Tentación de San Antonio en el desierto · Master of Bonnat. Museo de Bellas Artes, Bilbao, Spain.
(…) Este fragmento de Jacques Joset compara dos momentos fundamentales de la literatura medieval castellana: el mundo de Gonzalo de Berceo, en el siglo XIII, y el del Arcipreste de Hita, en el siglo XIV. A través de la figura del ladrón, de la Virgen, del diablo y de la justicia, el autor muestra cómo cambian las mentalidades medievales en apenas un siglo.
En Berceo, todavía domina una visión teológica del mundo: el pecado puede ser grave, pero el alma sigue siendo redimible y la Virgen actúa como mediadora poderosa ante Dios. En Juan Ruiz, en cambio, el relato se desplaza hacia un universo más ambiguo, más social, más económico y más cómico, donde el diablo gana presencia y donde la justicia humana, la corrupción, el dinero y la marginalidad adquieren mayor protagonismo.
El interés del texto no está solo en la comparación literaria, sino en lo que esa comparación revela sobre el paso de una Edad Media más feudo-vasallática, ordenada simbólicamente por la salvación, a otra más urbana, monetaria y conflictiva, en la que aparecen nuevas formas de miedo, exclusión y crítica social.
[…] El siglo XIII, época de auge del culto a la Virgen de que los Milagros de Berceo son un testimonio egregio, no desconoce, por supuesto, la actuación del diablo en y contra la humanidad. Pero, como dice Delumeau, los teólogos del Doscientos rechazan cualquier complacencia para con una figura demoníaca de pesadilla, herencia cada vez más arrinconada de la primera gran «explosion diabolique» de los siglos XI y XII, en términos de Jacques Le Goff. Los textos más representativos de esta «edad teológica» realzan «naturalmente» un sistema semiótico de compensaciones, de contrabalanceo, donde la devoción a la Virgen anula el pacto con el diablo restableciendo el orden divino momentáneamente subvertido («milagro de Teófilo») o garantiza la salvación del alma por más fuertes que sean los obstáculos terrenales (la justicia de los hombres en el «milagro del lardón ahorcado»).
Pero con el siglo XIV cambian las cosas: «cette contraction du diabolique qu’avait réussie l’âge classique des cathédrales fait place à une progressive invasion démoniaque» (Delumeau, pág. 305) y, como para compensar, a una representación cada vez más cómica de la figura diabólica. El diablo, figura ausente del milagro VI de Berceo, al sostener al ladrón ahorcado, desempeña el papel de la Virgen, cuya sombra protectora se borra por completo en el cuento de Juan Ruiz, emblemático de esa «progresiva invasión demoníaca» del Trescientos, con rasgos de comicidad (los «pies descalabrados» del diablo, 1471d; el «monte grande de muchos viejos çapatos, I suelas rotas e paños rotos e viejos hatos», sus «manos llenas de garavatos» donde cuelgan «muchas gatas e gatos», c. 1472).
Nuestros textos, testimonios del paso de la «edad teológica» a la de los grandes terrores físicos y metafísicos, lo son también de la transición entre la «edad feudo-vasallática» a la «era burguesa». En ellos, las referencias semánticas al dinero son sumamente distintas cuantitativa y cualitativamente. El milagro de Berceo tan sólo menciona la «grand rictat» asegurada a los devotos de la Virgen, con el sema socioético de «nobleza» todavía muy activo en el vocablo. Por el contrario, el mapa semántico del enxienplo de Juan Ruiz abunda en lexías que remiten directa o figuradamente a ganancias, objetos de oro y otros bienes, que van desde los «quatro pepïones» (fig. «una nadería») (1454d) por los cuales se ahorcaba en aquella «tierra sin justicia» hasta el «mal galardón» (1476c) con el que se premia a quien hace amistad con el diablo. Verificamos otra vez que la semiosis textual del Libro de buen amor transcribe la desaparición paulatina de la sociedad feudal y el surgimiento de otra fundamentada en la primacía del dinero.
