteamericanas. A partir de estas comparaciones se propuso que grupos humanos pudieron desplazarse siguiendo los márgenes del hielo del Atlántico norte, aprovechando recursos marinos y posibles formas de navegación. Sin embargo, esta interpretación encontró importantes objeciones. Las industrias solutrense y Clovis presentan diferencias tecnológicas sustanciales y están separadas por una considerable distancia temporal, mientras que no existen pruebas arqueológicas convincentes de una navegación transatlántica realizada por aquellas comunidades. Tampoco los estudios genéticos respaldan un origen europeo solutrense de las poblaciones fundadoras americanas. Por estas razones, la hipótesis no se considera actualmente una explicación científicamente sólida del poblamiento inicial, aunque resulta útil como ejemplo de los riesgos de interpretar semejanzas materiales sin un contexto histórico suficientemente documentado.
También se han planteado posibles conexiones antiguas entre América y distintas regiones del Pacífico, especialmente a partir de determinados rasgos observados en restos humanos sudamericanos y de comparaciones con poblaciones de Oceanía. Algunas interpretaciones antropológicas tradicionales propusieron que las diferencias morfológicas de ciertos esqueletos tempranos podían reflejar la llegada de grupos procedentes directamente de regiones australes. Sin embargo, la forma del cráneo y otros caracteres anatómicos presentan una variabilidad considerable y no permiten establecer por sí solos la procedencia geográfica de una población. La investigación genética ha aportado información más precisa, aunque también ha revelado una historia compleja. En 2015, un estudio publicado en Nature identificó en determinadas poblaciones indígenas amazónicas una pequeña proporción de ascendencia relacionada de manera más estrecha con poblaciones actuales de Australasia que con otros grupos euroasiáticos utilizados en la comparación. Esta señal genética, denominada convencionalmente población Y en algunos modelos científicos, abrió nuevas preguntas sobre la diversidad de las poblaciones ancestrales americanas y sus relaciones con antiguos grupos asiáticos.
La interpretación de aquella afinidad genética requiere especial prudencia. No significa que se haya demostrado una migración directa desde Australia, Nueva Guinea o las islas del Pacífico hasta América del Sur durante el Pleistoceno. Las semejanzas pueden reflejar relaciones entre poblaciones ancestrales muy antiguas, existentes antes de que sus descendientes ocuparan las regiones donde hoy se encuentran. En este contexto, algunos modelos proponen que parte de la diversidad genética detectada en Sudamérica pudo incorporarse a través de grupos relacionados con poblaciones del nordeste asiático que poseían una historia ancestral más heterogénea de lo supuesto anteriormente. Las investigaciones posteriores sobre ADN antiguo han confirmado la importancia de los procesos de diferenciación y mezcla entre poblaciones americanas, aunque todavía no existe una reconstrucción definitiva del origen y la distribución de todas estas afinidades. Conviene recordar que el término población Y designa una ascendencia inferida mediante modelos estadísticos, no una cultura arqueológica identificada ni una comunidad cuya ruta migratoria haya sido reconstruida directamente.
Otras propuestas consideran la posibilidad de desplazamientos realizados mediante pequeñas embarcaciones, recorridos insulares o contactos marítimos desarrollados en momentos diferentes. La experiencia humana demuestra que la navegación costera existía en determinadas regiones de Asia y Oceanía mucho antes del Holoceno, por lo que no resulta necesario imaginar a las primeras poblaciones americanas como grupos exclusivamente terrestres. Sin embargo, la capacidad general de navegación de nuestra especie no demuestra que todos los itinerarios oceánicos fueran utilizados ni permite atribuirles una fecha concreta. También es indispensable separar las posibles migraciones fundadoras de contactos transpacíficos considerablemente posteriores. La expansión de las sociedades polinesias, por ejemplo, pertenece a una cronología muy diferente de la llegada inicial de Homo sapiens a América. Existen investigaciones genéticas que respaldan contactos preeuropeos entre poblaciones polinesias y americanas, pero estos acontecimientos no pueden utilizarse como prueba de un poblamiento pleistoceno procedente directamente de Oceanía. Cada posible conexión debe estudiarse dentro de su propio contexto temporal, geográfico y cultural.
En conjunto, las hipótesis alternativas han contribuido a ampliar las preguntas de la investigación arqueológica, aunque sus resultados deben interpretarse de acuerdo con la calidad de las pruebas disponibles. La ascendencia principalmente asiática de las poblaciones fundadoras americanas continúa siendo la explicación mejor respaldada por los estudios genéticos, mientras que las rutas concretas utilizadas durante las primeras expansiones permanecen parcialmente abiertas. Algunas propuestas antiguas han perdido credibilidad al comprobarse sus dificultades cronológicas o la ausencia de evidencias materiales; otras han permitido reconocer relaciones ancestrales más complejas de lo previsto. La historia del poblamiento americano probablemente incluyó desplazamientos sucesivos, contactos entre comunidades y procesos de diversificación que no pueden reducirse a un esquema migratorio excesivamente sencillo. Sin embargo, reconocer esa complejidad no significa aceptar cualquier itinerario como históricamente demostrado. El avance del conocimiento depende de identificar pruebas verificables y de relacionarlas con reconstrucciones geográficas y cronológicas coherentes. Esta distinción entre posibilidades teóricas y evidencias documentadas constituye el fundamento para examinar, en el siguiente apartado, qué aportan realmente la arqueología y la genética al estudio de las primeras rutas humanas hacia América.
-Straus, Lawrence Guy (2000). «Solutrean Settlement of North America? A Review of Reality». American Antiquity, 65(2), pp. 219–226. Análisis crítico de la hipótesis solutrense y de sus problemas arqueológicos, tecnológicos y cronológicos.
-Skoglund, Pontus, et al. (2015). «Genetic evidence for two founding populations of the Americas». Nature, 525, pp. 104–108. Investigación sobre la diversidad de las ascendencias fundadoras americanas y la identificación de afinidades genéticas relacionadas con poblaciones de Australasia.
-Posth, Cosimo, et al. (2018). «Reconstructing the Deep Population History of Central and South America». Cell, 175(5), pp. 1185–1197.e22. Estudio de ADN antiguo que reconstruye procesos de expansión, diversificación y movimientos de población en América Central y del Sur.
Entre glaciares y océanos: los grandes paisajes del Pacífico norteamericano. Imponente paisaje glaciar del Parque Nacional de los Fiordos de Kenai, en Alaska, donde las montañas, los hielos continentales y las aguas del océano conforman un entorno de extraordinaria belleza y complejidad geográfica. Esta fotografía actual permite apreciar algunas de las características naturales de las regiones septentrionales americanas, cuya configuración durante el Pleistoceno condicionó las posibilidades de desplazamiento y adaptación de las primeras poblaciones humanas.
La geografía americana presenta una diversidad paisajística excepcional, desde las regiones árticas de Alaska y Canadá hasta los bosques tropicales de América Central, las grandes llanuras norteamericanas, los desiertos del suroeste estadounidense y las extensas cordilleras que recorren el continente. Entre estas últimas destacan las Montañas Rocosas y los Andes, cuya continuidad geográfica, aunque articulada en sistemas montañosos diferentes, constituye uno de los grandes elementos del relieve americano.
La fotografía muestra uno de los paisajes característicos del litoral de Alaska, donde los glaciares descienden desde las montañas hasta entrar en contacto con el mar. Durante el Pleistoceno, las condiciones ambientales fueron considerablemente diferentes de las actuales. La extensión de los mantos de hielo, las oscilaciones del nivel oceánico y las transformaciones del litoral modificaron profundamente la geografía del noroeste americano. Determinados sectores de la costa pudieron ofrecer espacios habitables y recursos alimentarios, mientras otros permanecieron cubiertos por el hielo o presentaban importantes dificultades para el tránsito humano.
La hipótesis de una migración temprana siguiendo la costa del Pacífico concede especial importancia a estos ambientes. Las poblaciones humanas pudieron aprovechar recursos marinos, desembocaduras fluviales, zonas costeras libres de hielo y, posiblemente, embarcaciones sencillas para desplazarse entre diferentes territorios. Sin embargo, todavía existen dificultades para reconstruir aquellos itinerarios, especialmente porque numerosos antiguos sectores litorales quedaron sumergidos tras la elevación del nivel del mar al finalizar la última glaciación.
Aunque esta imagen refleja un paisaje contemporáneo y no constituye una reconstrucción directa del Pleistoceno, permite comprender la magnitud de los obstáculos naturales y la diversidad de ambientes que caracterizaron la expansión humana por América. El poblamiento del continente no fue únicamente un proceso migratorio, sino también una prolongada historia de adaptación a algunos de los territorios geográficamente más variados del planeta. Fotografía: Victoria Stauffenberg / National Park Service (NPS), 2021. Dominio público. Original file (9,565 × 3,437 pixels, file size: 3.98 MB). Versión ligeramente editada y optimizada para Información Manu.
4.4. Evidencias arqueológicas y genéticas
La reconstrucción de las primeras rutas humanas hacia América depende de la combinación de evidencias arqueológicas, genéticas y paleoambientales, pues ninguna de estas disciplinas permite identificar por sí sola todos los itinerarios utilizados. La arqueología proporciona testimonios materiales de la presencia humana en lugares y momentos determinados, mientras que la genética permite investigar las relaciones de ascendencia entre poblaciones y reconstruir algunos de sus movimientos. Ambas fuentes responden a preguntas diferentes: un yacimiento puede demostrar que una comunidad ocupó un territorio, pero no necesariamente de dónde procedía; por su parte, una relación genética puede revelar conexiones entre grupos humanos sin precisar el camino geográfico que siguieron. Esta distinción resulta fundamental para comprender el debate sobre las rutas migratorias americanas. La coincidencia entre fechas arqueológicas, relaciones biológicas y condiciones ambientales permite elaborar interpretaciones más sólidas, aunque todavía existen importantes lagunas documentales, especialmente en las regiones septentrionales y en las antiguas costas actualmente sumergidas.
Las evidencias arqueológicas más relevantes proceden de asentamientos, herramientas de piedra, restos de actividades humanas y huellas conservadas en depósitos antiguos. Su distribución geográfica permite identificar territorios ocupados y establecer relaciones cronológicas entre distintas regiones, siempre que los materiales se encuentren en contextos fiables. En la costa occidental de Canadá, por ejemplo, las investigaciones realizadas en Calvert Island, Columbia Británica, identificaron 29 huellas humanas impresas en un antiguo suelo de aproximadamente 13.000 años de antigüedad. Este descubrimiento constituye una prueba directa de presencia humana en el litoral pacífico durante el Pleistoceno final. Otros yacimientos costeros y del interior norteamericano aportan información complementaria sobre la antigüedad y diversidad de aquellas ocupaciones. Sin embargo, la identificación de una comunidad junto al océano no demuestra automáticamente que sus antepasados llegaran por vía marítima. Del mismo modo, encontrar herramientas en una región interior tampoco permite concluir que sus fabricantes atravesaran necesariamente el corredor libre de hielo. Para reconstruir una ruta migratoria es preciso establecer relaciones entre diferentes lugares y disponer de una secuencia geográfica y temporal suficientemente coherente.
El estudio comparativo de las industrias líticas constituye otra herramienta importante, aunque sus resultados presentan limitaciones. Los arqueólogos analizan las técnicas utilizadas para fabricar instrumentos, las materias primas seleccionadas y las formas características de determinadas herramientas. Cuando aparecen semejanzas entre conjuntos arqueológicos de regiones distantes, puede plantearse la existencia de contactos, transmisión de conocimientos o relaciones históricas entre sus fabricantes. Sin embargo, una forma semejante no demuestra necesariamente una ascendencia cultural compartida, porque comunidades independientes pueden desarrollar soluciones técnicas parecidas ante necesidades similares. Las diferencias tecnológicas tampoco implican obligatoriamente la llegada de nuevas poblaciones. Por ello, las comparaciones deben considerar el conjunto del proceso de fabricación y no limitarse a la apariencia de unos pocos objetos. También resulta relevante investigar la procedencia de materiales como la obsidiana, cuya composición geoquímica permite identificar determinadas fuentes naturales y estudiar la circulación de materias primas. Estas investigaciones ayudan a reconstruir redes de movilidad e intercambio, aunque generalmente documentan relaciones regionales posteriores al establecimiento inicial de las comunidades.
La genética ha introducido una perspectiva especialmente valiosa mediante el estudio del ADN antiguo recuperado de restos humanos. Los análisis genómicos permiten comparar individuos separados por miles de kilómetros y reconocer relaciones de ascendencia que no siempre resultan visibles en el registro arqueológico. Una investigación publicada en 2018 por J. Víctor Moreno-Mayar y sus colaboradores examinó quince genomas antiguos procedentes de diferentes regiones americanas, desde Alaska hasta Patagonia, y encontró evidencias de una temprana diversificación de las poblaciones durante su expansión continental. Los resultados mostraron que la historia demográfica americana incluyó movimientos rápidos, diferenciaciones regionales y contactos posteriores entre comunidades. Otro estudio del mismo año, realizado sobre genomas antiguos de América del Norte, identificó relaciones entre distintas ramas ancestrales compatibles con modelos de dispersión costera. Estas investigaciones aportan argumentos importantes para comprender la expansión humana, pero sus conclusiones no permiten dibujar una ruta exacta sobre el mapa. Las relaciones genéticas representan procesos demográficos que pueden abarcar extensos territorios y numerosas generaciones.
Una de las mayores dificultades consiste en relacionar la cronología genética con las condiciones geográficas existentes durante las migraciones. Los modelos demográficos permiten estimar cuándo comenzaron a diferenciarse determinados linajes, mientras que las reconstrucciones paleoclimáticas indican qué regiones pudieron encontrarse libres de hielo y disponer de recursos suficientes. Sin embargo, ambos tipos de información presentan márgenes de incertidumbre. La separación genética de dos poblaciones no significa que sus integrantes abandonaran inmediatamente un territorio, y la apertura geográfica de un corredor tampoco demuestra que fuera utilizado por seres humanos. Además, las investigaciones sobre antiguos ambientes costeros deben afrontar la desaparición de numerosas superficies terrestres bajo el mar. Esta circunstancia produce un desequilibrio documental importante: algunos itinerarios interiores conservan testimonios relativamente accesibles, mientras que posibles asentamientos litorales permanecen sumergidos o fueron destruidos por procesos de erosión. Por ello, la escasez de evidencias costeras muy antiguas no puede interpretarse automáticamente como una demostración de que aquellas rutas no existieron. La arqueología submarina y la reconstrucción de antiguas líneas de costa ofrecen posibilidades para reducir estas lagunas.
La valoración conjunta de las evidencias permite establecer algunas conclusiones generales, aunque todavía no proporciona una reconstrucción definitiva de los primeros itinerarios americanos. El origen principalmente asiático de las poblaciones fundadoras cuenta con un respaldo genético sólido, y existen testimonios arqueológicos que demuestran ocupaciones anteriores a la cultura Clovis. Las investigaciones geológicas indican, además, que el corredor interior norteamericano adquirió condiciones de accesibilidad y habitabilidad relativamente tarde, mientras que determinados sectores del litoral pacífico pudieron ofrecer oportunidades de desplazamiento en momentos anteriores. Estas observaciones favorecen la consideración de una entrada costera temprana como hipótesis relevante, sin excluir la utilización posterior de rutas interiores ni otros movimientos regionales. No obstante, todavía falta identificar suficientes evidencias directas para establecer con precisión la cronología, la dirección y la importancia relativa de cada itinerario. La investigación continúa avanzando mediante nuevas excavaciones, análisis genómicos y reconstrucciones ambientales. Su principal aportación consiste en mostrar que el poblamiento americano debe estudiarse como un proceso histórico complejo, cuyas rutas solo pueden comprenderse mediante la integración crítica de pruebas procedentes de disciplinas diferentes.
-McLaren, Duncan, et al. (2018). «Terminal Pleistocene epoch human footprints from the Pacific coast of Canada». PLOS ONE, 13(3), e0193522. Investigación arqueológica sobre las huellas humanas de aproximadamente 13.000 años descubiertas en Calvert Island, Columbia Británica, y su importancia para el estudio de las antiguas ocupaciones costeras.
-Moreno-Mayar, J. Víctor, et al. (2018). «Early human dispersals within the Americas». Science, 362(6419), eaav2621. Estudio de genomas humanos antiguos que reconstruye la diversificación temprana, los movimientos demográficos y las relaciones entre poblaciones de diferentes regiones americanas.
-Scheib, Christiana L., et al. (2018). +. Science, 360(6392), pp. 1024–1027. Investigación genética sobre distintas ramas ancestrales norteamericanas y su contribución a modelos de expansión humana compatibles con desplazamientos costeros.
La Patagonia chilena: montañas, glaciares y paisajes del extremo austral de América. Paisaje del Parque Nacional Torres del Paine, en la Patagonia chilena, próximo al glaciar Grey. La fotografía muestra una extensa orilla de sedimentos oscuros, un lago de origen glaciar y, al fondo, las grandes montañas de los Andes patagónicos, parcialmente cubiertas por las nubes. Las condiciones climáticas, el relieve accidentado y la presencia de hielos caracterizan una de las regiones naturales más espectaculares del continente americano.
La Patagonia constituye una vasta región geográfica situada en el exremo meridional de América del Sur, compartida por Argentina y Chile. Su territorio reúne ambientes muy diferentes, desde las extensas mesetas y estepas relativamente áridas del sector oriental hasta los bosques templados, fiordos, lagos y grandes masas glaciares de la vertiente occidental. Esta diversidad responde, en buena medida, a la disposición de la cordillera de los Andes, que actúa como una gran barrera orográfica frente a los vientos húmedos procedentes del océano Pacífico.
La fotografía corresponde al entorno del glaciar Grey, dentro del Parque Nacional Torres del Paine, en la región chilena de Magallanes. En primer plano aparece una amplia superficie de sedimentos oscuros, modelada por los procesos de erosión y acumulación característicos de los ambientes glaciares. Más allá se extienden las aguas del lago Grey, donde pueden observarse fragmentos de hielo desprendidos del frente glaciar. Al fondo se elevan las montañas de los Andes patagónicos, cuyas cumbres y laderas aparecen parcialmente ocultas por una extensa cubierta nubosa.
El paisaje de esta región es resultado de una prolongada historia geológica y climática. Durante las glaciaciones del Cuaternario, grandes masas de hielo ocuparon valles y depresiones, excavaron cubetas y modelaron numerosas formas del relieve. Su posterior retroceso favoreció la formación de lagos glaciares, valles de perfil transversal en U, morrenas y otros depósitos sedimentarios. El glaciar Grey forma parte del sistema alimentado por el Campo de Hielo Patagónico Sur, una de las principales concentraciones de hielo continental de latitudes medias del hemisferio austral.
Desde una perspectiva geográfica, la Patagonia permite comprender la extraordinaria variedad de ambientes que caracteriza al continente americano. A lo largo de su extensión, las poblaciones humanas encontraron montañas, llanuras, grandes ríos, bosques, desiertos y regiones sometidas a intensos procesos glaciares. Aunque la fotografía representa el paisaje actual y no las condiciones exactas del Pleistoceno, constituye un testimonio visual de la complejidad natural del extremo austral americano y del poderoso papel que desempeñaron el clima y el relieve en la configuración de sus territorios.
Fotografía: Mimartinez (WMCL), 2022. Licencia CC BY-SA 4.0. Original en Wikimedia Commons. Original file (4,000 × 3,000 pixels, file size: 7.16 MB).
- 5.1. El antiguo modelo de «Clovis primero»
- 5.2. Los yacimientos anteriores a Clovis
- 5.3. Monte Verde y la ocupación temprana de América del Sur
- 5.4. Dataciones controvertidas y debates actuales
La identificación de las primeras evidencias humanas en América constituye uno de los campos más importantes y debatidos de la arqueología prehistórica. Durante gran parte del siglo XX, los hallazgos asociados a la cultura Clovis, caracterizada por sus distintivas herramientas de piedra, fueron considerados los testimonios más antiguos de ocupación del continente. Sin embargo, el descubrimiento de yacimientos anteriores modificó progresivamente esta interpretación y obligó a revisar las cronologías tradicionales. Actualmente sabemos que la presencia humana precedió a la expansión de Clovis, aunque establecer la antigüedad exacta de las primeras ocupaciones continúa planteando dificultades. La conservación desigual de los restos, las limitaciones de los métodos de datación y la necesidad de demostrar que determinados materiales fueron realmente producidos o modificados por seres humanos hacen que cada nuevo descubrimiento deba examinarse cuidadosamente.
La investigación ha adquirido una dimensión continental gracias a los hallazgos realizados tanto en América del Norte como en América del Sur. Asentamientos antiguos, herramientas, restos de actividades humanas y huellas conservadas en sedimentos proporcionan testimonios diferentes sobre la ocupación temprana. Algunos yacimientos han alcanzado una importancia especial por sus dataciones y por las consecuencias que tienen para las teorías del poblamiento. Entre ellos figuran los descubrimientos anteriores a Clovis, las investigaciones realizadas en Monte Verde, Chile, y las huellas humanas de White Sands, Nuevo México. No obstante, el grado de aceptación científica de estas evidencias no es idéntico, y determinadas interpretaciones, incluida la cronología de algunos yacimientos tradicionalmente considerados fundamentales, continúan siendo objeto de revisión y controversia.
El estudio de estas primeras evidencias permite comprender también cómo funciona la investigación arqueológica y por qué sus explicaciones evolucionan con nuevos descubrimientos. La identificación de un asentamiento antiguo exige establecer una relación convincente entre los restos materiales, su contexto geológico y las fechas obtenidas mediante procedimientos científicos. Los siguientes apartados examinarán el antiguo predominio del modelo «Clovis primero», las principales evidencias anteriores a esa cultura, el caso de Monte Verde y los debates actuales sobre dataciones especialmente antiguas. El propósito será distinguir los testimonios bien documentados de las hipótesis todavía discutidas, ofreciendo una visión rigurosa de lo que conocemos y de las incertidumbres que permanecen abiertas sobre los primeros habitantes de América.
5.1. El antiguo modelo de «Clovis primero»
Durante buena parte del siglo XX, la explicación predominante sobre el poblamiento inicial de América estuvo representada por el denominado modelo «Clovis primero» (Clovis First). Según esta interpretación, los primeros seres humanos habrían llegado al continente hace aproximadamente 13.000 años, durante las fases finales de la última glaciación, y se habrían extendido rápidamente por América del Norte. El modelo tomó su nombre de la cultura Clovis, identificada a partir de una industria de herramientas de piedra especialmente reconocible por sus puntas de proyectil acanaladas. Estas piezas, asociadas en diferentes yacimientos con restos de grandes animales, proporcionaron durante décadas las evidencias más antiguas ampliamente aceptadas de presencia humana en el continente. La importancia del modelo no residía únicamente en establecer una cronología, sino en ofrecer una explicación coherente que relacionaba la llegada de los primeros pobladores, su expansión territorial y el desarrollo de una tradición tecnológica aparentemente extendida por amplias regiones norteamericanas.
Los fundamentos arqueológicos de esta interpretación comenzaron a establecerse durante las primeras décadas del siglo XX. En 1926 y 1927, los trabajos realizados cerca de Folsom, Nuevo México, documentaron herramientas de piedra asociadas directamente con restos de una especie extinguida de bisonte, demostrando que los seres humanos habían convivido en América con animales desaparecidos al final del Pleistoceno. Poco después, las investigaciones desarrolladas en Blackwater Draw, cerca de la localidad de Clovis, también en Nuevo México, permitieron identificar una industria lítica situada estratigráficamente por debajo de los materiales característicos de Folsom. Las excavaciones, impulsadas especialmente durante la década de 1930, proporcionaron herramientas, restos animales y otros testimonios de actividad humana que contribuyeron a establecer una secuencia arqueológica anterior a las culturas indígenas históricamente conocidas. El reconocimiento de aquellas puntas características permitió definir un conjunto tecnológico que comenzó a identificarse en numerosos yacimientos de América del Norte.
La expansión del modelo estuvo relacionada con las características de las evidencias disponibles y con los avances en los procedimientos de datación. Las puntas Clovis, fabricadas mediante técnicas especializadas de talla de piedra, presentaban una morfología relativamente reconocible, lo que facilitaba su comparación entre yacimientos separados por grandes distancias. Su asociación con restos de mamuts y otros animales pleistocenos reforzaba la interpretación de comunidades dedicadas, entre otras actividades, a la caza de grandes herbívoros. A partir de mediados del siglo XX, el desarrollo de la datación por radiocarbono permitió establecer referencias cronológicas más precisas para estas ocupaciones. La aparente concentración temporal y la amplia distribución geográfica de los materiales Clovis favorecieron la hipótesis de una expansión humana rápida, protagonizada por poblaciones que habrían avanzado desde el noroeste hacia el interior del continente. En este contexto, el corredor libre de hielo situado entre los grandes mantos glaciales norteamericanos parecía ofrecer una vía geográfica compatible con aquella reconstrucción.
El predominio de «Clovis primero» también respondió a la exigencia de contar con evidencias arqueológicas convincentes para reconocer ocupaciones más antiguas. Durante décadas se propusieron numerosos yacimientos anteriores a Clovis, pero muchos presentaban dificultades relacionadas con la datación de sus materiales, la alteración de los sedimentos o la identificación de supuestas herramientas humanas. En algunos casos, fragmentos de piedra producidos por procesos naturales fueron interpretados como instrumentos; en otros, la relación entre los objetos encontrados y las fechas propuestas resultaba insuficientemente demostrada. Estas objeciones contribuyeron a consolidar un criterio de investigación especialmente exigente, según el cual las ocupaciones tempranas debían respaldarse mediante materiales inequívocamente humanos, contextos arqueológicos fiables y dataciones reproducibles. Tal prudencia tenía fundamentos metodológicos razonables, pero también favoreció cierta resistencia a aceptar descubrimientos que cuestionaban una explicación profundamente asentada. El modelo Clovis se convirtió así en una referencia científica dominante y, durante algún tiempo, en un marco interpretativo difícil de modificar.
La transformación comenzó cuando diferentes investigaciones aportaron evidencias suficientemente sólidas de ocupaciones anteriores a la cronología Clovis. El reconocimiento de asentamientos tempranos en distintas regiones americanas obligó a reconsiderar la idea de que aquella tradición tecnológica representaba necesariamente a los primeros habitantes del continente. Un avance importante se produjo en 2007, cuando Michael R. Waters y Thomas W. Stafford revisaron las dataciones radiocarbónicas de numerosos yacimientos Clovis. Su estudio propuso un intervalo cronológico más reducido para esta industria, aproximadamente entre hace 13.100 y 12.800 años naturales, y mostró que su desarrollo podía solaparse con ocupaciones arqueológicas que no compartían sus características tecnológicas. Esta revisión reforzó la interpretación de Clovis como una tradición cultural surgida dentro de una América ya habitada, en lugar de constituir obligatoriamente la manifestación de los primeros grupos humanos llegados al continente. El cambio fue importante porque separó dos cuestiones que anteriormente se habían considerado estrechamente vinculadas: la aparición de una tecnología arqueológica concreta y el comienzo del poblamiento americano.
En la actualidad, el modelo «Clovis primero» ha dejado de constituir la explicación aceptada del origen de la presencia humana en América. Esto no disminuye la importancia arqueológica de la cultura Clovis, que continúa siendo fundamental para comprender determinados procesos tecnológicos y culturales del Pleistoceno final norteamericano. Lo que se ha modificado es su posición dentro de la secuencia histórica: sus fabricantes ya no pueden identificarse automáticamente con los primeros pobladores del continente. La revisión de aquel paradigma demuestra cómo las interpretaciones científicas dependen de las evidencias disponibles y pueden cambiar cuando aparecen descubrimientos mejor documentados o se perfeccionan los métodos de análisis. También recuerda la necesidad de mantener un equilibrio entre el rigor exigido para aceptar nuevas propuestas y la disposición a revisar explicaciones tradicionales. La cultura Clovis conserva un lugar destacado en la prehistoria americana, pero su estudio debe integrarse ahora dentro de una historia de ocupación humana más antigua y diversa, cuyas principales evidencias anteriores serán examinadas en el siguiente apartado.
-Boldurian, Anthony T. (2008). «Clovis Type-Site, Blackwater Draw, New Mexico: A History, 1929–2009». North American Archaeologist, 29(1), pp. 65–89. Investigación histórica y arqueológica sobre las excavaciones de Blackwater Draw y la formación del conocimiento científico acerca de la cultura Clovis.
-Waters, Michael R., y Stafford, Thomas W., Jr. (2007). «Redefining the Age of Clovis: Implications for the Peopling of the Americas». Science, 315(5815), pp. 1122–1126. Revisión de las dataciones de yacimientos Clovis y de sus consecuencias para la cronología del poblamiento americano.
-Haynes, Gary, et al. (2007). «Comment on “Redefining the Age of Clovis: Implications for the Peopling of the Americas”». Science, 317(5836), p. 320. Comentario científico que examina las incertidumbres existentes sobre los límites cronológicos de la cultura Clovis y la necesidad de continuar contrastando las dataciones arqueológicas.
Puntas líticas paleoindias y primeras evidencias materiales del poblamiento americano. Conjunto de puntas y útiles líticos conservados en exposición museística. Este tipo de objetos constituye una de las evidencias materiales más importantes para estudiar las primeras ocupaciones humanas de América y ha desempeñado un papel central en los debates sobre la cronología del poblamiento del continente.
Las puntas de proyectil y otros instrumentos de piedra tallada figuran entre los testimonios arqueológicos más característicos de las primeras sociedades humanas de América. Su estudio permite analizar técnicas de talla, formas de caza, movilidad de los grupos y relaciones entre distintas tradiciones culturales. Durante décadas, el hallazgo de determinadas puntas asociadas a la cultura Clovis llevó a considerar que esta representaba la primera gran expansión humana documentada en el continente. Sin embargo, el descubrimiento de yacimientos anteriores a Clovis ha obligado a matizar esa interpretación. Aun así, este repertorio lítico sigue siendo fundamental para comprender cómo se identifican, clasifican y comparan las evidencias del poblamiento temprano americano.
Fotografía de exposición museística de puntas líticas paleoindias. Versión adaptada y mejorada digitalmente para informacionmanu.es a partir de la imagen original de referencia.
5.2. Los yacimientos anteriores a Clovis
La identificación de yacimientos anteriores a la cultura Clovis ha transformado profundamente nuestro conocimiento sobre la presencia humana en América durante el Pleistoceno final. Estos asentamientos, conocidos habitualmente como pre-Clovis, proporcionan testimonios de comunidades que habitaron diferentes regiones del continente antes de la aparición de aquella tradición tecnológica, situada aproximadamente entre hace 13.100 y 12.800 años. Su importancia reside en que demuestran la existencia de poblaciones humanas con herramientas, estrategias de subsistencia y formas de ocupación que no dependían de la cultura Clovis. Sin embargo, los yacimientos pre-Clovis no constituyen una cultura arqueológica única ni presentan necesariamente características materiales semejantes. Algunos conservan instrumentos de piedra, otros restos de actividades alimentarias o testimonios biológicos, y sus fechas abarcan intervalos diferentes. La investigación de estos lugares exige comprobar cuidadosamente la antigüedad de los materiales y su relación con las actividades humanas, especialmente cuando los hallazgos modifican las cronologías tradicionalmente aceptadas.
Uno de los testimonios más significativos procede del yacimiento de Page-Ladson, situado en el río Aucilla, en el noroeste de Florida. Las investigaciones arqueológicas realizadas en este lugar identificaron herramientas de piedra y restos de mastodonte conservados en depósitos actualmente sumergidos. Un estudio publicado en 2016 estableció una ocupación humana de aproximadamente 14.550 años de antigüedad, respaldada por numerosas dataciones radiocarbónicas y por el análisis de un contexto estratigráfico relativamente bien conservado. Los investigadores encontraron evidencias compatibles con el aprovechamiento humano de un mastodonte junto a una antigua zona de agua dulce, posteriormente cubierta por sedimentos. La conservación de estos materiales permitió documentar actividades humanas anteriores a Clovis en el sureste norteamericano, una región donde las condiciones ambientales eran diferentes de las grandes llanuras occidentales. Page-Ladson demuestra que las poblaciones tempranas habían alcanzado territorios muy alejados de Beringia y que sus actividades podían desarrollarse en ambientes fluviales y húmedos, aprovechando recursos locales diversos.
Otro conjunto arqueológico relevante se encuentra en las cuevas de Paisley, situadas en el estado de Oregón, al oeste de Estados Unidos. Estos abrigos rocosos han proporcionado herramientas de piedra, restos orgánicos y coprolitos, es decir, excrementos antiguos conservados en los depósitos arqueológicos. Algunas muestras contienen ADN humano, cuya identificación fue comprobada mediante procedimientos independientes, aunque este tipo de análisis requiere precauciones especiales para evitar contaminaciones. Las investigaciones publicadas en 2012 documentaron evidencias de actividad humana que alcanzan aproximadamente los 14.000 años de antigüedad y una tradición de puntas de proyectil pedunculadas, conocida como Western Stemmed Tradition, contemporánea o ligeramente anterior a determinadas manifestaciones Clovis. La presencia de esta industria resulta especialmente importante porque muestra que existieron diferentes formas de fabricar herramientas durante las primeras etapas conocidas de la ocupación norteamericana. Las poblaciones antiguas no compartían necesariamente una única tradición tecnológica, y algunas técnicas pudieron desarrollarse paralelamente en distintas regiones.
En el noroeste de Estados Unidos destaca también Cooper’s Ferry, situado junto al río Salmon, en Idaho, donde las excavaciones han identificado sucesivas ocupaciones humanas conservadas en depósitos estratificados. Una investigación publicada en 2019 propuso que sus niveles más antiguos podían remontarse aproximadamente a 16.000 años, a partir de dataciones y materiales arqueológicos asociados. Entre los hallazgos aparecen instrumentos de piedra relacionados con técnicas de fabricación diferentes de las puntas Clovis características. La antigüedad propuesta situaría estas ocupaciones antes de la apertura completa del corredor interior libre de hielo, circunstancia que ha favorecido su utilización en los debates sobre posibles desplazamientos costeros. No obstante, algunas interpretaciones cronológicas y tecnológicas del yacimiento han sido cuestionadas posteriormente, por lo que su fecha inicial y determinadas conclusiones migratorias deben presentarse con prudencia. Su importancia arqueológica reside en la información que proporciona sobre las primeras comunidades del interior noroccidental y sobre la diversidad de las tecnologías líticas antiguas.
Otros yacimientos amplían el panorama de las ocupaciones anteriores a Clovis, aunque presentan diferentes grados de aceptación. En Texas, el sitio Debra L. Friedkin ha proporcionado un amplio conjunto de herramientas de piedra atribuidas al denominado complejo Buttermilk Creek, localizado en niveles inferiores a los materiales Clovis. Las investigaciones originales propusieron una cronología comprendida aproximadamente entre hace 15.500 y 13.200 años, utilizando principalmente técnicas de datación por luminiscencia. Sin embargo, algunos especialistas han planteado que determinados procesos naturales pudieron alterar la posición de los objetos y dificultar su asociación con los sedimentos fechados. Este debate demuestra la importancia de investigar la formación de cada yacimiento, especialmente cuando los materiales aparecen en terrenos sometidos a erosión, acumulación de sedimentos o movimientos del suelo. También se conocen otros testimonios tempranos en distintas regiones norteamericanas, aunque no todos poseen la misma calidad documental. Las fechas más antiguas, incluidas las propuestas para las huellas de White Sands, plantean cuestiones adicionales que requieren valorar de manera independiente la solidez de sus dataciones.
El conjunto de estas investigaciones permite afirmar que América del Norte estaba habitada antes de la expansión de la cultura Clovis y que aquellas primeras comunidades desarrollaron tradiciones materiales y estrategias de aprovechamiento diversas. La distribución de los yacimientos, desde las regiones occidentales hasta el sureste del continente, demuestra que el poblamiento temprano no puede reconstruirse únicamente mediante una secuencia tecnológica uniforme. Sin embargo, todavía existen importantes diferencias entre la antigüedad propuesta para algunos descubrimientos y el grado de confianza que ofrecen sus evidencias. La investigación debe distinguir cuidadosamente entre los asentamientos bien documentados, las cronologías que permanecen en discusión y las ocupaciones cuya interpretación todavía necesita nuevas pruebas. También resulta necesario incorporar los testimonios sudamericanos para comprender la dimensión continental del proceso. Los descubrimientos pre-Clovis constituyen así una base fundamental para reconstruir la diversidad de los primeros habitantes americanos, pero dejan abiertas preguntas sobre sus relaciones, sus desplazamientos y la antigüedad real del comienzo de la ocupación humana.
-Halligan, Jessi J., et al. (2016). «Pre-Clovis occupation 14,550 years ago at the Page-Ladson site, Florida, and the peopling of the Americas». Science Advances, 2(5), e1600375. Investigación sobre herramientas de piedra, restos de mastodonte y evidencias de ocupación humana anterior a Clovis en Florida.
-Jenkins, Dennis L., et al. (2012). «Clovis Age Western Stemmed Projectile Points and Human Coprolites at the Paisley Caves». Science, 337(6091), pp. 223–228. Estudio de herramientas líticas, coprolitos y evidencias genéticas humanas en las cuevas de Paisley, Oregón.
-Davis, Loren G., et al. (2019). «Late Upper Paleolithic occupation at Cooper’s Ferry, Idaho, USA, ~16,000 years ago». Science, 365(6456), pp. 891–897. Investigación arqueológica sobre las ocupaciones tempranas del yacimiento de Cooper’s Ferry y sus implicaciones para la cronología del poblamiento americano.
Recreación de un campamento humano en la América de finales del Pleistoceno. Ilustración generada con inteligencia artificial que recrea de manera verosímil un pequeño campamento de grupos humanos tempranos del continente americano durante el final de la última glaciación. La escena sugiere formas de vida móviles, adaptadas a climas fríos y a paisajes abiertos.
Aunque no corresponde a un yacimiento específico, esta reconstrucción visual ayuda a imaginar el contexto humano al que remiten muchas de las evidencias anteriores a Clovis. Muestra grupos reducidos, tecnología sencilla basada en instrumentos líticos, vestimentas adaptadas al frío y una organización del espacio vinculada a la caza, la recolección y la movilidad estacional. En ese sentido, la imagen cumple una función didáctica: no pretende sustituir la prueba arqueológica, sino ofrecer una representación plausible del tipo de comunidades que pudieron habitar América antes de la consolidación de las culturas paleoindias mejor conocidas.
5.3. Monte Verde y la ocupación temprana de América del Sur
El yacimiento arqueológico de Monte Verde, situado en el sur de Chile, cerca de Puerto Montt, constituye uno de los lugares más importantes para investigar la presencia humana temprana en América del Sur. Localizado junto al arroyo Chinchihuapi, en la actual Región de Los Lagos, comenzó a estudiarse sistemáticamente durante la década de 1970 bajo la dirección del arqueólogo estadounidense Tom D. Dillehay, en colaboración con investigadores chilenos. Su importancia procede tanto de la antigüedad atribuida a sus ocupaciones como de la extraordinaria conservación de numerosos materiales orgánicos, poco habituales en yacimientos pleistocenos. Durante décadas, Monte Verde II fue considerado uno de los testimonios más sólidos de presencia humana anterior a la cultura Clovis. Sin embargo, una investigación publicada en 2026 ha reabierto el debate sobre su cronología, lo que obliga a distinguir entre los descubrimientos arqueológicos documentados y las diferentes interpretaciones científicas de su antigüedad.
Las excavaciones de Monte Verde II permitieron identificar restos de estructuras habitacionales, herramientas de piedra, fragmentos de madera trabajada, cordeles vegetales, hogares y numerosos materiales asociados a actividades humanas. Entre los hallazgos más destacados figuraba una construcción alargada, de unos 18 metros, interpretada como una estructura cubierta y dividida en diferentes espacios, levantada mediante postes y elementos vegetales. También aparecieron restos de pieles, huesos de grandes animales y una notable variedad de plantas aprovechadas por sus habitantes. Las condiciones húmedas del terreno y el posterior enterramiento de los materiales favorecieron una conservación excepcional, proporcionando información sobre aspectos de la vida cotidiana que raramente pueden estudiarse mediante herramientas de piedra aisladas. Estos testimonios sugieren una comunidad capaz de organizar espacios de habitación, preparar alimentos, utilizar diversos materiales y aprovechar recursos procedentes de ambientes diferentes, lo que revela una adaptación considerable a las condiciones naturales del sur americano.
