El Paleolítico (del griego παλαιός, palaiós: ‘antiguo’, y λίθος, lithos: ‘piedra’) es el periodo más largo de la existencia del ser humano (de hecho abarca un 99 % de la misma) y se extiende desde hace unos 2,59 millones de años (en África) [1] hasta hace unos 12 000 años. [2] Constituye, junto con el Mesolítico/Epipaleolítico (fases de transición) y el Neolítico, la llamada Edad de Piedra, denominada así porque la elaboración de utensilios líticos ha servido a los arqueólogos para caracterizarla (en oposición a la posterior Edad de los Metales). El término Paleolítico, etimológicamente «de piedra antigua», fue creado por el arqueólogo John Lubbock en 1865, en contraposición al de Neolítico o «de piedra nueva».
Aunque esta etapa se identifica con el uso de herramientas de piedra tallada, también se utilizaron otras materias primas orgánicas para construir diversos artefactos: hueso, asta, madera, cuero, fibras vegetales, etc. Durante la mayor parte del Paleolítico inferior, las herramientas líticas eran gruesas, pesadas, toscas y difíciles de manejar, pero a lo largo del tiempo fueron haciéndose cada vez más ligeras, pequeñas y eficientes. El hombre del Paleolítico era nómada, es decir, su vida estaba caracterizada por un desplazamiento continuo o periódico (estacional).
El Paleolítico constituye la etapa más larga y decisiva de la historia humana. Durante cientos de miles de años —mucho antes de la agricultura, las ciudades o la escritura— los seres humanos aprendieron a vivir en estrecha relación con la naturaleza, desarrollando las capacidades físicas, técnicas, cognitivas y simbólicas que harían posible todo lo que vendría después. Lejos de ser una fase primitiva en el sentido peyorativo del término, el Paleolítico fue un periodo de intensa creatividad, adaptación y aprendizaje, en el que se forjaron los rasgos fundamentales de la condición humana.
A lo largo de este extenso periodo, los grupos humanos vivieron como cazadores-recolectores, desplazándose según las estaciones, los recursos disponibles y los cambios climáticos. Esta forma de vida exigía un conocimiento profundo del entorno: saber leer el paisaje, reconocer huellas, prever el comportamiento de los animales, identificar plantas comestibles y comprender los ritmos naturales. El Paleolítico no fue una lucha ciega por la supervivencia, sino una relación compleja y dinámica con el medio, basada en la observación, la experiencia acumulada y la transmisión de saberes entre generaciones.
Uno de los rasgos más característicos del Paleolítico es el desarrollo de la tecnología lítica, es decir, la fabricación de herramientas de piedra. A través de técnicas cada vez más refinadas, los seres humanos aprendieron a tallar, golpear y modelar la piedra para producir instrumentos eficaces: bifaces, raspadores, cuchillos o puntas de caza. Estas herramientas no solo mejoraron la obtención de alimento, sino que transformaron la relación del ser humano con el mundo, ampliando sus capacidades de acción y anticipando una forma temprana de pensamiento técnico.
Pero el Paleolítico no fue solo técnica y adaptación material. En este periodo se produjeron avances decisivos en el lenguaje, la organización social y el pensamiento simbólico. La cooperación dentro del grupo, el reparto de tareas, el cuidado de los más vulnerables y la transmisión cultural fueron elementos esenciales para la supervivencia colectiva. Al mismo tiempo, surgieron manifestaciones simbólicas de gran profundidad: enterramientos rituales, objetos con valor no utilitario y, en fases más avanzadas, el arte rupestre, que revela una capacidad de abstracción y expresión sorprendentemente compleja.
El Paleolítico también estuvo marcado por profundos cambios climáticos, especialmente durante las glaciaciones. Estos cambios obligaron a los grupos humanos a adaptarse constantemente, migrando, modificando sus estrategias de subsistencia y desarrollando nuevas formas de organización. Lejos de ser pasivos ante el entorno, los seres humanos del Paleolítico demostraron una notable flexibilidad y resiliencia, cualidades que serían esenciales para la expansión de la humanidad por distintos continentes.
Comprender el Paleolítico es comprender el largo proceso de humanización. En este periodo se establecieron las bases biológicas, culturales y simbólicas de nuestra especie: el uso sistemático de herramientas, la vida social compleja, la comunicación articulada, la conciencia del grupo y, probablemente, las primeras preguntas sobre el mundo y el lugar del ser humano en él. Aunque separado de nosotros por decenas de miles de años, el Paleolítico no es un pasado ajeno, sino el suelo profundo sobre el que se levanta toda la historia humana.
El Paleolítico ha sido dividido tradicionalmente en tres periodos:
- Paleolítico inferior, desde hace unos 2,85 millones de años hasta los 127 000 años antes del presente (AP), abarcando parte del Plioceno y los tres primeros pisos del Pleistoceno: Gelasiense, Calabriense y Chibaniense (antiguamente la segunda era conocida como Pleistoceno inferior y la tercera como Pleistoceno medio);
- Paleolítico medio, hasta los 40 000-30 000 años AP, lo que supone casi todo el Tarantiense (tiempo atrás, Pleistoceno superior);
- Paleolítico superior, hasta alrededor del 12 000 AP y, por tanto, casi todo el resto del Tarantiense (anteriormente, Pleistoceno superior). [3]
Esta periodización solamente es válida en su totalidad para Europa y las áreas de África y Asia más cercanas. Para el resto del Viejo Mundo y América se han comenzado a desarrollar diferentes periodizaciones pero todavía no se han establecido consensos acerca de su utilización.