En esta misma línea de investigación sociohistórica, no es de excluir que los relatos examinados nos transmitan algo de la representación de un grupo de excluidos, los ladrones. Por supuesto, tenemos que integrar aquí el carácter sumamente codificado de los textos en cuestión y su inserción en géneros didácticos (el «milagro», el exemplum) que constriñen los enunciados. Así el milagro VI, más dependiente de su fuente latina, no nos enseña mucho, al parecer, sobre la realidad sociológica de la delincuencia en la Rioja de la primera mitad del siglo XIII. Sin embargo no es de descartar que expresiones como «mal porcalzo» («percance, provecho») (142c) y «uso malo» (142d), sin correspondencias en el texto del ms. Thott, a la vez que rebajan la responsabilidad del ladrón y justifican la intervención de la Virgen, definan un estado todavía individual, una «costumbre» particular, no socializada, del robo. La problemática de ese pecador de la edad teológica es el de la salvación del alma.
El ladrón de Juan Ruiz, como vimos, tiene todas las trazas de ser un «profesional»: el «uso malo» se ha transformado en «mal ofiçio» (1462b), término jurídico que remite irónicamente al officium iudicis, equiparando el trabajo del ladrón con el de su juez corrupto. Quizá tengamos aquí una huella de la profesionalización progresiva del robo de que nos hablan los historiadores de la marginalidad social. Por otra parte, el territorio «sin justicia» donde imperan el desorden público y la corrupción se parece bastante a la Castilla estragada de los últimos años del siglo XIII y de la minoría de Alfonso XI (hasta 1325) descrita por los historiadores, quienes nos hablan de la «total inseguridad de los caminos, que se hallaban en manos de malhechores». Robos y violencias, inflación, carestía y mala situación económica general son los términos que emplean para caracterizar la época. La representación de la figura del ladrón, con el cambio de mentalidades, de individual que era en la primera mitad del siglo XIII, tuvo que alcanzar un estatuto social, reflejado en el profesionalismo del ladrón de Juan Ruiz, quien, por más señas, anda «desorejado» (1455b): lleva en su carne el estigma de su «mal oficio» y de una pena todavía tajantemente prohibida por las Siete Partidas (VII, XIV, XVII), de no ser que «fuese ladrón conoscido» (VII, XXXI, vi), o sea reincidente, es decir en vía de «profesionalización».
El pecado de «uso malo» aún podía resolverse mediante la intervención milagrosa de la Virgen en pro de un alma redimible. La plaga de un «mal oficio» y de una corrupción generalizada, a la que la actuación del rey Justiciero, codificada en el Ordenamiento de Alcalá de 1348, tratará de poner coto, sólo podía tener una respuesta socialmente ejemplar, un castigo contra el que no prevalece ningún pacto con fuerzas del otro mundo. La ideología del tiempo exigía que el pacto firmado por un delincuente empedernido lo fuese con el diablo. No obstante, el caso del ladrón del Arcipreste es insalvable tanto en este mundo como en el otro. La justicia, virtud cada vez más arraigada en la tierra, y cada vez un poquito menos dependiente de la intromisión de la Virgen o del diablo, está idealmente en vías de sortear las trampas de la corrupción: la muerte del ladrón seca las fuentes de ingreso del «alcalde».
Pero, como bien lo sabemos desde hace mucho tiempo ya, los cambios de sociedad son globales. Los que revelan las historias de ladrones escritas poco más o menos en lo que va de un siglo también abarcan las transformaciones estéticas. Dejaremos a los especialistas el descubrimiento de los estilemas de la transición románico-gótica o del gótico a secas que sellaran la cuaderna vía de Berceo, así como de los rasgos flamígeros de la del Arcipreste.
De un siglo al otro, entre Vírgenes y diablos, la representación de la figura arquetípica del ladrón ha cambiado no sólo de estatuto y de protectores, sino también de estilos.
Entre vírgenes y diablos: de Berceo al Arcipreste
JACQUES JOSET
INTRODUCCIÓN AL TEXTO
El siguiente fragmento procede del estudio Entre vírgenes y diablos: de Berceo al Arcipreste, de Jacques Joset, dedicado a comparar dos momentos fundamentales de la literatura medieval castellana: el mundo de Gonzalo de Berceo, en el siglo XIII, y el del Arcipreste de Hita, en el siglo XIV.