Uno de los aspectos más relevantes del yacimiento fue su datación tradicional en torno a 14.500 años antes del presente, obtenida mediante numerosos análisis radiocarbónicos de materiales orgánicos relacionados con los niveles de ocupación. Esta cronología situaba a Monte Verde aproximadamente un milenio y medio antes de las principales manifestaciones Clovis y demostraba, si se confirmaba su interpretación, que los seres humanos habían alcanzado el extremo meridional de América del Sur en fechas muy tempranas. La distancia existente entre Chile y las regiones septentrionales de entrada al continente implicaba necesariamente una expansión anterior, aunque no permitía determinar cuánto tiempo había requerido aquel desplazamiento. Las investigaciones también distinguieron diferentes sectores arqueológicos, entre ellos Monte Verde I y Monte Verde II. Algunas propuestas atribuyeron a determinados materiales del primero antigüedades considerablemente mayores, cercanas a 33.000 años, pero estas interpretaciones nunca alcanzaron el mismo grado de aceptación que la cronología tradicionalmente asignada a Monte Verde II.
El estudio de los restos vegetales permitió conocer aspectos especialmente interesantes de las estrategias de subsistencia de aquellas comunidades. Una investigación publicada en 2008 identificó numerosas especies de algas marinas, algunas procedentes de ambientes costeros, junto con otros recursos vegetales conservados en el yacimiento. Su presencia sugería que los habitantes de Monte Verde aprovechaban productos obtenidos en territorios ecológicamente diferentes, posiblemente mediante desplazamientos o contactos con otras comunidades. También se encontraron restos de plantas comestibles y especies que pudieron utilizarse con distintas finalidades prácticas. La importancia de estos materiales reside en que muestran una economía potencialmente más diversa de lo que sugerían las antiguas interpretaciones centradas casi exclusivamente en la caza de grandes mamíferos. El conjunto arqueológico permite estudiar formas de aprovechamiento de los recursos terrestres y acuáticos, así como una organización del espacio doméstico que resulta especialmente valiosa para comprender las sociedades cazadoras-recolectoras sudamericanas.
La interpretación cronológica de Monte Verde experimentó un cambio importante en marzo de 2026, cuando Todd Surovell y sus colaboradores publicaron en Science una investigación que cuestionaba su antigüedad tradicional. A partir de nuevos estudios geológicos, dataciones y la identificación propuesta de una capa de ceniza volcánica, los autores sostuvieron que Monte Verde II podría corresponder al Holoceno medio, aproximadamente entre hace 8.200 y 4.200 años. Según esta interpretación, algunos materiales antiguos habrían sido transportados y depositados nuevamente por procesos fluviales, dificultando su asociación con una ocupación humana pleistocena. La propuesta generó una intensa respuesta científica. Tom Dillehay y otros investigadores cuestionaron las correlaciones estratigráficas, la identificación de la ceniza y la interpretación de los materiales desplazados. En agosto de 2026 publicaron en PaleoAmerica una revisión que defendía nuevamente la cronología de aproximadamente 14.500 años, apoyándose en las excavaciones originales y en la relación entre las evidencias arqueológicas y geológicas. Por tanto, la antigüedad de Monte Verde II continúa siendo objeto de una controversia científica relevante y todavía no resuelta de forma definitiva.
La importancia de Monte Verde trasciende, en cualquier caso, la discusión sobre una fecha concreta. Sus investigaciones contribuyeron decisivamente a cuestionar la antigua idea de que todas las ocupaciones americanas debían proceder de una expansión asociada a la cultura Clovis, y ampliaron el interés arqueológico hacia las sociedades tempranas de América del Sur. También demostraron el enorme valor de los materiales orgánicos y de las reconstrucciones ambientales para estudiar comunidades cuya historia no puede conocerse únicamente a través de instrumentos líticos. La controversia reciente recuerda que incluso los yacimientos más investigados deben permanecer abiertos a nuevas comprobaciones y que una interpretación científica necesita sostenerse mediante evidencias reproducibles. La reconstrucción de la ocupación temprana sudamericana depende igualmente de otros asentamientos y testimonios arqueológicos distribuidos por diferentes regiones del continente. Monte Verde conserva así un lugar fundamental en la historia de la investigación americana, tanto por sus descubrimientos como por los interrogantes que continúa planteando sobre la antigüedad, la diversidad y la expansión de las primeras poblaciones humanas.
-Dillehay, Tom D., et al. (2008). «Monte Verde: Seaweed, Food, Medicine, and the Peopling of South America». Science, 320(5877), pp. 784–786. Investigación sobre los restos vegetales y marinos del yacimiento y su importancia para comprender las estrategias de subsistencia de las comunidades tempranas.
-Surovell, Todd A., et al. (2026). «A mid-Holocene age for Monte Verde challenges the timeline of human colonization of South America». Science, 391(6791), pp. 1283–1288. Revisión geológica y cronológica que cuestiona la antigüedad tradicional del yacimiento y propone una ocupación correspondiente al Holoceno medio.
-Dillehay, Tom D., et al. (2026). «Archaeological and Geological Evidence at Monte Verde II, Chile, Supports a Human Occupation at ∼14,500 Years Ago». PaleoAmerica, 12(2), pp. 132–143. Investigación que responde a la reinterpretación de 2026 y defiende la cronología pleistocena tradicional mediante evidencias arqueológicas, estratigráficas y geológicas.
5.4. Dataciones controvertidas y debates actuales
La determinación de la antigüedad de las primeras ocupaciones humanas en América continúa siendo uno de los problemas más complejos de la arqueología prehistórica. Aunque los descubrimientos realizados durante las últimas décadas han demostrado que el poblamiento comenzó antes de la cultura Clovis, algunas fechas propuestas para determinados yacimientos siguen provocando importantes debates científicos. La principal dificultad no consiste únicamente en establecer la edad de los materiales encontrados, sino en demostrar que pertenecen realmente a una actividad humana y que permanecen asociados al contexto arqueológico original. Un instrumento de piedra puede aparecer en sedimentos muy antiguos sin que necesariamente haya sido depositado cuando estos se formaron; del mismo modo, determinados fragmentos rocosos pueden confundirse con herramientas pese a tener un origen natural. Los investigadores deben comprobar la integridad de los estratos, la fiabilidad de las dataciones y la existencia de evidencias inequívocas de intervención humana. Esta exigencia resulta especialmente importante cuando un descubrimiento propone adelantar en miles de años las cronologías conocidas.
Uno de los casos mejor documentados es el de las huellas humanas de White Sands, en Nuevo México, cuya antigüedad se sitúa aproximadamente entre 21.000 y 23.000 años. Las primeras dataciones suscitaron dudas porque se habían realizado sobre semillas de plantas acuáticas que podían incorporar carbono antiguo y producir resultados artificialmente envejecidos. Sin embargo, investigaciones posteriores utilizaron polen terrestre y técnicas de luminiscencia para contrastar las fechas iniciales, obteniendo resultados compatibles. En 2025, un nuevo estudio independiente de la evolución geológica del antiguo lago Otero aportó evidencias adicionales que respaldaban la cronología pleistocena de las huellas. La coincidencia entre diferentes métodos ha fortalecido considerablemente la interpretación de una presencia humana en América del Norte durante el Último Máximo Glacial. Aunque estos resultados no permiten determinar cuándo llegaron los primeros pobladores, constituyen uno de los testimonios más importantes para reconsiderar la antigüedad de la ocupación continental.
Otros descubrimientos han propuesto cronologías todavía más antiguas, aunque con un grado de aceptación científica considerablemente menor. En la cueva de Chiquihuite, situada en el estado mexicano de Zacatecas, una investigación publicada en 2020 identificó numerosos fragmentos de piedra interpretados como herramientas humanas y propuso ocupaciones que podrían remontarse aproximadamente entre 31.000 y 33.000 años. Las fechas procedían de análisis radiocarbónicos y de luminiscencia realizados sobre materiales y sedimentos del yacimiento. Sin embargo, varios investigadores cuestionaron posteriormente la identificación de aquellas piezas como instrumentos fabricados por seres humanos, señalando que podían ser fragmentos producidos mediante procesos geológicos naturales, denominados geofactos. La controversia demuestra que una datación antigua, aunque resulte técnicamente fiable, no basta para demostrar la existencia de una ocupación humana si los objetos asociados no pueden identificarse de manera convincente como testimonios arqueológicos.
Un caso todavía más extraordinario es el yacimiento del mastodonte de Cerutti, descubierto cerca de San Diego, California. En 2017, sus investigadores publicaron una interpretación según la cual determinados huesos fracturados de mastodonte y piedras asociadas podían representar actividades humanas realizadas hace aproximadamente 130.000 años. La propuesta implicaría una presencia de representantes del género Homo en América muchísimo antes de las migraciones tradicionalmente conocidas. Sin embargo, otros especialistas han cuestionado que las fracturas y las acumulaciones de materiales fueran necesariamente producto de una intervención humana, proponiendo explicaciones relacionadas con procesos naturales. Tampoco se han encontrado restos humanos que permitan identificar a los supuestos protagonistas de aquellas actividades. Por estas razones, la interpretación del yacimiento continúa siendo muy controvertida y no constituye una demostración aceptada de poblamiento humano tan antiguo. Su importancia reside principalmente en mostrar las dificultades de diferenciar modificaciones naturales y culturales cuando faltan evidencias arqueológicas inequívocas.
El debate también afecta a yacimientos que durante décadas fueron considerados referencias fundamentales. Monte Verde II, en el sur de Chile, tradicionalmente fechado en torno a 14.500 años, constituye un ejemplo particularmente significativo. En marzo de 2026, una investigación publicada en Science cuestionó aquella antigüedad y propuso que el yacimiento podría corresponder al Holoceno medio, aproximadamente entre 8.200 y 4.200 años antes del presente. Sus autores fundamentaron esta reinterpretación en nuevas observaciones estratigráficas, dataciones y posibles procesos de redeposición de materiales antiguos. Sin embargo, Tom Dillehay y otros investigadores rechazaron estas conclusiones y publicaron posteriormente una respuesta científica que defendía la cronología pleistocena original. La discusión se centra especialmente en la interpretación de los estratos, la identificación de determinados depósitos volcánicos y la asociación entre los restos arqueológicos y los sedimentos fechados. Hasta octubre de 2026, las posiciones enfrentadas no permiten considerar definitivamente resuelta esta controversia.
Los debates actuales muestran que la cronología del poblamiento americano debe construirse mediante una evaluación crítica de evidencias que presentan diferentes grados de solidez. Algunos descubrimientos, como las huellas de White Sands, han fortalecido sus interpretaciones gracias a comprobaciones independientes, mientras que otros continúan pendientes de demostrar que los materiales estudiados corresponden realmente a actividades humanas. Esta diversidad de situaciones impide presentar todas las fechas propuestas como igualmente aceptadas o elaborar una cronología continental basada exclusivamente en los hallazgos más antiguos. La arqueología avanza mediante nuevas excavaciones, mejoras técnicas, revisiones de investigaciones anteriores y contraste de interpretaciones diferentes. La posibilidad de cuestionar resultados establecidos constituye una parte esencial de este procedimiento, siempre que las nuevas propuestas se apoyen en pruebas verificables. El conocimiento actual respalda una ocupación americana anterior a Clovis, pero todavía no permite fijar con exactitud el momento de la primera llegada. Reconocer estas incertidumbres proporciona una visión más precisa de la investigación y permite comprender que la historia de los primeros americanos continúa reconstruyéndose a partir de evidencias progresivamente más completas.
-Holliday, Vance T., et al. (2025). «Paleolake geochronology supports Last Glacial Maximum (LGM) age for human tracks at White Sands, New Mexico». Science Advances, 11(25), eadv4951. Investigación independiente que aporta nuevas evidencias geocronológicas favorables a la antigüedad pleistocena de las huellas humanas de White Sands.
-Ardelean, Ciprian F., et al. (2020). «Evidence of human occupation in Mexico around the Last Glacial Maximum». Nature, 584, pp. 87–92. Estudio arqueológico de la cueva de Chiquihuite que propone una ocupación humana considerablemente anterior a las cronologías tradicionalmente aceptadas.
-Surovell, Todd A., et al. (2026). «A mid-Holocene age for Monte Verde challenges the timeline of human colonization of South America». Science, 391(6791), pp. 1283–1288. Investigación que cuestiona la datación pleistocena tradicional de Monte Verde y propone una cronología correspondiente al Holoceno medio.
-Dillehay, Tom D., et al. (2026). «Archaeological and Geological Evidence at Monte Verde II, Chile, Supports a Human Occupation at ∼14,500 Years Ago». PaleoAmerica, 12(2), pp. 132–143. Respuesta científica que defiende la cronología tradicional del yacimiento chileno y cuestiona las conclusiones de la reinterpretación publicada en 2026.
- 6.1. La ocupación de América del Norte
- 6.2. El avance hacia América Central
- 6.3. La llegada a América del Sur
- 6.4. Rapidez y diversidad del proceso de expansión
La expansión de las primeras poblaciones humanas por América constituyó un proceso de enormes dimensiones geográficas, desarrollado a través de territorios que presentaban condiciones ambientales y recursos muy diferentes. Una vez establecidos los primeros grupos en determinadas regiones del continente, sus descendientes fueron ocupando progresivamente nuevos espacios, desde las grandes extensiones de América del Norte hasta las tierras tropicales de América Central y los territorios australes de América del Sur. Sin embargo, esta expansión no debe imaginarse como un desplazamiento continuo, uniforme y organizado en una sola dirección. Los movimientos humanos probablemente combinaron avances, asentamientos prolongados, contactos entre comunidades y procesos de adaptación a distintos ecosistemas. La distribución de las primeras evidencias arqueológicas permite reconstruir parcialmente este desarrollo, aunque todavía existen importantes incertidumbres sobre su cronología y sus características regionales.
América del Norte ofreció numerosos ambientes para el establecimiento de comunidades cazadoras-recolectoras, mientras que América Central constituyó un espacio de conexión geográfica y ecológica de gran importancia, con características propias que condicionaron las posibilidades de ocupación. Más al sur, la extraordinaria diversidad de los paisajes sudamericanos favoreció diferentes estrategias de subsistencia y formas de organización. La expansión no dependió exclusivamente de la capacidad de recorrer grandes distancias, sino también del conocimiento de los recursos naturales, la transmisión de experiencias y la adaptación de las prácticas culturales a territorios desconocidos. Estas circunstancias permiten comprender por qué el poblamiento continental produjo comunidades progresivamente diferenciadas, incluso cuando compartían antecedentes humanos comunes.
La rapidez de algunos desplazamientos constituye uno de los aspectos más interesantes de este proceso. La presencia de testimonios humanos tempranos en regiones muy alejadas entre sí plantea preguntas sobre el ritmo de expansión, las posibles conexiones entre poblaciones y la existencia de diferentes trayectorias regionales. Los siguientes apartados examinarán la ocupación de América del Norte, el avance hacia América Central, la llegada a América del Sur y los factores que pudieron favorecer una expansión relativamente rápida y culturalmente diversa. El objetivo será ofrecer una visión geográfica del poblamiento, relacionando la distribución de las comunidades con las posibilidades de adaptación a los distintos territorios, sin reducir la historia de los primeros americanos a una única secuencia migratoria.
6.1. La ocupación de América del Norte
La ocupación de América del Norte constituyó una etapa fundamental en la expansión de las primeras poblaciones humanas por el continente. Desde las regiones septentrionales vinculadas a Beringia, diferentes comunidades fueron estableciéndose en territorios caracterizados por una extraordinaria diversidad geográfica, desde las costas del Pacífico hasta las grandes llanuras centrales y las regiones orientales. Este proceso se desarrolló durante el Pleistoceno tardío, aunque su cronología exacta continúa siendo investigada. Las evidencias arqueológicas muestran que algunas zonas situadas al sur de los grandes mantos de hielo estaban habitadas antes de la aparición de la cultura Clovis, mientras que hacia hace aproximadamente 13.000 años existía ya una distribución humana considerablemente extensa. La expansión no debe interpretarse como una ocupación simultánea de todo el territorio norteamericano, sino como el resultado de desplazamientos sucesivos, asentamientos y procesos de diferenciación regional que se prolongaron durante numerosas generaciones.
Las regiones de Alaska y el territorio canadiense del Yukón constituyeron espacios especialmente importantes para las primeras etapas de este proceso. Su proximidad geográfica al nordeste asiático y la existencia de amplias superficies libres de hielo durante determinadas fases glaciales favorecieron la presencia de poblaciones humanas adaptadas a ambientes septentrionales. En el interior de Alaska, yacimientos como Swan Point, Broken Mammoth y Upward Sun River han proporcionado testimonios de ocupación correspondientes al Pleistoceno final. Sus materiales permiten reconocer comunidades que desarrollaban actividades de subsistencia, fabricaban herramientas y mantenían relaciones con los recursos naturales disponibles. Más al este, las cuevas de Bluefish, en Yukón, han sido objeto de investigaciones que proponen una presencia humana considerablemente anterior, cercana a los 24.000 años, aunque esta interpretación continúa siendo discutida. Los testimonios del extremo noroccidental muestran una historia de ocupaciones antiguas cuya relación exacta con la posterior expansión hacia el sur todavía no puede reconstruirse completamente.
En las regiones occidentales de América del Norte, los primeros habitantes ocuparon paisajes muy variados, desde los valles fluviales del interior hasta las cuencas y mesetas próximas al Pacífico. Los yacimientos arqueológicos de Idaho, Oregón y otros territorios occidentales documentan comunidades anteriores o contemporáneas a la expansión Clovis, aunque sus cronologías presentan distintos grados de certeza. Más al sur, las regiones que actualmente corresponden a California, Nevada, Arizona y Nuevo México ofrecieron ambientes de montaña, llanuras, cuencas lacustres y territorios relativamente áridos. La distribución de los asentamientos sugiere que los grupos humanos aprovecharon espacios con acceso a agua, animales y materias primas necesarias para fabricar instrumentos. Sin embargo, la conservación desigual de los restos dificulta establecer la densidad de población o la duración de determinadas ocupaciones. Algunos lugares pudieron utilizarse repetidamente durante largos periodos, mientras que otros representan actividades temporales conservadas de manera excepcional.
Las Grandes Llanuras y las regiones orientales constituyeron otros escenarios fundamentales de la expansión humana. En las extensas praderas centrales se han documentado numerosas ocupaciones paleoindias, algunas asociadas al aprovechamiento de grandes herbívoros y a la utilización de herramientas de piedra características. La presencia de materiales Clovis y de tradiciones posteriores demuestra que estas regiones formaban parte de espacios humanos ampliamente conectados, aunque las relaciones concretas entre sus comunidades fueron cambiando con el tiempo. Hacia el este, los valles fluviales, las regiones boscosas y las llanuras próximas al golfo de México ofrecieron condiciones diferentes. El yacimiento de Page-Ladson, en Florida, documenta presencia humana hace aproximadamente 14.550 años, lo que demuestra que el sureste norteamericano estaba ocupado antes de la expansión Clovis. La distribución de estos testimonios confirma que los primeros pobladores no se concentraron exclusivamente en las grandes llanuras occidentales, sino que alcanzaron ambientes muy diversos.
La expansión por América del Norte también estuvo acompañada por procesos de diferenciación entre poblaciones. Los análisis de ADN antiguo han permitido identificar distintas ramas ancestrales que contribuyeron a la formación de comunidades indígenas americanas, aunque sus relaciones históricas no pueden traducirse directamente en culturas arqueológicas determinadas. Un estudio publicado en 2018, basado en genomas antiguos procedentes de California y el suroeste de Ontario, reconoció la existencia de dos componentes de ascendencia diferenciados en América del Norte, cuyos descendientes contribuyeron posteriormente a poblaciones de otras regiones continentales. Estos resultados sugieren que la ocupación del territorio estuvo acompañada por movimientos, contactos y procesos de mezcla entre comunidades. La diversidad genética no implica necesariamente diferencias culturales equivalentes, del mismo modo que las variaciones observadas en las herramientas no demuestran siempre la llegada de nuevas poblaciones. La reconstrucción de aquella expansión exige considerar conjuntamente los testimonios materiales y biológicos, evitando establecer correspondencias automáticas entre ambos.
La ocupación norteamericana continuó transformándose conforme retrocedían los glaciares y quedaban disponibles nuevos territorios septentrionales. Algunas regiones anteriormente cubiertas por hielo comenzaron a ser utilizadas durante el final del Pleistoceno y el Holoceno temprano, mientras que otras zonas ya habitadas experimentaron cambios en la distribución de sus comunidades. La formación de nuevos paisajes y la reorganización de los recursos favorecieron desplazamientos regionales, contactos entre poblaciones y formas de asentamiento progresivamente diferenciadas. Sin embargo, la historia de esta expansión no puede reconstruirse como una secuencia lineal que avanzara exclusivamente desde el norte hacia el sur. Existieron movimientos en distintas direcciones y procesos locales que modificaron la ocupación del territorio. América del Norte terminó configurándose como un amplio espacio de comunidades humanas diversas, cuyos antecedentes compartidos dieron lugar a trayectorias culturales particulares. Parte de estos movimientos se relacionó con la progresiva ocupación de las regiones meridionales y con las conexiones que, a través de México, permitieron extender la presencia humana hacia América Central.
-Anderson, David G. (2014). «Paleoindian and Archaic Periods in North America». En Colin Renfrew y Paul Bahn (eds.), The Cambridge World Prehistory, pp. 923–942. Cambridge University Press. Síntesis arqueológica sobre la ocupación norteamericana, su distribución regional y las transformaciones de las primeras sociedades.
-Halligan, Jessi J., et al. (2016). «Pre-Clovis occupation 14,550 years ago at the Page-Ladson site, Florida, and the peopling of the Americas». Science Advances, 2(5), e1600375. Investigación sobre la ocupación humana temprana del sureste norteamericano y la extensión geográfica del poblamiento anterior a Clovis.
-Scheib, Christiana L., et al. (2018). «Ancient human parallel lineages within North America contributed to a coastal expansion». Science, 360(6392), pp. 1024–1027. Estudio de ADN antiguo sobre la diferenciación genética y las relaciones entre poblaciones de América del Norte.
6.2. El avance hacia América Central
La expansión de las primeras poblaciones humanas hacia América Central representó una etapa decisiva en la ocupación del continente americano. Desde los territorios que actualmente corresponden al sur de México, diferentes comunidades pudieron avanzar hacia Guatemala, Belice, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá, atravesando una región caracterizada por su diversidad geográfica y ambiental. El istmo de Tehuantepec, en México, constituyó uno de los principales espacios de conexión entre las regiones septentrionales y meridionales de Mesoamérica, mientras que el estrechamiento progresivo del territorio centroamericano configuró un corredor natural hacia América del Sur. Sin embargo, este recorrido no debe imaginarse como una marcha continua siguiendo una única dirección. La expansión probablemente comprendió desplazamientos sucesivos, ocupaciones temporales y asentamientos más prolongados, favorecidos por la disponibilidad de agua, alimentos y materias primas. Además, los paisajes que encontraron aquellas comunidades eran distintos de los actuales, pues el final del Pleistoceno estuvo acompañado de importantes transformaciones climáticas y ecológicas.
Las primeras evidencias arqueológicas del sur de México y de los territorios centroamericanos permiten reconocer una ocupación humana anterior al desarrollo de las sociedades agrícolas y urbanas posteriores. En Chiapas, el abrigo de Los Grifos ha proporcionado instrumentos de piedra relacionados con antiguas tradiciones paleoindias, aunque la asociación entre algunos materiales y sus fechas continúa siendo objeto de estudio. En las tierras altas de Guatemala, el yacimiento de Los Tapiales también ha aportado herramientas líticas que muestran conexiones tecnológicas con otras regiones americanas. Especial importancia tienen los descubrimientos realizados en Belice, donde las excavaciones de los abrigos de Tzibte Yux y Mayahak Cab Pek han documentado ocupaciones del Pleistoceno final y el Holoceno temprano. Una investigación publicada en 2019 situó determinadas herramientas del denominado complejo Lowe entre aproximadamente 12.000 y 9.300 años de antigüedad. Estos materiales muestran que las primeras comunidades desarrollaron tradiciones tecnológicas propias, relacionadas con procesos de adaptación regional que no pueden explicarse únicamente mediante la difusión de una cultura uniforme desde América del Norte.
Más al sur, la investigación arqueológica ha identificado testimonios antiguos en diferentes regiones de Costa Rica y Panamá. En este último territorio, las excavaciones de talleres de fabricación de herramientas y abrigos rocosos han permitido estudiar ocupaciones correspondientes a las últimas fases del Pleistoceno y los comienzos del Holoceno. El abrigo de Vampiros-1, próximo a la costa pacífica panameña, constituye uno de los yacimientos más relevantes por conservar materiales líticos en depósitos estratificados acompañados de dataciones radiocarbónicas. También se han identificado puntas de proyectil acanaladas y otros instrumentos que presentan semejanzas con tradiciones documentadas en regiones septentrionales y sudamericanas. Estas relaciones tecnológicas sugieren la existencia de conexiones a través del istmo, aunque no permiten reconstruir por sí solas la dirección exacta ni la cronología de todos los movimientos humanos. La distribución de los testimonios indica que Panamá fue un espacio importante para la circulación de poblaciones, conocimientos y recursos, además de convertirse en un territorio de ocupación estable para comunidades que desarrollaron trayectorias culturales propias.
Uno de los principales desafíos de la expansión centroamericana fue la diversidad de los ambientes naturales. Durante el Pleistoceno tardío, algunas regiones presentaban paisajes relativamente abiertos, con formaciones de vegetación diferentes de las selvas húmedas actuales. Conforme el clima se volvió más cálido y, en numerosas zonas, aumentaron las precipitaciones, los bosques tropicales experimentaron una importante expansión. Las comunidades humanas tuvieron que conocer nuevos recursos vegetales y animales, modificar determinadas prácticas de subsistencia y adaptarse a territorios recorridos por numerosos ríos, cadenas montañosas y áreas volcánicas. Las tierras bajas costeras, los valles interiores y los espacios elevados ofrecían oportunidades diferentes de asentamiento y desplazamiento. La disponibilidad de cursos de agua y lugares de refugio pudo favorecer el establecimiento de comunidades, mientras que las transformaciones del paisaje exigieron ajustes continuos. Esta variedad ambiental contribuye a explicar por qué las primeras ocupaciones centroamericanas muestran diferencias regionales y no responden a un patrón cultural completamente homogéneo.
La reconstrucción cronológica de este avance presenta dificultades importantes debido a la conservación desigual del registro arqueológico. En numerosos ambientes tropicales, la humedad, la actividad biológica y la transformación de los suelos dificultan la preservación de materiales antiguos, especialmente de restos orgánicos. A ello se añade que el ascenso del nivel del mar posterior a la última glaciación sumergió antiguas franjas costeras donde pudieron desarrollarse desplazamientos y asentamientos humanos. Por esta razón, la ausencia de yacimientos en determinados sectores del istmo no demuestra necesariamente que permanecieran deshabitados. Las diferencias entre las cronologías documentadas en América del Norte y América del Sur también sugieren que el paso por las regiones intermedias pudo comenzar antes de las ocupaciones centroamericanas actualmente conocidas con seguridad. Sin embargo, esta interpretación debe mantenerse como una inferencia razonable y no confundirse con una demostración arqueológica directa. La investigación necesita localizar nuevos asentamientos y mejorar las secuencias cronológicas disponibles para comprender cómo se desarrolló realmente aquel proceso.
América Central desempeñó, por tanto, una doble función en la expansión humana: fue un espacio de conexión entre las grandes regiones continentales y, al mismo tiempo, un territorio donde se establecieron comunidades con experiencias históricas particulares. Las semejanzas entre algunos instrumentos encontrados en México, Belice, Costa Rica y Panamá permiten reconocer relaciones tecnológicas a gran escala, pero las diferencias observadas reflejan también procesos de adaptación y diferenciación local. Con el paso del tiempo, las poblaciones centroamericanas desarrollaron formas de vida cada vez más ajustadas a sus propios ambientes, mientras mantenían posibilidades de contacto con territorios vecinos. El poblamiento de esta región no puede reducirse, por ello, al simple tránsito de grupos humanos hacia el sur. Constituyó un proceso de ocupación, aprendizaje y transformación cultural cuyo desarrollo contribuyó a la diversidad posterior de las sociedades americanas. Su posición geográfica resulta igualmente fundamental para comprender la llegada de las primeras poblaciones a América del Sur, cuestión que será examinada en el siguiente apartado.
-Cooke, Richard G. (2005). «Prehistory of Native Americans on the Central American Land Bridge: Colonization, Dispersal, and Divergence». Journal of Archaeological Research, 13(2), pp. 129–187. Estudio de síntesis sobre el poblamiento del istmo centroamericano, las relaciones entre comunidades y los procesos de diferenciación cultural.
-Prufer, Keith M., et al. (2019). «Linking late Paleoindian stone tool technologies and populations in North, Central and South America». PLOS ONE, 14(7), e0219812. Investigación arqueológica sobre las ocupaciones tempranas de Belice y las relaciones tecnológicas entre poblaciones de distintas regiones americanas.
-Cooke, Richard G., Ranere, Anthony J., Pearson, Georges A., y Dickau, Ruth (2013). «Radiocarbon chronology of early human settlement on the Isthmus of Panama (13,000–7000 BP) with comments on cultural affinities, environments, subsistence, and technological change». Quaternary International, 301, pp. 3–22. Revisión de la cronología arqueológica del poblamiento temprano de Panamá y de las transformaciones ambientales y culturales que acompañaron este proceso.
La selva tropical de Panamá: biodiversidad y paisajes del istmo centroamericano. Vista de la selva tropical del istmo de Panamá, en las proximidades del canal interoceánico. La fotografía muestra un paisaje dominado por una densa cubierta vegetal, árboles de diferentes alturas y extensas masas forestales que se pierden entre la humedad y la bruma. Estos ambientes forman parte de la extraordinaria diversidad geográfica de América Central, región de conexión natural entre los territorios septentrionales y meridionales del continente.
El istmo de Panamá constituye uno de los espacios geográficos más relevantes del continente americano. Situado entre el mar Caribe y el océano Pacífico, conecta América Central con América del Sur mediante una estrecha franja terrestre caracterizada por cordilleras, valles, ríos y extensos bosques tropicales. Su posición geográfica ha favorecido durante millones de años los intercambios biológicos entre ambos subcontinentes, convirtiéndolo en un territorio de extraordinaria riqueza natural.
La fotografía permite apreciar algunas de las características fundamentales del bosque tropical húmedo: una vegetación abundante, organizada en diferentes niveles de altura, donde grandes árboles, palmeras, lianas y numerosas especies vegetales compiten por la luz. Las elevadas temperaturas, las precipitaciones frecuentes y la humedad ambiental favorecen el desarrollo de ecosistemas especialmente complejos. Bajo el dosel forestal se encuentran ambientes variados, con cursos de agua, zonas inundables y una enorme diversidad de especies animales y vegetales.
Desde la perspectiva del poblamiento prehistórico, estos territorios representan un ejemplo de los ambientes que las poblaciones humanas debieron conocer y aprovechar durante su expansión continental. Los bosques tropicales ofrecían recursos alimentarios, agua y materias primas, pero también planteaban dificultades relacionadas con la densidad de la vegetación, el relieve y las condiciones de humedad. El estudio de las primeras ocupaciones humanas en estas regiones permite comprender que la expansión hacia América del Sur no fue simplemente un desplazamiento geográfico, sino también un proceso de adaptación a ecosistemas muy diferentes de los paisajes fríos y abiertos de América del Norte.
Aunque la fotografía representa un paisaje contemporáneo, y la distribución de los bosques ha cambiado desde el Pleistoceno, constituye una referencia visual para comprender la riqueza ambiental del istmo centroamericano y su importancia como espacio de conexión entre las grandes regiones naturales de América.
Fotografía: Paul Harrison, 2016. Wikimedia Commons. Original file (3,000 × 2,014 pixels, file size: 4.66 MB). Licencia CC BY-SA 4.0.
6.3. La llegada a América del Sur
La llegada de las primeras poblaciones humanas a América del Sur constituyó una etapa fundamental en la expansión de nuestra especie por el continente. Desde las regiones meridionales de América Central, los grupos humanos pudieron acceder al territorio sudamericano a través del istmo de Panamá y las tierras del actual noroeste de Colombia. A partir de esta región se abrían espacios geográficos muy diferentes: la costa del Pacífico, los valles y cordilleras andinas, las grandes cuencas fluviales del interior y las extensas llanuras orientales. La diversidad del paisaje ofrecía numerosas posibilidades de desplazamiento, aunque también imponía dificultades relacionadas con el relieve, la vegetación y la disponibilidad de recursos. La expansión probablemente se produjo mediante movimientos sucesivos de comunidades relativamente pequeñas, cuyos desplazamientos dependían de las condiciones ambientales y del conocimiento progresivo del territorio. No existen evidencias suficientes para reconstruir una única trayectoria seguida por todos los primeros pobladores, y es probable que diferentes regiones fueran ocupadas mediante procesos parcialmente independientes.
El noroeste sudamericano desempeñó un papel especialmente importante por su posición de enlace con América Central. En el territorio colombiano, las cordilleras, los valles interandinos y las tierras bajas proporcionaban ambientes contrastados que pudieron favorecer desplazamientos en distintas direcciones. Los testimonios arqueológicos del altiplano de Bogotá y de otras regiones colombianas muestran una presencia humana antigua, aunque las cronologías de determinados yacimientos continúan siendo objeto de revisión. Más hacia el interior, las investigaciones realizadas en la serranía de La Lindosa, en el actual departamento de Guaviare, han documentado ocupaciones humanas desde hace aproximadamente 12.600 años. Los restos de instrumentos, alimentos y actividades desarrolladas en diferentes abrigos rocosos demuestran que algunas comunidades habían alcanzado los ambientes tropicales del noroeste amazónico durante las últimas etapas del Pleistoceno. Estos descubrimientos permiten comprender que las tierras bajas no fueron necesariamente espacios inaccesibles para las primeras poblaciones, sino territorios susceptibles de ocupación y aprovechamiento mediante conocimientos ambientales específicos.
La costa occidental sudamericana constituye otro escenario fundamental para estudiar la expansión temprana. Su continuidad geográfica desde Colombia y Ecuador hasta Perú y Chile pudo facilitar movimientos humanos asociados al aprovechamiento de recursos marinos, fluviales y terrestres. En el norte de Perú, las investigaciones desarrolladas en Huaca Prieta y sus alrededores han identificado ocupaciones intermitentes que comenzaron aproximadamente hace 15.000 años, según las dataciones publicadas en 2017. Bajo construcciones de épocas considerablemente posteriores aparecieron herramientas sencillas de piedra, restos de actividades humanas y materiales relacionados con el consumo de recursos costeros. Los hallazgos muestran que algunas comunidades conocían y aprovechaban ambientes marítimos y humedales, sin depender necesariamente de instrumentos especializados de pesca. Sin embargo, la existencia de asentamientos antiguos junto al océano no demuestra por sí sola que todos sus habitantes procedieran de una migración exclusivamente costera. Además, el ascenso del nivel del mar posterior a la última glaciación sumergió extensas superficies litorales, dificultando la identificación de posibles ocupaciones anteriores.
Las regiones andinas y las grandes cuencas interiores ofrecieron otras posibilidades de expansión. La cordillera de los Andes, pese a sus considerables altitudes y dificultades orográficas, presenta numerosos valles, pasos naturales y territorios de piedemonte que pudieron permitir desplazamientos entre diferentes ambientes. Las comunidades que ocuparon estas regiones tuvieron que adaptarse a importantes variaciones de temperatura, disponibilidad de agua y distribución de animales y plantas. Hacia el este, las cuencas del Orinoco, el Amazonas y sus afluentes formaban amplias redes fluviales que conectaban territorios de enorme extensión. Aunque los paisajes amazónicos actuales no reproducen exactamente las condiciones del Pleistoceno final, las evidencias arqueológicas demuestran una presencia humana temprana en determinadas zonas tropicales. Los grandes ríos pudieron proporcionar recursos y facilitar movimientos regionales, pero todavía no es posible reconstruir un itinerario continuo desde el noroeste continental hasta las regiones orientales. La ocupación de estos espacios debió comprender procesos de exploración, permanencia y adaptación desarrollados durante numerosas generaciones.
La presencia humana temprana en las regiones meridionales demuestra que la expansión alcanzó territorios muy alejados del istmo de Panamá. En la región pampeana de Argentina, el yacimiento de Arroyo Seco 2, próximo a Tres Arroyos, ha proporcionado herramientas de piedra y restos animales asociados a actividades humanas fechadas aproximadamente entre hace 14.000 y 13.000 años. Las investigaciones arqueológicas identificaron evidencias relacionadas con el aprovechamiento de fauna pleistocena, ofreciendo testimonios importantes de ocupaciones anteriores a la expansión Clovis norteamericana. Otros yacimientos de Patagonia documentan la presencia de comunidades cazadoras-recolectoras durante las últimas etapas de la glaciación. En Chile, Monte Verde ha ocupado históricamente un lugar destacado dentro de estas reconstrucciones, aunque la controversia reabierta en 2026 sobre su antigüedad obliga a mantener prudencia al utilizarlo como referencia cronológica. Considerados conjuntamente, estos descubrimientos muestran que las poblaciones humanas alcanzaron regiones muy meridionales en fechas tempranas, aunque todavía desconocemos la secuencia completa de asentamientos y desplazamientos que hizo posible aquella expansión.
La llegada a América del Sur no fue, por tanto, un acontecimiento único, sino el comienzo de una prolongada historia de ocupación y diferenciación de poblaciones. Los estudios de ADN antiguo han contribuido a reconstruir algunas relaciones de ascendencia entre comunidades de América Central, Brasil, los Andes y el Cono Sur, identificando procesos de expansión, movimientos posteriores y cambios demográficos que no siempre resultan visibles mediante los restos arqueológicos. Una investigación publicada en 2018 por Cosimo Posth y sus colaboradores mostró que la historia genética sudamericana incluyó diferentes relaciones ancestrales y episodios de intercambio entre poblaciones, aunque los genomas disponibles no permiten determinar todas las rutas recorridas durante la ocupación inicial. Las evidencias arqueológicas y genéticas sugieren un proceso complejo, en el que comunidades con antecedentes compartidos terminaron estableciéndose en ambientes muy distintos. La amplitud de su distribución geográfica demuestra una notable capacidad de desplazamiento y adaptación, mientras que las diferencias regionales anuncian la extraordinaria diversidad cultural que caracterizaría posteriormente al continente. Comprender la rapidez y las distintas modalidades de esta expansión constituye el siguiente problema fundamental de la investigación.
-Aceituno, Francisco Javier, et al. (2024). «The peopling of Amazonia: Chrono-stratigraphic evidence from Serranía La Lindosa, Colombian Amazon». Quaternary Science Reviews, 327, artículo 108522. Investigación sobre las primeras ocupaciones humanas del noroeste amazónico y la adaptación de sus comunidades a los ambientes tropicales.
-Dillehay, Tom D., et al. (2017). «Simple technologies and diverse food strategies of the Late Pleistocene and Early Holocene at Huaca Prieta, Coastal Peru». Science Advances, 3(5), e1602778. Estudio arqueológico sobre las ocupaciones tempranas de la costa peruana y la diversidad de recursos aprovechados por sus habitantes.
-Politis, Gustavo G., Gutiérrez, María A., Rafuse, Daniel J., y Blasi, Adriana (2016). «The Arrival of Homo sapiens into the Southern Cone at 14,000 Years Ago». PLOS ONE, 11(9), e0162870. Investigación sobre el yacimiento argentino de Arroyo Seco 2 y las evidencias de ocupación temprana del extremo meridional sudamericano.
-Posth, Cosimo, et al. (2018). «Reconstructing the Deep Population History of Central and South America». Cell, 175(5), pp. 1185–1197.e22. Estudio de ADN antiguo sobre las relaciones ancestrales, los movimientos demográficos y la diferenciación de poblaciones americanas.
La Laguna Colorada de Bolivia: paisajes volcánicos y grandes altitudes de los Andes. Panorámica de la Laguna Colorada, situada a unos 4.278 metros sobre el nivel del mar, en el altiplano del suroeste de Bolivia. Sus aguas rojizas, las extensas superficies salinas y las montañas de origen volcánico conforman uno de los paisajes más singulares de los Andes. La fotografía refleja la extraordinaria diversidad geográfica y ambiental del continente sudamericano.
El altiplano andino constituye una de las grandes regiones geográficas de América del Sur. Extendido principalmente por territorios de Bolivia y Perú, con prolongaciones hacia Chile y Argentina, reúne extensas mesetas elevadas, cordilleras, volcanes, salares y lagunas de altura. Su formación está relacionada con la prolongada evolución tectónica de los Andes, resultado de la convergencia entre placas litosféricas que ha originado uno de los sistemas montañosos más extensos del planeta.
La fotografía muestra la Laguna Colorada, situada en la provincia de Sud Lípez, departamento de Potosí, dentro de la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa. Es una laguna salina y poco profunda, rodeada de montañas y terrenos volcánicos, cuyo característico color rojizo se debe principalmente a la presencia de sedimentos y microorganismos pigmentados adaptados a sus aguas saladas. Las superficies blanquecinas corresponden a acumulaciones de minerales y sales, mientras que las aguas someras ofrecen un hábitat especialmente importante para distintas especies de flamencos andinos.
Las condiciones ambientales de esta región son rigurosas. Su considerable altitud determina una presión atmosférica reducida, una menor disponibilidad de oxígeno, una intensa radiación solar y fuertes contrastes térmicos entre el día y la noche. A ello se suman la aridez, la escasez de vegetación en numerosos sectores y la irregular disponibilidad de agua dulce. Pese a estas dificultades, los ambientes altoandinos albergan comunidades biológicas especializadas, adaptadas a condiciones que resultarían extremas para muchas otras especies.
Desde la perspectiva del poblamiento americano, este paisaje permite ilustrar la diversidad de territorios que las poblaciones humanas fueron conociendo y ocupando a lo largo de su expansión por América del Sur. La adaptación a las tierras altas andinas requirió desarrollar estrategias de subsistencia y movilidad apropiadas para ambientes muy diferentes de las selvas tropicales, las grandes llanuras o los litorales. Aunque la fotografía representa un paisaje actual y no una reconstrucción del Pleistoceno, permite comprender la complejidad geográfica de un continente cuya ocupación humana se desarrolló mediante procesos diversos y prolongados.
Fotografía: Pavel Špindler, 2012. Fuente: Wikimedia Commons. Original file (4,928 × 3,264 pixels, file size: 3.98 MB). Licencia CC BY 3.0.
6.4. Rapidez y diversidad del proceso de expansión
Uno de los aspectos más sorprendentes del poblamiento americano fue la amplitud geográfica que alcanzaron las primeras poblaciones humanas en un intervalo relativamente breve de la prehistoria. La presencia de testimonios arqueológicos tempranos en regiones muy alejadas entre sí sugiere que la expansión continental pudo desarrollarse con considerable rapidez, especialmente durante las fases finales del Pleistoceno. Sin embargo, esta rapidez debe entenderse en términos históricos y no como el resultado de grandes desplazamientos individuales. Las comunidades cazadoras-recolectoras podían permanecer durante generaciones en determinados territorios, mientras algunos de sus integrantes exploraban espacios vecinos y establecían nuevos asentamientos. La acumulación de pequeños movimientos, repetidos a lo largo de siglos o milenios, habría permitido ocupar distancias enormes sin necesidad de imaginar expediciones organizadas para atravesar el continente. Por ello, la expansión fue probablemente una combinación de desplazamientos locales, crecimiento de las comunidades y establecimiento progresivo de nuevos grupos.
La cronología arqueológica permite aproximarse al ritmo de este proceso, aunque todavía no proporciona una secuencia completa. La distribución de los yacimientos indica que hacia el final de la última glaciación existían comunidades humanas establecidas en territorios muy distantes de América del Norte y del Sur. Una investigación publicada en 2020 por Luciano Prates, Gustavo Politis y S. Iván Perez, basada en el análisis de más de 1.600 dataciones radiocarbónicas sudamericanas, propuso un marco estadístico compatible con una expansión temprana relativamente rápida. Sus resultados situaron el umbral estimado del poblamiento sudamericano aproximadamente entre hace 16.600 y 15.100 años, aunque estas cifras representan estimaciones obtenidas mediante modelos y no fechas directas de llegada. La interpretación depende de la calidad de las dataciones disponibles, de su distribución regional y de los criterios utilizados para seleccionar los yacimientos. Las investigaciones muestran, por tanto, que la rapidez de la expansión puede estudiarse científicamente, pero también que resulta arriesgado convertir las fechas más antiguas en una narración cronológica definitiva.
El avance humano tampoco se produjo con la misma intensidad en todas las regiones. Algunos territorios pudieron resultar favorables para la circulación y el establecimiento de comunidades, mientras que otros exigieron periodos prolongados de exploración o permanecieron escasamente ocupados. Las costas, los sistemas fluviales y determinados corredores naturales ofrecían posibilidades de desplazamiento, aunque su utilización dependía de las condiciones ambientales existentes en cada momento. Los cambios climáticos del Pleistoceno final modificaron la distribución de hielos, lagos, bosques y espacios abiertos, generando nuevas oportunidades y dificultades. Es probable que determinadas poblaciones avanzaran con rapidez por territorios relativamente accesibles, mientras otras permanecían durante largos periodos en regiones que ofrecían recursos suficientes. La expansión pudo experimentar así fases de aceleración, estabilidad y reorganización. Esta diversidad de ritmos ayuda a comprender por qué las evidencias arqueológicas no forman una sucesión ordenada de norte a sur y por qué territorios próximos presentan en ocasiones historias de ocupación aparentemente diferentes.
La expansión geográfica estuvo acompañada por un proceso de diversificación cultural. Las primeras comunidades compartían conocimientos generales relacionados con la obtención de alimentos, la fabricación de herramientas y la organización de la vida colectiva, pero estas prácticas podían transformarse al establecerse en nuevos territorios. Los materiales disponibles, las especies animales y vegetales, las tradiciones transmitidas entre generaciones y los contactos con otros grupos influyeron en el desarrollo de soluciones diferentes. Algunas comunidades conservaron procedimientos técnicos durante largos periodos, mientras que otras introdujeron modificaciones o desarrollaron instrumentos adaptados a circunstancias particulares. De este modo, la diversidad cultural no tiene por qué reflejar necesariamente migraciones de poblaciones biológicamente distintas. Una misma población puede modificar sus costumbres con el tiempo, y comunidades con antecedentes diferentes pueden adoptar técnicas semejantes mediante contactos o respuestas independientes a necesidades compartidas. La expansión americana debe comprenderse, por tanto, como un proceso simultáneamente geográfico, demográfico y cultural.
Los estudios genéticos han reforzado esta interpretación al identificar movimientos poblacionales más complejos de lo que sugerían los modelos tradicionales. Una investigación publicada en 2018 por J. Víctor Moreno-Mayar y sus colaboradores, basada en genomas humanos antiguos de diferentes regiones americanas, encontró evidencias de una dispersión temprana y de procesos de diversificación que incluyeron varias trayectorias demográficas. Los resultados muestran que la historia de las primeras poblaciones no puede reducirse a una expansión homogénea de un único grupo que conservara intactas sus características originales. A lo largo del tiempo pudieron producirse separaciones entre comunidades, contactos posteriores y movimientos que modificaron la distribución de determinadas ascendencias. Sin embargo, la genética no permite identificar directamente las lenguas, costumbres o formas de organización de aquellas sociedades. También debe distinguirse entre extensión territorial y crecimiento demográfico: una población puede alcanzar regiones muy distantes sin experimentar necesariamente un aumento rápido y continuo de sus efectivos. Investigaciones sobre la demografía prehistórica sudamericana sugieren precisamente una expansión geográfica temprana acompañada, durante milenios, por densidades de población relativamente bajas.
La rapidez y la diversidad del poblamiento americano constituyen, en definitiva, dos dimensiones complementarias de una misma historia. La capacidad de extenderse por enormes territorios fue posible gracias a los conocimientos acumulados, la movilidad de las comunidades y la transmisión de experiencias entre generaciones, mientras que la variedad de condiciones naturales favoreció trayectorias regionales diferenciadas. No obstante, el registro arqueológico conserva únicamente una parte de aquel proceso. Muchos asentamientos desaparecieron por la erosión, los cambios del nivel del mar y las transformaciones del paisaje, mientras que otros permanecen sin descubrir. Esta conservación desigual puede producir una imagen fragmentaria de la expansión e incluso hacer que determinados movimientos parezcan más rápidos o discontinuos de lo que realmente fueron. La investigación actual apunta hacia un poblamiento dinámico, desarrollado mediante múltiples desplazamientos y procesos de adaptación, sin que todavía sea posible reconstruir cada una de sus etapas. El resultado fue el establecimiento de comunidades humanas en una extraordinaria variedad de territorios, punto de partida de las posteriores transformaciones ambientales, tecnológicas y culturales de la prehistoria americana.
-Prates, Luciano, Politis, Gustavo G., y Perez, S. Iván (2020). «Rapid radiation of humans in South America after the last glacial maximum: A radiocarbon-based study». PLOS ONE, 15(7), e0236023. Análisis de dataciones radiocarbónicas que permite estudiar la cronología y los ritmos de la expansión humana temprana por América del Sur.
-Moreno-Mayar, J. Víctor, et al. (2018). «Early human dispersals within the Americas». Science, 362(6419), eaav2621. Investigación genética sobre la rapidez, la diversificación y las diferentes trayectorias demográficas de las primeras poblaciones americanas.
-Goldberg, Amy, Mychajliw, Alexis M., y Hadly, Elizabeth A. (2016). «Post-invasion demography of prehistoric humans in South America». Nature, 532, pp. 232–235. Estudio sobre la relación entre expansión territorial, crecimiento de la población y transformaciones demográficas durante la prehistoria sudamericana.
- 7.1. Tundras y regiones frías
- 7.2. Bosques y grandes llanuras
- 7.3. Montañas y altiplanos
- 7.4. Costas, ríos y ambientes tropicales
La expansión de las primeras poblaciones humanas por América estuvo acompañada de un extraordinario proceso de adaptación a condiciones naturales muy diferentes. Desde las regiones próximas al Ártico hasta los territorios tropicales y las grandes extensiones australes, el continente presentaba una diversidad de paisajes, climas y recursos que exigía respuestas específicas. Durante el Pleistoceno final, además, numerosos ambientes experimentaron transformaciones relacionadas con el retroceso de los glaciares, las variaciones de temperatura y los cambios en la vegetación y la fauna. Las comunidades humanas tuvieron que conocer progresivamente estos territorios y desarrollar formas de subsistencia adecuadas a sus características. Su capacidad de adaptación fue fundamental para establecer asentamientos y mantener poblaciones en regiones que, en ocasiones, presentaban condiciones especialmente exigentes.
La diversidad ambiental favoreció distintas maneras de aprovechar los recursos y organizar la vida cotidiana. Las tundras y las regiones frías planteaban dificultades relacionadas con las bajas temperaturas y la disponibilidad estacional de alimentos; los bosques y las grandes llanuras ofrecían otras posibilidades de caza y recolección; las montañas y los altiplanos requerían adaptaciones a la altitud y al relieve; mientras que las costas, los ríos y los ambientes tropicales proporcionaban recursos y desafíos particulares. Estas diferencias influyeron en la movilidad, la elección de los lugares de asentamiento y las técnicas utilizadas por las comunidades. Sin embargo, no determinaron de manera rígida sus formas de vida, pues los conocimientos transmitidos, la experiencia acumulada y las decisiones colectivas también desempeñaron un papel esencial.
Los siguientes apartados examinarán cómo las primeras poblaciones americanas se desenvolvieron en estos grandes ambientes y qué respuestas desarrollaron ante sus condiciones particulares. El objetivo no será establecer una clasificación cerrada de sociedades, sino comprender la relación dinámica entre los seres humanos y los territorios que ocuparon. Esta perspectiva permite reconocer la importancia de la flexibilidad cultural, la capacidad de aprendizaje y el aprovechamiento de oportunidades ecológicas diversas, factores fundamentales para explicar la continuidad y la creciente diferenciación de las comunidades prehistóricas americanas.
7.1. Tundras y regiones frías
Las tundras y las regiones frías constituyeron algunos de los ambientes más exigentes a los que tuvieron que adaptarse las primeras poblaciones humanas de América. Durante el Pleistoceno final, extensos territorios de Alaska, el Yukón y otras regiones septentrionales presentaban temperaturas muy bajas, inviernos prolongados y una marcada estacionalidad. Sin embargo, aquellos paisajes no eran idénticos a las tundras actuales. En buena parte de las superficies libres de hielo predominaban formaciones vegetales abiertas, conocidas como estepa-tundra, caracterizadas por la presencia de gramíneas, plantas herbáceas y pequeños arbustos. Este ambiente, generalmente frío y seco, permitía la existencia de comunidades animales adaptadas a las condiciones glaciales. La distribución de la vegetación variaba según la humedad, el relieve y la proximidad de los glaciares, de modo que podían encontrarse espacios relativamente favorables junto a otros mucho más difíciles de habitar. Para los grupos humanos, sobrevivir en estos territorios exigía comprender las variaciones estacionales y aprovechar cuidadosamente las posibilidades de cada lugar.
La obtención de alimentos constituía uno de los principales desafíos. En las grandes extensiones abiertas vivían animales como bisontes, caballos silvestres, mamuts y caribúes, aunque su distribución y abundancia cambiaron a lo largo del Pleistoceno final. Estos animales podían proporcionar carne, grasa, pieles, huesos y otros materiales aprovechables, pero su presencia no garantizaba una fuente continua de recursos. Las migraciones estacionales, las condiciones meteorológicas y las dificultades de desplazamiento obligaban a las comunidades a modificar sus actividades según las circunstancias. Además de los grandes mamíferos, podían aprovecharse animales pequeños, aves, peces y recursos vegetales disponibles durante determinadas épocas. La imagen tradicional de poblaciones dedicadas exclusivamente a la caza de megafauna resulta, por tanto, demasiado limitada. Las evidencias arqueológicas muestran estrategias de subsistencia diversas, cuya composición dependía de los recursos presentes en cada territorio y de los conocimientos acumulados por sus habitantes.
Un descubrimiento especialmente significativo procede del yacimiento de Upward Sun River, situado en el valle del río Tanana, en Alaska. Las excavaciones identificaron restos de salmón asociados a hogares utilizados por comunidades humanas hace aproximadamente 11.500 años. Un estudio publicado en 2015 permitió reconocer estos peces como salmones keta mediante análisis de ADN antiguo y confirmó su condición de peces migratorios que remontaban los ríos desde el océano. El hallazgo demuestra que las poblaciones del interior de Alaska aprovechaban recursos fluviales durante las últimas etapas del Pleistoceno. También revela la importancia de conocer los ciclos naturales, pues la disponibilidad de estos peces dependía de movimientos estacionales relativamente previsibles. La presencia de actividades pesqueras junto a otras formas de obtención de alimentos muestra que las comunidades septentrionales no dependían necesariamente de una sola especie ni de una estrategia económica uniforme. Su capacidad para combinar diferentes recursos constituía una ventaja importante en ambientes sometidos a fuertes variaciones climáticas.
La protección frente al frío requería igualmente conocimientos técnicos y una cuidadosa organización de la vida cotidiana. Las prendas confeccionadas con pieles animales, los refugios y el mantenimiento de hogares permitían reducir la exposición a las bajas temperaturas. La fabricación de herramientas para cortar, raspar y preparar pieles facilitaba la elaboración y reparación de elementos indispensables para la supervivencia. Aunque numerosos objetos confeccionados con materiales perecederos no se han conservado, las tecnologías conocidas en el Paleolítico superior de Eurasia muestran que los seres humanos disponían de soluciones complejas para habitar latitudes elevadas. En América, los instrumentos encontrados en yacimientos septentrionales permiten reconocer actividades de procesamiento de animales y preparación de materiales, aunque no siempre es posible reconstruir las características exactas de las viviendas o la vestimenta. La disponibilidad de combustible también condicionaba los asentamientos, especialmente en territorios con vegetación leñosa escasa. La utilización del fuego exigía prever las necesidades de calefacción, iluminación y preparación de alimentos.
La movilidad representaba otro elemento esencial de la adaptación. Las comunidades podían alternar lugares de asentamiento según la disponibilidad de animales, plantas, combustible y agua, aprovechando valles fluviales y otros espacios que ofrecían condiciones relativamente favorables. Sin embargo, no todos los desplazamientos respondían necesariamente a la persecución de grandes manadas. Algunos campamentos pudieron utilizarse repetidamente durante determinadas estaciones, mientras que otros estaban vinculados a actividades específicas de corta duración. La cooperación entre los integrantes de cada comunidad resultaba especialmente importante para distribuir tareas, compartir recursos y transmitir conocimientos sobre territorios potencialmente peligrosos. La presencia de hogares, instrumentos y enterramientos en algunos yacimientos de Alaska confirma que aquellas sociedades desarrollaban actividades domésticas y vínculos sociales que iban mucho más allá de la mera obtención de alimentos. La adaptación al frío no dependía únicamente de las capacidades individuales, sino también de la organización colectiva y de la experiencia transmitida entre generaciones.
Estas formas de vida experimentaron transformaciones conforme cambiaron las condiciones ambientales al final de la última glaciación. En numerosas regiones de Alaska y el Yukón, la expansión progresiva de arbustos y otras formaciones vegetales modificó los paisajes abiertos de la antigua estepa-tundra. Las investigaciones paleoambientales indican que estos cambios comenzaron antes de la desaparición regional de determinados grandes herbívoros, lo que demuestra la importancia de las transformaciones climáticas en la evolución de aquellos ecosistemas. Las comunidades humanas tuvieron que responder a una distribución diferente de los recursos, ajustando sus desplazamientos y estrategias de subsistencia. Algunas especies animales disminuyeron o desaparecieron, mientras que otras adquirieron mayor importancia en determinados territorios. La ocupación de las regiones frías americanas demuestra, en definitiva, que la adaptación humana no consistió en desarrollar una única forma de supervivencia, sino en mantener la capacidad de modificar comportamientos, técnicas y decisiones ante condiciones ambientales cambiantes. Esta flexibilidad cultural permitió habitar espacios septentrionales y constituye una de las características fundamentales de las primeras sociedades americanas.
-Hoffecker, John F., et al. (2023). «Beringia and the peopling of the Western Hemisphere». Proceedings of the Royal Society B: Biological Sciences, 290(1990), 20222246. Revisión interdisciplinar sobre los ambientes de Beringia, las tecnologías humanas y las condiciones que hicieron posible la ocupación de las regiones septentrionales.
-Halffman, Carrin M., et al. (2015). «Early human use of anadromous salmon in North America at 11,500 y ago». Proceedings of the National Academy of Sciences, 112(40), pp. 12344–12348. Investigación sobre el aprovechamiento de salmones en Upward Sun River y la diversidad de recursos alimentarios utilizados por las comunidades del Pleistoceno final de Alaska.
-Monteath, Alistair J., Gaglioti, Benjamin V., Edwards, Mary E., y Froese, Duane (2021). «Late Pleistocene shrub expansion preceded megafauna turnover and extinctions in eastern Beringia». Proceedings of the National Academy of Sciences, 118(52), e2107977118. Estudio paleoambiental sobre la transformación de la estepa-tundra y los cambios en las comunidades de grandes herbívoros de Alaska y el Yukón.
Paisaje frío de alta montaña en América. Las regiones frías y de gran altitud presentaban condiciones especialmente duras para la vida humana: temperaturas bajas, suelos pobres, vegetación escasa y una marcada estacionalidad. Espacios como este ayudan a comprender que la adaptación al continente americano no dependió solo del desplazamiento, sino también de la capacidad de habitar medios exigentes y cambiantes.
Foto: Belteshassar. Tranferida desde Flickr via #flickr2commons. Original file (4,000 × 3,000 pixels, file size: 4.98 MB).
Las regiones frías de alta montaña se caracterizan por sus extensas superficies rocosas, una vegetación limitada y la persistencia de nieve en las zonas más elevadas. Las bajas temperaturas, los fuertes vientos y la marcada estacionalidad condicionan el desarrollo de los ecosistemas y la disponibilidad de recursos naturales. En estos ambientes, la movilidad humana depende de las características del relieve, los pasos montañosos y los ciclos estacionales de la fauna y la vegetación.
Durante la prehistoria americana, la adaptación a estos territorios exigió un conocimiento profundo del entorno y una gran capacidad para aprovechar sus recursos. La elección de refugios, la preparación de vestimentas adecuadas, la organización de los desplazamientos y el aprovechamiento de los animales constituían elementos esenciales para la supervivencia. La ocupación de estos espacios, junto con la de bosques, llanuras, costas y selvas, refleja la extraordinaria capacidad de las primeras poblaciones americanas para desarrollar diferentes formas de vida en un continente de enorme diversidad geográfica.
7.2. Bosques y grandes llanuras
Los bosques y las grandes llanuras ofrecieron a las primeras poblaciones americanas condiciones de vida muy diferentes de las existentes en las regiones árticas y subárticas. Estos ambientes ocupaban extensas superficies de América del Norte y del Sur, aunque su distribución durante el Pleistoceno final no coincidía exactamente con la actual. Los cambios climáticos habían modificado la extensión de las formaciones forestales, la composición de la vegetación y la presencia de numerosas especies animales. En determinadas regiones predominaban los bosques de coníferas, mientras que otras presentaban paisajes abiertos, praderas, matorrales o combinaciones de árboles y espacios herbáceos. Esta variedad generaba oportunidades distintas para obtener alimentos, encontrar refugio y desplazarse por el territorio. La adaptación humana dependía, en buena medida, de reconocer las características de cada paisaje y comprender cómo cambiaban los recursos a lo largo del año. Por ello, los bosques y las llanuras no deben considerarse escenarios uniformes, sino conjuntos de ambientes relacionados entre sí y sometidos a continuas transformaciones.
Las regiones boscosas proporcionaban una amplia variedad de recursos animales y vegetales. En los territorios orientales de América del Norte, las comunidades podían aprovechar diferentes mamíferos, aves y plantas silvestres, aunque la disponibilidad concreta de cada especie dependía de la época y de las condiciones ambientales. Los árboles y arbustos ofrecían frutos, semillas y otros productos potencialmente comestibles, mientras que los espacios abiertos del interior de los bosques favorecían la presencia de animales herbívoros. También podían obtenerse madera, fibras vegetales y materiales destinados a fabricar instrumentos, construir refugios o mantener el fuego. Sin embargo, no todos estos recursos se conservan adecuadamente en los yacimientos arqueológicos, de modo que la información disponible suele ser desigual. Las herramientas de piedra aparecen con mayor frecuencia que los utensilios de madera o los restos vegetales, circunstancia que puede producir una imagen incompleta de las actividades cotidianas. La vida en el bosque exigía, además, un conocimiento preciso de las plantas útiles, las zonas frecuentadas por los animales y los cambios estacionales que afectaban al paisaje.
La ocupación de estos ambientes planteaba dificultades particulares. La vegetación densa podía limitar la visibilidad y hacer más complicados ciertos desplazamientos, mientras que la distribución irregular de los alimentos obligaba a conocer lugares específicos y regresar a ellos en diferentes momentos del año. Las comunidades podían aprovechar claros naturales, bordes forestales y otros espacios donde se concentraban recursos diversos. En el nordeste de América del Norte, las investigaciones paleoambientales muestran que el final del Pleistoceno y el comienzo del Holoceno estuvieron acompañados por importantes transformaciones de la cubierta vegetal. Hace aproximadamente 11.700 años, el calentamiento posterior al episodio frío conocido como Dryas Reciente favoreció, en determinadas regiones, el paso de paisajes relativamente abiertos a bosques más densos. Estos cambios alteraron la distribución de los animales y las posibilidades de aprovechamiento del territorio. Las investigaciones arqueológicas indican que también se modificaron las formas de movilidad, los patrones de asentamiento y algunas tecnologías, aunque resulta difícil establecer una correspondencia directa entre cada transformación ambiental y las decisiones humanas.
Las grandes llanuras presentaban condiciones diferentes. En las extensas regiones interiores de América del Norte, los espacios abiertos facilitaban la observación de grandes distancias y ofrecían hábitats favorables para numerosas especies herbívoras. Durante las últimas etapas del Pleistoceno existían poblaciones de bisontes, caballos silvestres y otros mamíferos, cuya distribución dependía de la vegetación, las precipitaciones y la disponibilidad de agua. Los grupos humanos podían aprovechar estos animales, pero también otros recursos de menor tamaño y plantas silvestres presentes en determinados lugares. La vida en las praderas exigía prestar atención a los movimientos estacionales de la fauna, a las variaciones meteorológicas y a la localización de fuentes de agua. La relativa escasez de árboles en algunos sectores condicionaba asimismo la obtención de combustible y materiales para construir refugios. Los valles, manantiales y zonas protegidas del viento podían adquirir especial importancia. Sin embargo, tampoco las llanuras fueron espacios homogéneos: la presencia de cursos fluviales, depresiones húmedas y manchas de vegetación arbórea originaba ambientes complementarios que podían ser aprovechados por una misma comunidad.
En América del Sur, las regiones abiertas ofrecieron posibilidades de adaptación comparables en algunos aspectos, aunque presentaban especies animales y características ecológicas propias. Las extensas llanuras pampeanas, situadas principalmente en el actual territorio argentino y uruguayo, constituyeron uno de los escenarios de ocupación humana durante el Pleistoceno final. En ellas convivieron diferentes herbívoros, entre los que se encontraban caballos americanos y grandes mamíferos posteriormente extinguidos. Tras las transformaciones ambientales y faunísticas que acompañaron el comienzo del Holoceno, otros animales, como el guanaco, el venado de las pampas y el ñandú, adquirieron una importancia destacada en determinadas estrategias de subsistencia. Las investigaciones realizadas en el yacimiento de Arroyo Seco 2 muestran cambios en el aprovechamiento de distintas especies a lo largo de una prolongada secuencia de ocupaciones. Estos datos permiten comprender que las comunidades no mantuvieron inalteradas sus prácticas alimentarias, sino que fueron ajustándolas a las posibilidades de cada periodo. También revelan que una misma región podía sostener formas de vida diferentes conforme se transformaban sus ecosistemas.
La adaptación a los bosques y las grandes llanuras demuestra la importancia de la flexibilidad cultural en las primeras sociedades americanas. Aunque ambos ambientes ofrecían recursos y dificultades particulares, sus límites no eran rígidos y numerosas comunidades pudieron utilizar territorios que combinaban formaciones forestales, praderas y otros espacios naturales. Los cambios climáticos modificaron progresivamente estas relaciones, favoreciendo la expansión de determinados tipos de vegetación y la reducción de otros. En las Grandes Llanuras norteamericanas, por ejemplo, las investigaciones geológicas muestran que las transformaciones del Pleistoceno final y del Holoceno temprano no se produjeron de manera idéntica en todas las regiones. Las comunidades humanas tuvieron que responder a variaciones locales de humedad, disponibilidad de recursos y estabilidad del paisaje. Su capacidad para reconocer nuevas oportunidades, modificar sus desplazamientos y transmitir conocimientos permitió mantener poblaciones en ambientes cambiantes. Esta diversidad de respuestas contribuyó al desarrollo de trayectorias regionales diferenciadas y demuestra que la relación entre los seres humanos y la naturaleza fue un proceso dinámico, basado tanto en las condiciones ecológicas como en la experiencia y las decisiones de las propias comunidades.
-Kitchel, Nathaniel R. (2024). «Facing the Forest: Climate Change and Human Adaptation Across the Pleistocene–Holocene Transition in Northern New England and Eastern Canada». PaleoAmerica, 10(2–3), pp. 176–190. Investigación sobre las transformaciones de los ambientes forestales y las respuestas culturales de las poblaciones humanas del nordeste norteamericano durante la transición al Holoceno.
-Holliday, Vance T., Meltzer, David J., y Mandel, Rolfe (2011). «Stratigraphy of the Younger Dryas Chronozone and paleoenvironmental implications: Central and Southern Great Plains». Quaternary International, 242(2), pp. 520–533. Estudio geológico y paleoambiental sobre los cambios experimentados por las Grandes Llanuras norteamericanas al final del Pleistoceno.
-Rafuse, Daniel J. (2017). «Early to Middle Holocene subsistence strategies in the Pampas region: Evidence from the Arroyo Seco 2 site». Journal of Archaeological Science: Reports, 12, pp. 673–683. Investigación arqueozoológica sobre los cambios en el aprovechamiento de animales por las comunidades cazadoras-recolectoras de las llanuras pampeanas.
7.3. Montañas y altiplanos
Las montañas y los altiplanos americanos constituyeron algunos de los ambientes más exigentes para las primeras poblaciones humanas, pero también ofrecieron importantes oportunidades de asentamiento y aprovechamiento de recursos. Desde las Montañas Rocosas y las cordilleras del occidente norteamericano hasta los extensos sistemas andinos de América del Sur, estos territorios presentaban fuertes pendientes, grandes diferencias de altitud y condiciones climáticas muy variables. Durante el Pleistoceno final, numerosas cumbres permanecían cubiertas por glaciares, mientras que los valles, las mesetas elevadas y determinadas cuencas interiores podían ofrecer espacios habitables. La vida en las montañas exigía conocer la distribución de los recursos, identificar pasos accesibles y comprender los cambios estacionales que afectaban al territorio. Sin embargo, las cordilleras no deben interpretarse únicamente como barreras naturales. Sus valles, corredores y zonas de transición ecológica también facilitaron desplazamientos y contactos entre comunidades establecidas a diferentes altitudes.
Uno de los principales desafíos de estos ambientes era la disminución de la presión atmosférica conforme aumentaba la altitud, circunstancia que reduce la cantidad de oxígeno disponible para el organismo en cada respiración. La exposición a estas condiciones puede provocar dificultades respiratorias, fatiga y otros efectos fisiológicos, especialmente entre personas que ascienden rápidamente desde regiones bajas. A ello se sumaban las bajas temperaturas, la intensa radiación solar, los fuertes vientos y las variaciones bruscas del tiempo. Las primeras comunidades tuvieron que desarrollar conocimientos prácticos para afrontar estas dificultades, seleccionando lugares protegidos y organizando sus actividades según las condiciones ambientales. Es importante distinguir entre la aclimatación individual, que permite al organismo responder parcialmente a la altura durante una estancia, y las adaptaciones biológicas que pueden desarrollarse en poblaciones a lo largo de numerosas generaciones. La presencia humana temprana en territorios elevados demuestra capacidad de adaptación, pero no permite afirmar que sus habitantes poseyeran ya todas las características fisiológicas observadas en determinadas poblaciones actuales de montaña.
Los ambientes montañosos ofrecían también recursos variados, distribuidos de forma desigual según la altitud y la estación del año. En los Andes, las mesetas y pastizales de altura, conocidos como puna en amplias regiones centrales, proporcionaban espacios favorables para animales silvestres como vicuñas y guanacos, mientras que los humedales altoandinos, denominados bofedales, concentraban agua y vegetación en determinados sectores. Los grupos humanos podían aprovechar estos recursos y utilizar los valles próximos para obtener otros alimentos y materiales. La existencia de distintos pisos ecológicos favorecía desplazamientos entre áreas complementarias, aunque su frecuencia y extensión dependían de las necesidades y posibilidades de cada comunidad. Las montañas proporcionaban asimismo rocas especialmente adecuadas para fabricar instrumentos, entre ellas la obsidiana, un vidrio de origen volcánico que puede producir filos muy cortantes. La localización de sus afloramientos naturales y la presencia de herramientas elaboradas con estos materiales permiten investigar la movilidad humana y las relaciones entre territorios elevados y regiones vecinas.
Las investigaciones realizadas en los Andes del sur de Perú han demostrado que algunos grupos humanos alcanzaron altitudes extraordinarias durante las últimas etapas del Pleistoceno. En la cuenca de Pucuncho, el arqueólogo Kurt Rademaker y sus colaboradores identificaron un lugar de fabricación de herramientas situado a unos 4.355 metros sobre el nivel del mar, con materiales atribuidos aproximadamente al intervalo comprendido entre hace 12.800 y 11.500 años. En la misma región, el abrigo rocoso de Cuncaicha, localizado a unos 4.480 metros, proporcionó una secuencia de ocupación bien documentada que comienza hace aproximadamente 12.400 años. El conjunto incluye herramientas de piedra, restos de actividades humanas y materiales que permiten estudiar la utilización de aquel territorio elevado. Estos descubrimientos modificaron la idea de que los ambientes de gran altitud solo habían comenzado a ocuparse de manera significativa en épocas mucho más recientes. Sin embargo, distinguir entre visitas estacionales, estancias prolongadas y asentamientos relativamente permanentes exige analizar otras evidencias, además de la presencia de instrumentos y hogares.
En América del Norte, las Montañas Rocosas ofrecen ejemplos igualmente interesantes de adaptación a territorios elevados. Las investigaciones desarrolladas en la cuenca superior del río Gunnison, en Colorado, han identificado numerosos testimonios paleoindios relacionados con la ocupación de valles montañosos y ambientes próximos a las zonas alpinas. Algunos yacimientos muestran que las comunidades utilizaron estos territorios durante el Pleistoceno final y el Holoceno temprano, aprovechando recursos animales y vegetales disponibles en distintas estaciones. Un estudio publicado por Bonnie L. Pitblado en 2016 propuso que determinados grupos de la época Folsom pudieron ocupar la cuenca de Gunnison durante todo el año, mientras que otras actividades en sectores más elevados probablemente tuvieron un carácter estacional. Estas diferencias muestran que no existió una única forma de vida montañesa. La ocupación dependía del relieve, la disponibilidad de alimentos, la duración de las estaciones favorables y la posibilidad de mantener contactos con otros territorios. Los valles y las alturas podían formar parte de un mismo sistema de aprovechamiento del paisaje, sin que todas las comunidades utilizaran sus espacios de idéntica manera.
Las investigaciones posteriores han permitido conocer mejor la duración y las características de estas adaptaciones. En Cuncaicha, los análisis isotópicos realizados sobre restos humanos del Holoceno temprano indican que algunos individuos pasaron sus primeros años en ambientes elevados de la cuenca de Pucuncho y obtuvieron allí buena parte de sus recursos. Esta información sugiere una relación estable con el territorio, más compleja que la realización de expediciones ocasionales desde tierras bajas. Por otra parte, los estudios de ADN antiguo de poblaciones andinas han identificado procesos de diferenciación demográfica y posibles adaptaciones genéticas desarrolladas durante periodos posteriores, aunque todavía existen importantes incertidumbres sobre la evolución de las respuestas fisiológicas a la altitud. La ocupación de montañas y altiplanos demuestra, por tanto, una notable combinación de conocimientos ambientales, flexibilidad cultural y capacidad de organización. Lejos de constituir espacios marginales o permanentemente inaccesibles, estos territorios participaron activamente en la historia de las primeras comunidades americanas y contribuyeron al desarrollo de formas de vida adaptadas a condiciones ecológicas especialmente diversas.
-Rademaker, Kurt, et al. (2014). «Paleoindian settlement of the high-altitude Peruvian Andes». Science, 346(6208), pp. 466–469. Investigación arqueológica sobre las ocupaciones del Pleistoceno final en Pucuncho y Cuncaicha, situadas a más de 4.300 metros de altitud en los Andes peruanos.
-Pitblado, Bonnie L. (2016). «Paleoindian archaeology of the Upper Gunnison Basin, Colorado Rocky Mountains». North American Archaeologist, 37(1). Estudio sobre la ocupación paleoindia de las Montañas Rocosas y las diferentes estrategias de asentamiento y aprovechamiento de los ambientes montañosos.
-Chala-Aldana, Döbereiner, et al. (2018). «Investigating mobility and highland occupation strategies during the Early Holocene at the Cuncaicha rock shelter through strontium and oxygen isotopes». Journal of Archaeological Science: Reports, 19, pp. 811–827. Investigación isotópica sobre la movilidad y la permanencia de poblaciones humanas en los ambientes elevados del sur peruano durante el Holoceno temprano.
-Lindo, John, et al. (2018). «The genetic prehistory of the Andean highlands 7000 years BP though European contact». Science Advances, 4(11), eaau4921. Estudio de ADN antiguo sobre las relaciones demográficas y los procesos de adaptación de las poblaciones andinas a lo largo del tiempo.
Ríos y selvas: la vida en torno a las grandes cuencas americanas. Las grandes cuencas hidrográficas de América desempeñaron un papel decisivo en la adaptación humana al continente. Ríos, afluentes, lagunas y zonas inundables facilitaron el desplazamiento, la pesca, el acceso al agua, la recolección de recursos y el contacto entre distintos grupos. En ambientes tropicales, estos espacios no fueron simples accidentes geográficos, sino auténticos ejes de vida y organización.
Las regiones fluviales de América constituyeron algunos de los medios naturales más favorables para el asentamiento y la movilidad de numerosas poblaciones. La cuenca amazónica destaca por su inmensidad y por la compleja red de ríos que articula un territorio vastísimo, pero no fue un caso aislado. También otras grandes cuencas del continente, desde las de América del Norte hasta las de Centroamérica y Sudamérica, ofrecieron recursos esenciales para la pesca, el transporte, la recolección, la caza y la comunicación entre comunidades.
La importancia de los ríos en la historia humana es un fenómeno ampliamente compartido por muchas civilizaciones antiguas. Del mismo modo que el Nilo, el Indo o el Huang He actuaron como marcos fundamentales para el desarrollo de sociedades complejas en otros continentes, los cursos fluviales americanos desempeñaron funciones semejantes a su propia escala y en contextos culturales distintos. Los ríos proporcionaban agua, alimentos, vías naturales de desplazamiento y espacios especialmente aptos para el intercambio y la ocupación prolongada.
En el caso americano, esta relación con el medio fluvial fue particularmente importante en los ambientes tropicales y selváticos, donde la densa vegetación hacía de los ríos auténticas rutas de circulación. Canoas, pasos ribereños y asentamientos próximos al agua reflejan una adaptación estrecha a un paisaje dominado por las corrientes, los humedales y los ciclos de crecida. Todo ello ayuda a comprender que la diversidad cultural del continente estuvo profundamente vinculada a la diversidad de sus grandes sistemas hidrográficos. Comunidades indígenas en canoas en un entorno fluvial de la Amazonia. Fotografía de Wikimedia Commons / Wikipedia. Versión adaptada y optimizada para informacionmanu.es a partir del original.
7.4. Costas, ríos y ambientes tropicales
Las costas, los grandes sistemas fluviales y los ambientes tropicales ofrecieron a las primeras poblaciones americanas posibilidades de adaptación muy diferentes de las existentes en las regiones frías, las llanuras abiertas o las montañas. Estos territorios proporcionaban una notable variedad de recursos, aunque también presentaban dificultades relacionadas con la humedad, las precipitaciones, la vegetación y las transformaciones del paisaje. Durante el Pleistoceno final, las líneas costeras se encontraban en muchos lugares considerablemente alejadas de sus posiciones actuales, debido al menor nivel de los océanos. Por su parte, los ríos modificaban sus cauces y las regiones tropicales experimentaban cambios en la distribución de sus formaciones vegetales. Las comunidades humanas tuvieron que aprender a reconocer estas condiciones y aprovechar los recursos disponibles en cada ambiente. La adaptación no dependía exclusivamente de la abundancia de alimentos, sino también del conocimiento de sus ciclos naturales, de las posibilidades de desplazamiento y de la capacidad para desenvolverse en territorios sometidos a importantes variaciones estacionales.
Los ambientes costeros proporcionaban recursos marinos que podían complementar la alimentación obtenida en tierra firme. Peces, moluscos, crustáceos, aves y mamíferos marinos formaban parte de las posibilidades de subsistencia, aunque su disponibilidad variaba según la región y las características de cada litoral. Las playas, los estuarios, las desembocaduras y las zonas rocosas ofrecían oportunidades diferentes, que exigían conocimientos sobre las mareas, las corrientes y el comportamiento de los animales. En las islas del Canal de California, frente a la costa occidental de Estados Unidos, las investigaciones arqueológicas han documentado ocupaciones de aproximadamente entre 12.200 y 11.200 años de antigüedad. En ellas se encontraron herramientas de piedra asociadas a restos de aves, peces, moluscos y otros animales marinos. La presencia humana en estas islas demuestra que algunas comunidades conocían formas de navegación, puesto que incluso durante los periodos de bajo nivel del mar permanecían separadas del continente. Estos descubrimientos permiten reconocer sociedades capaces de aprovechar los recursos oceánicos de manera especializada, sin abandonar necesariamente otras actividades desarrolladas en tierra.