A través de la figura del ladrón, de la Virgen, del diablo y de la justicia, el autor analiza cómo cambian las mentalidades medievales en apenas un siglo. En Berceo todavía domina una visión profundamente teológica del mundo: el pecado puede ser grave, pero el alma sigue siendo redimible, y la Virgen actúa como mediadora poderosa ante Dios. En Juan Ruiz, en cambio, el relato se desplaza hacia un universo más ambiguo, más social, más económico y más satírico, donde el diablo gana presencia y donde la justicia humana, la corrupción, el dinero y la marginalidad adquieren mayor protagonismo.
El interés del texto no está solo en la comparación literaria, sino en lo que esa comparación revela sobre la transformación de la sociedad medieval. Entre el siglo XIII y el siglo XIV se percibe el paso de una Edad Media más ordenada por la salvación, la devoción mariana y la estructura feudo-vasallática, a otra más urbana, conflictiva y monetaria, en la que aparecen nuevas formas de miedo, exclusión, comicidad y crítica social.
BREVE CONTEXTO: BERCEO Y EL ARCIPRESTE DE HITA
Gonzalo de Berceo, activo en la primera mitad del siglo XIII, es una de las figuras esenciales del mester de clerecía. Su obra Milagros de Nuestra Señora refleja el auge de la devoción mariana en la Castilla medieval. En estos relatos, la Virgen aparece como protectora de los creyentes, incluso de aquellos que han pecado, siempre que conserven algún vínculo de devoción hacia ella.
El Arcipreste de Hita, Juan Ruiz, autor del Libro de buen amor en el siglo XIV, pertenece a un mundo literario distinto. Su obra mantiene elementos religiosos y morales, pero introduce también ironía, ambigüedad, humor, crítica social y una mirada mucho más compleja sobre el deseo, el engaño, el dinero, la justicia y la vida cotidiana.
Jacques Joset compara ambos universos a partir de relatos donde aparece la figura de un ladrón. En Berceo, el ladrón es todavía un pecador salvable, sostenido por la intervención milagrosa de la Virgen. En el Arcipreste, el ladrón aparece vinculado a un mundo más duro: el pacto con el diablo, la corrupción judicial, la inseguridad social y la lógica del castigo.
CLAVES DE LECTURA
Para comprender mejor el texto de Jacques Joset conviene tener presentes algunas claves.
La primera es la importancia del culto a la Virgen en el siglo XIII. La devoción mariana no era solo una práctica religiosa, sino también una forma de imaginar la protección, la misericordia y la posibilidad de salvación. En los Milagros de Nuestra Señora, la Virgen interviene a favor de pecadores que, pese a sus faltas, conservan una relación de fe con ella.
La segunda clave es el cambio en la representación del diablo. En el siglo XIII, según la interpretación de Joset apoyada en autores como Delumeau y Le Goff, la figura diabólica aparece relativamente contenida dentro de un orden teológico. En el siglo XIV, en cambio, se produce una presencia más intensa del demonio, aunque muchas veces acompañada de rasgos grotescos o cómicos. El diablo ya no es solo una figura aterradora: también puede ser ridiculizado, deformado o integrado en escenas de tono burlesco.
La tercera clave es la transformación de la figura del ladrón. En Berceo, el ladrón aparece como un pecador individual, alguien que ha caído en una mala costumbre, pero cuya alma puede todavía ser salvada. En Juan Ruiz, sin embargo, el ladrón parece adquirir un perfil más social y profesional. Ya no se trata solo de una falta moral aislada, sino de un “mal oficio”, ligado a una sociedad marcada por la corrupción, la inseguridad de los caminos, la violencia y el peso creciente del dinero.
La cuarta clave es el paso de una mentalidad centrada en la salvación espiritual a otra donde la justicia humana adquiere mayor protagonismo. En Berceo, el centro del relato es la intervención milagrosa. En el Arcipreste, en cambio, pesan más el castigo, el funcionamiento de la justicia, la corrupción del alcalde y la dimensión ejemplar del relato.