La costa pacífica sudamericana proporciona otros testimonios importantes de adaptación temprana a los ambientes marinos. En el sur de Perú, el yacimiento de Quebrada Jaguay, situado cerca de la costa de Arequipa, conserva evidencias de ocupación humana correspondientes aproximadamente al intervalo comprendido entre hace 13.000 y 11.000 años. Las excavaciones identificaron abundantes restos de peces y otros materiales relacionados con actividades desarrolladas junto al litoral. Estos hallazgos indican que los recursos marinos desempeñaban un papel importante en la subsistencia de aquellas comunidades. También se encontraron instrumentos elaborados con obsidiana procedente de territorios andinos, lo que sugiere desplazamientos o contactos entre la costa y las regiones interiores. La importancia de este descubrimiento reside en que muestra una relación dinámica entre diferentes ambientes, en lugar de una dependencia exclusiva del océano. Las comunidades podían aprovechar alimentos costeros y mantener vínculos con territorios situados a considerable distancia, combinando conocimientos sobre espacios naturales distintos.
Los ríos y las grandes cuencas fluviales representaban igualmente ambientes favorables para determinadas formas de ocupación humana. Además de proporcionar agua dulce, ofrecían peces, tortugas, otros animales acuáticos y recursos vegetales presentes en sus márgenes. Las llanuras de inundación, las lagunas y los humedales asociados podían concentrar una diversidad considerable de especies, aunque también experimentaban variaciones estacionales importantes. Las crecidas modificaban periódicamente el territorio, depositaban sedimentos y transformaban los lugares disponibles para establecer campamentos. Los cursos de agua podían facilitar la orientación y la circulación por el paisaje, pero no siempre constituían vías sencillas de desplazamiento, especialmente cuando existían rápidos, cataratas o extensas zonas inundadas. Para las comunidades humanas, conocer el comportamiento de los ríos significaba identificar lugares seguros, prever determinados cambios ambientales y reconocer los momentos más favorables para obtener alimentos. En numerosos territorios americanos, estos conocimientos debieron desempeñar un papel importante en la continuidad de las ocupaciones y en las relaciones entre regiones próximas.
La adaptación a los ambientes tropicales planteaba desafíos particulares debido a la complejidad de sus ecosistemas. Las selvas húmedas podían albergar una enorme diversidad de plantas y animales, pero sus recursos se distribuían de manera desigual y muchos requerían conocimientos específicos para ser aprovechados. La vegetación densa dificultaba determinados desplazamientos, mientras que la humedad y las precipitaciones condicionaban la conservación de alimentos, materiales y refugios. En la Amazonia brasileña, las investigaciones realizadas en la Caverna da Pedra Pintada, cerca de Monte Alegre, proporcionaron importantes testimonios de presencia humana durante las últimas etapas del Pleistoceno y los comienzos del Holoceno. Los trabajos dirigidos por Anna C. Roosevelt identificaron herramientas de piedra, restos de animales y numerosos materiales vegetales carbonizados, incluidos frutos de árboles. Estos hallazgos permitieron reconocer estrategias de subsistencia diversificadas, relacionadas con el aprovechamiento de recursos forestales y fluviales. Aunque la interpretación cronológica de algunos materiales fue discutida, el conjunto arqueológico contribuyó a cuestionar la antigua idea de que los bosques tropicales constituían ambientes necesariamente desfavorables para las primeras comunidades cazadoras-recolectoras.
La ocupación de costas, ríos y regiones tropicales demuestra que las primeras sociedades americanas desarrollaron respuestas culturales variadas ante ambientes naturales muy diferentes. Algunas comunidades aprovecharon intensamente los recursos marinos, otras combinaron actividades terrestres y fluviales, mientras que determinados grupos desarrollaron un conocimiento profundo de los recursos forestales. Estas formas de vida no deben interpretarse como modelos completamente separados, ya que muchas poblaciones pudieron desplazarse entre ambientes complementarios y modificar sus actividades conforme cambiaban las estaciones. La reconstrucción arqueológica de estas adaptaciones presenta, además, importantes dificultades: numerosas superficies costeras antiguas permanecen sumergidas, los ríos pueden destruir o cubrir asentamientos y los suelos tropicales suelen dificultar la conservación de restos orgánicos. Estas limitaciones explican parte de las diferencias existentes entre las evidencias conocidas en distintas regiones. En conjunto, la adaptación a estos territorios pone de manifiesto la capacidad humana para aprender, transmitir conocimientos y aprovechar recursos diversos, contribuyendo a la formación de las múltiples tradiciones culturales que caracterizaron la prehistoria americana.
-Erlandson, Jon M., et al. (2011). «Paleoindian Seafaring, Maritime Technologies, and Coastal Foraging on California’s Channel Islands». Science, 331(6021), pp. 1181–1185. Investigación sobre las ocupaciones paleoindias de las islas del Canal de California, la navegación temprana y el aprovechamiento de recursos marinos.
-Sandweiss, Daniel H., et al. (1998). «Quebrada Jaguay: Early South American Maritime Adaptations». Science, 281(5384), pp. 1830–1832. Estudio arqueológico sobre la utilización temprana de recursos marinos en la costa peruana y las conexiones entre los ambientes litorales y los territorios andinos.
-Roosevelt, Anna C., et al. (1996). «Paleoindian Cave Dwellers in the Amazon: The Peopling of the Americas». Science, 272(5260), pp. 373–384. Investigación sobre las ocupaciones antiguas de la Caverna da Pedra Pintada y el aprovechamiento de recursos forestales y fluviales en la Amazonia brasileña.
- 8.1. Formas de subsistencia
- 8.2. Movilidad y campamentos
- 8.3. Tecnología lítica
- 8.4. Puntas de proyectil y otras herramientas
- 8.5. Organización de los grupos humanos
Las primeras sociedades humanas de América desarrollaron formas de vida basadas principalmente en la caza, la pesca y la recolección de recursos silvestres. Durante el Pleistoceno final, estas comunidades ocuparon territorios muy diferentes y organizaron su subsistencia mediante un conocimiento progresivo de los animales, las plantas y las posibilidades de cada entorno. Lejos de responder a un modelo único, sus actividades variaban según las condiciones ambientales, las estaciones y las tradiciones de cada grupo. La obtención de alimentos requería experiencia, planificación y cooperación, mientras que la movilidad permitía aprovechar recursos distribuidos en espacios diversos. Estas sociedades no practicaban todavía la agricultura como base de su economía, pero poseían conocimientos técnicos y ambientales que hicieron posible su permanencia y expansión por amplias regiones del continente.
La vida cotidiana de los cazadores-recolectores estaba estrechamente relacionada con la fabricación y utilización de instrumentos, la elección de lugares de asentamiento y la organización de las actividades colectivas. Las herramientas de piedra constituyen una de las principales fuentes de información arqueológica sobre estas comunidades, debido a su resistencia al paso del tiempo. Sin embargo, también empleaban materiales orgánicos, como madera, hueso, fibras vegetales y pieles, cuya conservación resulta mucho más limitada. La diversidad de instrumentos y procedimientos técnicos refleja una capacidad de adaptación que iba más allá de la satisfacción inmediata de las necesidades alimentarias. Detrás de cada objeto existían conocimientos transmitidos, decisiones sobre los materiales y habilidades adquiridas mediante la práctica.
Los siguientes apartados examinarán las principales formas de subsistencia, la movilidad y organización de los campamentos, las técnicas de fabricación de instrumentos de piedra y la variedad de herramientas utilizadas. También se abordarán las relaciones sociales y las formas de cooperación que hicieron posible la continuidad de estas comunidades. El objetivo será comprender a los primeros cazadores-recolectores americanos como sociedades humanas organizadas, capaces de aprender, innovar y transmitir experiencias entre generaciones, evitando reducir su historia a una simple sucesión de actividades de caza o desplazamientos por el territorio.
8.1. Formas de subsistencia
Las primeras comunidades cazadoras-recolectoras de América desarrollaron formas de subsistencia basadas en el aprovechamiento de los recursos que ofrecía la naturaleza. Su alimentación procedía principalmente de la caza de animales silvestres, la pesca y la recolección de plantas y otros productos comestibles, aunque la importancia de cada actividad variaba considerablemente según la región y la época del año. Estas sociedades no practicaban todavía una agricultura establecida como fundamento de su economía, pero poseían conocimientos profundos sobre los ciclos naturales, las especies disponibles y las posibilidades de obtener alimentos. La subsistencia exigía observar el comportamiento de los animales, reconocer plantas útiles y prever los cambios estacionales. Lejos de representar una forma de vida improvisada o exclusivamente orientada a satisfacer necesidades inmediatas, estas actividades requerían experiencia, capacidad de decisión y conocimientos transmitidos entre generaciones. Su diversidad constituye una de las características fundamentales de las primeras economías humanas del continente.
La caza desempeñó un papel importante en numerosas comunidades, aunque no todas dependían de las mismas especies ni utilizaban estrategias semejantes. Durante el Pleistoceno final, los grupos humanos convivieron con grandes mamíferos como mamuts, mastodontes, bisontes y caballos americanos, además de numerosos animales de menor tamaño. Algunos yacimientos conservan evidencias directas de aprovechamiento de grandes herbívoros, reconocibles por la asociación entre restos óseos, instrumentos y marcas de procesamiento. Sin embargo, la imagen tradicional de los primeros americanos como cazadores especializados exclusivamente en animales gigantes resulta demasiado simplificada. Las investigaciones arqueozoológicas han demostrado que las estrategias alimentarias fueron más variadas y que las comunidades pudieron aprovechar diferentes presas según las condiciones de cada territorio. Los animales proporcionaban carne y grasa, pero también pieles, tendones, huesos y otros materiales útiles. La obtención de estos recursos requería aprovechar cuidadosamente las piezas capturadas, aunque la importancia económica de cada especie no puede determinarse únicamente por la cantidad de huesos conservados.
La captura de animales pequeños y el aprovechamiento de los recursos acuáticos ampliaban considerablemente las posibilidades alimentarias. Conejos, roedores, aves y otras especies podían obtenerse mediante procedimientos diferentes de los empleados para cazar grandes mamíferos. La pesca proporcionaba recursos especialmente valiosos en ríos, lagunas, estuarios y zonas costeras, mientras que la recolección de moluscos y crustáceos permitía aprovechar determinados ambientes litorales. Estas actividades no deben considerarse necesariamente secundarias, pues en algunas regiones pudieron constituir una parte importante de la alimentación. La disponibilidad de peces migratorios, aves estacionales o animales concentrados en determinados humedales ofrecía oportunidades relativamente previsibles, siempre que las comunidades conocieran sus ciclos naturales. En otros territorios, las variaciones climáticas podían reducir temporalmente ciertos recursos y favorecer la utilización de alternativas. Esta flexibilidad permitía combinar diferentes alimentos y disminuir, hasta cierto punto, la dependencia de una sola especie, aunque las malas condiciones ambientales seguían representando riesgos importantes para la supervivencia.
La recolección vegetal constituía igualmente una actividad esencial, aunque sus testimonios arqueológicos suelen ser menos visibles que los restos de animales y las herramientas de piedra. Frutos silvestres, semillas, raíces, tubérculos, hojas y otras partes comestibles de las plantas podían proporcionar nutrientes y complementar los alimentos de origen animal. Su aprovechamiento exigía distinguir especies útiles de otras perjudiciales, reconocer los momentos adecuados para recogerlas y conocer procedimientos de preparación cuando resultaban necesarios. Un ejemplo especialmente interesante procede de las cuevas de Paisley, en Oregón, donde los análisis de excrementos humanos antiguos, conocidos como coprolitos, han permitido identificar restos de plantas, pequeños mamíferos, peces e insectos consumidos durante las últimas etapas del Pleistoceno y el Holoceno temprano. Una investigación publicada en 2020 documentó semillas, polen y otros restos microscópicos que proporcionan evidencias directas de una alimentación variada. Estos resultados muestran que el aprovechamiento vegetal no debe deducirse únicamente de la presencia de instrumentos especializados, ya que determinados alimentos podían obtenerse y consumirse mediante procedimientos relativamente sencillos.
La subsistencia dependía también de combinar los recursos disponibles en diferentes momentos del año. Algunas plantas producían frutos o semillas durante periodos limitados, mientras que determinadas especies animales modificaban sus desplazamientos o su abundancia de acuerdo con las estaciones. Las comunidades debían conocer estas variaciones para decidir qué alimentos convenía buscar y cuáles podían resultar más difíciles de obtener. En algunos lugares, la concentración temporal de determinados recursos favorecía actividades intensivas de recolección, pesca o caza; en otros, la alimentación requería aprovechar pequeñas cantidades de productos diferentes. Las investigaciones realizadas en Huaca Prieta, en la costa septentrional de Perú, han documentado desde el Pleistoceno final una combinación de recursos marinos y terrestres, junto con restos de plantas utilizadas por sus habitantes. Este tipo de evidencias demuestra que una economía cazadora-recolectora podía incorporar numerosas actividades complementarias. La preparación de los alimentos, mediante procedimientos como el corte, el asado o la trituración, también formaba parte del aprovechamiento de los recursos, aunque no todas estas prácticas pueden identificarse directamente en cada yacimiento.
La reconstrucción de estas formas de subsistencia presenta importantes limitaciones. Los huesos de animales y los instrumentos de piedra suelen conservarse mejor que los frutos, las fibras vegetales o los restos de alimentos preparados, lo que puede exagerar la importancia aparente de determinadas actividades. Además, encontrar restos de una especie en un yacimiento no demuestra automáticamente que fuera consumida por seres humanos, pues algunos materiales pudieron acumularse mediante procesos naturales o por la actividad de otros animales. Para interpretar correctamente la alimentación antigua, los investigadores combinan el estudio de los huesos, los restos vegetales, los residuos conservados en instrumentos y, cuando existen, los coprolitos y otros testimonios directos. Los resultados muestran una notable diversidad de estrategias económicas, relacionadas con el conocimiento de los recursos y la capacidad de responder a circunstancias cambiantes. Los primeros cazadores-recolectores americanos no constituyeron sociedades culturalmente uniformes ni siguieron una evolución idéntica hacia formas posteriores de producción de alimentos. Sus economías representaron sistemas de subsistencia eficaces en contextos determinados, desarrollados mediante experiencia, aprendizaje y adaptación a las posibilidades de cada territorio.
-Cannon, Michael D., y Meltzer, David J. (2004). «Early Paleoindian foraging: examining the faunal evidence for large mammal specialization and regional variability in prey choice». Quaternary Science Reviews, 23(18–19), pp. 1955–1987. Análisis arqueozoológico que cuestiona la interpretación de los primeros pobladores norteamericanos como cazadores especializados exclusivamente en grandes mamíferos y destaca la diversidad regional de las estrategias alimentarias.
-Blong, John C., et al. (2020). «Younger Dryas and early Holocene subsistence in the northern Great Basin: multiproxy analysis of coprolites from the Paisley Caves, Oregon, USA». Archaeological and Anthropological Sciences, 12, artículo 224. Investigación sobre los restos alimentarios conservados en coprolitos humanos, que documenta el consumo de plantas, pequeños mamíferos, peces e insectos durante el Pleistoceno final y el Holoceno temprano.
-Dillehay, Tom D., et al. (2017). «Simple technologies and diverse food strategies of the Late Pleistocene and Early Holocene at Huaca Prieta, Coastal Peru». Science Advances, 3(5), e1602778. Estudio arqueológico sobre la diversidad de recursos marinos, terrestres y vegetales utilizados por las comunidades tempranas de la costa peruana.
Campamento indígena junto al río Columbia: pesca, conservación de alimentos y vida comunitaria. Recreación pictórica de un campamento indígena del siglo XIX en las proximidades de Kettle Falls, junto al río Columbia, en el noroeste de América del Norte. La obra de Paul Kane representa viviendas estacionales construidas con estructuras de madera y cubiertas vegetales, junto a numerosos salmones suspendidos para su secado y conservación. La escena refleja la estrecha relación entre los recursos fluviales, la subsistencia y la organización cotidiana de las comunidades indígenas.
Las grandes cuencas fluviales de América desempeñaron un papel fundamental en el aprovechamiento de los recursos naturales y en el desarrollo de numerosas formas de vida indígenas. En el noroeste del continente, las migraciones estacionales del salmón proporcionaban abundantes alimentos a las comunidades asentadas junto a ríos como el Columbia. La pesca no se limitaba al consumo inmediato: una parte importante de las capturas se preparaba y conservaba mediante técnicas de secado y ahumado, permitiendo disponer de reservas durante las estaciones de menor abundancia.
El campamento representado por Paul Kane pertenecía a comunidades indígenas de la región de Colville, vinculadas a las pesquerías de Kettle Falls. Las construcciones estaban formadas por entramados de postes y cubiertas de esteras vegetales. Bajo algunas de ellas se disponían plataformas elevadas y espacios ventilados donde se colgaban los salmones para facilitar su conservación. El conjunto revela una organización práctica del asentamiento, adaptada a las necesidades de almacenamiento, preparación de alimentos, alojamiento y convivencia.
La conservación de recursos, la cooperación en las actividades de subsistencia y el conocimiento de los ciclos naturales constituyen aspectos fundamentales para comprender la historia de las sociedades cazadoras-recolectoras. Sin embargo, esta pintura refleja una comunidad indígena del siglo XIX, no un asentamiento paleoindio. Su interés para el estudio de la prehistoria americana reside en ilustrar, mediante una referencia etnográfica posterior, algunas posibilidades de aprovechamiento del medio natural que deben investigarse arqueológicamente para cada época y región.
Paul Kane (1810–1871), Indian Camp, Colville (Bush Camp), 1849–1856. Royal Ontario Museum, Toronto. Obra en dominio público. Fotografía del original: Captmondo, Wikimedia Commons. Recreación digital mejorada mediante ChatGPT para Información Manu, 2026.
8.2. Movilidad y campamentos
La movilidad constituyó una característica fundamental de la vida de numerosas comunidades cazadoras-recolectoras americanas durante el Pleistoceno final. Sin embargo, desplazarse con frecuencia no significaba recorrer el territorio de manera desordenada ni carecer de vínculos con determinados lugares. Los movimientos respondían a necesidades concretas y a conocimientos acumulados sobre la distribución de los recursos, las condiciones del paisaje y los cambios estacionales. Algunas comunidades podían permanecer durante periodos prolongados en zonas favorables y trasladarse cuando las circunstancias lo aconsejaban, mientras que otras realizaban desplazamientos más frecuentes entre lugares conocidos. La amplitud de estos recorridos variaba considerablemente según la región y las condiciones ambientales. En territorios poco poblados, la exploración de espacios nuevos también pudo desempeñar un papel importante, especialmente durante las primeras etapas de expansión continental. Con el tiempo, los conocimientos adquiridos permitieron establecer recorridos habituales y reconocer lugares especialmente adecuados para regresar a ellos.
Los arqueólogos distinguen diferentes modalidades de movilidad para comprender cómo se organizaban estos desplazamientos. Una de ellas, denominada movilidad residencial, consistía en trasladar el lugar principal de habitación de una comunidad, llevando consigo los objetos y materiales necesarios para continuar sus actividades cotidianas. Otra modalidad, conocida como movilidad logística, implicaba que algunos integrantes se desplazaran desde un campamento para realizar tareas concretas y regresaran posteriormente. Estas dos posibilidades, estudiadas especialmente por el arqueólogo Lewis R. Binford, no representan formas de vida incompatibles, sino estrategias que podían combinarse según las circunstancias. Una comunidad podía mantener un asentamiento durante cierto tiempo y enviar pequeños grupos a obtener recursos en lugares alejados, antes de trasladar posteriormente su residencia. Esta combinación permitía aprovechar territorios extensos sin necesidad de que todos sus integrantes participaran en cada desplazamiento. No obstante, debemos evitar aplicar estos modelos de manera rígida a sociedades de las que conservamos únicamente una parte de sus testimonios materiales.
Los campamentos constituían los espacios donde se desarrollaban muchas de las actividades habituales de estas comunidades. Su emplazamiento dependía de diferentes factores, entre ellos la proximidad al agua, la disponibilidad de combustible, la protección frente al viento y las posibilidades de acceder a los recursos del entorno. Algunos asentamientos pudieron utilizarse durante periodos relativamente prolongados, mientras que otros representaban paradas breves o lugares destinados a actividades específicas. Los campamentos residenciales podían incluir hogares, zonas de descanso y espacios utilizados para preparar alimentos o reparar objetos. En cambio, los lugares ocupados durante expediciones concretas podían dejar testimonios materiales mucho más reducidos. Estas diferencias no siempre permiten establecer categorías perfectamente separadas, ya que un mismo emplazamiento pudo desempeñar varias funciones a lo largo del tiempo. Tampoco debe imaginarse que todos los campamentos presentaban estructuras construidas: en determinadas circunstancias, las comunidades podían aprovechar refugios naturales o establecerse al aire libre mediante instalaciones sencillas.
La distribución de los restos arqueológicos permite aproximarse a la organización interna de estos asentamientos. Los hogares constituyen testimonios especialmente importantes, pues alrededor del fuego podían concentrarse actividades relacionadas con la preparación de alimentos, el trabajo de distintos materiales y la vida cotidiana. Un ejemplo procede de Barger Gulch, en las Montañas Rocosas de Colorado, donde Todd A. Surovell y Nicole M. Waguespack estudiaron un campamento de la época Folsom. El análisis de la distribución espacial de herramientas, fragmentos de piedra y otros restos permitió identificar áreas de actividad relacionadas con un hogar. Este tipo de investigaciones muestra que los campamentos no eran simplemente lugares donde se acumulaban objetos, sino espacios utilizados de manera organizada. Sin embargo, la disposición original de los materiales puede modificarse por la erosión, la actividad de animales o las ocupaciones posteriores. Para reconstruir las actividades humanas, los arqueólogos deben considerar tanto la posición de los hallazgos como los procesos que afectaron al asentamiento después de su abandono.
La movilidad también puede estudiarse mediante la procedencia de las materias primas utilizadas para fabricar instrumentos. Determinadas rocas presentan características geológicas que permiten relacionarlas con afloramientos naturales situados a considerables distancias de los yacimientos donde aparecen. En el sitio de Gault, en el centro de Texas, las investigaciones sobre herramientas de la época Clovis han identificado materiales cuya procedencia se encuentra a más de 300 kilómetros. Un estudio publicado en 2019 por Charles A. Speer examinó estos desplazamientos de materias primas y propuso que las comunidades de la región combinaban un aprovechamiento frecuente de determinados territorios con movimientos ocasionales hacia áreas más alejadas. Estos resultados sugieren una organización flexible de la movilidad, que no respondía necesariamente a recorridos continuos de larga distancia. Sin embargo, encontrar una roca procedente de una región distante no demuestra que su último propietario recorriera personalmente todo ese trayecto, pues los materiales también podían circular mediante contactos entre comunidades. La interpretación requiere considerar conjuntamente la distribución de los yacimientos, las características de las herramientas y las relaciones entre diferentes territorios.
La movilidad de los primeros cazadores-recolectores americanos debe entenderse, por tanto, como un conjunto de decisiones relacionadas con el conocimiento del paisaje, las necesidades de cada comunidad y las posibilidades de mantener su vida cotidiana. Algunos campamentos pudieron convertirse en lugares conocidos y utilizados repetidamente durante generaciones, mientras que otros conservaron únicamente las huellas de una estancia ocasional. La frecuencia de los desplazamientos tampoco permite establecer automáticamente el tamaño de las comunidades ni la duración de sus ocupaciones, porque un mismo lugar puede contener restos acumulados durante diferentes momentos. Estas limitaciones explican por qué resulta difícil reconstruir con precisión las distancias recorridas, las estaciones de ocupación y la organización completa de los asentamientos prehistóricos. A pesar de ello, el estudio de los campamentos revela una notable capacidad para ordenar las actividades en el espacio y combinar desplazamientos de distinta duración. La vida de estas sociedades no transcurría en un movimiento permanente e indiferenciado, sino mediante relaciones cambiantes con territorios conocidos, lugares de habitación y espacios utilizados para actividades específicas. Esta movilidad organizada constituyó una parte esencial de la experiencia de las primeras comunidades americanas.
-Binford, Lewis R. (1980). «Willow Smoke and Dogs’ Tails: Hunter-Gatherer Settlement Systems and Archaeological Site Formation». American Antiquity, 45(1), pp. 4–20. Estudio fundamental sobre las diferentes estrategias de movilidad y asentamiento de las sociedades cazadoras-recolectoras y su interpretación a través del registro arqueológico.
-Surovell, Todd A., y Waguespack, Nicole M. (2007). «Folsom Hearth-Centered Use of Space at Barger Gulch, Locality B». En Robert H. Brunswig y Bonnie L. Pitblado (eds.), Frontiers in Colorado Paleoindian Archaeology: From the Dent Site to the Rocky Mountains, pp. 219–260. University Press of Colorado. Investigación sobre la organización espacial de un campamento paleoindio y la distribución de actividades alrededor de un hogar.
-Speer, Charles A. (2019). «A blended model of mobility behavior: Clovis period hunter-gatherers at the Gault Site». Quaternary Science Reviews, 215, pp. 196–212. Estudio sobre la procedencia de materias primas y la combinación de estrategias de movilidad regional y desplazamientos de larga distancia entre comunidades de la época Clovis.
La investigación arqueológica: reconstruir el pasado a través de sus huellas. Excavación arqueológica realizada en 1977 en un yacimiento indígena prehistórico de Oregón, Estados Unidos. El trabajo sobre los distintos niveles del terreno exige una intervención cuidadosa, destinada a recuperar y documentar los vestigios materiales sin alterar su posición original. La estratigrafía y el análisis del contexto permiten reconstruir las actividades y formas de vida de las antiguas poblaciones humanas.
La arqueología constituye una disciplina fundamental para conocer las sociedades anteriores a la aparición de los testimonios escritos. Su trabajo requiere combinar observación geológica, excavación sistemática, documentación espacial y análisis de materiales. Cada capa del terreno puede conservar información sobre ocupaciones humanas, procesos naturales y transformaciones ambientales desarrolladas durante largos periodos de tiempo.
La excavación arqueológica exige una precisión extraordinaria. Los investigadores deben identificar los distintos estratos, registrar la posición de los hallazgos, recoger muestras y distinguir las alteraciones naturales de las producidas por la actividad humana. Una herramienta de piedra, un resto de carbón o un fragmento óseo pueden aportar información valiosa, pero su interpretación depende en gran medida del contexto en el que aparecen. Por eso, excavar no consiste simplemente en extraer objetos: supone documentar cuidadosamente un registro que, una vez excavado, no puede recuperarse en su estado original.
El estudio continúa después en el laboratorio, mediante análisis de materiales, dataciones, estudios sedimentológicos y otras técnicas especializadas. Gracias a este trabajo colectivo es posible investigar la antigüedad de los asentamientos, la movilidad de sus habitantes, sus actividades de subsistencia y las transformaciones culturales de las primeras comunidades americanas.
Fotografía: John Atherton, 1977. Original en Wikimedia Commons. Licencia CC BY-SA 2.0. Versión optimizada para Información Manu.
8.3. Tecnología lítica
La tecnología lítica, es decir, el conjunto de conocimientos y procedimientos utilizados para fabricar instrumentos de piedra, constituyó uno de los elementos fundamentales de la vida material de las primeras comunidades humanas de América. Su importancia no se limitaba a la elaboración de objetos cortantes, sino que comprendía una serie de decisiones relacionadas con la selección de materias primas, la preparación de los materiales y el aprovechamiento de sus propiedades. Las herramientas de piedra permitían realizar actividades muy diversas y formaban parte de una tecnología más amplia, que también incorporaba madera, hueso, pieles y fibras vegetales. Sin embargo, los materiales pétreos se conservan con mayor frecuencia en los yacimientos arqueológicos, razón por la cual constituyen una de las principales fuentes para reconstruir las capacidades técnicas de aquellas sociedades. Detrás de una herramienta aparentemente sencilla existían conocimientos sobre el comportamiento de las rocas, destrezas manuales y procedimientos transmitidos mediante la experiencia y el aprendizaje.
La selección de las materias primas representaba el primer paso de este proceso. No todas las piedras resultaban igualmente adecuadas para fabricar instrumentos, pues sus características determinaban las posibilidades de fractura, la resistencia de los filos y la facilidad de trabajo. Entre los materiales más utilizados se encontraban diferentes variedades de sílex, otras rocas silíceas, cuarcitas, cuarzos y, en determinadas regiones, obsidiana. Esta última, un vidrio natural de origen volcánico, permitía obtener filos extraordinariamente cortantes, aunque podía resultar frágil ante determinados esfuerzos. Las comunidades adquirían estos materiales en afloramientos rocosos, depósitos fluviales u otros lugares donde se encontraban disponibles. En ocasiones seleccionaban piedras próximas a sus zonas de actividad, mientras que en otros casos utilizaban materias primas procedentes de territorios distantes. El conocimiento de las fuentes naturales y de sus propiedades formaba parte de la experiencia acumulada sobre el paisaje. La elección de una roca dependía tanto de su calidad como del esfuerzo necesario para obtenerla y de la función prevista para el instrumento.
La fabricación de herramientas se basaba principalmente en la talla, mediante la cual se desprendían fragmentos de una piedra utilizando golpes o presiones controladas. El bloque inicial, denominado núcleo, podía prepararse para obtener lascas de formas y dimensiones determinadas. Estas lascas eran fragmentos desprendidos durante la talla y podían utilizarse directamente si poseían un filo adecuado, o modificarse posteriormente mediante pequeños desprendimientos conocidos como retoques. Una de las técnicas más habituales era la percusión directa, realizada mediante golpes con un percutor de piedra u otro material resistente. En determinados procedimientos también podían emplearse percutores más blandos, como piezas de asta, capaces de facilitar desprendimientos diferentes. La presión aplicada sobre los bordes permitía realizar algunas modificaciones más precisas. Las técnicas utilizadas variaban considerablemente entre comunidades y periodos, y no todas requerían el mismo grado de preparación. En algunos casos bastaba con obtener unas pocas lascas útiles, mientras que en otros se desarrollaban secuencias de fabricación más complejas.
Las investigaciones arqueológicas permiten reconocer distintas formas de organizar la producción lítica. Algunos grupos preparaban núcleos para extraer lascas sucesivas, mientras que otros elaboraban piezas trabajadas por ambas caras, denominadas bifaces, o producían hojas de piedra, fragmentos alargados obtenidos mediante procedimientos de talla específicos. Estas posibilidades no constituyen necesariamente etapas de una evolución tecnológica uniforme, sino soluciones diferentes que podían responder a necesidades concretas. En el yacimiento de Topper, situado en Carolina del Sur, las investigaciones sobre materiales Clovis han identificado numerosas fases de elaboración de bifaces, desde piezas parcialmente trabajadas hasta instrumentos más próximos a su forma definitiva. Un estudio publicado en 2010 por Ashley M. Smallwood mostró que los artesanos de este lugar combinaban procedimientos reconocibles de aquella tradición con una considerable flexibilidad en sus decisiones técnicas. Estos resultados indican que incluso dentro de un mismo conjunto cultural podían existir variaciones importantes en la fabricación de herramientas. En otras regiones americanas, las comunidades utilizaron procedimientos más sencillos de extracción de lascas sin que ello implique necesariamente una menor capacidad de adaptación o conocimientos menos desarrollados.
La tecnología lítica incluía también el mantenimiento, la reparación y la reutilización de los instrumentos. Una herramienta deteriorada podía recuperar parte de su utilidad mediante nuevos retoques, mientras que determinadas piezas podían transformarse para realizar funciones diferentes de las inicialmente previstas. Los núcleos y las piezas parcialmente elaboradas podían transportarse para disponer de materia prima en lugares donde resultaba difícil encontrar rocas adecuadas. Estas decisiones dependían de numerosos factores, entre ellos la disponibilidad local de materiales, las necesidades previstas y el esfuerzo necesario para fabricar nuevos instrumentos. Durante mucho tiempo se supuso que determinadas técnicas de producción de lascas resultaban necesariamente más eficientes para las comunidades con elevada movilidad. Sin embargo, las investigaciones experimentales han mostrado que esta relación no es tan sencilla. Un estudio realizado en 2010 por Thomas A. Jennings y sus colaboradores comparó distintos procedimientos de talla y comprobó que varias estrategias podían proporcionar cantidades semejantes de lascas aprovechables. Por tanto, la elección de una técnica no dependía exclusivamente del ahorro de material, sino también de las características de los instrumentos deseados y de las tradiciones de cada comunidad.
El análisis de los restos de talla permite reconstruir una parte importante de estas actividades. Los arqueólogos no estudian únicamente las herramientas terminadas, sino también los núcleos, las piezas incompletas y los pequeños fragmentos desprendidos durante su fabricación, conocidos en conjunto como desechos de talla. La distribución y las características de estos materiales ayudan a identificar lugares de producción y diferentes fases del trabajo. En ocasiones es posible reunir fragmentos procedentes de una misma piedra, mediante una técnica denominada remontaje, para reconstruir la secuencia de desprendimientos realizada por sus fabricantes. También se utilizan experimentos de talla y análisis microscópicos de las superficies para investigar cómo se elaboraron y utilizaron determinados objetos. No obstante, una semejanza técnica entre instrumentos de regiones diferentes no demuestra por sí sola que sus fabricantes pertenecieran a una misma población o mantuvieran contactos directos. La tecnología lítica debe interpretarse dentro de su contexto arqueológico y ambiental. Su estudio revela conocimientos prácticos, planificación y capacidad de innovación, al tiempo que proporciona una base fundamental para comprender la diversidad de herramientas que utilizaron las primeras sociedades americanas.
-Andrefsky, William, Jr. (2005). Lithics: Macroscopic Approaches to Analysis. Segunda edición. Cambridge University Press. Manual de referencia sobre las materias primas, las técnicas de talla, los procesos de fabricación y los métodos arqueológicos utilizados para estudiar herramientas y desechos líticos.
-Smallwood, Ashley M. (2010). «Clovis biface technology at the Topper site, South Carolina: evidence for variation and technological flexibility». Journal of Archaeological Science, 37(10), pp. 2413–2425. Investigación sobre los procesos de fabricación de bifaces y la diversidad de decisiones técnicas documentadas en un yacimiento paleoindio norteamericano.
-Jennings, Thomas A., Pevny, Charlotte D., y Dickens, William A. (2010). «A biface and blade core efficiency experiment: implications for Early Paleoindian technological organization». Journal of Archaeological Science, 37(9), pp. 2155–2164. Estudio experimental que compara diferentes estrategias de producción de lascas y examina su relación con el aprovechamiento de materias primas y la organización tecnológica.
La punta Folsom de 1927: un descubrimiento decisivo para la prehistoria americana. Fotografía histórica tomada el 29 de agosto de 1927 durante las excavaciones del yacimiento de Folsom, en Nuevo México (Estados Unidos). En ella se observa una punta de proyectil de piedra tallada situada entre las costillas fosilizadas de un bisonte prehistórico. Este hallazgo proporcionó una prueba especialmente convincente de la presencia humana en América durante el Pleistoceno y transformó las interpretaciones arqueológicas sobre la antigüedad del poblamiento del continente.
El descubrimiento de Folsom constituye uno de los grandes acontecimientos de la arqueología americana del siglo XX. Durante mucho tiempo, numerosos investigadores habían considerado relativamente reciente la llegada de los seres humanos al continente. Sin embargo, las excavaciones realizadas en Nuevo México demostraron la asociación directa entre instrumentos fabricados por personas y restos de grandes bisontes extinguidos. La posición de la punta de piedra entre las costillas del animal resultaba especialmente significativa, porque relacionaba una herramienta humana con una especie perteneciente a la fauna del Pleistoceno.
El hallazgo permitió reconocer una tradición tecnológica caracterizada por puntas de proyectil cuidadosamente talladas, generalmente más pequeñas y delgadas que las de Clovis. Las puntas Folsom presentan unas acanaladuras longitudinales especialmente desarrolladas, obtenidas mediante la extracción de grandes lascas desde la base de la pieza. Por su parte, las puntas Clovis suelen ser de mayor tamaño y poseen acanaladuras habitualmente más cortas. Estas diferencias reflejan distintas tradiciones de fabricación y adaptación tecnológica, aunque no deben interpretarse como una evolución lineal y universal de herramientas primitivas hacia otras necesariamente superiores.
La cultura Clovis, anterior a Folsom, se relaciona especialmente con la caza y el aprovechamiento de grandes mamíferos, incluidos los mamuts. La tradición Folsom, desarrollada posteriormente, está estrechamente asociada a la caza de bisontes en las grandes llanuras norteamericanas. Ambas manifestaciones forman parte de un proceso más amplio de diversificación cultural y adaptación a las transformaciones ambientales del final del Pleistoceno.
El valor de esta fotografía reside también en su carácter documental: conserva el contexto original del descubrimiento, mostrando la relación espacial entre el instrumento y los restos óseos. La prueba arqueológica no consistía únicamente en encontrar una punta antigua, sino en demostrar su asociación con otros materiales dentro de un depósito reconocible. Aquel hallazgo contribuyó decisivamente a establecer la gran antigüedad de la presencia humana en América, aunque investigaciones posteriores revelarían ocupaciones todavía anteriores a Clovis y Folsom.
Fotografía histórica, 29 de agosto de 1927. Autor desconocido. Original en Wikimedia Commons. Imagen catalogada como dominio público en Estados Unidos.
8.4. Puntas de proyectil y otras herramientas
Entre los instrumentos utilizados por los primeros cazadores-recolectores americanos, las puntas de proyectil ocupan un lugar destacado por su importancia práctica y por la abundante información que proporcionan a la arqueología. Estas piezas, generalmente elaboradas en piedra, podían formar parte de armas empleadas para capturar animales y presentan características que varían según las regiones y los periodos. Su fabricación exigía conocimientos sobre la resistencia del material, las dimensiones adecuadas y las posibilidades de sujetarlas a un soporte. Sin embargo, una punta no constituía por sí sola un arma completa: habitualmente debía integrarse con otros elementos, como astiles de madera, ataduras de fibras o tendones y, en ocasiones, sustancias adhesivas. Muchas de estas partes orgánicas han desaparecido de los yacimientos, mientras que las piezas pétreas permanecen conservadas. Por ello, las puntas permiten conocer una parte importante de las antiguas tecnologías de caza, aunque no siempre resulta posible reconstruir exactamente cómo fueron utilizadas.
Las puntas americanas muestran una considerable diversidad de formas y tamaños. En América del Norte destacan las puntas Clovis, de perfil generalmente lanceolado, que presentan una característica extracción longitudinal en la base, denominada acanaladura. Las puntas Folsom, correspondientes a una tradición posterior, poseen habitualmente acanaladuras más prolongadas y dimensiones diferentes. Estas características permiten reconocer conjuntos arqueológicos y estudiar posibles relaciones tecnológicas, aunque sus diferencias serán examinadas con mayor detalle al abordar las culturas paleoindias. También existieron puntas pedunculadas, dotadas de una prolongación basal destinada a facilitar su sujeción, y otras con escotaduras laterales o perfiles triangulares y lanceolados. En América del Sur adquirieron especial importancia las denominadas puntas cola de pescado, reconocibles por la forma ensanchada de su base y su distribución por extensas regiones del continente. Una investigación publicada en 2022 por Luciano Prates y sus colaboradores relacionó las características de estas puntas con estrategias de caza de grandes animales pleistocenos, aunque su función concreta debe evaluarse a partir de las evidencias disponibles en cada yacimiento.
El funcionamiento de estas armas dependía tanto de la punta como del sistema utilizado para impulsarla. Las primeras comunidades americanas pudieron emplear lanzas destinadas a golpear directamente y armas arrojadizas capaces de alcanzar animales a cierta distancia. Entre los sistemas conocidos en la prehistoria americana se encuentra el propulsor, denominado también atlatl, un instrumento que permite lanzar un dardo largo mediante una palanca y aumentar su velocidad respecto a un lanzamiento manual convencional. Sin embargo, la identificación del mecanismo empleado en un yacimiento antiguo no siempre es sencilla, porque las puntas de piedra pueden utilizarse con diferentes tipos de astiles. Tampoco deben interpretarse automáticamente como puntas de flecha, ya que la expansión documentada del arco y las flechas en numerosas regiones americanas corresponde a periodos considerablemente posteriores. Las investigaciones sobre piezas Clovis han identificado desgastes en sus bases y otros indicios compatibles con sistemas de enmangue, es decir, procedimientos destinados a fijar una herramienta a un mango o soporte. Estos detalles permiten comprender que las armas eran objetos compuestos, cuya eficacia dependía de la combinación de varios materiales.