Por último, el texto muestra también una transformación estética. No cambia solo la sociedad; cambia también la manera de contar. La sobriedad piadosa y clerical de Berceo deja paso, en Juan Ruiz, a una literatura más viva, irónica, ambigua y abierta a la comicidad.
La tentación de san Antonio
El universo visionario de El Bosco convierte la tentación espiritual en una escena poblada de demonios, criaturas híbridas, ruinas, fuego y desorden moral. La imagen refleja muy bien el imaginario medieval y tardomedieval del combate entre santidad, pecado y fuerzas diabólicas.
La tentación de san Antonio fue uno de los temas más representados en el arte medieval y renacentista, porque permitía mostrar el combate interior del santo frente al demonio, el miedo, el deseo y las fuerzas del mal. En esta obra, atribuida a Hieronymus Bosch, El Bosco, el espacio pictórico aparece invadido por criaturas grotescas, escenas inquietantes, incendios, arquitecturas quebradas y episodios fantásticos que rodean al santo.
La imagen resulta especialmente adecuada para acompañar un texto sobre vírgenes, diablos y transformaciones de la sensibilidad medieval. En ella, el diablo no aparece solo como una figura solemne y terrible, sino como una presencia múltiple, monstruosa, absurda y casi cómica. Esa mezcla de horror, sátira y fantasía conecta muy bien con la evolución descrita por Jacques Joset: el paso desde una cultura centrada en la salvación milagrosa y la protección mariana hacia un imaginario más poblado por demonios, miedos físicos, corrupción, castigo y comicidad grotesca. Hieronymus Bosch, El Bosco, La tentación de san Antonio, panel central de tríptico, c. 1501. Museu Nacional de Arte Antiga, Lisboa. Imagen procedente de Wikimedia Commons. Dominio público.
VIRGEN, DIABLO Y JUSTICIA: DOS FORMAS DE ORDENAR EL MUNDO
La comparación entre Berceo y el Arcipreste permite ver cómo la Virgen y el diablo funcionan como algo más que personajes religiosos. Son símbolos de dos formas distintas de ordenar el mundo.
En Berceo, la Virgen representa protección, mediación y misericordia. Su intervención permite restablecer el orden divino cuando el pecado o la justicia humana parecen haber llevado al personaje a la condena. El milagro no elimina la gravedad de la falta, pero introduce una posibilidad superior de redención.
En el Arcipreste, el diablo ocupa un espacio más visible. Su presencia refleja un mundo más inquieto, más contradictorio y más contaminado por el desorden social. Sin embargo, no aparece únicamente como figura terrible, sino también como personaje grotesco, casi ridículo, con rasgos cómicos que rebajan su solemnidad. Esta comicidad no anula el miedo al demonio, pero lo inserta en una literatura más compleja, donde lo moral, lo burlesco y lo social se mezclan constantemente.
La justicia humana también cambia de lugar. En Berceo, la justicia de los hombres puede ser superada por la misericordia divina. En Juan Ruiz, la justicia aparece dentro de una realidad social más corrupta, pero también más terrenal. El problema ya no se resuelve únicamente mediante una intervención sobrenatural, sino mediante un castigo ejemplar que corta los beneficios del delito y de la corrupción.
EL LADRÓN COMO FIGURA SOCIAL
Uno de los aspectos más interesantes del análisis de Jacques Joset es la evolución de la figura del ladrón. En el relato de Berceo, el ladrón conserva todavía un carácter individual. Su culpa se presenta como un “uso malo”, una mala costumbre o desviación personal. Lo decisivo no es tanto su lugar dentro de una estructura social delictiva, sino la posibilidad de que su alma sea salvada gracias a la Virgen.
En el Arcipreste de Hita, por el contrario, el ladrón aparece como una figura mucho más dura. Su conducta se define como “mal oficio”, expresión que sugiere una práctica más estable, casi profesionalizada. El robo deja de ser solo una falta individual y se convierte en síntoma de una sociedad marcada por la inseguridad, la marginalidad y la corrupción.