Junto a las puntas existía un repertorio de instrumentos utilizados para realizar actividades cotidianas. Los raspadores poseían bordes preparados para trabajar superficies y podían emplearse, entre otras funciones, en la preparación de pieles animales. Las raederas, dotadas de filos laterales, permitían realizar diferentes operaciones de raspado o corte, mientras que las lascas afiladas podían utilizarse directamente para separar tejidos, cortar carne o trabajar materiales vegetales. También se conocen perforadores, instrumentos con extremos apuntados adecuados para producir orificios, y pequeñas piezas utilizadas para realizar incisiones sobre materiales resistentes. No obstante, los nombres empleados por los arqueólogos describen frecuentemente la forma de los objetos y no demuestran por sí solos su función. Un instrumento denominado raspador pudo utilizarse sobre materiales diferentes, mientras que una simple lasca sin modificaciones aparentes pudo desempeñar una actividad muy concreta. La interpretación exige estudiar las señales conservadas en los bordes y relacionarlas con las características de cada conjunto arqueológico.
Los materiales orgánicos ampliaban considerablemente las posibilidades de esta tecnología. El hueso, el asta y el marfil podían transformarse en elementos resistentes, mientras que la madera proporcionaba mangos, astiles y otros componentes de instrumentos compuestos. Las fibras vegetales y los tendones permitían realizar ataduras, y determinadas sustancias naturales podían facilitar la fijación de piezas. Aunque estos materiales se conservan de manera excepcional, su existencia puede deducirse parcialmente mediante el estudio de las marcas de uso presentes en las herramientas de piedra. En el yacimiento de Paleo Crossing, situado en Ohio, una investigación publicada en 2014 por G. Logan Miller analizó microscópicamente distintos instrumentos paleoindios. Sus resultados identificaron huellas compatibles con el raspado de pieles frescas y el trabajo de materiales vegetales blandos, posiblemente relacionados con la obtención de fibras. Estos descubrimientos muestran que las herramientas pétreas participaban en procesos de fabricación de objetos que, en muchos casos, no han llegado hasta nosotros. La cultura material de aquellas comunidades era, por tanto, mucho más amplia que el conjunto de piedras conservadas.
El estudio de las funciones de estos instrumentos se apoya actualmente en procedimientos que complementan la clasificación tradicional de las herramientas. El análisis microscópico permite identificar determinados pulimentos, estrías y pequeñas fracturas producidos durante su utilización, mientras que la arqueología experimental compara estas señales con las obtenidas mediante el empleo controlado de reproducciones. Las marcas de impacto pueden aportar información sobre el uso de una punta como arma, aunque no siempre permiten determinar si fue lanzada o empleada directamente. En algunos casos también se investigan residuos orgánicos adheridos a las superficies, cuya interpretación requiere controles adecuados para evitar contaminaciones. Estos métodos han demostrado que determinadas piezas podían utilizarse para varias actividades y modificarse cuando sufrían desgaste o roturas. La diversidad de puntas y herramientas refleja así una tecnología flexible, vinculada a las necesidades de cada comunidad y a los conocimientos transmitidos entre generaciones. Su importancia histórica no reside únicamente en la eficacia de los instrumentos, sino también en la capacidad humana para combinar materiales, resolver problemas prácticos y desarrollar tradiciones técnicas que contribuyeron a la adaptación de las primeras sociedades americanas.
-Slade, Alan Michael (2021). «To haft and to hold: Evidence for the hafting of Clovis fluted points». Journal of Lithic Studies, 8(3), pp. 133–151. Investigación sobre los sistemas de enmangue, las marcas de utilización y la integración de las puntas Clovis en armas e instrumentos compuestos.
-Prates, Luciano, Rivero, Diego, y Perez, S. Iván (2022). «Changes in projectile design and size of prey reveal the central role of Fishtail points in megafauna hunting in South America». Scientific Reports, 12, artículo 16964. Estudio sobre las puntas cola de pescado sudamericanas y su relación con las tecnologías de caza del Pleistoceno final.
-Miller, G. Logan (2014). «Lithic microwear analysis as a means to infer production of perishable technology: a case from the Great Lakes». Journal of Archaeological Science, 49, pp. 292–301. Investigación funcional de herramientas paleoindias que identifica actividades relacionadas con el trabajo de pieles y materiales vegetales.
Clovis, Folsom, Eden y Cody: la diversidad de las puntas paleoindias. Conjunto de puntas de piedra tallada pertenecientes a distintas tradiciones paleoindias de América del Norte, expuestas en el Pabellón Anthropos de Brno, República Checa. Las diferencias de tamaño, forma y acabado permiten apreciar la variedad de soluciones tecnológicas desarrolladas por las primeras comunidades humanas del continente.
Las culturas paleoindias de América del Norte desarrollaron diferentes tradiciones de fabricación de herramientas y armas de piedra. Entre las más conocidas destacan Clovis y Folsom, caracterizadas por sus puntas acanaladas, junto con otras manifestaciones posteriores, como Eden y Cody, vinculadas a la diversificación de los complejos arqueológicos de las grandes llanuras.
El análisis de estas piezas permite reconocer diferencias en los procedimientos de talla, las proporciones, las formas de enmangamiento y el aprovechamiento de las materias primas. Aunque algunas puntas presentan características especialmente elaboradas, su diversidad no debe interpretarse como una sucesión universal de tecnologías cada vez superiores, sino como el resultado de diferentes conocimientos técnicos, necesidades y adaptaciones culturales.
La comparación de estos instrumentos constituye una herramienta fundamental para la investigación arqueológica. Sin embargo, la forma de una punta no determina por sí sola su antigüedad: su estudio debe relacionarse con el contexto estratigráfico, los materiales asociados y las dataciones disponibles. De este modo, las industrias líticas ayudan a reconstruir la creciente diversidad regional de las sociedades paleoindias.
Fotografía: Zde, 2018. Pabellón Anthropos, Brno. Original en Wikimedia Commons. Licencia CC BY-SA 4.0.
8.5. Organización de los grupos humanos
Las primeras comunidades cazadoras-recolectoras de América desarrollaron formas de organización social que hicieron posible la cooperación, la transmisión de conocimientos y la continuidad de sus poblaciones a lo largo del tiempo. Aunque sus características concretas variaban según la región y las circunstancias históricas, es probable que muchas estuvieran integradas por agrupaciones relativamente pequeñas, cuyos integrantes mantenían vínculos familiares y otras relaciones sociales. La vida colectiva permitía afrontar necesidades que difícilmente podían resolverse de manera individual, como el cuidado de las personas dependientes, la preparación de determinados trabajos y la organización de actividades compartidas. Sin embargo, no debemos imaginar estas sociedades como agrupaciones simples o carentes de normas. La ausencia de instituciones políticas documentadas o de asentamientos permanentes de grandes dimensiones no significa que carecieran de formas de autoridad, acuerdos colectivos o mecanismos para resolver conflictos. La organización social de los primeros americanos constituye un campo difícil de reconstruir, precisamente porque muchas de sus características no dejaron testimonios materiales directos.
La composición y el tamaño de las comunidades pudieron experimentar cambios considerables a lo largo del año. En determinadas circunstancias, un grupo podía estar formado por varias unidades familiares que compartían actividades y espacios de habitación, mientras que en otros momentos diferentes agrupaciones podían reunirse temporalmente. Estas concentraciones habrían facilitado los encuentros entre personas procedentes de territorios distintos, el mantenimiento de relaciones sociales y la circulación de conocimientos. La convivencia también requería organizar el uso de los espacios comunes y establecer formas de cooperación compatibles con las necesidades de sus integrantes. Aunque la arqueología puede identificar áreas de actividad y concentraciones de materiales, resulta mucho más difícil determinar cuántas personas convivían simultáneamente en un asentamiento. Un campamento con numerosos restos no corresponde necesariamente a una comunidad muy grande, porque pudo ser utilizado repetidamente por grupos diferentes. Por ello, las estimaciones sobre la población y la estructura de estas sociedades deben interpretarse con prudencia.
La distribución de las actividades dentro de las comunidades constituye otro aspecto importante de su organización. La obtención de alimentos, el cuidado de los niños, la preparación de materiales y otras tareas cotidianas requerían conocimientos y habilidades diferentes. Es probable que la edad, la experiencia, las capacidades individuales y las circunstancias de cada momento influyeran en el reparto de responsabilidades. Sin embargo, no existen pruebas suficientes para establecer una división universal y rígida del trabajo entre hombres y mujeres en las primeras sociedades americanas. Las interpretaciones tradicionales que atribuían automáticamente la caza a los hombres y la recolección a las mujeres reproducían, en ocasiones, modelos culturales posteriores sin contar con evidencias arqueológicas concluyentes. Las investigaciones antropológicas muestran una notable diversidad de formas de cooperación y distribución de tareas entre sociedades cazadoras-recolectoras, aunque tampoco deben trasladarse directamente sus características a comunidades desaparecidas hace miles de años. El aprendizaje desempeñaba un papel fundamental: los conocimientos sobre el territorio, los materiales y las relaciones sociales se adquirían mediante la observación, la práctica y la participación progresiva en la vida colectiva.
Las relaciones sociales probablemente se extendían más allá de los integrantes de cada campamento. En territorios donde las poblaciones eran relativamente escasas y se encontraban dispersas, mantener contactos con otras comunidades podía facilitar el intercambio de información, el acceso a determinados recursos y la formación de nuevos vínculos personales. Estas relaciones no requerían necesariamente sistemas comerciales organizados, pues los objetos podían circular mediante encuentros, regalos, desplazamientos o sucesivas transferencias entre personas. En el yacimiento de Nobles Pond, situado en Ohio, Mark F. Seeman estudió la distribución de materiales líticos entre distintas concentraciones arqueológicas y propuso que determinadas actividades de obtención de materias primas estaban relacionadas con reuniones de grupos paleoindios. Aunque este tipo de interpretación no permite reconstruir las relaciones concretas entre sus participantes, muestra cómo el análisis de los materiales puede aportar información sobre posibles encuentros colectivos. Las redes de contacto habrían permitido mantener relaciones entre comunidades separadas geográficamente, contribuyendo a transmitir conocimientos y reducir algunos de los riesgos asociados a la vida en territorios extensos.
Los enterramientos constituyen una fuente excepcional para estudiar determinados aspectos de las relaciones sociales y del tratamiento de las personas fallecidas. En Upward Sun River, Alaska, las excavaciones identificaron los restos de dos bebés depositados conjuntamente en una fosa hace aproximadamente 11.500 años. El enterramiento contenía objetos asociados, entre ellos piezas de piedra y elementos de asta decorados, mientras que en una zona inmediatamente superior se habían encontrado anteriormente los restos incinerados de un niño de unos tres años. Una investigación publicada en 2014 por Ben A. Potter y sus colaboradores documentó estas prácticas funerarias y mostró que incluso los integrantes más jóvenes podían recibir tratamientos mortuorios elaborados. La disposición de los cuerpos y de los objetos demuestra la existencia de comportamientos que trascendían las necesidades estrictamente materiales de subsistencia. Sin embargo, la arqueología no permite conocer directamente las creencias que motivaron aquellas prácticas ni determinar qué significado atribuían sus protagonistas a los objetos depositados. Estos descubrimientos proporcionan testimonios de vínculos humanos y comportamientos funerarios, pero deben interpretarse evitando atribuirles automáticamente concepciones religiosas o sociales posteriores.
La organización de los primeros grupos humanos americanos debió mantenerse flexible para responder a situaciones cambiantes. Las relaciones familiares, la cooperación cotidiana, los encuentros entre comunidades y la transmisión de conocimientos contribuyeron a sostener poblaciones distribuidas por territorios muy diversos. Sin embargo, todavía desconocemos numerosos aspectos de sus estructuras sociales, entre ellos la existencia de autoridades estables, las formas concretas de parentesco o los procedimientos utilizados para resolver desacuerdos. Tampoco resulta adecuado presentar todas estas sociedades como necesariamente igualitarias o jerarquizadas, pues ambas interpretaciones requieren evidencias que rara vez pueden obtenerse directamente de los asentamientos más antiguos. Los estudios de ADN antiguo comienzan a ofrecer información sobre algunas relaciones biológicas entre individuos, pero el parentesco genético no equivale por sí solo a una explicación completa de la organización social. La combinación de arqueología, antropología y genética permitirá precisar progresivamente estas cuestiones. En conjunto, los testimonios disponibles muestran comunidades capaces de cooperar, transmitir experiencias y mantener relaciones sociales complejas, recordándonos que la historia de los primeros americanos no puede comprenderse únicamente a través de sus herramientas o de los recursos que aprovechaban.
-Kelly, Robert L. (2013). The Lifeways of Hunter-Gatherers: The Foraging Spectrum. Segunda edición. Cambridge University Press. Obra de referencia sobre la diversidad de las sociedades cazadoras-recolectoras, sus relaciones familiares, formas de cooperación, organización social y mecanismos de transmisión cultural.
-Seeman, Mark F. (1994). «Intercluster Lithic Patterning at Nobles Pond: A Case for “Disembedded” Procurement among Early Paleoindian Societies». American Antiquity, 59(2), pp. 273–288. Investigación arqueológica sobre la organización de actividades colectivas, la obtención de materias primas y las posibles reuniones de comunidades paleoindias norteamericanas.
-Potter, Ben A., Irish, Joel D., Reuther, Joshua D., y McKinney, Holly J. (2014). «New insights into Eastern Beringian mortuary behavior: A terminal Pleistocene double infant burial at Upward Sun River». Proceedings of the National Academy of Sciences, 111(48), pp. 17060–17065. Estudio sobre los enterramientos infantiles de Alaska y su importancia para comprender las prácticas funerarias y determinados aspectos de la vida social durante el Pleistoceno final.
- 9.1. La cultura Clovis
- 9.2. La cultura Folsom
- 9.3. Otros complejos arqueológicos tempranos
- 9.4. La creciente diversidad regional
Durante las últimas etapas del Pleistoceno y los comienzos del Holoceno, las primeras poblaciones americanas desarrollaron diferentes tradiciones culturales que los arqueólogos agrupan habitualmente bajo la denominación de culturas paleoindias. Su conocimiento procede principalmente de los restos materiales conservados en los yacimientos, especialmente las herramientas de piedra, que permiten identificar técnicas de fabricación, semejanzas regionales y transformaciones a lo largo del tiempo. Entre estas tradiciones destacan Clovis y Folsom, ampliamente documentadas en América del Norte, aunque también existieron otros conjuntos arqueológicos que reflejan una diversidad mucho mayor. Es importante señalar que una cultura arqueológica no equivale necesariamente a un pueblo con una identidad, lengua u organización social únicas, sino que constituye una categoría utilizada para estudiar materiales que presentan determinadas características compartidas.
Las culturas paleoindias surgieron en un continente sometido a profundas transformaciones ambientales, donde las comunidades humanas desarrollaron respuestas diferentes según los recursos disponibles y sus propias tradiciones. Algunas industrias líticas alcanzaron una notable extensión geográfica, mientras que otras aparecen asociadas a territorios más limitados. Estas diferencias permiten investigar la transmisión de conocimientos, las relaciones entre comunidades y los posibles procesos de innovación tecnológica. Sin embargo, las semejanzas entre instrumentos no demuestran por sí solas movimientos de población, del mismo modo que las variaciones técnicas no implican necesariamente la desaparición de unos grupos y su sustitución por otros. La interpretación requiere considerar las cronologías, los contextos arqueológicos y las características particulares de cada región.
Los siguientes apartados examinarán las culturas Clovis y Folsom, sus principales características y su posición dentro de la prehistoria norteamericana, así como otros complejos arqueológicos tempranos documentados en diferentes territorios. Finalmente, se abordará la creciente diversidad regional que acompañó las transformaciones de las primeras sociedades americanas. El objetivo será comprender estas tradiciones como expresiones de una historia cultural dinámica, marcada por la continuidad de ciertos conocimientos, la aparición de nuevas soluciones técnicas y el desarrollo de trayectorias locales, evitando presentar la prehistoria del continente como una sucesión uniforme de culturas claramente separadas.
9.1. La cultura Clovis
La cultura Clovis constituye una de las tradiciones arqueológicas más importantes del Pleistoceno final americano y la primera que puede reconocerse mediante un conjunto tecnológico ampliamente distribuido por América del Norte. Su nombre procede de la localidad de Clovis, en Nuevo México, donde durante la década de 1930 se identificaron herramientas características asociadas a restos de animales extinguidos. Una revisión cronológica publicada en 2020 por Michael R. Waters y sus colaboradores situó su desarrollo principal aproximadamente entre hace 13.050 y 12.750 años. Aunque la duración exacta de esta tradición continúa siendo investigada, los testimonios arqueológicos muestran una notable extensión geográfica durante un periodo relativamente breve. Sus materiales aparecen desde las grandes llanuras norteamericanas hasta las regiones orientales y el norte de México. Sin embargo, esta distribución no significa que todas las comunidades compartieran una identidad étnica, una lengua o una organización social uniforme. Clovis es una denominación arqueológica que permite reconocer determinadas tradiciones materiales, no el nombre conocido de un pueblo históricamente documentado.
El conocimiento de esta cultura procede de yacimientos que conservan evidencias de actividades diversas. En Blackwater Draw, Nuevo México, las excavaciones identificaron instrumentos asociados a restos de mamuts y otros animales, proporcionando testimonios importantes de las relaciones entre los grupos humanos y la fauna pleistocena. En el yacimiento de Gault, Texas, los arqueólogos han recuperado numerosos instrumentos y desechos de fabricación que permiten estudiar actividades desarrolladas en espacios de ocupación más amplios. Especial interés presenta también El Fin del Mundo, en Sonora, México, donde se han documentado restos de gonfoterios, grandes proboscídeos emparentados lejanamente con los elefantes actuales, asociados a evidencias Clovis. Las investigaciones publicadas en 2022 identificaron, además, concentraciones de herramientas en sectores elevados próximos a la zona de aprovechamiento animal. Estos descubrimientos muestran que las comunidades Clovis no utilizaban exclusivamente lugares de caza, sino también espacios destinados a diferentes actividades cotidianas. La variedad de contextos arqueológicos permite reconstruir una cultura material considerablemente más amplia de lo que sugerían sus primeras interpretaciones.
Uno de los elementos más reconocibles de Clovis fue su tradición tecnológica, caracterizada por puntas de proyectil acanaladas y un conjunto de instrumentos elaborados mediante procedimientos especializados. Sin embargo, su importancia cultural no debe reducirse a la forma de estas piezas. Los conjuntos arqueológicos incluyen herramientas de corte y raspado, instrumentos de hueso y asta, núcleos preparados y materiales almacenados o transportados para su utilización posterior. Algunos depósitos de instrumentos, conocidos como escondrijos o conjuntos de reserva, contienen piezas cuidadosamente elaboradas cuya función concreta continúa siendo objeto de interpretación. En determinados casos pudieron constituir reservas destinadas a futuras actividades, aunque otros contextos sugieren comportamientos que no pueden explicarse exclusivamente mediante necesidades prácticas. Las semejanzas tecnológicas entre yacimientos muy distantes indican que determinados conocimientos circularon por extensas regiones. No obstante, todavía se debate hasta qué punto esta difusión respondió a desplazamientos de comunidades, contactos entre grupos o procesos de transmisión cultural. La existencia de características compartidas tampoco excluye diferencias regionales en las materias primas y en las decisiones de fabricación.
Las actividades de subsistencia de las comunidades Clovis han recibido especial atención debido a sus asociaciones arqueológicas con grandes mamíferos. Numerosos yacimientos documentan el aprovechamiento de mamuts, mastodontes, bisontes y otros herbívoros, aunque la importancia de cada especie variaba según el territorio y las circunstancias. Una investigación publicada en 2024 por James C. Chatters y sus colaboradores aportó nuevos datos mediante el análisis de isótopos estables de los restos de un niño enterrado en el yacimiento de Anzick, Montana. Los resultados permitieron reconstruir aspectos de la alimentación proteica de su madre y señalaron una contribución especialmente importante de la carne de mamut, seguida por otros grandes herbívoros. Este descubrimiento respalda la existencia de una especialización significativa en megafauna al menos entre determinadas comunidades Clovis occidentales. Sin embargo, los investigadores advierten que los resultados proceden de un individuo y de un contexto regional concreto, por lo que no deben extrapolarse automáticamente a todos los grupos. La imagen de Clovis como una cultura dedicada exclusivamente a la caza de grandes animales continúa siendo una simplificación de una realidad que probablemente presentó diferencias territoriales.
El yacimiento de Anzick constituye también una fuente excepcional para conocer aspectos humanos y sociales de esta tradición arqueológica. Descubierto en 1968, contenía los restos de un niño de aproximadamente un año y medio, asociados a más de un centenar de objetos de piedra y materiales óseos impregnados con ocre rojo. El conjunto, fechado en torno a 12.600 años de antigüedad, constituye el único enterramiento inequívocamente identificado como Clovis conocido hasta ahora. La presencia de numerosos objetos cuidadosamente preparados muestra que determinadas prácticas funerarias podían implicar una considerable inversión de trabajo y materiales, aunque desconocemos su significado simbólico concreto. En 2014, un equipo dirigido por Morten Rasmussen publicó el análisis del genoma del niño, conocido como Anzick-1. Los resultados demostraron su estrecha relación genética con las poblaciones indígenas americanas y respaldaron el origen principalmente asiático de sus antepasados. Este descubrimiento permitió relacionar una tradición arqueológica concreta con un individuo antiguo, pero no significa que todos los fabricantes de herramientas Clovis pertenecieran necesariamente a una población genéticamente idéntica.
La cultura Clovis representa, en definitiva, una etapa de especial importancia en la historia de las primeras sociedades norteamericanas. Su amplia distribución, sus conocimientos técnicos y la variedad de actividades documentadas muestran comunidades capaces de desenvolverse en territorios diferentes y de mantener tradiciones materiales reconocibles. Al mismo tiempo, la duración relativamente limitada de este complejo arqueológico plantea preguntas sobre su aparición, su difusión y sus transformaciones posteriores. Hacia el final de su desarrollo, América del Norte experimentó importantes cambios ambientales y faunísticos, mientras comenzaban a documentarse otras tradiciones tecnológicas regionales. No existen razones suficientes para interpretar estas transformaciones como una desaparición repentina de todas las comunidades Clovis ni como una sustitución uniforme de sus poblaciones. Es más prudente considerar que determinadas prácticas evolucionaron, se modificaron o dejaron de utilizarse dentro de procesos históricos diversos. El estudio de Clovis permite comprender así una tradición cultural influyente, integrada en una prehistoria americana considerablemente más amplia y compleja.
-Waters, Michael R., Stafford, Thomas W., Jr., y Carlson, David L. (2020). «The age of Clovis—13,050 to 12,750 cal yr B.P.». Science Advances, 6(43), eaaz0455. Revisión cronológica de yacimientos Clovis que propone un intervalo principal de aproximadamente tres siglos para esta tradición arqueológica.
-Sánchez-Morales, Ismael, Sanchez, Guadalupe, y Holliday, Vance T. (2022). «Clovis Stone Tools from El Fin del Mundo, Sonora, Mexico: Site Use and Associations between Localities». American Antiquity, 87(3), pp. 523–543. Investigación sobre las herramientas Clovis del noroeste mexicano, las actividades desarrolladas en diferentes sectores del yacimiento y su relación con los recursos disponibles.
-Rasmussen, Morten, et al. (2014). «The genome of a Late Pleistocene human from a Clovis burial site in western Montana». Nature, 506, pp. 225–229. Investigación genética sobre el individuo Anzick-1 y sus relaciones ancestrales con las poblaciones indígenas americanas.
-Chatters, James C., et al. (2024). «Mammoth featured heavily in Western Clovis diet». Science Advances, 10(49), eadr3814. Estudio de isótopos estables que aporta información sobre la importancia de la carne de mamut en la alimentación de una comunidad Clovis occidental.
La punta Clovis: una de las grandes innovaciones tecnológicas de la América prehistórica. Punta de proyectil de la cultura Clovis, procedente del condado de Sevier, Utah (Estados Unidos), y conservada en el Museo de Historia Natural de Utah. Elaborada en una roca silícea conocida como chert, presenta una forma lanceolada, bordes trabajados mediante talla bifacial y una base cóncava. Estas piezas constituyen uno de los testimonios más característicos de la tecnología paleoindia norteamericana.
La cultura Clovis desarrolló una de las tradiciones de fabricación de instrumentos líticos más reconocibles de la prehistoria americana. Sus puntas de proyectil, elaboradas mediante técnicas de talla bifacial, se distinguen por su forma alargada, sus bordes cuidadosamente retocados y una base generalmente cóncava. Una de sus características más relevantes es la presencia de acanaladuras longitudinales obtenidas mediante la extracción de lascas desde la base, procedimiento que probablemente facilitaba su fijación a astiles de madera u otros materiales orgánicos.
La fabricación de estas herramientas exigía conocimientos técnicos especializados, experiencia en la selección de materias primas y un control preciso de los golpes y presiones aplicados sobre la piedra. Se utilizaban rocas de fractura adecuada, como el sílex y otras variedades de chert, así como determinados materiales volcánicos. Las puntas formaban parte de un repertorio tecnológico más amplio, integrado por cuchillos, raspadores y otros instrumentos relacionados con la caza, el procesamiento de animales y diferentes actividades cotidianas.
La tradición Clovis se desarrolló durante el Pleistoceno final, hace aproximadamente 13.000 años, y está documentada en numerosas regiones de América del Norte. Su importancia arqueológica reside tanto en la calidad técnica de sus instrumentos como en su amplia distribución geográfica. Sin embargo, los descubrimientos de ocupaciones anteriores a Clovis han demostrado que esta cultura no representa necesariamente el comienzo del poblamiento americano, sino una de sus manifestaciones tecnológicas más destacadas.
Fotografía: Daderot, 2013. Museo de Historia Natural de Utah. Original file (3,240 × 4,320 pixels, file size: 4.48 MB). Licencia CC0 1.0.
9.2. La cultura Folsom
La cultura Folsom constituye una de las principales tradiciones paleoindias de América del Norte y representa una etapa importante en la transformación de las sociedades cazadoras-recolectoras durante el Pleistoceno final. Su nombre procede de un yacimiento situado cerca de Folsom, en Nuevo México, donde las excavaciones de 1926 y 1927 permitieron identificar herramientas de piedra asociadas directamente con restos de bisontes extinguidos. El descubrimiento desempeñó un papel decisivo en la historia de la arqueología americana, al demostrar que los seres humanos habían convivido con animales desaparecidos mucho antes de las épocas históricas conocidas. Las investigaciones actuales sitúan el desarrollo de la tradición Folsom aproximadamente entre hace 12.850 y 12.250 años, según una revisión cronológica publicada en 2021. Su distribución se concentra principalmente en las Grandes Llanuras, las Montañas Rocosas y el suroeste norteamericano. Aunque surgió después de las primeras manifestaciones Clovis, no debe interpretarse simplemente como una versión posterior de aquella cultura, sino como una tradición arqueológica con características propias y una trayectoria histórica que todavía presenta numerosos interrogantes.
Los yacimientos Folsom permiten conocer diferentes aspectos de la vida de estas comunidades. El lugar que dio nombre a la cultura conserva evidencias de una actividad de caza en la que fueron aprovechados aproximadamente 32 bisontes de la especie extinta Bison antiquus, de mayores dimensiones que el bisonte americano actual. Las investigaciones realizadas por David J. Meltzer y sus colaboradores demostraron que los restos se concentraban en una antigua depresión del terreno, donde los animales fueron abatidos y parcialmente procesados. El análisis de los huesos y de las herramientas indica que determinadas partes de las presas fueron retiradas del lugar, probablemente para su aprovechamiento en otros espacios. Este yacimiento no representa, por tanto, un poblado completo, sino un escenario de actividades específicas. Otros lugares, como Lindenmeier, en Colorado, conservan conjuntos arqueológicos mucho más amplios, relacionados con ocupaciones repetidas y diferentes actividades cotidianas. La comparación entre ambos tipos de yacimiento resulta fundamental para comprender la diversidad de situaciones que formaban parte de la experiencia de las comunidades Folsom.
La caza del bisonte desempeñó un papel especialmente destacado en esta tradición. A diferencia de las asociaciones Clovis con mamuts y otros grandes mamíferos, numerosos yacimientos Folsom documentan una relación particularmente intensa con las poblaciones de bisontes que ocupaban las praderas norteamericanas. En el yacimiento de Cooper, situado en Oklahoma, se identificaron tres episodios de caza colectiva desarrollados en distintos momentos, durante los cuales fueron abatidas numerosas reses en una antigua depresión natural. Estos descubrimientos muestran que algunas comunidades conocían el comportamiento de las manadas y podían aprovechar las características del terreno para desarrollar actividades de caza organizadas. Sin embargo, la importancia arqueológica de los bisontes no demuestra que constituyeran el único alimento disponible ni que todas las poblaciones Folsom dependieran exclusivamente de ellos. La conservación de grandes acumulaciones óseas favorece la identificación de estas actividades, mientras que otros recursos alimentarios pueden haber dejado testimonios mucho menos visibles. Por ello, la especialización cinegética debe entenderse dentro de unas estrategias de subsistencia que pudieron variar según los territorios y las circunstancias.
La cultura Folsom se reconoce también por una tecnología lítica característica, especialmente por sus puntas de proyectil acanaladas. Estas piezas suelen presentar una forma lanceolada relativamente estrecha y una o varias extracciones longitudinales que pueden extenderse por gran parte de su superficie. Aunque la función exacta de estas acanaladuras continúa siendo objeto de investigación, su fabricación exigía una preparación cuidadosa y un considerable dominio de la talla de piedra. Los conjuntos Folsom incluyen también instrumentos de corte, raspadores, piezas bifaciales y otros materiales relacionados con diferentes actividades. Un aspecto especialmente interesante es la planificación de la producción tecnológica. Los estudios realizados en Lindenmeier han identificado espacios donde las comunidades fabricaban nuevas puntas, reparaban instrumentos deteriorados y preparaban materiales destinados a necesidades posteriores. Esta organización muestra que las decisiones técnicas no respondían únicamente a problemas inmediatos, sino también a la previsión de futuras actividades. La existencia de procedimientos compartidos entre yacimientos distantes revela una tradición de conocimientos reconocible, aunque compatible con diferencias regionales.
Durante mucho tiempo, las poblaciones Folsom fueron interpretadas principalmente como grupos muy móviles que recorrían las llanuras siguiendo los desplazamientos de grandes manadas. Sin embargo, la investigación arqueológica ha mostrado una realidad más variada. Un estudio publicado en 2008 por Brian N. Andrews, Jason M. LaBelle y John D. Seebach examinó 619 yacimientos Folsom distribuidos por distintas regiones occidentales de América del Norte. Los investigadores observaron numerosos lugares de ocupación breve, pero también algunos asentamientos amplios utilizados repetidamente. Estos resultados sugieren que la movilidad residencial no fue necesariamente idéntica en todas las comunidades y que determinados territorios pudieron favorecer estancias relativamente prolongadas. Además de los animales disponibles, la presencia de agua, combustible y materias primas adecuadas para fabricar herramientas pudo influir considerablemente en la elección de los lugares de ocupación. La organización territorial Folsom parece haber combinado desplazamientos frecuentes con el aprovechamiento reiterado de determinados espacios, sin responder a un único modelo de asentamiento.
La cultura Folsom representa, en conjunto, una tradición paleoindia estrechamente vinculada con las transformaciones ambientales y culturales del final del Pleistoceno. Su desarrollo coincidió en buena medida con el episodio climático conocido como Dryas Reciente, caracterizado por un enfriamiento importante en numerosas regiones del hemisferio norte, aunque sus efectos variaron geográficamente. Las comunidades Folsom desarrollaron estrategias tecnológicas y económicas que les permitieron desenvolverse en las praderas y otros ambientes occidentales, pero no sabemos con precisión cómo se relacionaron todas sus poblaciones ni qué vínculos mantuvieron con grupos pertenecientes a tradiciones diferentes. Tampoco puede establecerse una correspondencia automática entre la desaparición de determinados tipos de herramientas y la sustitución de las comunidades que los fabricaban. Las transformaciones posteriores dieron lugar a nuevos complejos arqueológicos, con características regionales cada vez más diferenciadas. El estudio de Folsom permite comprender así una etapa de continuidad e innovación dentro de la prehistoria norteamericana, en la que las sociedades humanas modificaron sus tecnologías y formas de vida sin seguir necesariamente una evolución cultural uniforme.
-Buchanan, Briggs, et al. (2021). «Bayesian Revision of the Folsom Age Range Using IntCal20». PaleoAmerica, 7(2), pp. 133–144. Revisión de la cronología Folsom mediante nuevas dataciones radiocarbónicas y modelos estadísticos que permiten precisar la duración de esta tradición arqueológica.
-Meltzer, David J., Todd, Lawrence C., y Holliday, Vance T. (2002). «The Folsom (Paleoindian) Type Site: Past Investigations, Current Studies». American Antiquity, 67(1), pp. 5–36. Investigación sobre el yacimiento original de Folsom, sus excavaciones históricas, los restos de bisontes y las nuevas interpretaciones arqueológicas.
-Andrews, Brian N., LaBelle, Jason M., y Seebach, John D. (2008). «Spatial Variability in the Folsom Archaeological Record: A Multi-Scalar Approach». American Antiquity, 73(3), pp. 464–490. Estudio comparativo de 619 yacimientos Folsom que analiza la diversidad de asentamientos, la movilidad y las diferentes formas de utilización del territorio.
9.3. Otros complejos arqueológicos tempranos
Además de las culturas Clovis y Folsom, la arqueología americana ha identificado numerosos complejos tecnológicos que permiten conocer otras tradiciones desarrolladas durante el Pleistoceno final y los comienzos del Holoceno. Estas agrupaciones se reconocen principalmente por las características de sus herramientas, los procedimientos empleados para fabricarlas y los contextos donde aparecen. Algunas fueron contemporáneas de Clovis, otras son anteriores y determinadas tradiciones alcanzaron su mayor desarrollo en épocas posteriores. Su estudio ha permitido superar la antigua interpretación de una prehistoria organizada en una sucesión uniforme de culturas. Sin embargo, conviene recordar que un complejo arqueológico no equivale necesariamente a un pueblo independiente ni demuestra la existencia de una identidad cultural compartida por todos sus fabricantes. Las semejanzas tecnológicas pueden responder a relaciones entre comunidades, transmisión de conocimientos o soluciones desarrolladas de manera independiente. Por ello, los arqueólogos utilizan estas denominaciones como instrumentos de clasificación y reconstrucción histórica, conscientes de que sus límites geográficos y cronológicos no siempre fueron precisos.
En las regiones septentrionales de Alaska destacan los complejos Nenana y Denali, identificados mediante conjuntos de herramientas que presentan diferencias tecnológicas significativas. El complejo Nenana se caracteriza principalmente por la presencia de instrumentos elaborados sobre lascas, piezas bifaciales y determinados tipos de puntas, mientras que Denali incorpora una producción característica de pequeñas hojas de piedra, denominadas microhojas, obtenidas a partir de núcleos cuidadosamente preparados. Estas últimas podían integrarse en instrumentos compuestos mediante su fijación sobre soportes de materiales orgánicos. Las investigaciones realizadas en Owl Ridge, en el interior de Alaska, han documentado una ocupación atribuida a Nenana entre hace aproximadamente 13.380 y 12.800 años, seguida de otras relacionadas con Denali entre unos 12.540 y 11.200 años. La sucesión arqueológica muestra cambios importantes en los procedimientos de fabricación, aunque no demuestra por sí sola una sustitución de poblaciones. Las relaciones históricas entre ambas tradiciones continúan siendo investigadas, especialmente por sus posibles conexiones con otras industrias del nordeste asiático.
En el oeste de América del Norte adquirió especial importancia la denominada tradición occidental de puntas pedunculadas, conocida habitualmente como Western Stemmed Tradition. Sus instrumentos presentan características diferentes de las puntas acanaladas Clovis y aparecen en numerosos yacimientos de la Gran Cuenca y regiones próximas. Durante mucho tiempo se discutió si esta tradición había surgido después de Clovis o si ambas podían haber coexistido. Las excavaciones de las cuevas de Paisley, en Oregón, proporcionaron evidencias de puntas pedunculadas correspondientes a una cronología contemporánea o ligeramente anterior a Clovis. Más recientemente, una investigación publicada en 2022 sobre el yacimiento de Cooper’s Ferry, en Idaho, describió catorce puntas completas o fragmentadas asociadas a contextos fechados en torno a 15.785 años de antigüedad. Si se acepta su asociación cronológica, estos materiales representan algunos de los ejemplos más antiguos conocidos de esta tecnología en América. Los investigadores también identificaron semejanzas con determinadas industrias del Paleolítico superior del nordeste asiático, aunque estas comparaciones no permiten establecer automáticamente una relación migratoria directa. La importancia del conjunto reside en demostrar que existieron tradiciones técnicas tempranas diferentes del modelo Clovis.
En las Grandes Llanuras norteamericanas se han reconocido otros complejos, entre ellos Goshen, Agate Basin, Hell Gap, Alberta y Cody. Sus denominaciones proceden generalmente de yacimientos o tipos de herramientas característicos, especialmente puntas de proyectil cuya forma y elaboración permiten establecer diferencias arqueológicas. El yacimiento de Hell Gap, en Wyoming, ocupa un lugar destacado porque conserva una extensa secuencia estratigráfica con materiales de distintas tradiciones paleoindias. Goshen presenta puntas lanceoladas sin las acanaladuras típicas de Clovis y Folsom, mientras que Agate Basin y Hell Gap muestran otras soluciones en la configuración de las piezas. El complejo Cody, que incluye tipos como las puntas Scottsbluff, corresponde a momentos posteriores dentro de las tradiciones paleoindias de las llanuras. Estas industrias se relacionan con comunidades que desarrollaron sus actividades en ambientes donde los grandes herbívoros, especialmente los bisontes, desempeñaron un papel importante. No obstante, sus diferencias no deben interpretarse como una secuencia de pueblos que se reemplazaron necesariamente unos a otros. Algunas tradiciones pudieron solaparse y otras evolucionar mediante procesos regionales todavía insuficientemente conocidos.
América del Sur presenta un panorama igualmente significativo, aunque sus complejos arqueológicos no pueden incorporarse sin más a las clasificaciones elaboradas para América del Norte. Entre las tradiciones tempranas más reconocibles destacan las puntas cola de pescado, también denominadas puntas Fell por su identificación inicial en la cueva Fell, situada en el extremo austral de Patagonia. Estos instrumentos se distribuyeron por extensas regiones sudamericanas durante el Pleistoceno final, especialmente entre hace aproximadamente 13.000 y 11.000 años. Su presencia está documentada en ambientes diversos, desde sectores andinos hasta las llanuras pampeanas y los territorios patagónicos. Una investigación publicada en 2022 por Luciano Prates, Diego Rivero y S. Iván Perez examinó sus características y distribución, encontrando relaciones significativas con regiones donde existían grandes mamíferos pleistocenos. Los autores propusieron que esta tecnología estuvo especialmente vinculada a la caza de animales de gran tamaño, aunque sus conclusiones no implican que todas las comunidades que utilizaron estas puntas desarrollaran idénticas estrategias de subsistencia. Además, existieron otros conjuntos líticos tempranos que muestran soluciones diferentes y no pueden reducirse a una única tradición sudamericana.
El conjunto de estos complejos revela una historia tecnológica considerablemente más diversa de lo que sugerían las primeras clasificaciones paleoindias. En las regiones orientales de América del Norte también se desarrollaron tradiciones como Dalton, especialmente reconocible durante la transición hacia el Holoceno por sus puntas y otras herramientas características. Su aparición, junto con las transformaciones documentadas en las llanuras, el occidente norteamericano y América del Sur, muestra que las comunidades modificaron sus tecnologías siguiendo trayectorias parcialmente diferentes. Sin embargo, la identificación de nuevas formas de instrumentos no permite determinar por sí sola si existieron migraciones, contactos culturales, innovaciones locales o combinaciones de estos procesos. La interpretación necesita apoyarse en cronologías fiables, asociaciones arqueológicas y estudios de los procedimientos de fabricación. Las tradiciones Nenana, Denali, Western Stemmed, Goshen, Agate Basin, Hell Gap y las industrias sudamericanas constituyen así expresiones de una prehistoria culturalmente plural. Su estudio permite reconocer distintas maneras de resolver necesidades prácticas y transmitir conocimientos, preparando el análisis de la creciente diferenciación regional de las sociedades americanas.
-Graf, Kelly E., et al. (2020). «Recent excavations at Owl Ridge, interior Alaska: Site stratigraphy, chronology, and site formation and implications for late Pleistocene archaeology and peopling of eastern Beringia». Geoarchaeology, 35(1), pp. 3–26. Investigación sobre los complejos Nenana y Denali, sus características tecnológicas y su sucesión cronológica en Alaska.
-Davis, Loren G., et al. (2022). «Dating of a large tool assemblage at the Cooper’s Ferry site (Idaho, USA) to ~15,785 cal yr B.P. extends the age of stemmed points in the Americas». Science Advances, 8(51), eade1248. Estudio sobre las puntas pedunculadas tempranas de Idaho y su relevancia para la diversidad de tradiciones tecnológicas anteriores a Clovis.
-Frison, George C. (1998). «Paleoindian large mammal hunters on the plains of North America». Proceedings of the National Academy of Sciences, 95(24), pp. 14576–14583. Síntesis sobre los complejos paleoindios de las Grandes Llanuras, sus industrias líticas y sus relaciones con los cambios ambientales y faunísticos.
-Prates, Luciano, Rivero, Diego, y Perez, S. Iván (2022). «Changes in projectile design and size of prey reveal the central role of Fishtail points in megafauna hunting in South America». Scientific Reports, 12, artículo 16964. Investigación sobre la distribución y la evolución de las puntas cola de pescado sudamericanas y sus posibles relaciones con la caza de megafauna.
La diversidad de las puntas líticas en la América prehistórica. Colección de puntas de proyectil de distintas épocas de la prehistoria norteamericana, conservada en el Robbins Museum de Massachusetts. La variedad de tamaños, formas y materiales refleja la evolución y diversificación de las tradiciones líticas desarrolladas por las comunidades indígenas a lo largo de milenios. Las piezas expuestas abarcan periodos posteriores a las primeras culturas paleoindias.
La fabricación de puntas de proyectil constituye uno de los testimonios más representativos de la tecnología prehistórica americana. Desde las primeras tradiciones paleoindias hasta las sociedades del periodo Arcaico y las culturas posteriores, las comunidades humanas desarrollaron una notable diversidad de instrumentos adaptados a diferentes necesidades de caza, materias primas y técnicas de fabricación.
Las diferencias entre las piezas permiten reconocer puntas lanceoladas, triangulares, pedunculadas y provistas de distintas formas de escotadura. Estas variaciones responden a tradiciones técnicas y culturales desarrolladas en contextos regionales diversos. El estudio de sus características, junto con los lugares de procedencia y las dataciones arqueológicas, permite reconstruir cambios en la fabricación de herramientas y en las estrategias de subsistencia.
La clasificación de estos objetos constituye una herramienta importante para la arqueología, aunque su aspecto no basta por sí solo para establecer una cronología precisa. La comparación entre las industrias líticas norteamericanas revela un proceso prolongado de diversificación tecnológica que continuó mucho después de Clovis y Folsom, acompañando las transformaciones culturales de las sociedades indígenas americanas.
Fotografía original de referencia: Daderot, 2016. Colección W. W. Whiting, Robbins Museum, Massachusetts. Wikimedia Commons. Licencia CC0 1.0. Recreación digital mejorada mediante ChatGPT / OpenAI para Información Manu, 2026.
9.4. La creciente diversidad regional
Durante las últimas etapas del Pleistoceno y los comienzos del Holoceno, las sociedades paleoindias americanas desarrollaron una diversidad cultural cada vez más visible en el registro arqueológico. La expansión humana por territorios extensos, la permanencia de comunidades en determinadas regiones y las transformaciones ambientales contribuyeron a la formación de tradiciones materiales diferenciadas. Sin embargo, este proceso no debe interpretarse como una fragmentación repentina de una cultura originalmente uniforme. Las evidencias anteriores y contemporáneas a Clovis ya muestran diferencias tecnológicas y formas de aprovechamiento del territorio que indican una diversidad temprana. Con el transcurso del tiempo, algunas tradiciones mantuvieron características reconocibles durante numerosas generaciones, mientras que otras experimentaron cambios o dieron paso a nuevas combinaciones de conocimientos. El resultado fue un panorama cultural complejo, en el que coexistieron comunidades con antecedentes compartidos, prácticas semejantes y particularidades regionales. La creciente diversidad arqueológica refleja, por tanto, tanto la continuidad de determinados conocimientos como la aparición de soluciones culturales diferentes.
En América del Norte, las diferencias regionales se reconocen especialmente al comparar los conjuntos arqueológicos de las Grandes Llanuras, las regiones orientales y los territorios occidentales. En las llanuras centrales, determinadas tradiciones tecnológicas mantuvieron una relación destacada con el aprovechamiento de grandes herbívoros, mientras que en otras regiones aparecen instrumentos y formas de ocupación diferentes. Las comunidades del nordeste, por ejemplo, desarrollaron sus actividades en paisajes que experimentaron importantes transformaciones tras el retroceso de los glaciares, mientras que las poblaciones del oeste utilizaron territorios caracterizados por una distribución particular de recursos y materias primas. Estas diferencias no significan que cada región estuviera habitada por una cultura completamente aislada. Los contactos entre comunidades, los desplazamientos y la transmisión de conocimientos pudieron mantener relaciones entre grupos separados por grandes distancias. La diversidad surgió mediante una combinación de condiciones locales, experiencias históricas y decisiones técnicas que no dependían exclusivamente del ambiente natural.
La investigación de las Grandes Llanuras ha permitido comprobar que las antiguas clasificaciones culturales resultaban, en ocasiones, demasiado lineales. Durante buena parte del siglo XX, los arqueólogos organizaron las principales tradiciones paleoindias en secuencias sucesivas, utilizando especialmente las formas de las puntas de proyectil como indicadores cronológicos. Sin embargo, el desarrollo de nuevas dataciones mostró que determinados tipos de herramientas podían coexistir durante periodos significativos. Una revisión publicada en 2000 por Vance T. Holliday señaló que la secuencia tradicional no explicaba adecuadamente toda la variabilidad tecnológica conocida. Esta circunstancia tiene importantes consecuencias históricas: encontrar instrumentos diferentes en yacimientos próximos no demuestra necesariamente que pertenecieran a comunidades separadas por muchos siglos. Tampoco la aparición de una nueva forma de herramienta implica obligatoriamente una migración o la desaparición de sus fabricantes anteriores. Las tradiciones arqueológicas deben comprenderse como conjuntos de características que pudieron modificarse, difundirse y combinarse a través de procesos históricos complejos.
En América del Sur, la diversidad regional presenta características igualmente significativas. Las primeras comunidades desarrollaron tradiciones materiales diferentes en los Andes, las tierras tropicales, las regiones orientales y el extremo austral. Durante mucho tiempo, algunas clasificaciones arqueológicas agruparon conjuntos muy extensos bajo denominaciones generales, basándose en la presencia de determinados tipos de instrumentos. Sin embargo, las investigaciones tecnológicas han mostrado que estas categorías podían reunir materiales considerablemente heterogéneos. Un estudio publicado en 2019 por João Carlos Moreno de Sousa examinó las industrias líticas del este sudamericano y cuestionó la validez de algunas agrupaciones tradicionales, como Umbu y Humaitá, cuando se utilizaban para clasificar conjuntos arqueológicos muy diferentes entre sí. Las comparaciones detalladas permitieron reconocer una diversidad tecnológica regional más amplia de lo supuesto anteriormente. Estas investigaciones muestran que la identificación de una tradición cultural exige estudiar no solamente la forma de los objetos, sino también sus procedimientos de fabricación, su contexto y su distribución cronológica.
Las relaciones entre comunidades desempeñaron probablemente un papel importante en el desarrollo de esta diversidad. La existencia de territorios culturales diferenciados no implica que sus habitantes permanecieran aislados, pues los grupos humanos podían mantener contactos mediante encuentros, desplazamientos y circulación de materiales. Algunas semejanzas tecnológicas entre regiones distantes podrían relacionarse con la transmisión de conocimientos, aunque en otros casos es posible que procedimientos parecidos surgieran de manera independiente. La circulación de determinadas materias primas proporciona testimonios de conexiones geográficas, pero no permite identificar automáticamente relaciones políticas, lingüísticas o de parentesco entre sus usuarios. Por otra parte, las diferencias observadas en el registro arqueológico pueden reflejar actividades distintas realizadas por una misma comunidad, y no necesariamente tradiciones culturales separadas. Esta dificultad obliga a evitar interpretaciones demasiado rígidas. Las sociedades paleoindias debieron mantener relaciones cambiantes con sus vecinos, conservando algunas prácticas compartidas mientras desarrollaban otras adaptadas a sus experiencias particulares. La diversidad cultural y la existencia de contactos no fueron procesos incompatibles, sino dimensiones complementarias de la historia de estas poblaciones.
La transición del Pleistoceno al Holoceno, situada aproximadamente hace 11.700 años, contribuyó a transformar las condiciones en las que se desarrollaban estas sociedades. El cambio climático, las modificaciones de la vegetación y la desaparición de numerosas especies de grandes mamíferos alteraron las posibilidades de aprovechamiento de distintos territorios. Las respuestas humanas no fueron idénticas en todas las regiones: algunas comunidades modificaron progresivamente sus tecnologías y actividades, mientras que otras conservaron determinadas tradiciones o desarrollaron soluciones diferentes. Investigaciones recientes sobre el poblamiento sudamericano han destacado que esta diversidad tecnológica y ecológica pudo comenzar mucho antes de lo que sugerían los antiguos modelos culturales uniformes. Por ello, la creciente diferenciación regional no debe entenderse como una evolución inevitable desde sociedades sencillas hacia otras necesariamente más complejas. Representó un conjunto de transformaciones históricas relacionadas con las circunstancias y decisiones de comunidades concretas. El mundo paleoindio fue, en definitiva, un escenario de continuidad, innovación y diversidad cultural, cuya evolución posterior estuvo profundamente vinculada con los cambios ambientales que acompañaron el final de la última glaciación.
-Holliday, Vance T. (2000). «The evolution of Paleoindian geochronology and typology on the Great Plains». Geoarchaeology, 15(3), pp. 227–290. Revisión de las cronologías y clasificaciones tecnológicas de las Grandes Llanuras que demuestra la existencia de solapamientos y variaciones no explicadas por las antiguas secuencias culturales lineales.
-Moreno de Sousa, João Carlos (2019). «The Technological Diversity of Lithic Industries in Eastern South America during the Late Pleistocene-Holocene Transition». En Rintaro Ono y Alfred Pawlik (eds.), Pleistocene Archaeology: Migration, Technology, and Adaptation. IntechOpen. Investigación sobre la diversidad de las industrias líticas sudamericanas y los problemas derivados de clasificaciones culturales demasiado generales.
-Araujo, Astolfo G. M., y Capriles, José M. (2026). «Pleistocene Settlement: First Settlers in South America». En Mark Aldenderfer, Marcela Sepúlveda y Eduardo Góes Neves (eds.), The Oxford Handbook of South American Archaeology, pp. 283–297. Oxford University Press. Revisión de las primeras ocupaciones sudamericanas que destaca la diversidad tecnológica, ecológica y cultural y las limitaciones de los modelos tradicionales del poblamiento.
- 10.1. Mamuts y mastodontes
- 10.2. Otros grandes mamíferos americanos
- 10.3. Caza y aprovechamiento de animales
- 10.4. El cambio climático al final del Pleistoceno
- 10.5. El debate sobre la extinción de la megafauna
Durante las últimas etapas del Pleistoceno, las primeras poblaciones humanas de América compartieron el continente con una extraordinaria diversidad de grandes mamíferos, muchos de los cuales desaparecieron posteriormente. Mamuts, mastodontes, perezosos gigantes, gliptodontes y otros animales de grandes dimensiones formaban parte de ecosistemas muy diferentes de los actuales. Su presencia influyó en las posibilidades de subsistencia de numerosas comunidades, que aprendieron a reconocer sus comportamientos y a aprovechar determinados recursos animales. Sin embargo, las relaciones entre seres humanos y megafauna no fueron idénticas en todas las regiones. Mientras algunos yacimientos documentan actividades de caza y procesamiento de grandes herbívoros, otros muestran estrategias alimentarias más diversificadas. La convivencia entre humanos y grandes mamíferos constituye, por tanto, un aspecto fundamental para comprender las condiciones ecológicas y económicas de la prehistoria americana.
El final de la última glaciación estuvo acompañado por profundas transformaciones ambientales que modificaron la distribución de la vegetación, los hábitats y las poblaciones animales. En este contexto desaparecieron numerosas especies de grandes mamíferos, aunque las extinciones no se produjeron necesariamente al mismo tiempo ni respondieron de manera uniforme a las mismas circunstancias. La posible influencia de las actividades humanas sobre estas desapariciones ha generado uno de los debates más importantes de la investigación paleontológica y arqueológica. Algunas explicaciones destacan la presión ejercida por la caza, otras subrayan los efectos de los cambios climáticos y numerosas investigaciones consideran la posibilidad de interacciones entre distintos factores. La información disponible exige distinguir las evidencias directas de aprovechamiento humano de las hipótesis sobre las causas generales de las extinciones.
Los siguientes apartados examinarán los principales grupos de grandes mamíferos americanos, sus relaciones con las primeras comunidades humanas y las evidencias arqueológicas de su aprovechamiento. También se analizarán las transformaciones climáticas del Pleistoceno final y las distintas interpretaciones propuestas para explicar la desaparición de buena parte de la megafauna. El propósito será comprender estos acontecimientos como procesos ecológicos e históricos complejos, evitando explicaciones simplificadoras y diferenciando los hechos documentados de las cuestiones que todavía permanecen abiertas a la investigación.
10.1. Mamuts y mastodontes
Entre los grandes mamíferos que habitaron América durante el Pleistoceno, los mamuts y los mastodontes ocuparon un lugar especialmente destacado por sus dimensiones, su distribución geográfica y sus relaciones con los ecosistemas de la época. Ambos pertenecían al orden de los proboscídeos, un grupo de mamíferos caracterizados por la presencia de una trompa y, en numerosas especies, grandes defensas de marfil. Sin embargo, pese a su semejanza externa, no eran animales idénticos ni pertenecían al mismo linaje evolutivo. Los mamuts, agrupados en el género Mammuthus, estaban estrechamente emparentados con los elefantes actuales, mientras que los mastodontes del género Mammut pertenecían a una familia diferente, los mamútidos, cuya separación evolutiva se produjo millones de años antes. Sus diferencias anatómicas reflejaban adaptaciones a distintos modos de alimentación y ambientes naturales. Ambos grupos coexistieron en algunas regiones de América del Norte y formaron parte de una fauna que experimentó profundas transformaciones durante las últimas etapas de la glaciación.
Los mamuts americanos estuvieron representados principalmente por el mamut lanudo (Mammuthus primigenius) y el mamut colombino (Mammuthus columbi). El primero habitó especialmente las regiones septentrionales, como Alaska y los territorios próximos a Beringia, donde predominaban paisajes abiertos y fríos. Su cuerpo presentaba una densa cubierta de pelo, pequeñas orejas y otras características que contribuían a limitar la pérdida de calor. El mamut colombino, por su parte, ocupó amplias regiones más meridionales de América del Norte y alcanzó dimensiones especialmente grandes, con individuos que podían superar los cuatro metros de altura en la cruz. Aunque ambas especies compartían importantes características, sus diferencias reflejaban adaptaciones a condiciones ambientales distintas. Los estudios de ADN antiguo han revelado, además, una historia evolutiva más compleja de lo que sugerían las antiguas clasificaciones. Una investigación publicada en Nature en 2021 identificó dos linajes de mamuts presentes en Siberia hace más de un millón de años y encontró evidencias de que el mamut colombino surgió mediante antiguos procesos de hibridación entre linajes relacionados con aquellas poblaciones.
Los mastodontes presentaban una constitución generalmente más robusta y unas extremidades relativamente menos largas que las de los grandes mamuts. Una de las especies más conocidas fue el mastodonte americano (Mammut americanum), ampliamente distribuido por regiones boscosas de América del Norte. Sus restos aparecen especialmente en territorios donde existieron bosques, humedales y ambientes con vegetación arbustiva, adecuados para el aprovechamiento de hojas, ramas y otras partes de las plantas. Frente a las defensas muy curvadas de numerosos mamuts, las de los mastodontes solían ser más rectas, aunque existía variación entre individuos. La diversidad de este grupo tampoco fue tan reducida como se consideró durante mucho tiempo. Las investigaciones paleontológicas han reconocido la existencia de un mastodonte del Pacífico (Mammut pacificus), diferenciado de otras poblaciones norteamericanas. Un estudio genético publicado en 2025 confirmó la presencia de linajes profundamente diferenciados y puso de manifiesto la influencia de las oscilaciones climáticas sobre su distribución. Estos descubrimientos muestran que la historia de los mastodontes americanos comprendió procesos de expansión y diferenciación desarrollados durante largos periodos.
Las diferencias entre mamuts y mastodontes resultan especialmente visibles en su dentición. Los mamuts poseían grandes molares formados por numerosas láminas de esmalte dispuestas transversalmente, adecuadas para triturar vegetación fibrosa y abrasiva, como las gramíneas. Los mastodontes, en cambio, presentaban molares con cúspides elevadas y redondeadas, apropiadas para procesar hojas, brotes y otras partes de plantas leñosas. Esta distinción permite relacionar ambos grupos con preferencias alimentarias diferentes: los mamuts utilizaron ampliamente pastizales y otros ambientes abiertos, mientras que los mastodontes estuvieron más vinculados a paisajes forestales. No obstante, estas preferencias no eran completamente rígidas. Un estudio publicado en 2018 por Gregory J. Smith y Larisa R. G. DeSantis, basado en las pequeñas marcas de desgaste conservadas en los dientes, encontró una considerable variabilidad en los alimentos consumidos. Los resultados indican que la dieta dependía también de las condiciones locales, la disponibilidad de recursos y las características de cada población. Por tanto, mamuts y mastodontes podían ocupar determinados territorios próximos sin aprovechar necesariamente los recursos vegetales de manera idéntica.
El registro fósil permite reconstruir otros aspectos de la biología de estos animales. Sus esqueletos, dientes y defensas proporcionan información sobre el crecimiento, la edad aproximada y determinados cambios experimentados durante su vida. Las defensas, formadas por incisivos modificados que crecían continuamente, conservan estructuras internas que pueden estudiarse para investigar variaciones en el desarrollo y, en ocasiones, en las condiciones de alimentación. En determinados yacimientos aparecen restos de varios individuos, incluidos adultos y crías, que permiten plantear hipótesis sobre su comportamiento social. En el actual Texas, el Monumento Nacional del Mamut de Waco conserva una concentración de mamuts colombinos que incluye ejemplares adultos y juveniles, interpretada como testimonio de una agrupación familiar. Estas evidencias, junto con las comparaciones con elefantes actuales, sugieren que algunas poblaciones de mamuts pudieron mantener estructuras sociales complejas. Sin embargo, debemos distinguir entre las características directamente observables en los fósiles y los comportamientos que solo pueden reconstruirse mediante inferencias. La semejanza con los elefantes modernos resulta útil, pero no demuestra que todas las especies extinguidas organizaran sus grupos de manera exactamente igual.
La convivencia de mamuts, mastodontes y seres humanos constituye uno de los aspectos más relevantes de la prehistoria americana. Ambos grupos de proboscídeos formaban parte de los grandes animales conocidos por las primeras comunidades, aunque las relaciones concretas dependían de cada territorio y de las oportunidades de aprovechamiento. En algunos yacimientos existen evidencias directas de interacción humana. Especialmente significativo resulta el caso de Manis, en el estado de Washington, donde se descubrió una costilla de mastodonte con fragmentos de una punta fabricada en hueso incrustados en ella. Una investigación publicada en 2023 reconstruyó digitalmente el objeto y concluyó que correspondía a un proyectil utilizado hace aproximadamente 13.900 años, antes de la aparición de la cultura Clovis. Este descubrimiento demuestra que algunas comunidades americanas disponían de conocimientos y armas capaces de alcanzar a animales de enormes dimensiones. Sin embargo, no permite afirmar que la caza de proboscídeos fuera una actividad habitual para todas las poblaciones. Mamuts y mastodontes fueron componentes importantes de los ecosistemas pleistocenos y de determinadas economías humanas, pero su papel histórico debe comprenderse atendiendo a la diversidad de especies, ambientes y situaciones arqueológicas documentadas.
-Van der Valk, Tom, et al. (2021). «Million-year-old DNA sheds light on the genomic history of mammoths». Nature, 591, pp. 265–269. Investigación paleogenética sobre la evolución de los mamuts, los antiguos linajes siberianos y el origen híbrido del mamut colombino norteamericano.
-Smith, Gregory James, y DeSantis, Larisa R. G. (2018). «Dietary ecology of Pleistocene mammoths and mastodons as inferred from dental microwear textures». Palaeogeography, Palaeoclimatology, Palaeoecology, 492, pp. 10–25. Estudio de las características del desgaste dental que permite comparar los hábitos alimentarios de mamuts y mastodontes y reconocer su variabilidad ecológica.
-Karpinski, Emil, et al. (2025). «Repeated climate-driven dispersal and speciation in peripheral populations of Pleistocene mastodons». Science Advances, 11(37), eadw2240. Investigación de ADN antiguo que examina la diversidad genética de los mastodontes norteamericanos y los efectos de las oscilaciones climáticas sobre su distribución.
-Waters, Michael R., et al. (2023). «Late Pleistocene osseous projectile point from the Manis site, Washington—Mastodon hunting in the Pacific Northwest 13,900 years ago». Science Advances, 9(5), eade9068. Investigación arqueológica sobre la identificación de una punta de proyectil de hueso incrustada en una costilla de mastodonte y su importancia para documentar interacciones humanas anteriores a Clovis.
Mamut lanudo en el paisaje glacial. El mamut lanudo fue uno de los grandes símbolos de la megafauna del Pleistoceno. Adaptado a los climas fríos de las estepas y tundras del hemisferio norte, destacó por su espeso pelaje, su gruesa capa de grasa y sus grandes defensas curvadas.
Entre los grandes mamíferos de la Edad del Hielo, el mamut lanudo (Mammuthus primigenius) ocupa un lugar especialmente destacado. Su anatomía revela una notable adaptación a los ambientes fríos: abundante pelaje, orejas pequeñas para reducir la pérdida de calor, una poderosa constitución corporal y largas defensas que probablemente servían tanto para defenderse como para apartar nieve o manipular el entorno. Habitó amplias regiones de Eurasia y Norteamérica durante el Pleistoceno final, formando parte de ecosistemas abiertos de tundra y estepa en los que convivió con bisontes, renos, caballos y grandes depredadores.
Su presencia resulta fundamental para comprender la relación entre los primeros grupos humanos y la gran fauna pleistocena. Los mamuts proporcionaban carne, grasa, pieles y huesos, convirtiéndose en recursos de enorme valor para comunidades cazadoras-recolectoras. Al mismo tiempo, su desaparición al final del Pleistoceno se relaciona con un proceso complejo en el que intervinieron los cambios climáticos y, probablemente también, la presión humana en algunos territorios. Por ello, el mamut lanudo se ha convertido en una de las especies más emblemáticas para estudiar el mundo de la megafauna y su extinción.
Recreación digital asistida por IA (ChatGPT), elaborada para informacionmanu.es.
10.2. Otros grandes mamíferos americanos
Además de los mamuts y mastodontes, el continente americano albergó durante el Pleistoceno una extraordinaria variedad de grandes mamíferos, muchos de ellos muy diferentes de los animales que conocemos actualmente. El término megafauna se utiliza habitualmente para designar especies de gran tamaño, aunque su definición puede variar según los estudios. En paleontología es frecuente emplear como referencia los mamíferos de más de 44 kilogramos, una categoría que comprende tanto grandes herbívoros como numerosos carnívoros. Durante las últimas etapas de la glaciación, América del Norte y América del Sur presentaban comunidades animales especialmente diversas, formadas por especies con distintas dimensiones, formas de alimentación y adaptaciones ecológicas. Algunas pertenecían a linajes que todavía cuentan con representantes vivos, mientras que otras procedían de grupos evolutivos hoy completamente desaparecidos. Esta riqueza faunística era el resultado de millones de años de evolución, transformaciones ambientales e intercambios entre ambos continentes, mucho antes de la llegada de las primeras poblaciones humanas.
Entre los animales más característicos destacaban los perezosos terrestres gigantes, emparentados con los perezosos actuales, aunque con formas de vida y dimensiones considerablemente diferentes. En América del Sur existieron especies como Megatherium americanum, que podía alcanzar varias toneladas de peso y cuya longitud corporal, incluyendo la cola, se aproximaba a los seis metros. Otros géneros, como Mylodon, Glossotherium y Lestodon, presentaban características anatómicas diferentes y ocuparon territorios diversos, desde las regiones tropicales hasta las grandes extensiones del Cono Sur. A diferencia de los perezosos actuales, principalmente arborícolas, estos animales desarrollaban su vida sobre el suelo y disponían de extremidades robustas y grandes garras. Su alimentación era fundamentalmente vegetal, aunque la composición concreta de la dieta variaba entre especies y ambientes. Algunos podían alcanzar ramas elevadas adoptando una postura erguida, mientras que otros aprovecharían vegetación más próxima al suelo. Determinados linajes también se extendieron por América del Norte, donde existieron perezosos terrestres como Eremotherium, Megalonyx y Nothrotheriops. Esta distribución demuestra que los perezosos gigantes formaban un conjunto diverso, adaptado a ambientes muy distintos.
Otro grupo especialmente singular fue el de los gliptodontes, grandes mamíferos acorazados emparentados con los armadillos actuales. Su característica más llamativa era una cubierta protectora formada por numerosas placas óseas, denominadas osteodermos, que constituían un caparazón rígido alrededor de buena parte del cuerpo. Algunos géneros, como Glyptodon, alcanzaron dimensiones comparables a las de un automóvil pequeño, mientras que Doedicurus presentaba una cola robusta terminada en una estructura semejante a una maza, que pudo desempeñar funciones defensivas o estar relacionada con enfrentamientos entre individuos. Los gliptodontes eran principalmente herbívoros y ocuparon diferentes paisajes sudamericanos, especialmente espacios abiertos y territorios donde podían aprovechar vegetación de baja altura. Algunas formas emparentadas alcanzaron también regiones de América Central y del Norte. Durante mucho tiempo se discutió su posición dentro de la evolución de los mamíferos acorazados. En 2016, un estudio dirigido por Frédéric Delsuc consiguió reconstruir información genética de un ejemplar de Doedicurus y demostró que los gliptodontes pertenecían a una rama especializada del linaje evolutivo de los armadillos. Este descubrimiento permitió comprender mejor el origen de sus extraordinarias características anatómicas.
Las llanuras sudamericanas también estuvieron habitadas por grandes herbívoros pertenecientes a grupos que no poseen representantes vivos directos. Entre ellos destacó Toxodon, un mamífero de cuerpo voluminoso, extremidades relativamente cortas y una cabeza robusta, cuyo aspecto general recordaba superficialmente al de algunos grandes herbívoros actuales. Sin embargo, estas semejanzas no implicaban un parentesco especialmente próximo. Otro animal singular fue Macrauchenia, caracterizado por sus extremidades largas, su cuello relativamente elevado y una disposición peculiar de las aberturas nasales, cuya interpretación anatómica continúa siendo discutida. Ambos pertenecían a antiguos linajes de mamíferos ungulados sudamericanos, desarrollados durante millones de años de evolución continental. En 2015, una investigación dirigida por Frido Welker analizó proteínas conservadas en sus huesos fósiles y encontró evidencias de relaciones evolutivas con los perisodáctilos, grupo al que pertenecen actualmente caballos, tapires y rinocerontes. Estos resultados demostraron la utilidad del estudio de proteínas antiguas para investigar especies extinguidas cuyo ADN resulta difícil de recuperar y contribuyeron a aclarar una parte importante de la historia evolutiva de los grandes mamíferos sudamericanos.
Junto a estas formas singulares existieron numerosos grandes mamíferos pertenecientes a familias todavía conocidas. Los caballos silvestres ocuparon amplias regiones americanas durante el Pleistoceno y estuvieron representados por diferentes especies, incluidas formas del género Equus en América del Norte y caballos como Hippidion en Sudamérica. También existieron antiguos camélidos, entre ellos Camelops en América del Norte y formas relacionadas con las llamas en las regiones meridionales. Las grandes llanuras norteamericanas albergaban bisontes de distintas especies, mientras que otros ambientes ofrecían hábitats adecuados para ciervos, pecaríes y numerosos herbívoros. Esta abundancia de animales sostenía también comunidades de grandes depredadores. Entre ellos destacaban los félidos de dientes de sable, especialmente Smilodon, cuyas enormes piezas dentales estaban relacionadas con una especialización depredadora. En América del Norte vivieron asimismo el león americano, Panthera atrox, y el gigantesco oso de cara corta, Arctodus simus. Sus hábitos concretos presentan diferencias y aspectos todavía discutidos, pero su presencia demuestra que los ecosistemas pleistocenos mantenían relaciones complejas entre herbívoros, carnívoros y otros organismos.
La megafauna americana desempeñaba funciones ecológicas importantes que iban mucho más allá de su tamaño corporal. Los grandes herbívoros consumían cantidades considerables de vegetación, dispersaban semillas y podían modificar determinados aspectos del paisaje mediante sus desplazamientos y actividades alimentarias. Los depredadores influían sobre las poblaciones de sus presas, mientras que los carroñeros aprovechaban los restos de animales muertos. Estas relaciones contribuían a organizar ecosistemas dinámicos, en los que la presencia de distintas especies afectaba a la vegetación y a la distribución de otros organismos. No obstante, las características de estos sistemas variaban considerablemente entre regiones y no es adecuado imaginar una comunidad faunística uniforme para todo el continente. Los estudios paleontológicos, genéticos e isotópicos permiten reconstruir progresivamente sus diferencias y comprender mejor el papel desempeñado por cada grupo. Para los primeros habitantes humanos, aquellos grandes mamíferos formaban parte del paisaje natural y representaban tanto posibles recursos como animales potencialmente peligrosos. Su extraordinaria diversidad constituye uno de los rasgos fundamentales del mundo americano anterior a las profundas transformaciones que acompañaron el final del Pleistoceno.
-Fariña, Richard A., y Vizcaíno, Sergio F. (2024). «Giants beasts updated: A review of new knowledge about the South American megafauna». Journal of Quaternary Science, 39(8), pp. 1139–1153. Revisión de los principales avances en el conocimiento de la megafauna sudamericana, su diversidad anatómica, sus relaciones evolutivas y sus características ecológicas.
-Delsuc, Frédéric, et al. (2016). «The phylogenetic affinities of the extinct glyptodonts». Current Biology, 26(4), pp. R155–R156. Investigación paleogenética que permite establecer las relaciones evolutivas de los gliptodontes con los armadillos actuales mediante el análisis de ADN mitocondrial antiguo.
-Welker, Frido, et al. (2015). «Ancient proteins resolve the evolutionary history of Darwin’s South American ungulates». Nature, 522, pp. 81–84. Estudio de proteínas antiguas que esclarece las relaciones evolutivas de Toxodon y Macrauchenia con otros mamíferos ungulados.
-Malhi, Yadvinder, et al. (2016). «Megafauna and ecosystem function from the Pleistocene to the Anthropocene». Proceedings of the National Academy of Sciences, 113(4), pp. 838–846. Revisión científica sobre las funciones ecológicas de los grandes herbívoros y carnívoros y su influencia sobre la vegetación, las relaciones entre especies y la estructura de los ecosistemas.
Megatherium americanum, el gran perezoso terrestre de Sudamérica. Megatherium americanum fue uno de los mamíferos más impresionantes de la megafauna sudamericana. Este gigantesco perezoso terrestre habitó amplias regiones de América del Sur durante el Pleistoceno y destaca como ejemplo de la singular evolución faunística del continente.
Entre los grandes animales de la América prehistórica, Megatherium americanum ocupa un lugar muy destacado por su tamaño extraordinario y por su carácter inconfundible. Se trataba de un enorme perezoso terrestre que podía alcanzar dimensiones gigantescas, muy superiores a las de los perezosos actuales. Su poderosa constitución, sus extremidades robustas y sus grandes garras indican que estaba adaptado a un modo de vida herbívoro, probablemente vinculado al ramoneo, al derribo de ramas y al aprovechamiento de una vegetación abundante en llanuras y espacios abiertos.
La importancia de este animal va más allá de su espectacular aspecto. Megatherium representa muy bien la originalidad biológica de Sudamérica, continente que durante largos periodos evolucionó con una fauna propia y muy particular. Su desaparición, al igual que la de otros grandes mamíferos pleistocenos, se relaciona con los profundos cambios ambientales del final de la Edad del Hielo y con la expansión de los grupos humanos por el continente. Por ello, constituye una de las especies clave para comprender tanto la megafauna americana como los debates sobre su extinción. Recreación digital asistida por IA (ChatGPT), elaborada para informacionmanu.es.
10.3. Caza y aprovechamiento de animales
La relación entre las primeras poblaciones humanas de América y los grandes mamíferos del Pleistoceno constituye uno de los aspectos más importantes para comprender sus formas de subsistencia. Los animales proporcionaban alimentos y materias primas esenciales, pero su aprovechamiento dependía de numerosos factores, como la disponibilidad de presas, los conocimientos de las comunidades y las características del territorio. La caza de grandes herbívoros podía ofrecer cantidades considerables de carne y grasa, aunque también implicaba riesgos y exigía una preparación adecuada. Sin embargo, no todas las asociaciones arqueológicas entre restos animales y herramientas demuestran necesariamente una actividad de caza. En determinadas circunstancias, los seres humanos pudieron aprovechar cadáveres de animales muertos por causas naturales o abatidos previamente por otros depredadores. Distinguir entre la captura directa y el aprovechamiento de carroña constituye una dificultad fundamental para la investigación arqueológica. Por ello, los especialistas estudian conjuntamente las marcas conservadas en los huesos, los instrumentos asociados y las condiciones en que se formaron los depósitos.
Las evidencias norteamericanas muestran que determinadas comunidades desarrollaron actividades de caza de grandes animales mediante procedimientos que todavía no conocemos completamente. En el yacimiento de El Fin del Mundo, situado en Sonora, México, las excavaciones identificaron restos de dos gonfoterios asociados directamente a puntas Clovis y otros materiales arqueológicos. Una investigación publicada en 2014 situó este conjunto aproximadamente hace 13.390 años y lo interpretó como un testimonio de caza de estos grandes proboscídeos. Otros yacimientos norteamericanos documentan interacciones humanas con mamuts, mastodontes, caballos y antiguos camélidos. Sin embargo, las estrategias empleadas pudieron variar considerablemente según el tamaño y comportamiento de los animales. Algunas capturas pudieron realizarse aprovechando lugares donde las presas tenían dificultades para desplazarse, mientras que otras habrían requerido aproximaciones cuidadosas o la participación de varias personas. Aunque estas posibilidades resultan razonables, la arqueología rara vez permite reconstruir todos los movimientos realizados durante una cacería. La presencia de un animal abatido y procesado proporciona información sobre el resultado de la actividad, pero no necesariamente sobre la secuencia completa de acciones que permitió capturarlo.
En América del Sur también existen testimonios importantes de aprovechamiento humano de grandes mamíferos extinguidos. Uno de los casos mejor documentados procede de Campo Laborde, en la región pampeana argentina, donde las excavaciones encontraron abundantes restos de un perezoso terrestre gigante, Megatherium americanum, asociados a herramientas de piedra. Una investigación publicada en 2019 estableció una cronología de aproximadamente 12.600 años y documentó marcas de corte en una costilla del animal, además de fragmentos óseos modificados y otros materiales relacionados con su procesamiento. La distribución de los restos permitió reconocer actividades realizadas en las proximidades de un antiguo ambiente pantanoso. Los investigadores interpretaron el conjunto como un episodio de caza y despiece, aunque reconocieron que la posibilidad de un aprovechamiento oportunista de un animal ya muerto no podía excluirse completamente. Este yacimiento demuestra que las interacciones entre humanos y megafauna no estuvieron limitadas a América del Norte ni a una única tradición tecnológica. También revela la importancia de estudiar cada episodio mediante evidencias concretas, evitando trasladar automáticamente las conclusiones de un yacimiento a todas las sociedades del continente.
El aprovechamiento de un animal podía comprender numerosas operaciones destinadas a obtener la mayor utilidad posible de sus diferentes partes. Después de la captura o localización de un cadáver aprovechable, era necesario acceder a los tejidos comestibles, separar determinadas porciones y decidir qué materiales convenía trasladar o utilizar en el propio lugar. Las herramientas cortantes permitían retirar la carne y separar articulaciones, mientras que la fractura de algunos huesos podía facilitar la obtención de médula, una fuente alimentaria rica en grasas. El procesamiento de animales grandes exigía también considerar el peso de las piezas y las dificultades de transporte, por lo que no siempre se aprovechaban todos los elementos del esqueleto de la misma manera. La cantidad de carne disponible podía superar ampliamente las necesidades inmediatas de un grupo, aunque desconocemos hasta qué punto se utilizaron procedimientos de conservación en cada comunidad. En los yacimientos arqueológicos, la presencia o ausencia de determinadas partes anatómicas puede ayudar a reconstruir estas decisiones, siempre que se tengan en cuenta los procesos naturales que modificaron los restos después de su abandono.
Los animales proporcionaban igualmente numerosos materiales destinados a usos no alimentarios. Las pieles podían utilizarse para confeccionar prendas y otros objetos protectores, mientras que los tendones, huesos, astas y defensas ofrecían materias primas con propiedades diferentes. La conservación de estos materiales es desigual, pero algunos hallazgos permiten identificar aplicaciones concretas. En el yacimiento de La Prele, en Wyoming, asociado a una ocupación paleoindia de aproximadamente 12.900 años, las excavaciones recuperaron pequeñas agujas fabricadas en hueso. Una investigación publicada en 2024 utilizó análisis de proteínas antiguas para identificar las especies de las que procedían y encontró materiales pertenecientes a cánidos, félidos y liebres. Los investigadores propusieron que estas agujas estuvieron relacionadas con la confección de prendas ajustadas, posiblemente elaboradas con pieles y destinadas a mejorar la protección frente al frío. Aunque las prendas originales no se conservaron, las características de los instrumentos muestran una tecnología de aprovechamiento animal considerablemente especializada. Este ejemplo demuestra que los animales de menor tamaño también podían adquirir importancia por la calidad de sus pieles y huesos, aunque su contribución alimentaria fuera limitada.
La reconstrucción de estas actividades depende de una disciplina arqueológica especialmente importante: la tafonomía, que estudia los procesos que afectan a los restos orgánicos desde la muerte de un animal hasta su descubrimiento. Las marcas de herramientas, las fracturas producidas sobre huesos frescos, las señales de combustión y la distribución de los restos pueden proporcionar indicios de intervención humana. Sin embargo, determinadas alteraciones pueden deberse a carnívoros, movimientos del sedimento, pisoteo u otros procesos naturales. Una revisión publicada en 2015 por Donald K. Grayson y David J. Meltzer examinó críticamente los yacimientos norteamericanos asociados a mamíferos extinguidos y reconoció un conjunto relativamente reducido de casos con evidencias convincentes de caza o despiece. Esta limitación no demuestra que tales actividades fueran excepcionales en todas las regiones, pues el registro arqueológico conserva solo una parte de los acontecimientos originales. Pero sí obliga a distinguir entre las interacciones directamente documentadas y las hipótesis generales sobre el comportamiento humano. Las primeras comunidades americanas desarrollaron relaciones diversas con los animales, aprovechándolos como fuente de alimentos y materiales, dentro de estrategias que dependían de las condiciones locales y de los conocimientos transmitidos entre generaciones.
-Sánchez, Guadalupe, et al. (2014). «Human (Clovis)-gomphothere (Cuvieronius sp.) association ∼13,390 calibrated yBP in Sonora, Mexico». Proceedings of the National Academy of Sciences, 111(30), pp. 10972–10977. Investigación sobre las evidencias arqueológicas de caza de gonfoterios en el yacimiento de El Fin del Mundo y su asociación con instrumentos Clovis.
-Politis, Gustavo G., Messineo, Pablo G., Stafford, Thomas W., Jr., y Lindsey, Emily L. (2019). «Campo Laborde: A Late Pleistocene giant ground sloth kill and butchering site in the Pampas». Science Advances, 5(3), eaau4546. Estudio sobre la caza y el procesamiento de un perezoso terrestre gigante en Argentina, basado en herramientas, modificaciones óseas y dataciones radiocarbónicas.