Este cambio es importante porque permite leer los textos medievales no solo como relatos morales, sino también como testimonios indirectos de transformaciones sociales. El ladrón ya no representa únicamente el pecado de una persona concreta; empieza a representar también un problema colectivo: caminos inseguros, justicia venal, violencia cotidiana, pobreza, castigos corporales y crisis del orden público.
EL CONTEXTO DEL SIGLO XIV
El siglo XIV fue una etapa especialmente convulsa en buena parte de Europa. Frente al relativo crecimiento del siglo XIII, el siglo XIV aparece marcado por crisis económicas, conflictos políticos, tensiones sociales, hambrunas, epidemias, inseguridad en los caminos y un sentimiento más intenso de fragilidad ante la muerte y el castigo.
En Castilla, este contexto se relaciona también con periodos de inestabilidad política, minorías regias, abusos señoriales, violencia y dificultades económicas. Por eso no resulta extraño que la literatura del siglo XIV presente un mundo más inseguro, más irónico y más crítico. La aparición de ladrones, jueces corruptos, pactos con el diablo y castigos ejemplares no debe entenderse solo como fantasía moral, sino también como reflejo literario de una sensibilidad más inquieta.
En ese sentido, el paso de Berceo al Arcipreste no es únicamente una evolución literaria. Es también una señal de cambio histórico. La salvación del alma continúa siendo importante, pero junto a ella ganan peso la justicia terrenal, el dinero, el oficio, el engaño y la crítica de las instituciones humanas.
COMPARACIÓN GENERAL ENTRE BERCEO Y EL ARCIPRESTE
En Berceo predomina una visión piadosa y mariana del mundo. El pecado existe, pero puede ser corregido por la misericordia. La Virgen actúa como protectora y mediadora. El relato se orienta hacia la salvación del alma y hacia el restablecimiento del orden divino.
En el Arcipreste de Hita, la mirada es más ambigua y social. El diablo gana presencia, pero también se vuelve grotesco y cómico. El ladrón ya no parece solo un pecador ocasional, sino una figura vinculada a un mundo de corrupción, justicia defectuosa y delincuencia profesionalizada. El relato no se limita a enseñar una lección religiosa; también muestra tensiones económicas, sociales y jurídicas.
De este modo, entre ambos autores se advierte una profunda transformación de la sensibilidad medieval. La Virgen, el diablo y el ladrón permiten observar el paso de una literatura centrada en la salvación a otra más abierta a la sátira, al conflicto social y a la representación de un mundo menos estable.
TEXTO ORIGINAL. «Entre vírgenes y diablos: de Berceo al Arcipreste». JACQUES JOSET
COMENTARIO FINAL
La comparación entre Berceo y el Arcipreste permite observar cómo la literatura medieval no permanece inmóvil. Entre el siglo XIII y el siglo XIV cambian los miedos, los símbolos, la economía, la justicia y la manera de representar al pecador.
El ladrón que en Berceo todavía puede ser sostenido por la Virgen y devuelto al camino de la salvación se convierte, en Juan Ruiz, en una figura más dura, más social y más grotesca, ligada al diablo, al dinero y a la corrupción de la justicia. El pecado individual se transforma en problema colectivo; la mala costumbre se convierte en mal oficio; la misericordia milagrosa deja paso a una justicia más terrenal y ejemplarizante.
Este cambio no significa que desaparezca la religión. La cultura medieval sigue profundamente marcada por la salvación, el pecado, el demonio y el juicio moral. Pero el mundo del siglo XIV se muestra más complejo, más urbano, más conflictivo y más consciente de las tensiones sociales. Junto a la Virgen protectora aparece el diablo grotesco; junto al alma redimible aparece el delincuente profesionalizado; junto al milagro aparece la crítica de la justicia humana.
Por eso el texto de Jacques Joset resulta especialmente valioso. No habla solo de vírgenes, diablos y ladrones, sino de una transformación profunda de la sensibilidad medieval. A través de pequeños relatos morales, podemos ver cómo una sociedad cambia de imaginario, de lenguaje y de estilo.