-Pelton, Spencer R., et al. (2024). «Early Paleoindian use of canids, felids, and hares for bone needle production at the La Prele site, Wyoming, USA». PLOS ONE, 19(11), e0313610. Investigación sobre la fabricación de agujas de hueso y el aprovechamiento de animales como fuente de materiales para posibles prendas de piel.
-Grayson, Donald K., y Meltzer, David J. (2015). «Revisiting Paleoindian exploitation of extinct North American mammals». Journal of Archaeological Science, 56, pp. 177–193. Revisión crítica de las evidencias de caza y aprovechamiento de grandes mamíferos extinguidos en América del Norte y de las dificultades para interpretar sus asociaciones arqueológicas.
10.4. El cambio climático al final del Pleistoceno
El final del Pleistoceno estuvo marcado por profundas transformaciones climáticas que modificaron los paisajes, la vegetación y la distribución de los animales en todo el continente americano. Durante el Último Máximo Glacial, aproximadamente entre hace 26.500 y 19.000 años, extensas regiones del hemisferio norte permanecían cubiertas por grandes mantos de hielo, mientras que numerosos territorios situados más al sur presentaban condiciones generalmente más frías que las actuales. En América del Norte, las grandes masas glaciales de Laurentide y Cordillera ocupaban amplias superficies del actual Canadá y sectores próximos, condicionando los sistemas fluviales y la distribución de los ecosistemas. América del Sur también experimentó importantes avances glaciares, especialmente en los Andes y Patagonia. Sin embargo, el continente no presentaba un clima uniforme: las temperaturas, las precipitaciones y las características de la vegetación variaban considerablemente según la latitud, la altitud y la influencia oceánica. Esta diversidad resulta fundamental para comprender cómo respondieron los animales y las primeras comunidades humanas a los cambios posteriores.
El retroceso de la última glaciación comenzó de manera gradual y desigual, impulsado por modificaciones en la energía solar recibida por la Tierra, cambios en la circulación oceánica y un aumento progresivo de las concentraciones atmosféricas de gases de efecto invernadero. A partir de hace aproximadamente 19.000 años, numerosos glaciares del hemisferio norte comenzaron a experimentar una reducción significativa, aunque el proceso estuvo interrumpido por periodos de relativa estabilidad e incluso nuevos avances regionales. Un estudio publicado en 2012 por Jeremy D. Shakun y sus colaboradores reconstruyó la evolución de las temperaturas globales mediante numerosos registros paleoclimáticos y mostró la relación entre el calentamiento, el incremento del dióxido de carbono atmosférico y los cambios en la circulación oceánica. Los resultados también revelaron que las respuestas térmicas de ambos hemisferios no fueron siempre simultáneas. Estas diferencias explican que determinadas regiones americanas comenzaran a experimentar transformaciones ambientales mientras otras conservaban condiciones glaciales durante periodos más prolongados.
La evolución climática del Pleistoceno final tampoco consistió en un calentamiento continuo. Hace aproximadamente 14.700 años comenzó un episodio de aumento relativamente rápido de las temperaturas en amplias regiones del Atlántico norte, conocido como periodo cálido Bølling-Allerød. Posteriormente, entre hace unos 12.900 y 11.700 años, se produjo un nuevo enfriamiento denominado Dryas Reciente, especialmente intenso en Groenlandia y el entorno del Atlántico norte. Este acontecimiento estuvo relacionado con alteraciones de la circulación oceánica y provocó respuestas climáticas diferentes según las regiones. En América del Norte, sus efectos variaron considerablemente, mientras que en el hemisferio sur se registraron procesos que no siempre coincidieron cronológicamente con los del norte. Las investigaciones realizadas en Patagonia muestran, por ejemplo, que alrededor de hace 17.800 años comenzaron importantes episodios de calentamiento, retroceso glaciar y expansión de bosques templados. Estas diferencias demuestran que los cambios climáticos americanos deben estudiarse mediante secuencias regionales y no como una sucesión de acontecimientos idénticos para todo el continente.
El deshielo transformó profundamente la geografía americana. La retirada de los glaciares dejó al descubierto nuevos territorios, modificó el trazado de numerosos ríos y favoreció la formación de grandes lagos alimentados por las aguas de fusión. Algunas masas de agua quedaron retenidas temporalmente por barreras de hielo y experimentaron cambios bruscos cuando estas desaparecieron. Al mismo tiempo, el agua liberada por los glaciares provocó un aumento considerable del nivel del mar. Durante el Último Máximo Glacial, la superficie oceánica global se encontraba aproximadamente 130 metros por debajo del nivel actual, aunque las diferencias locales dependían también de los movimientos de la corteza terrestre. Una investigación publicada en 2014 por Kurt Lambeck y sus colaboradores reconstruyó estos cambios y mostró que el ascenso marino se produjo a ritmos variables, con algunos episodios especialmente rápidos. En América, este proceso redujo las antiguas plataformas costeras, transformó estuarios y desembocaduras y sumergió territorios que anteriormente habían estado disponibles para animales y seres humanos. Las consecuencias fueron especialmente importantes en las regiones litorales y en los espacios geográficos próximos a las antiguas masas de hielo.
Las transformaciones de la temperatura y la humedad afectaron igualmente a la vegetación y, con ella, a los hábitats de numerosos animales. Algunas regiones anteriormente dominadas por formaciones herbáceas abiertas experimentaron una expansión progresiva de arbustos y bosques, mientras que en otras cambiaron la extensión de las praderas o la distribución de los humedales. Estos procesos alteraron la cantidad y el tipo de alimento disponible para los herbívoros, así como las posibilidades de refugio y desplazamiento de diferentes especies. En Alaska y el Yukón, las investigaciones paleoambientales han demostrado que la expansión de vegetación arbustiva comenzó antes de importantes cambios en las poblaciones de mamuts y caballos silvestres. Un estudio publicado en 2021 por Alistair J. Monteath y sus colaboradores encontró evidencias de que aquellas transformaciones vegetales estuvieron principalmente relacionadas con el clima. Sin embargo, las respuestas de la fauna no fueron uniformes: algunas especies pudieron desplazarse hacia territorios más favorables, mientras que otras experimentaron modificaciones en su distribución o disponibilidad de recursos. La reorganización de los ecosistemas fue, por tanto, un proceso complejo que afectó de manera diferente a las comunidades animales.
Para las primeras poblaciones humanas, estos cambios ambientales representaron tanto dificultades como nuevas oportunidades. La aparición de territorios libres de hielo, la transformación de los cursos fluviales y las variaciones en la distribución de animales y plantas modificaron las condiciones de ocupación de numerosas regiones. Algunas comunidades pudieron adaptar sus actividades a recursos diferentes, mientras que otras experimentaron alteraciones importantes en los espacios que utilizaban habitualmente. La reconstrucción de estos procesos se realiza mediante el estudio de sedimentos, polen fósil, restos animales, testigos de hielo y otros indicadores que permiten conocer las condiciones ambientales del pasado. Sin embargo, relacionar un cambio climático concreto con una transformación determinada de las poblaciones humanas o animales exige disponer de evidencias cronológicas suficientemente precisas. La coincidencia temporal entre dos acontecimientos no demuestra necesariamente una relación directa de causa y efecto. El final del Pleistoceno fue una etapa de intensa reorganización ecológica, durante la cual numerosas especies desaparecieron y otras modificaron su distribución. Comprender este escenario ambiental resulta indispensable para abordar, en el siguiente apartado, el debate sobre las causas de la extinción de buena parte de la megafauna americana.
-Clark, Peter U., et al. (2009). «The Last Glacial Maximum». Science, 325(5941), pp. 710–714. Investigación sobre la extensión de los grandes mantos de hielo, la cronología del Último Máximo Glacial y el comienzo de la desglaciación.
-Shakun, Jeremy D., et al. (2012). «Global warming preceded by increasing carbon dioxide concentrations during the last deglaciation». Nature, 484, pp. 49–54. Reconstrucción de las temperaturas globales y análisis de la relación entre el calentamiento, las concentraciones atmosféricas de dióxido de carbono y la circulación oceánica.
-Lambeck, Kurt, et al. (2014). «Sea level and global ice volumes from the Last Glacial Maximum to the Holocene». Proceedings of the National Academy of Sciences, 111(43), pp. 15296–15303. Investigación sobre las variaciones del nivel del mar y la reducción del volumen de hielo durante la transición del Pleistoceno al Holoceno.
-Moreno, Patricio I., et al. (2015). «Radiocarbon chronology of the last glacial maximum and its termination in northwestern Patagonia». Quaternary Science Reviews, 122, pp. 233–249. Estudio sobre el retroceso glaciar y la expansión de los bosques templados en Patagonia, que muestra las diferencias regionales en la evolución climática.
-Monteath, Alistair J., et al. (2021). «Late Pleistocene shrub expansion preceded megafauna turnover and extinctions in eastern Beringia». Proceedings of the National Academy of Sciences, 118(52), e2107977118. Investigación sobre las transformaciones de la vegetación en Alaska y el Yukón y su relación cronológica con los cambios de las poblaciones de grandes herbívoros.
10.5. El debate sobre la extinción de la megafauna
La desaparición de numerosos grandes mamíferos americanos al final del Pleistoceno constituye uno de los acontecimientos ecológicos más importantes de la prehistoria continental y uno de los debates científicos más prolongados sobre las relaciones entre los seres humanos y la naturaleza. Durante las últimas etapas de la glaciación y los comienzos del Holoceno desaparecieron mamuts, mastodontes, perezosos terrestres gigantes, gliptodontes, caballos americanos y numerosos grandes depredadores. En América del Norte se extinguieron alrededor de 38 géneros de mamíferos, mientras que América del Sur experimentó pérdidas igualmente extraordinarias. Sin embargo, estas desapariciones no ocurrieron necesariamente en un único momento ni siguieron exactamente la misma secuencia en todas las regiones. Algunas poblaciones comenzaron a disminuir antes de su desaparición definitiva, y determinadas especies sobrevivieron durante más tiempo en territorios concretos. La coincidencia aproximada entre estas extinciones, las transformaciones climáticas y la expansión de las poblaciones humanas ha dado lugar a diferentes explicaciones. La cuestión fundamental consiste en determinar qué factores contribuyeron realmente a las pérdidas y cuál fue su importancia relativa en cada región.
Una de las interpretaciones más influyentes es la hipótesis de la sobrecaza o sobreexplotación humana, conocida habitualmente como overkill. Desarrollada especialmente por el ecólogo estadounidense Paul S. Martin durante la década de 1960, proponía que la llegada de cazadores humanos a territorios anteriormente no habitados por nuestra especie provocó una presión sobre grandes mamíferos poco acostumbrados a este nuevo depredador. Muchas especies de gran tamaño presentaban una reproducción relativamente lenta, con periodos prolongados de gestación, pocas crías y una maduración tardía. En estas condiciones, incluso una mortalidad adicional moderada podía resultar difícil de compensar cuando las poblaciones eran pequeñas o estaban fragmentadas. Los defensores de esta hipótesis señalan que las extinciones afectaron de manera desproporcionada a los animales de mayor tamaño y que, a escala mundial, numerosas pérdidas coincidieron con la expansión humana. Una amplia revisión publicada en 2024 por Jens-Christian Svenning y sus colaboradores sostuvo que las presiones humanas, directas e indirectas, constituyeron el factor principal de las extinciones de megafauna del Cuaternario tardío. No obstante, una relación estadística entre presencia humana y desaparición animal no permite reconstruir automáticamente los mecanismos concretos responsables de cada extinción.
La hipótesis de la sobrecaza también presenta dificultades arqueológicas importantes. Aunque existen yacimientos que demuestran la captura y el procesamiento de grandes mamíferos, los testimonios directos de estas actividades son relativamente escasos en comparación con el número de especies desaparecidas. En una revisión publicada en 2020, David J. Meltzer cuestionó que las evidencias disponibles permitieran atribuir de manera generalizada las extinciones norteamericanas a una rápida expansión de cazadores especializados. Su análisis destacó que las transformaciones del final del Pleistoceno afectaron también a numerosos animales supervivientes y modificaron profundamente las relaciones ecológicas existentes. Sin embargo, la escasez de lugares de caza identificados tampoco demuestra que la presión humana fuera insignificante. Las actividades de captura podían desarrollarse en espacios que no conservaron restos arqueológicos, y sus efectos demográficos podían acumularse durante generaciones sin producir grandes concentraciones de huesos. Además, la influencia humana pudo comprender otras formas de alteración ecológica, aunque demostrar su existencia y su alcance requiere evidencias específicas. La discusión no consiste únicamente en establecer si los primeros americanos cazaron grandes animales, algo documentado, sino en determinar si aquella actividad alcanzó una intensidad suficiente para contribuir decisivamente a la desaparición de poblaciones enteras.
Otra explicación atribuye una importancia fundamental a las transformaciones climáticas y ambientales. Según esta interpretación, los cambios producidos durante la transición entre la última glaciación y el Holoceno alteraron la distribución de los hábitats, la disponibilidad de alimentos y las posibilidades de desplazamiento de numerosas especies. Algunas poblaciones pudieron quedar confinadas en territorios cada vez más reducidos o fragmentados, perdiendo la capacidad de recuperarse después de episodios de mortalidad elevada. La modificación de las comunidades vegetales también pudo afectar a herbívoros especializados y, de manera indirecta, a los grandes carnívoros que dependían de ellos. Los defensores de una influencia climática importante recuerdan que no todas las especies desaparecieron al mismo tiempo y que determinadas transformaciones faunísticas comenzaron antes de las principales ocupaciones humanas conocidas. Sin embargo, las explicaciones exclusivamente climáticas deben afrontar una dificultad considerable: numerosos grandes mamíferos habían sobrevivido a anteriores oscilaciones glaciales, mientras que las pérdidas del final del Pleistoceno afectaron de forma especialmente intensa a los animales de mayor tamaño. Por ello, continúa discutiéndose si las circunstancias ecológicas de la última desglaciación fueron suficientemente diferentes de las anteriores para explicar por sí solas la magnitud de las extinciones.
Una tercera línea de investigación propone que la combinación de presiones humanas y cambios ambientales pudo resultar especialmente perjudicial. Según estos modelos, determinadas poblaciones animales ya debilitadas por la transformación de sus hábitats habrían sido más vulnerables a la mortalidad adicional provocada por la caza, mientras que la presencia humana pudo acelerar procesos de declive que no necesariamente habrían conducido por sí solos a una extinción. Las investigaciones realizadas en Patagonia proporcionan un ejemplo significativo. En 2016, Jessica L. Metcalf y sus colaboradores analizaron restos fósiles, ADN antiguo y dataciones radiocarbónicas, identificando una fase de desapariciones situada aproximadamente hace 12.280 años, posterior a la llegada humana y coincidente con un episodio de calentamiento regional. Sus resultados respaldaron una interpretación basada en la interacción de ambos factores. Por otra parte, un estudio publicado en 2021 por Luciano Prates y S. Iván Perez encontró una relación significativa entre el declive de la megafauna sudamericana, la expansión de las puntas de proyectil cola de pescado y el crecimiento de las poblaciones humanas. Sus autores atribuyeron un papel principal a la presión de caza, acompañada por otros factores. Estas conclusiones muestran que existen interpretaciones diferentes incluso cuando se estudian regiones próximas, y que la importancia relativa de las causas no puede establecerse mediante un único modelo universal.
Las investigaciones actuales utilizan herramientas cada vez más precisas para contrastar estas hipótesis. Las dataciones radiocarbónicas permiten aproximarse a los últimos testimonios conocidos de una especie, aunque el fósil más reciente descubierto no corresponde necesariamente al momento exacto de su extinción. El ADN antiguo aporta información sobre la diversidad genética y las variaciones del tamaño de las poblaciones, mientras que los análisis isotópicos y las reconstrucciones paleoambientales ayudan a identificar cambios en la alimentación y los hábitats. Los modelos estadísticos permiten comparar estas evidencias con la cronología y la distribución de las comunidades humanas, pero sus resultados dependen de la calidad y representatividad de los datos disponibles. Una revisión sistemática publicada en 2025 por Mathew Stewart y sus colaboradores confirmó que persisten diferencias importantes entre disciplinas y escuelas de investigación, con estudios que favorecen explicaciones humanas, climáticas o combinadas. Aunque las pruebas sobre la influencia humana han adquirido considerable importancia, todavía no existe una reconstrucción causal definitiva aplicable a todas las especies y regiones americanas. La desaparición de la megafauna transformó profundamente numerosos ecosistemas, modificando relaciones alimentarias, procesos de dispersión de semillas y otras funciones desempeñadas por los grandes animales. Comprender sus causas exige reconocer esta complejidad y mantener abiertas las interpretaciones que puedan contrastarse científicamente, evitando tanto atribuir toda la responsabilidad a los primeros cazadores como considerar el cambio climático una explicación suficiente en cualquier circunstancia.
-Meltzer, David J. (2020). «Overkill, glacial history, and the extinction of North America’s Ice Age megafauna». Proceedings of the National Academy of Sciences, 117(46), pp. 28555–28563. Revisión crítica de la hipótesis de la sobrecaza y de las dificultades para diferenciar las influencias humanas y climáticas en las extinciones norteamericanas.
-Metcalf, Jessica L., et al. (2016). «Synergistic roles of climate warming and human occupation in Patagonian megafaunal extinctions during the Last Deglaciation». Science Advances, 2(6), e1501682. Investigación basada en ADN antiguo, dataciones y reconstrucciones ambientales que propone una interacción entre calentamiento y presencia humana en las extinciones patagónicas.
-Prates, Luciano, y Perez, S. Iván (2021). «Late Pleistocene South American megafaunal extinctions associated with rise of Fishtail points and human population». Nature Communications, 12, artículo 2175. Estudio que relaciona las extinciones sudamericanas con la expansión de determinadas tecnologías de caza y el crecimiento demográfico humano.
-Svenning, Jens-Christian, et al. (2024). «The late-Quaternary megafauna extinctions: Patterns, causes, ecological consequences and implications for ecosystem management in the Anthropocene». Cambridge Prisms: Extinction, 2, e5. Amplia revisión científica que examina las principales hipótesis y defiende un papel predominante de las presiones humanas en las extinciones de grandes vertebrados.
-Stewart, Mathew, et al. (2025). «The state of the late Quaternary megafauna extinction debate: a systematic review and analysis». Frontiers in Mammal Science, 4, artículo 1678231. Revisión sistemática de la literatura científica que analiza las diferencias entre interpretaciones, disciplinas y regiones y las incertidumbres que todavía persisten.
- 11.1. Transformaciones ambientales
- 11.2. Nuevas estrategias de subsistencia
- 11.3. Diversificación cultural
- 11.4. La transición hacia el periodo Arcaico
El final del periodo paleoindio estuvo marcado por una serie de transformaciones ambientales, económicas y culturales que modificaron progresivamente las formas de vida de numerosas comunidades americanas. La transición entre el Pleistoceno y el Holoceno, situada aproximadamente hace 11.700 años, constituyó un momento especialmente importante, aunque sus consecuencias no fueron simultáneas ni idénticas en todo el continente. Los cambios en los ecosistemas, la reorganización de las poblaciones animales y la disponibilidad de nuevos recursos influyeron en las actividades humanas y en las relaciones de las comunidades con sus territorios. Sin embargo, el mundo paleoindio no desapareció repentinamente ni fue sustituido por sociedades completamente diferentes. Muchas de sus tradiciones y conocimientos continuaron desarrollándose, mientras surgían nuevas estrategias de adaptación.
En numerosas regiones, las comunidades cazadoras-recolectoras comenzaron a modificar sus formas de subsistencia, sus desplazamientos y sus tecnologías para responder a las condiciones del nuevo periodo climático. La utilización de recursos más variados, los cambios en los asentamientos y la aparición de tradiciones materiales diferenciadas contribuyeron a una creciente diversidad regional. Estos procesos no siguieron una evolución uniforme: algunas poblaciones mantuvieron prácticas anteriores durante largos periodos, mientras que otras desarrollaron respuestas diferentes según las características de sus territorios y sus propias experiencias históricas.
Los siguientes apartados examinarán las transformaciones ambientales que acompañaron el final del mundo paleoindio, los cambios en las estrategias de subsistencia y la progresiva diversificación cultural de las comunidades americanas. Finalmente, se abordará la transición hacia el denominado periodo Arcaico, una etapa cuya cronología y características varían considerablemente entre regiones. El objetivo será comprender este cambio como un proceso histórico gradual y diverso, caracterizado por continuidades, innovaciones y nuevas formas de relación con el medio natural, que prepararon el escenario para posteriores transformaciones de las sociedades prehistóricas americanas.
11.1. Transformaciones ambientales
El final del mundo paleoindio estuvo estrechamente relacionado con las transformaciones ambientales que acompañaron la transición del Pleistoceno al Holoceno. Aunque el comienzo de este último periodo se sitúa aproximadamente hace 11.700 años, los cambios ecológicos que afectaron a las comunidades americanas habían comenzado mucho antes y continuaron desarrollándose durante milenios. La retirada de los glaciares, la modificación de las precipitaciones y la reorganización de la vegetación transformaron profundamente numerosos paisajes. Sin embargo, no se produjo una sustitución inmediata de los antiguos ecosistemas por otros semejantes a los actuales. Durante largos periodos coexistieron ambientes heredados de la última glaciación con formaciones vegetales y comunidades animales que comenzaban a establecerse. Para los grupos humanos, estas transformaciones significaron cambios en la distribución de los recursos y en las características de territorios que podían haber utilizado durante generaciones. La transición ambiental fue, por tanto, un proceso prolongado, desigual y complejo, cuyas consecuencias dependieron de las circunstancias particulares de cada región.
En América del Norte, una de las transformaciones más importantes fue la reorganización de las grandes comunidades vegetales. En diferentes territorios orientales y septentrionales, las formaciones abiertas y los bosques dominados por especies adaptadas al frío fueron modificándose conforme cambiaban las condiciones climáticas. El polen fósil conservado en sedimentos lacustres permite comprobar que los árboles no avanzaron todos al mismo ritmo ni siguieron necesariamente las mismas direcciones. Algunas especies ampliaron su distribución hacia el norte, mientras que otras experimentaron desplazamientos longitudinales o cambios importantes en su abundancia. Una investigación publicada en 2004 por John W. Williams y sus colaboradores, basada en registros de polen procedentes de más de 700 localidades, demostró que las comunidades vegetales del Pleistoceno tardío diferían considerablemente de las que se establecerían durante el Holoceno. Incluso existieron asociaciones de plantas sin equivalentes exactos en los paisajes actuales. Estos cambios modificaron la estructura de los hábitats y la distribución de numerosos recursos, creando condiciones ecológicas diferentes para las comunidades humanas.
En las regiones occidentales, las transformaciones afectaron especialmente a los sistemas lacustres y a la disponibilidad de agua. Durante las fases frías del Pleistoceno habían existido grandes lagos interiores, entre ellos Bonneville y Lahontan, que ocupaban amplias superficies de las actuales regiones de Utah, Nevada y territorios próximos. Sus orillas, humedales y desembocaduras constituían espacios ecológicos caracterizados por la presencia de agua y una importante variedad de recursos. Conforme cambiaron las condiciones de humedad y evaporación, numerosos lagos experimentaron descensos de nivel, modificaciones de sus márgenes y, en determinados casos, una reducción muy considerable de su superficie. Sin embargo, estos procesos no fueron uniformes ni continuos: algunos humedales pudieron ampliarse temporalmente durante determinadas fases de retroceso lacustre, antes de disminuir o desaparecer. Las investigaciones geomorfológicas permiten reconstruir estas variaciones mediante antiguas líneas de costa, sedimentos y depósitos fluviales. La transformación de los sistemas lacustres alteró profundamente la distribución de los espacios habitables y produjo diferencias cada vez más acusadas entre cuencas próximas.
En las regiones septentrionales, la retirada de las grandes masas de hielo originó paisajes nuevos que evolucionaron progresivamente. Los terrenos recientemente descubiertos presentaban inicialmente suelos poco desarrollados, vegetación escasa y sistemas de drenaje todavía inestables. Con el tiempo, diferentes plantas colonizaron estas superficies y favorecieron el establecimiento de comunidades animales adaptadas a las nuevas condiciones. En determinadas zonas comenzaron a extenderse arbustos, bosques boreales y humedales, mientras que otras conservaron ambientes abiertos durante periodos prolongados. La formación y transformación de lagos glaciales también modificó extensas áreas del actual Canadá y del norte de Estados Unidos. Algunos de estos lagos experimentaron variaciones importantes cuando desaparecieron las barreras de hielo que retenían sus aguas, alterando cauces y paisajes. La reducción del manto glaciar Laurentide continuó durante buena parte del Holoceno temprano y contribuyó a reorganizar los patrones regionales de humedad y vegetación. Estos procesos ampliaron progresivamente los territorios disponibles, aunque la aparición de nuevas superficies terrestres no significaba necesariamente que todas fueran adecuadas para una ocupación humana inmediata.
América del Sur experimentó transformaciones igualmente importantes, pero caracterizadas por una notable diversidad regional. En Patagonia, la reducción de los glaciares permitió que numerosas plantas colonizaran territorios anteriormente cubiertos por hielo, mientras que las modificaciones de las temperaturas y precipitaciones favorecieron cambios en la extensión de bosques, estepas y ambientes húmedos. Un estudio publicado en 2020 por Patricio I. Moreno documentó, mediante sedimentos del lago Proschle, una rápida expansión de bosques templados en el noroeste patagónico desde hace aproximadamente 17.000 años, seguida de sucesivas reorganizaciones de la vegetación y de la frecuencia de incendios naturales. En otras regiones andinas, las transformaciones afectaron a la distribución de los pastizales de altura, los humedales y los sistemas lacustres, aunque sus cronologías dependieron de las condiciones locales. Los ambientes tropicales tampoco permanecieron completamente inalterados: experimentaron variaciones en las precipitaciones, los cursos fluviales y las formaciones vegetales. Sin embargo, estas respuestas fueron heterogéneas y no permiten afirmar que las selvas tropicales desaparecieran de manera generalizada durante las fases frías o que se expandieran uniformemente al comienzo del Holoceno.
La importancia histórica de estas transformaciones reside en que modificaron las relaciones entre los territorios, los recursos naturales y las comunidades humanas. Determinados lugares conservaron condiciones favorables durante periodos prolongados, mientras que otros experimentaron cambios que alteraron sus posibilidades de ocupación. La expansión de nuevos bosques, la reducción de algunos humedales o la aparición de paisajes libres de hielo no tuvieron necesariamente consecuencias idénticas para todas las poblaciones. Además, los efectos ambientales pudieron manifestarse de manera gradual, permitiendo que las comunidades acumularan conocimientos sobre las nuevas condiciones, o mediante episodios relativamente rápidos que exigieran respuestas diferentes. La reconstrucción de estos procesos presenta dificultades porque los yacimientos arqueológicos conservan testimonios incompletos y no siempre permiten relacionar una ocupación humana con un cambio ecológico preciso. Por ello, resulta necesario evitar explicaciones deterministas que atribuyan automáticamente cada transformación cultural a una modificación del clima. El final del mundo paleoindio se desarrolló en un continente ecológicamente cambiante, pero las respuestas humanas dependieron también de sus conocimientos, relaciones sociales y decisiones. Este escenario constituye el punto de partida para comprender las nuevas estrategias de subsistencia que comenzaron a adquirir importancia durante el Holoceno temprano.
-Williams, John W., Shuman, Bryan N., Webb, Thompson III, Bartlein, Patrick J., y Leduc, Phillip L. (2004). «Late-Quaternary Vegetation Dynamics in North America: Scaling from Taxa to Biomes». Ecological Monographs, 74(2), pp. 309–334. Investigación sobre las transformaciones de las comunidades vegetales norteamericanas y las diferencias entre los ecosistemas del Pleistoceno tardío y los del Holoceno.
-Reheis, Marith C., Adams, Kenneth D., Oviatt, Charles G., y Bacon, Steven N. (2014). «Pluvial lakes in the Great Basin of the western United States—a view from the outcrop». Quaternary Science Reviews, 97, pp. 33–57. Revisión geológica de las variaciones de los antiguos lagos occidentales norteamericanos y de sus consecuencias para la reconstrucción de los cambios ambientales.
-Shuman, Bryan N., Bartlein, Patrick J., Logar, Nicole, Newby, Paige, y Webb, Thompson III (2002). «Parallel climate and vegetation responses to the early Holocene collapse of the Laurentide Ice Sheet». Quaternary Science Reviews, 21(16–17), pp. 1793–1805. Investigación sobre la reorganización de la humedad y la vegetación norteamericanas durante el retroceso final del gran manto glaciar Laurentide.
-Moreno, Patricio I. (2020). «Timing and structure of vegetation, fire, and climate changes on the Pacific slope of northwestern Patagonia since the last glacial termination». Quaternary Science Reviews, 238, artículo 106328. Estudio paleoambiental sobre la transformación de los bosques patagónicos, las variaciones climáticas y los cambios en la frecuencia de incendios desde el final de la última glaciación.
11.2. Nuevas estrategias de subsistencia
La transición del Pleistoceno al Holoceno estuvo acompañada por importantes transformaciones en las estrategias de subsistencia de numerosas comunidades cazadoras-recolectoras americanas. La desaparición de parte de la megafauna, los cambios en la distribución de los animales y la reorganización de los ecosistemas modificaron las posibilidades de obtener alimentos en diferentes territorios. Sin embargo, estas circunstancias no provocaron una sustitución inmediata de las antiguas actividades por otras completamente nuevas. La caza de mamíferos, la pesca y la recolección vegetal ya formaban parte de las economías anteriores, aunque su importancia relativa pudo cambiar considerablemente. En determinadas regiones aumentó el aprovechamiento de animales pequeños, semillas, raíces y otros productos que anteriormente habían tenido una presencia menor en el registro arqueológico. En otras, las comunidades mantuvieron estrategias especializadas que continuaban proporcionando recursos suficientes. El rasgo fundamental de esta etapa no fue, por tanto, la aparición repentina de una alimentación diversificada, sino el desarrollo de nuevas combinaciones de actividades, conocimientos y procedimientos para aprovechar los recursos disponibles.
En las regiones interiores y relativamente áridas de América del Norte, algunos de estos cambios se relacionaron con la transformación de los antiguos sistemas lacustres y humedales. La reducción de determinadas superficies de agua modificó la abundancia de animales y plantas, obligando a las comunidades a ajustar sus estrategias de aprovechamiento. En la Gran Cuenca, los investigadores han identificado un aumento progresivo de la importancia alimentaria de determinadas semillas silvestres, cuya recogida podía proporcionar cantidades considerables de alimento, pero exigía un trabajo de procesamiento relativamente intenso. Las investigaciones realizadas en Danger Cave, en Utah, muestran que algunas semillas pequeñas comenzaron a adquirir un papel destacado durante determinadas fases del Holoceno temprano. Un estudio publicado en 2006 por David Rhode y sus colaboradores propuso que su consumo intensivo se desarrolló después de una reducción de los recursos tradicionalmente disponibles en los humedales próximos. Este ejemplo demuestra que la importancia de una planta no dependía únicamente de sus propiedades nutritivas, sino también del esfuerzo necesario para obtenerla y de las alternativas existentes en el entorno.
El aprovechamiento de nuevos recursos estuvo acompañado, en determinadas comunidades, por modificaciones de los procedimientos empleados para preparar los alimentos. La utilización de piedras de molienda permitía triturar diferentes productos vegetales y facilitar su consumo, mientras que los recipientes y objetos fabricados con fibras podían contribuir a la recogida, el transporte o la manipulación de semillas y otros materiales. Sin embargo, la presencia de un instrumento no demuestra automáticamente que se utilizara para una actividad concreta. En Hogup Cave, también en Utah, las investigaciones de Nicole M. Herzog y Anne T. Lawlor analizaron los restos microscópicos de almidón conservados en instrumentos de molienda y objetos de cestería correspondientes al Holoceno temprano y medio. Sus resultados, publicados en 2016, mostraron que las piedras de molienda se habían utilizado principalmente con plantas provistas de órganos subterráneos de reserva, mientras que los residuos recuperados en determinados objetos de cestería correspondían a plantas de semillas pequeñas. Esta diferencia cuestiona la interpretación tradicional según la cual la aparición de instrumentos de molienda demuestra necesariamente una dependencia creciente de las semillas. Las innovaciones tecnológicas deben estudiarse en relación con los alimentos realmente procesados y con las necesidades de cada comunidad.
En América del Sur, las transformaciones económicas también siguieron trayectorias diferentes según las regiones. Las investigaciones arqueozoológicas realizadas en Argentina muestran que los primeros cazadores-recolectores no habían dependido exclusivamente de los grandes mamíferos extinguidos y que numerosas comunidades aprovecharon especies que continuaron existiendo durante el Holoceno. Un estudio publicado en 2016 por Gustavo Martínez y sus colaboradores examinó los restos animales de 78 yacimientos arqueológicos, correspondientes a 110 contextos estratigráficos del Pleistoceno final y el Holoceno temprano. Sus resultados indicaron que los camélidos, especialmente los guanacos, y determinados cérvidos constituyeron recursos importantes en numerosas regiones. También identificaron diferencias entre territorios y estrategias que combinaban distintos animales. Estos datos muestran que la desaparición de la megafauna no obligó necesariamente a todas las comunidades a reconstruir por completo sus economías. En determinados ambientes continuaron siendo eficaces prácticas anteriores, mientras que en otros se modificó la importancia relativa de las especies aprovechadas. La continuidad y la innovación formaron parte de un mismo proceso histórico.
Las comunidades establecidas en las costas desarrollaron igualmente estrategias que permitían aprovechar recursos disponibles en distintos momentos del año. En Quebrada de los Burros, situada en el extremo sur de Perú, los investigadores han identificado ocupaciones del Holoceno temprano relacionadas con la pesca, la recolección de moluscos y el aprovechamiento de animales terrestres. Un estudio publicado en 2009 por Matthieu Carré y sus colaboradores examinó las líneas de crecimiento de las conchas de moluscos para determinar en qué estaciones habían sido recogidos. Los resultados mostraron que esta actividad se desarrollaba principalmente durante la primavera y el verano australes, aunque su calendario experimentó modificaciones a lo largo del tiempo. La proximidad de formaciones vegetales estacionales, conocidas como lomas, proporcionaba además recursos terrestres en otros momentos del año. La combinación de estas evidencias permitió proponer que, durante determinadas fases, el asentamiento pudo utilizarse a lo largo de todo el ciclo anual. Este ejemplo ilustra cómo una economía cazadora-recolectora podía organizarse mediante el aprovechamiento complementario de recursos que alcanzaban su máxima disponibilidad en estaciones diferentes, sin necesidad de desarrollar todavía una agricultura establecida.
Las nuevas estrategias de subsistencia no condujeron, por tanto, a una evolución económica uniforme ni a un abandono generalizado de las formas de vida anteriores. En algunos territorios aumentó la importancia de los recursos vegetales; en otros, la pesca o la caza de determinadas especies siguieron proporcionando una parte esencial de la alimentación. Estas diferencias pudieron influir en la frecuencia de los desplazamientos, la duración de las ocupaciones y la utilización de determinados espacios, aunque tales consecuencias no fueron idénticas para todas las comunidades. La arqueología permite investigar estos cambios mediante el análisis de restos animales y vegetales, instrumentos de procesamiento, residuos microscópicos y otras evidencias conservadas en los yacimientos. Sin embargo, la ausencia de determinados alimentos en el registro material no demuestra necesariamente que fueran desconocidos o poco utilizados, especialmente cuando se trata de productos orgánicos de difícil conservación. El comienzo del Holoceno fue, en definitiva, una etapa de reorganización económica caracterizada por respuestas regionales diversas. Las comunidades humanas mantuvieron y modificaron sus conocimientos de acuerdo con las circunstancias, desarrollando formas de subsistencia que podían resultar eficaces durante largos periodos sin constituir necesariamente una fase preparatoria hacia la agricultura. Estas diferencias contribuyeron a la creciente diversidad cultural de las sociedades americanas.
-Rhode, David, Madsen, David B., y Jones, Kevin T. (2006). «Antiquity of early Holocene small-seed consumption and processing at Danger Cave». Antiquity, 80(308), pp. 328–339. Investigación sobre la incorporación de semillas pequeñas a las estrategias alimentarias de la Gran Cuenca y su relación con las transformaciones de los humedales.
-Herzog, Nicole M., y Lawlor, Anne T. (2016). «Reevaluating Diet and Technology in the Archaic Great Basin Using Starch Grain Assemblages from Hogup Cave, Utah». American Antiquity, 81(4), pp. 664–681. Estudio de residuos de almidón que permite diferenciar los recursos vegetales procesados mediante instrumentos de molienda y objetos de cestería durante el Holoceno.
-Martínez, Gustavo, Gutiérrez, María A., Messineo, Pablo G., Kaufmann, Cristian A., y Rafuse, Daniel J. (2016). «Subsistence strategies in Argentina during the late Pleistocene and early Holocene». Quaternary Science Reviews, 144, pp. 51–65. Investigación arqueozoológica sobre las diferencias regionales en la alimentación de los primeros cazadores-recolectores argentinos y la importancia de distintas especies animales.
-Carré, Matthieu, et al. (2009). «Insights into early Holocene hunter-gatherer mobility on the Peruvian Southern Coast from mollusk gathering seasonality». Journal of Archaeological Science, 36(5), pp. 1173–1178. Investigación sobre la estacionalidad de la recolección de moluscos y las estrategias complementarias de aprovechamiento de recursos en Quebrada de los Burros.
11.3. Diversificación cultural
Durante las últimas etapas del Pleistoceno y los comienzos del Holoceno, las sociedades cazadoras-recolectoras americanas experimentaron un proceso de creciente diversificación cultural. Las comunidades que compartían determinados conocimientos y tradiciones comenzaron a desarrollar características propias, relacionadas con sus experiencias históricas, las particularidades de los territorios ocupados y las relaciones que mantenían con otros grupos. Sin embargo, esta diversificación no supuso una ruptura generalizada con el pasado ni el abandono simultáneo de las antiguas formas de vida. Muchas prácticas continuaron transmitiéndose durante generaciones, mientras otras fueron modificándose o adquiriendo nuevas funciones. La arqueología permite reconocer estos procesos mediante los cambios en la cultura material, la distribución de los asentamientos y las diferencias entre conjuntos arqueológicos contemporáneos. No obstante, la diversidad existía ya durante el periodo paleoindio, por lo que el Holoceno temprano debe entenderse como una etapa de reorganización y desarrollo de tradiciones regionales, no como el momento en que aparecieron por primera vez las diferencias culturales entre las poblaciones americanas.
En América del Norte, algunas investigaciones han demostrado que estas transformaciones pudieron desarrollarse de manera gradual y mediante trayectorias diferentes incluso entre comunidades relativamente próximas. El yacimiento de Wilson-Leonard, situado en Texas, conserva una extensa secuencia arqueológica que permite estudiar cambios culturales producidos durante aproximadamente 2.500 años. Una investigación publicada en 2002 por C. Britt Bousman y sus colaboradores mostró que las modificaciones en las tecnologías y formas de ocupación no respondían a una sustitución rápida y uniforme de unas sociedades por otras. Por el contrario, las evidencias sugerían la coexistencia de prácticas diferentes y la experimentación con nuevas soluciones a lo largo del tiempo. Este ejemplo resulta especialmente importante porque demuestra que las transformaciones culturales no se producían necesariamente mediante acontecimientos excepcionales o migraciones de nuevas poblaciones. También podían surgir de modificaciones acumuladas en las actividades habituales, las decisiones técnicas y las experiencias de comunidades que mantenían una relación prolongada con sus territorios.
La diferenciación cultural afectó igualmente a las formas de organizar y transmitir los conocimientos. La fabricación de instrumentos, la utilización de determinadas materias primas y las prácticas desarrolladas en los asentamientos constituían tradiciones aprendidas mediante la observación y la experiencia. Con el paso de las generaciones, algunos procedimientos podían conservarse, mientras que otros experimentaban modificaciones introducidas por sus fabricantes. La repetición de determinadas soluciones técnicas contribuía a establecer características compartidas dentro de una comunidad o entre grupos relacionados, sin necesidad de que existieran normas formales que regularan su transmisión. Las investigaciones realizadas en el nordeste de Estados Unidos muestran que determinados cambios tecnológicos coincidieron con transformaciones ambientales y demográficas importantes durante el Holoceno. En 2010, Samuel E. Munoz y sus colaboradores identificaron correspondencias cronológicas entre modificaciones de los ecosistemas forestales y cambios en el registro arqueológico. Sin embargo, estas relaciones no significan que el ambiente determinara automáticamente la cultura: las comunidades respondían a circunstancias semejantes mediante decisiones que también dependían de su propia historia y de los conocimientos heredados.
Las relaciones entre poblaciones contribuyeron asimismo a configurar tradiciones regionales. Los encuentros entre comunidades podían facilitar la circulación de objetos, materiales e información, mientras que la permanencia de determinados grupos en territorios conocidos favorecía el desarrollo de prácticas locales. En América Central, las investigaciones realizadas en los abrigos rocosos de Belice han permitido identificar conjuntos tecnológicos correspondientes aproximadamente al intervalo comprendido entre hace 12.000 y 9.300 años. Un estudio publicado en 2019 por Keith M. Prufer y sus colaboradores encontró características compartidas con tradiciones arqueológicas de América del Norte y del Sur, junto con particularidades desarrolladas en el ámbito centroamericano. Estos resultados sugieren que la diferenciación regional no implicaba necesariamente aislamiento. Una comunidad podía conservar relaciones con otras poblaciones y, al mismo tiempo, desarrollar procedimientos propios. La formación de tradiciones locales debe comprenderse, por tanto, como un proceso en el que podían coexistir continuidad cultural, intercambio de conocimientos e innovación.
En América del Sur, la progresiva consolidación de ocupaciones en diferentes territorios contribuyó a generar un panorama cultural especialmente heterogéneo. Las investigaciones realizadas en Brasil muestran que durante el Holoceno temprano existían comunidades cazadoras-recolectoras establecidas en ambientes muy diversos, cuyas industrias líticas y formas de utilización del territorio presentaban diferencias significativas. En 2013, Lucas Bueno, Adriana Schmidt Dias y James Steele publicaron un estudio basado en 277 dataciones radiocarbónicas procedentes de 90 yacimientos brasileños. Sus resultados permitieron reconocer un incremento de las evidencias de ocupación del interior continental y una diversidad cultural interregional claramente documentada. Sin embargo, el aumento de yacimientos conocidos no demuestra por sí solo un crecimiento demográfico uniforme, pues también depende de la conservación de los restos y de la intensidad de las investigaciones arqueológicas. Lo que estos descubrimientos ponen de manifiesto es la existencia de trayectorias históricas diferentes entre comunidades que habitaban un mismo continente, pero que habían desarrollado relaciones particulares con sus territorios y sus tradiciones materiales.
La diversificación cultural del Holoceno temprano debe interpretarse, en definitiva, como un proceso histórico complejo en el que intervinieron la transmisión de conocimientos, las experiencias compartidas, los contactos entre comunidades y las decisiones adoptadas a lo largo de numerosas generaciones. Las diferencias arqueológicas permiten reconocer algunas manifestaciones de esta transformación, pero no proporcionan información directa sobre todos sus aspectos. Desconocemos, por ejemplo, hasta qué punto las variaciones materiales correspondían a diferencias lingüísticas, formas particulares de parentesco o identidades colectivas diferenciadas. Tampoco podemos establecer una relación automática entre diversidad tecnológica y complejidad social, pues ambas dimensiones responden a procesos distintos. El desarrollo de tradiciones regionales no representó necesariamente un alejamiento entre poblaciones ni una progresión inevitable hacia sociedades agrícolas o sedentarias. Numerosas comunidades continuaron desarrollando formas de vida cazadoras-recolectoras durante milenios, manteniendo su capacidad de adaptación e innovación. Esta variedad de trayectorias constituye una de las características fundamentales de las sociedades americanas que atravesaron la transición entre el mundo paleoindio y las etapas posteriores de la prehistoria continental.
-Bousman, C. Britt, et al. (2002). «The Palaeoindian–Archaic transition in North America: new evidence from Texas». Antiquity, 76 (294), pp. 980–990. Investigación sobre el yacimiento de Wilson-Leonard y el carácter gradual, diverso y no lineal de las transformaciones culturales durante el Holoceno temprano.
-Munoz, Samuel E., Gajewski, Konrad, y Peros, Matthew C. (2010). «Synchronous environmental and cultural change in the prehistory of the northeastern United States». Proceedings of the National Academy of Sciences, 107(51), pp. 22008–22013. Estudio que relaciona las transformaciones ambientales y demográficas del nordeste norteamericano con cambios en las tradiciones tecnológicas y culturales.
-Prufer, Keith M., et al. (2019). «Linking late Paleoindian stone tool technologies and populations in North, Central and South America». PLOS ONE, 14(7), e0219812. Investigación sobre las tradiciones tecnológicas tempranas de Belice y las relaciones entre diferenciación cultural regional y conexiones interamericanas.
-Bueno, Lucas, Dias, Adriana Schmidt, y Steele, James (2013). «The Late Pleistocene/Early Holocene archaeological record in Brazil: A geo-referenced database». Quaternary International, 301, pp. 74–93. Análisis de la distribución y cronología de los yacimientos brasileños que documenta la consolidación de ocupaciones y la diversidad cultural regional durante el Holoceno temprano.
11.4. La transición hacia el periodo Arcaico
La transición del mundo paleoindio hacia el denominado periodo Arcaico constituye uno de los procesos más importantes de la prehistoria americana, aunque sus características y límites cronológicos varían considerablemente según las regiones. En arqueología, el término Arcaico se utiliza para identificar una amplia etapa durante la cual numerosas comunidades cazadoras-recolectoras consolidaron formas de vida relacionadas con el aprovechamiento de sus territorios y desarrollaron tradiciones culturales progresivamente diferenciadas. Sin embargo, esta denominación no corresponde a una transformación repentina ni a la aparición de un tipo de sociedad completamente nuevo. Las comunidades que vivieron durante los comienzos del Holoceno eran descendientes de poblaciones anteriores y conservaron numerosos conocimientos, prácticas y relaciones sociales. Los cambios se produjeron mediante procesos de continuidad, adaptación e innovación desarrollados a lo largo de generaciones. Por ello, el paso del Paleoindio al Arcaico debe comprenderse como una transición histórica gradual y no como una frontera rígida que separase dos mundos culturales independientes.
La propia cronología del periodo Arcaico presenta importantes diferencias geográficas. En numerosas regiones de América del Norte, su comienzo suele situarse aproximadamente en torno a los inicios del Holoceno, hace unos 11.500 años, aunque las fechas utilizadas dependen de las tradiciones de investigación y de las secuencias arqueológicas locales. En el suroeste norteamericano, por ejemplo, los límites cronológicos pueden diferir de los empleados en las regiones orientales. En Mesoamérica se utiliza habitualmente una periodización que sitúa el Arcaico aproximadamente entre el 7000 y el 2000 a. C., mientras que en América del Sur las clasificaciones presentan una variabilidad todavía mayor. Estas diferencias muestran que el término no designa un acontecimiento simultáneo para todo el continente. Tampoco debe confundirse con el Holoceno, que es una división geológica basada en la historia climática de la Tierra. El Arcaico constituye una categoría arqueológica utilizada para organizar e interpretar procesos culturales, cuyos límites pueden modificarse conforme aparecen nuevos descubrimientos.
En algunas regiones norteamericanas, el comienzo del Arcaico se reconoce mediante cambios en la distribución de los asentamientos y en las formas de utilización del territorio. Las investigaciones realizadas en Virginia han permitido identificar diferencias entre los lugares ocupados durante el Paleoindio y aquellos correspondientes al Arcaico temprano. Un estudio publicado en 2023 por Joseph A. M. Gingerich mostró que numerosos asentamientos de esta última etapa aparecían más próximos entre sí y a determinados recursos naturales, mientras que las comunidades comenzaron a utilizar espacios anteriormente poco representados en el registro arqueológico. Los resultados sugieren una relación más organizada con ciertos territorios y la existencia de desplazamientos estacionales vinculados a lugares conocidos. Sin embargo, esta mayor regularidad no significa necesariamente que las poblaciones abandonaran la movilidad o establecieran residencias permanentes. Las formas de asentamiento pudieron combinar actividades desarrolladas en distintos espacios, manteniendo una flexibilidad que resultaba fundamental para las sociedades cazadoras-recolectoras.
Otro aspecto importante fue la continuidad de las tradiciones anteriores junto con la aparición de prácticas que adquirieron mayor relevancia en determinadas comunidades. Algunas formas de fabricar instrumentos, organizar actividades o utilizar lugares conocidos continuaron desarrollándose durante el Holoceno, mientras que otras experimentaron modificaciones progresivas. Estos procesos no constituyeron necesariamente innovaciones técnicas extraordinarias, sino ajustes acumulados que terminaron produciendo diferencias reconocibles en el registro arqueológico. La utilización reiterada de determinados espacios pudo favorecer un conocimiento más detallado de sus recursos y de sus posibilidades de ocupación. En algunas regiones aumentó la permanencia en ciertos asentamientos; en otras continuaron predominando desplazamientos frecuentes. Tampoco existió una relación obligatoria entre una mayor estabilidad territorial y la aparición de sociedades agrícolas. Numerosas comunidades mantuvieron economías cazadoras-recolectoras durante largos periodos, desarrollando formas de organización eficaces sin necesidad de transformar completamente sus sistemas de subsistencia. La transición hacia el Arcaico fue, por tanto, un proceso abierto a trayectorias históricas diferentes.
Las diferencias continentales resultan especialmente importantes para evitar interpretaciones demasiado generales. En Mesoamérica, el periodo Arcaico comprende transformaciones que, con el tiempo, incluyeron los primeros procesos de domesticación vegetal y el desarrollo de formas iniciales de cultivo. Sin embargo, estas actividades no aparecieron simultáneamente ni sustituyeron de inmediato a la caza y la recolección. En América del Sur, las investigaciones muestran que numerosas comunidades continuaron desarrollando estrategias cazadoras-recolectoras adaptadas a costas, regiones andinas, bosques y otros ambientes durante buena parte del Holoceno. La arqueóloga Vivian Scheinsohn ha señalado que la aplicación automática de las categorías norteamericanas a Sudamérica puede ocultar importantes diferencias históricas y culturales. Las divisiones entre Paleoindio, Arcaico y periodos posteriores no siempre describen adecuadamente la diversidad de experiencias sudamericanas. Por esta razón, numerosas investigaciones prefieren utilizar cronologías regionales y denominaciones específicas, relacionadas con los materiales arqueológicos y las características de las comunidades estudiadas.
El periodo Arcaico representa, en definitiva, una etapa amplia y diversa de la historia americana, durante la cual continuaron desarrollándose procesos iniciados mucho antes y comenzaron otros que adquirirían especial importancia en épocas posteriores. Su estudio permite reconocer sociedades que mantuvieron conocimientos heredados, modificaron sus relaciones con el territorio y desarrollaron trayectorias culturales particulares, sin seguir una evolución idéntica ni avanzar necesariamente hacia las mismas formas de organización. El uso de una denominación común resulta útil para comparar grandes transformaciones históricas, siempre que no oculte la diversidad regional ni sugiera una sucesión obligatoria de etapas culturales. La transición desde el mundo paleoindio no supuso el abandono de la vida cazadora-recolectora, sino su continuidad dentro de circunstancias nuevas y progresivamente diferenciadas. Este proceso constituye el enlace entre las primeras ocupaciones humanas del continente y las transformaciones posteriores relacionadas con la gestión de los recursos vegetales, la aparición de algunas formas de cultivo, el desarrollo de aldeas y la formación de sociedades cada vez más diversas. Estas cuestiones ocuparán un lugar central en la segunda parte de América prehistórica.
-Anderson, David G. (2014). «Paleoindian and Archaic Periods in North America». En Colin Renfrew y Paul Bahn (eds.), The Cambridge World Prehistory, pp. 923–942. Cambridge University Press. Síntesis arqueológica sobre las características y cronologías de ambos periodos, sus continuidades culturales y las limitaciones de las clasificaciones tradicionales.
-Gingerich, Joseph A. M. (2023). «Using “cultural continuity” to examine aspects of Early Archaic settlement in Virginia and beyond». Southeastern Archaeology, 42(1), pp. 56–68. Investigación sobre los cambios en la utilización del territorio, la distribución de asentamientos y las relaciones entre las comunidades paleoindias y las del Arcaico temprano.
-Kennett, Douglas J. (2012). «Archaic-Period Foragers and Farmers in Mesoamerica». En Deborah L. Nichols y Christopher A. Pool (eds.), The Oxford Handbook of Mesoamerican Archaeology, pp. 141–150. Oxford University Press. Revisión de las características del periodo Arcaico mesoamericano, su diversidad regional y las primeras transformaciones relacionadas con el aprovechamiento y la domesticación de plantas.
-Scheinsohn, Vivian (2003). «Hunter-Gatherer Archaeology in South America». Annual Review of Anthropology, 32, pp. 339–361. Revisión de las sociedades cazadoras-recolectoras sudamericanas que examina la diversidad de sus trayectorias culturales y los problemas de aplicarles periodizaciones desarrolladas para América del Norte.
- 12.1. América como escenario de una extraordinaria adaptación humana
- 12.2. Un poblamiento complejo todavía objeto de investigación
- 12.3. El comienzo de la diversidad cultural americana
La prehistoria más antigua de América constituye una de las grandes historias de expansión y adaptación humana. La llegada de las primeras poblaciones al continente abrió un prolongado proceso de ocupación de territorios extraordinariamente diversos, desde las regiones septentrionales próximas al Ártico hasta los paisajes tropicales y las tierras australes. A lo largo de este recorrido, las comunidades desarrollaron conocimientos, técnicas y formas de organización que les permitieron afrontar condiciones ambientales muy diferentes. Su historia demuestra que la capacidad humana de adaptación no dependió de una única estrategia, sino de la flexibilidad, la cooperación y la transmisión de experiencias entre generaciones.
Sin embargo, la reconstrucción de este pasado continúa planteando numerosos interrogantes. Los descubrimientos arqueológicos y los avances en el estudio del ADN antiguo han transformado profundamente las interpretaciones tradicionales, mostrando que el poblamiento americano fue más antiguo y complejo de lo que se suponía durante buena parte del siglo XX. Las rutas migratorias, la cronología de las primeras ocupaciones y las relaciones entre diferentes poblaciones siguen siendo cuestiones abiertas a nuevas investigaciones. Esta incertidumbre no impide reconocer los avances alcanzados, sino que pone de manifiesto la importancia de distinguir entre las evidencias consolidadas y las hipótesis todavía discutidas.
Los apartados finales recuperarán tres ideas fundamentales: la extraordinaria capacidad de adaptación de las primeras comunidades, el carácter dinámico del conocimiento científico sobre el poblamiento y el comienzo de una diversidad cultural que se desarrollaría durante milenios. Esta perspectiva permitirá cerrar la primera parte de América prehistórica y establecer una continuidad con los procesos posteriores de transformación económica, territorial y social que serán estudiados en la segunda parte de la serie.
12.1. América como escenario de una extraordinaria adaptación humana
La ocupación prehistórica de América representa una de las manifestaciones más significativas de la capacidad humana para desenvolverse en territorios desconocidos y afrontar condiciones naturales muy diferentes. Las primeras poblaciones que alcanzaron el continente encontraron paisajes sometidos a profundas transformaciones, con climas, animales y recursos que variaban considerablemente de unas regiones a otras. Su expansión no fue posible gracias a una única tecnología o estrategia de supervivencia, sino mediante la combinación de conocimientos, experiencia y capacidad de aprendizaje. A lo largo de numerosas generaciones, las comunidades exploraron nuevos espacios, reconocieron sus posibilidades y desarrollaron relaciones cada vez más estrechas con los territorios que habitaban. Este proceso no debe imaginarse como una conquista rápida y organizada del continente, sino como una sucesión de experiencias humanas, decisiones colectivas y adaptaciones locales. Su importancia histórica reside precisamente en que demuestra cómo sociedades con recursos materiales relativamente sencillos pudieron establecerse en ambientes extraordinariamente diversos.
La adaptación comenzó por el conocimiento del entorno. Para desenvolverse en territorios nuevos resultaba necesario reconocer las fuentes de agua, comprender los movimientos de los animales, identificar plantas aprovechables y observar las variaciones estacionales. Estos conocimientos no podían adquirirse de manera inmediata ni dependían exclusivamente de las capacidades individuales. Se construían mediante experiencias acumuladas, observaciones repetidas y prácticas transmitidas entre generaciones. La familiaridad con un territorio permitía anticipar determinadas circunstancias, seleccionar lugares adecuados para desarrollar actividades y reducir algunos de los riesgos asociados a la obtención de recursos. Sin embargo, estos saberes debían mantenerse abiertos a modificaciones, especialmente cuando cambiaban las condiciones ambientales. La adaptación humana fue, por tanto, un proceso activo de aprendizaje y respuesta ante circunstancias variables, no una simple aceptación de las posibilidades impuestas por la naturaleza. La diversidad de formas de vida documentadas en América muestra que un mismo problema podía resolverse mediante procedimientos diferentes.
La capacidad tecnológica constituyó otra dimensión fundamental de este proceso. La fabricación de instrumentos permitió ampliar las posibilidades de actuación sobre materiales y recursos naturales, pero su importancia no residía únicamente en la complejidad de los objetos elaborados. Una herramienta eficaz debía responder a necesidades concretas y poder utilizarse en las circunstancias para las que había sido preparada. Las comunidades seleccionaban materias primas, modificaban procedimientos conocidos y combinaban materiales con propiedades distintas, aprovechando tanto las ventajas como las limitaciones de cada uno. Numerosos instrumentos elaborados con madera, fibras vegetales, pieles y otros productos orgánicos han desaparecido del registro arqueológico, por lo que la tecnología conservada representa solamente una parte de los conocimientos disponibles. Las herramientas de piedra, aunque fundamentales para la investigación, no permiten reconstruir por sí solas toda la experiencia técnica de aquellas sociedades. La innovación pudo consistir tanto en desarrollar procedimientos nuevos como en utilizar de otra manera soluciones ya conocidas, adaptándolas a materiales y situaciones diferentes.
La vida colectiva desempeñó igualmente un papel esencial en la continuidad de las primeras poblaciones americanas. La cooperación facilitaba actividades que requerían la participación de varias personas y permitía compartir conocimientos, experiencias y recursos. Las relaciones familiares, el cuidado de los integrantes más vulnerables y los contactos entre comunidades contribuyeron probablemente a afrontar situaciones de incertidumbre. La transmisión de habilidades mediante la observación y la práctica permitía que las generaciones más jóvenes adquirieran conocimientos necesarios para desenvolverse en sus respectivos territorios. Al mismo tiempo, los encuentros entre grupos podían favorecer la circulación de objetos e información, ampliando las posibilidades de aprendizaje. Aunque la arqueología no permite conocer con precisión la organización de todas aquellas comunidades, los asentamientos, los instrumentos y determinadas prácticas funerarias muestran comportamientos que no pueden explicarse exclusivamente mediante necesidades alimentarias. La supervivencia humana dependió también de relaciones sociales que hacían posible conservar y transmitir experiencias, organizar actividades y mantener vínculos a lo largo del tiempo.
Una característica especialmente importante de esta adaptación fue su capacidad para responder a los cambios. Las condiciones del Pleistoceno final no permanecieron estables y, durante la transición hacia el Holoceno, numerosos territorios experimentaron transformaciones que afectaron a los recursos disponibles. Las comunidades tuvieron que ajustar algunas de sus prácticas, modificar determinadas actividades y aprovechar posibilidades que adquirían nueva importancia. Sin embargo, estos cambios no condujeron a todas las poblaciones hacia una misma forma de vida. Algunas conservaron estrategias anteriores durante largos periodos, mientras que otras introdujeron modificaciones significativas en sus relaciones con el entorno. Esta diversidad demuestra que la adaptación no debe confundirse con una evolución lineal hacia sociedades consideradas necesariamente más avanzadas. Las comunidades cazadoras-recolectoras poseían sistemas de conocimientos y organización adecuados a sus circunstancias, aunque también estaban expuestas a dificultades, pérdidas y transformaciones que no siempre podían controlar. Su historia debe comprenderse sin idealizar sus condiciones de vida ni reducirlas a una lucha permanente por la supervivencia.
La experiencia de las primeras poblaciones americanas permite reconocer, en definitiva, una combinación extraordinaria de movilidad, conocimiento ambiental, capacidad técnica y cooperación humana. Su expansión por el continente demuestra que la diversidad de condiciones naturales no impedía necesariamente el establecimiento de comunidades, siempre que existieran posibilidades de obtener recursos y desarrollar respuestas adecuadas. Sin embargo, este proceso estuvo condicionado por limitaciones reales, cambios ambientales y circunstancias históricas que pudieron favorecer o dificultar la continuidad de determinadas ocupaciones. La capacidad de adaptación no significó un dominio absoluto sobre la naturaleza, sino una relación cambiante con ella, basada en el aprendizaje, la experiencia y la transformación de las prácticas humanas. La historia de aquellos primeros habitantes adquiere así un significado que trasciende la reconstrucción de sus desplazamientos o el estudio de sus herramientas. Constituye un testimonio de la capacidad de nuestra especie para construir formas de vida diferentes, mantener conocimientos compartidos y encontrar posibilidades de continuidad en territorios profundamente diversos. Esa experiencia fue el fundamento humano sobre el que se desarrollaría la prolongada historia de las sociedades americanas.
-Meltzer, David J. (2009). First Peoples in a New World: Colonizing Ice Age America. University of California Press. Obra de síntesis sobre las primeras poblaciones norteamericanas, los desafíos ambientales que afrontaron y las estrategias humanas de ocupación y adaptación durante la Edad de Hielo.
-Kelly, Robert L. (2013). The Lifeways of Hunter-Gatherers: The Foraging Spectrum. Segunda edición. Cambridge University Press. Estudio antropológico sobre la diversidad de las sociedades cazadoras-recolectoras, sus conocimientos, tecnologías, relaciones sociales y diferentes formas de adaptación a los ambientes naturales.
-Dillehay, Tom D. (2000). The Settlement of the Americas: A New Prehistory. Basic Books. Obra sobre el poblamiento americano, las primeras formas de vida, las relaciones entre las comunidades humanas y sus entornos y la diversidad de las experiencias de ocupación continental.
12.2. Un poblamiento complejo todavía objeto de investigación
La reconstrucción del poblamiento de América constituye uno de los grandes desafíos de la investigación prehistórica, no solamente por la extraordinaria extensión del continente, sino también por la antigüedad y la fragmentación de las evidencias disponibles. Durante buena parte del siglo XX predominó una explicación relativamente sencilla, basada en la llegada de poblaciones asiáticas y su posterior expansión a través de América del Norte. Sin embargo, los descubrimientos arqueológicos y los avances en genética han demostrado que aquella historia fue considerablemente más compleja. Actualmente existen pruebas de presencia humana anteriores a la cultura Clovis y evidencias de procesos de diferenciación y movimiento de poblaciones que no pueden reducirse a un único episodio migratorio. A pesar de estos avances, todavía desconocemos cuándo se produjo exactamente la primera llegada, qué itinerarios tuvieron mayor importancia y cómo se relacionaron algunas de las poblaciones más antiguas. La investigación debe distinguir, por tanto, entre los conocimientos suficientemente consolidados y las cuestiones que permanecen abiertas.
Una de las principales dificultades procede de la conservación desigual del registro arqueológico. Los asentamientos humanos más antiguos pudieron encontrarse en lugares que posteriormente fueron erosionados, cubiertos por sedimentos o sumergidos debido al ascenso del nivel del mar. Las antiguas costas del Pacífico y de otras regiones americanas constituyen un ejemplo especialmente importante, pues numerosas superficies habitables del Pleistoceno se encuentran actualmente bajo el agua. En los territorios interiores, la actividad fluvial, los movimientos del suelo y otros procesos naturales también pudieron modificar o destruir evidencias. A estas limitaciones se añade que los yacimientos conocidos no se distribuyen de manera uniforme: algunas regiones han sido investigadas intensamente, mientras que otras permanecen insuficientemente exploradas. Por ello, la ausencia de testimonios arqueológicos en un territorio no demuestra necesariamente que estuviera deshabitado. La distribución de los descubrimientos refleja tanto las antiguas ocupaciones humanas como las condiciones que permitieron conservarlas y la historia de las investigaciones realizadas.
La determinación de las cronologías representa otro problema fundamental. Para establecer la antigüedad de una ocupación no basta con obtener una fecha de los sedimentos o materiales encontrados: es necesario demostrar que las evidencias humanas pertenecen realmente al contexto fechado. Los procedimientos científicos, como la datación radiocarbónica y la luminiscencia, permiten aproximarse a la edad de determinados materiales, pero poseen condiciones de aplicación y márgenes de incertidumbre que deben evaluarse cuidadosamente. Una investigación publicada en 2020 por Lorena Becerra-Valdivia y Thomas Higham examinó datos cronológicos de 42 yacimientos norteamericanos y beringianos mediante modelos estadísticos, proponiendo un panorama de ocupación temprana más amplio de lo tradicionalmente aceptado. Sin embargo, estos modelos dependen de las fechas seleccionadas y de la fiabilidad de sus contextos arqueológicos. Las investigaciones posteriores sobre las huellas humanas de White Sands, respaldadas por diferentes procedimientos de datación, muestran cómo la comprobación independiente puede fortalecer una interpretación inicialmente discutida.
La genética antigua ha ampliado considerablemente las posibilidades de investigación al permitir estudiar relaciones de ascendencia entre individuos separados por grandes distancias y numerosos milenios. Sus resultados respaldan el origen principalmente asiático de las poblaciones fundadoras americanas y muestran una historia demográfica caracterizada por procesos de separación, expansión y contactos posteriores. Sin embargo, la información genética también presenta limitaciones. Los restos humanos suficientemente bien conservados para recuperar ADN antiguo son escasos y se distribuyen de manera desigual, especialmente en los ambientes donde las altas temperaturas y la humedad dificultan su preservación. Además, la separación genética de dos poblaciones no indica necesariamente el momento exacto en que se produjo un desplazamiento geográfico, ni permite identificar directamente las lenguas, las costumbres o las tradiciones materiales de sus integrantes. La investigación requiere combinar los datos biológicos con los testimonios arqueológicos y ambientales, evitando establecer correspondencias automáticas entre ascendencia genética e identidad cultural. También resulta importante desarrollar estos estudios mediante procedimientos respetuosos y colaborativos con las comunidades indígenas vinculadas a los restos humanos investigados.
El progreso científico depende igualmente de la revisión crítica de las interpretaciones anteriores. Algunos descubrimientos que inicialmente provocaron controversias terminaron siendo aceptados tras nuevas excavaciones y comprobaciones independientes, mientras que otros continúan generando dudas sobre su cronología o su identificación como testimonios humanos. La discusión reabierta en 2026 sobre la antigüedad de Monte Verde, en Chile, constituye un ejemplo especialmente significativo: una nueva investigación geológica cuestionó la cronología tradicional del yacimiento, mientras que sus investigadores originales y otros especialistas defendieron la interpretación anterior mediante una respuesta científica detallada. Esta controversia demuestra que incluso los lugares más conocidos permanecen abiertos a nuevas investigaciones. Sin embargo, revisar una interpretación no significa aceptar automáticamente cualquier propuesta alternativa. Las explicaciones deben examinarse según la calidad de sus pruebas, la coherencia de sus métodos y su capacidad para superar comprobaciones independientes. La discrepancia científica puede contribuir al conocimiento cuando permite identificar errores, contrastar resultados y formular preguntas mejor fundamentadas.
El futuro de la investigación sobre el poblamiento americano dependerá de la integración de disciplinas y procedimientos cada vez más precisos. La arqueología submarina puede contribuir a localizar asentamientos en antiguas superficies costeras, mientras que los análisis de sedimentos, las reconstrucciones del paisaje y las técnicas de datación permiten revisar cronologías previamente establecidas. Los avances en paleogenómica pueden aportar nuevas relaciones entre poblaciones, siempre que existan restos adecuados y se respeten las condiciones éticas de su investigación. También resulta fundamental continuar estudiando regiones poco exploradas y revisar materiales conservados en colecciones arqueológicas que puedan ofrecer información adicional mediante procedimientos modernos. Sin embargo, ningún descubrimiento aislado proporcionará necesariamente una explicación completa del proceso. La historia de los primeros americanos deberá reconstruirse mediante la acumulación y comparación crítica de evidencias diferentes. Su carácter todavía abierto no representa una debilidad del conocimiento científico, sino la consecuencia de investigar un pasado extraordinariamente antiguo y complejo mediante pruebas necesariamente incompletas. Lo fundamental es que cada nueva interpretación permita comprender mejor lo ocurrido sin confundir las posibilidades razonables con los hechos demostrados.
-Becerra-Valdivia, Lorena, y Higham, Thomas (2020). «The timing and effect of the earliest human arrivals in North America». Nature, 584, pp. 93–97. Investigación que combina dataciones arqueológicas, modelos cronológicos e información ambiental para estudiar la antigüedad de las primeras ocupaciones norteamericanas.
-Willerslev, Eske, y Meltzer, David J. (2021). «Peopling of the Americas as inferred from ancient genomics». Nature, 594, pp. 356–364. Revisión de las investigaciones de ADN antiguo que reconstruyen las relaciones entre poblaciones americanas y muestran la complejidad de su historia demográfica.
-Holliday, Vance T., et al. (2025). «Paleolake geochronology supports Last Glacial Maximum (LGM) age for human tracks at White Sands, New Mexico». Science Advances, 11(25), eadv4951. Investigación independiente que aporta nuevas dataciones y evidencias geológicas sobre la antigüedad de las huellas humanas de White Sands.
-Surovell, Todd A., et al. (2026). «A mid-Holocene age for Monte Verde challenges the timeline of human colonization of South America». Science, 391(6791), pp. 1283–1288. Investigación que propone revisar la cronología tradicional del yacimiento chileno a partir de nuevos estudios geológicos y dataciones.
-Dillehay, Tom D., et al. (2026). «Archaeological and Geological Evidence at Monte Verde II, Chile, Supports a Human Occupation at ∼14,500 Years Ago». PaleoAmerica, 12(2), pp. 132–143. Respuesta científica que cuestiona la reinterpretación reciente de Monte Verde y defiende la cronología pleistocena de sus ocupaciones.
12.3. El comienzo de la diversidad cultural americana
La historia de las primeras poblaciones americanas no puede comprenderse únicamente como un proceso de llegada y expansión territorial. Desde los comienzos de la ocupación humana, las comunidades desarrollaron experiencias y tradiciones propias que contribuyeron a formar un panorama cultural progresivamente diverso. Aunque compartían antecedentes ancestrales y determinados conocimientos, los grupos establecidos en diferentes territorios no conservaron necesariamente las mismas prácticas a lo largo del tiempo. Cada comunidad acumuló experiencias relacionadas con su entorno, sus relaciones sociales y las decisiones adoptadas por generaciones sucesivas. La diversidad cultural americana no apareció, por tanto, como consecuencia de un acontecimiento único ni puede situarse en una fecha precisa. Fue el resultado de una prolongada historia de continuidad, transmisión y transformación de conocimientos. Esta perspectiva permite reconocer que las primeras sociedades americanas no constituyeron una población culturalmente homogénea, sino comunidades humanas capaces de desarrollar respuestas diferentes a partir de experiencias compartidas.
La permanencia de las poblaciones en determinados territorios favoreció el desarrollo de conocimientos y costumbres vinculados a lugares concretos. Los paisajes adquirieron importancia no solamente por los recursos que proporcionaban, sino también por las experiencias humanas acumuladas en ellos. La utilización reiterada de ciertos espacios, la transmisión de habilidades y las relaciones entre generaciones pudieron contribuir a formar tradiciones reconocibles dentro de cada comunidad. Sin embargo, estas diferencias no respondieron exclusivamente a las condiciones naturales. Dos poblaciones establecidas en ambientes semejantes podían desarrollar prácticas distintas, mientras que grupos separados geográficamente podían conservar conocimientos compartidos. Las decisiones humanas, los contactos y la transmisión cultural intervinieron en este proceso junto con las circunstancias ecológicas. Por ello, la diversidad americana debe comprenderse como una construcción histórica, resultado de las relaciones cambiantes entre las comunidades y los territorios que habitaron.
Los testimonios arqueológicos permiten reconocer algunas manifestaciones de esta diferenciación, aunque ofrecen una visión necesariamente incompleta. Las variaciones en los instrumentos, la distribución de los asentamientos y determinadas prácticas funerarias muestran que las comunidades no organizaron siempre sus actividades de la misma manera. Sin embargo, la cultura comprende también aspectos que raramente dejan restos materiales: las lenguas, las normas de convivencia, los conocimientos transmitidos oralmente y las diferentes maneras de interpretar el mundo. No disponemos de evidencias suficientes para reconstruir directamente estas dimensiones entre las poblaciones americanas más antiguas. Tampoco es posible identificar una tradición tecnológica concreta con una lengua o una identidad colectiva determinada. Las categorías utilizadas por los arqueólogos constituyen herramientas de investigación, pero no equivalen necesariamente a los nombres, las fronteras o las identidades que aquellas comunidades reconocían como propias. Esta distinción resulta fundamental para evitar una imagen excesivamente rígida de las primeras culturas americanas.
La diferenciación cultural tampoco significó necesariamente aislamiento. Las comunidades podían mantener relaciones mediante encuentros, desplazamientos y circulación de conocimientos, incluso cuando desarrollaban tradiciones materiales particulares. Estos contactos pudieron favorecer la difusión de técnicas y experiencias, mientras que otros cambios surgieron de manera independiente. Los estudios de ADN antiguo han permitido reconocer una historia demográfica igualmente dinámica, caracterizada por procesos de expansión, diferenciación y contactos entre poblaciones. Una investigación publicada en 2018 por Cosimo Posth y sus colaboradores, basada en genomas antiguos de América Central y del Sur, identificó relaciones ancestrales y movimientos demográficos que modificaron la distribución de las poblaciones a lo largo de milenios. Sin embargo, la diversidad genética y la diversidad cultural no son equivalentes. Una comunidad puede transformar profundamente sus costumbres sin experimentar una sustitución de población, y personas con ascendencias diferentes pueden compartir una misma tradición cultural. La historia americana debe comprender ambas dimensiones sin confundirlas.
La consolidación de estas diferencias regionales se hizo especialmente visible durante los comienzos del Holoceno. Las investigaciones arqueológicas documentan comunidades cazadoras-recolectoras establecidas en numerosos territorios, con formas de ocupación y tradiciones materiales que siguieron trayectorias particulares. En Brasil, el análisis de una amplia recopilación de dataciones arqueológicas realizado por Lucas Bueno, Adriana Schmidt Dias y James Steele mostró la expansión de las ocupaciones del interior y la existencia de una diversidad cultural interregional reconocible durante el Holoceno temprano. En América Central, los estudios de Richard Cooke han destacado la importancia de los procesos de diferenciación local y de las relaciones entre comunidades a lo largo de la prehistoria. Estos ejemplos no representan una secuencia uniforme de desarrollo cultural, sino experiencias históricas que evolucionaron de manera diferente. Algunas sociedades mantuvieron estrategias cazadoras-recolectoras durante milenios, mientras que otras comenzaron posteriormente a experimentar transformaciones económicas y territoriales de distinto alcance. No existió una trayectoria obligatoria que condujera a todas las comunidades hacia las mismas formas de organización.
El comienzo de la diversidad cultural americana constituye, en definitiva, uno de los legados más importantes de esta primera etapa de la prehistoria continental. Las poblaciones que ocuparon América no se limitaron a adaptarse a territorios desconocidos: construyeron experiencias colectivas, conservaron conocimientos, establecieron relaciones y desarrollaron tradiciones que fueron transformándose con el paso del tiempo. Sus historias no pueden reducirse a los antecedentes de las grandes civilizaciones posteriores, pues las sociedades cazadoras-recolectoras poseían formas de vida y trayectorias culturales con significado propio. La agricultura, las aldeas permanentes y las sociedades complejas surgirían mucho después, en regiones y circunstancias diferentes, sin constituir un destino inevitable de todas las poblaciones. Con esta perspectiva concluye la primera parte de América prehistórica: una historia de poblamiento, adaptación y diferenciación humana que sentó las bases de una extraordinaria pluralidad de experiencias culturales. La segunda parte permitirá continuar ese recorrido y examinar cómo algunas comunidades transformaron progresivamente sus relaciones con los recursos, los asentamientos y la organización social, dando lugar a nuevas formas de vida dentro de un continente que ya poseía una larga y diversa historia humana.
-Posth, Cosimo, et al. (2018). «Reconstructing the Deep Population History of Central and South America». Cell, 175(5), pp. 1185–1197.e22. Investigación de ADN antiguo que reconstruye procesos de diferenciación, continuidad y movimientos demográficos entre poblaciones de América Central y del Sur.
-Bueno, Lucas, Dias, Adriana Schmidt, y Steele, James (2013). «The Late Pleistocene/Early Holocene archaeological record in Brazil: A geo-referenced database». Quaternary International, 301, pp. 74–93. Estudio sobre la distribución de los primeros asentamientos brasileños y la consolidación de una diversidad cultural regional durante el Holoceno temprano.
-Cooke, Richard G. (2005). «Prehistory of Native Americans on the Central American Land Bridge: Colonization, Dispersal, and Divergence». Journal of Archaeological Research, 13(2), pp. 129–187. Investigación de síntesis sobre la ocupación de América Central, las relaciones entre comunidades y los procesos de diferenciación cultural desarrollados a lo largo de su prehistoria.
Epílogo. De los primeros pobladores a las nuevas sociedades americanas
La prehistoria americana constituye una historia mucho más antigua, diversa y compleja de lo que durante mucho tiempo se imaginó. Su estudio nos acerca a las primeras comunidades que recorrieron y habitaron el continente, pero también permite comprender el largo proceso mediante el cual los seres humanos fueron construyendo conocimientos, relaciones y formas de vida propias. A través de los testimonios arqueológicos, las investigaciones genéticas y las reconstrucciones ambientales, comenzamos a reconocer un pasado que continúa abierto a nuevos descubrimientos. Lejos de ofrecer una narración definitiva, estas investigaciones muestran que la historia humana se construye a partir de experiencias múltiples, cuyos vestigios solo conocemos parcialmente.
Con el paso de los milenios, las sociedades americanas continuaron transformándose. En determinadas regiones, el conocimiento cada vez más profundo de los recursos vegetales favoreció nuevas prácticas de aprovechamiento y, posteriormente, procesos de domesticación y cultivo. En otras, las comunidades mantuvieron durante largos periodos formas de vida basadas en la caza, la pesca y la recolección. La aparición de aldeas, el desarrollo de nuevas tecnologías y la formación de sociedades de creciente complejidad no siguieron una trayectoria única ni representaron un destino inevitable. Fueron respuestas históricas diferentes, surgidas de condiciones, conocimientos y decisiones particulares.
Este recorrido continuará en América prehistórica II: Agricultura, aldeas y sociedades complejas, donde se estudiarán las transformaciones que acompañaron el desarrollo de las primeras prácticas agrícolas, los asentamientos estables y las nuevas formas de organización social en distintas regiones del continente. Ambas entradas forman parte de una misma aproximación introductoria a la prehistoria americana: una historia de continuidades y cambios que permite comprender, desde sus orígenes más remotos, la extraordinaria riqueza de las sociedades que poblaron América.
Para saber más:
Meltzer, David J. (2009). First Peoples in a New World: Colonizing Ice Age America. University of California Press. Obra de referencia sobre los primeros pobladores americanos, sus adaptaciones y los principales debates arqueológicos.
Dillehay, Tom D. (2000). The Settlement of the Americas: A New Prehistory. Basic Books. Síntesis sobre las primeras ocupaciones del continente y la revisión de los modelos tradicionales del poblamiento.
Raff, Jennifer (2022). Origin: A Genetic History of the Americas. Twelve. Introducción a las investigaciones genéticas sobre el origen, la expansión y las relaciones ancestrales de las poblaciones indígenas americanas.
Fagan, Brian M. (2004). The Great Journey: The Peopling of Ancient America. Edición actualizada. University Press of Florida. Obra divulgativa sobre las primeras migraciones humanas y las investigaciones arqueológicas del poblamiento americano.
Rivera Dorado, Miguel, y Vidal Lorenzo, Cristina (1999). Arqueología americana. Editorial Síntesis. Introducción general, en español, al conocimiento arqueológico de las sociedades americanas y sus principales procesos culturales.
Silverman, Helaine, e Isbell, William H. (eds.) (2008). Handbook of South American Archaeology. Springer. Amplia obra colectiva de consulta sobre la arqueología sudamericana, desde sus primeras ocupaciones hasta el desarrollo de sociedades complejas.