Bifaz lanceolado de cuarcita procedente de Atapuerca (Burgos, España), datado en unos 350. 000 años. José-Manuel Benito Álvarez (España) —> Locutus Borg. Dominio Público.
Humanos del Paleolítico
El Paleolítico no fue protagonizado por una sola especie humana, sino por una larga sucesión de formas del género Homo, cada una de ellas adaptada a contextos ecológicos, climáticos y tecnológicos distintos. A lo largo de este periodo se produjo una compleja historia evolutiva marcada por la coexistencia de varias especies humanas, la migración fuera de África, la diversificación regional y, en algunos casos, la desaparición sin descendencia directa.
Estas especies no deben entenderse como una simple cadena lineal que conduce inevitablemente al ser humano actual, sino como un entramado evolutivo en el que distintos linajes compartieron el planeta, intercambiaron conocimientos técnicos y, en fases más recientes, incluso se cruzaron genéticamente. El estudio de los humanos del Paleolítico permite así reconstruir no solo nuestra biología, sino también los orígenes de la conducta social, la tecnología y la cultura humanas.
Al identificarse el Paleolítico con el uso de herramientas líticas por parte de las especies conocidas del género Homo, buena parte de nuestros ancestros homininos, como Australopithecus, quedan fuera de su ámbito de estudio. Se consideran dentro:
- Homo habilis, su primer representante, tenía una capacidad craneal de 600-800 cm³, medía entre 1,2 y 1,5 m de altura y pesaba unos 50 kg. Vivió en África hace 2,5-1,6 millones de años AP. [4]
- Homo rudolfensis, localizado solamente en África oriental, [4] tenía unos 750 cm³ y entre 2,4-1,9 millones de años de antigüedad. Está sujeto a polémica, creyendo algunos autores que pertenecería a H. habilis.
- Homo ergaster, fue el primero en emigrar de África. Con unos 850 cm³ de capacidad encefálica y entre 1,8-1,4 millones de años, es el antecesor africano del H. erectus.[5]
- Homo georgicus, con una capacidad encefálica de 650 cm³ y 1,6 millones de años, ha sido identificado solamente en Georgia. Algunos autores lo consideran H. ergaster.[5]
- Homo erectus, con 900-1100 cm³, habitó Asia entre 1,8-0,2 millones de años AP.
- Homo antecessor, descendiente de H. ergaster y ancestro de H. heidelbergensis, con un cerebro de más de 1000 cm³, vivió en Europa y, quizás en África, hace unos 800 000 años.[5]
- Homo heidelbergensis, con una antigüedad de entre 500 000 y 150 000 años, sería el antecesor de H. neanderthaliensis y europeo como él.[5] Medía 1,80 m de altura, pesaba unos 100 kg y tendría un cráneo de 1350 cm³.
- Homo neanderthaliensis, algo menos robusto que su predecesor, poseía una capacidad craneal superior a la nuestra, de unos 1500 cm³, pesaba unos 70 kg y medía 1,70 m. Habitó Europa y Oriente Próximo entre 110 000 y 30 000 años AP.[6]
- Homo floresiensis, poco conocido todavía, con un metro de altura y un cerebro de 380 cm³, vivió en la isla de Flores (Indonesia) hasta hace unos 15 000 años.
- Homo rhodesiensis, con 1200-1400 cm³, vivió en África entre 500 000-200 000 años AP. Está sujeto a debate, siendo considerada por algunos autores una especie propia (presapiens)[7] y adscrito por otros a H. heidelbergensis.
- Homo sapiens, nuestra especie, que apareció en África hace unos 200 000 años. [7]
El conjunto de especies humanas del Paleolítico muestra un proceso gradual de aumento de la capacidad cerebral, de complejidad técnica y de adaptación social, aunque no siempre de forma uniforme ni lineal. Algunas especies desarrollaron tecnologías avanzadas y amplias capacidades cognitivas sin dar lugar a descendencia directa, mientras que otras contribuyeron de manera decisiva al linaje del Homo sapiens.
Lejos de ser una excepción aislada, nuestra especie es el resultado final —y provisional— de este largo proceso de experimentación evolutiva. El Paleolítico fue, en este sentido, un laboratorio de humanidad, en el que se pusieron a prueba múltiples formas de ser humano antes de que una sola llegara hasta el presente.
Clima
Por diversas razones (variaciones en la inclinación del eje de rotación de la Tierra, cambios en la órbita terrestre, ciclos polares…) el clima de la Tierra ha ido variando, hasta donde sabemos, desde el Precámbrico. Entre estos cambios las denominadas glaciaciones del período Cuaternario son los mejores conocidos. Hasta hace pocos años se suponía que en Europa, Norteamérica y Asia Central hubo largos períodos en los que el clima se parecía al que hay ahora en Siberia, Groenlandia o Alaska —es decir, una temperatura media 10 o 12 grados más baja que la actual (glaciaciones)—, durante los cuales se vivía en condiciones similares a las actuales de los lapones o esquimales. Estos momentos se alternaban con los interglaciares en los que el clima era tan templado como el de hoy en día.
Esta visión está sujeta actualmente a revisión. Una de las razones es que son episodios que no están bien datados; otra, es que son regionales, de escala amplia, pero que no afectaron por igual a todo el planeta. Bien es cierto que se ha intentado una correlación entre los períodos glaciares de los diferentes continentes, sobre todo entre las glaciaciones clásicas de Centroeuropa, el Mediterráneo y el Atlántico; pero sigue siendo un tanto arriesgada.
Además, la noción misma de las glaciaciones como unos largos períodos fríos que se alternaban con otros largos episodios cálidos de manera estable está siendo muy cuestionada. Actualmente se da por seguro que lo que hubo fueron una serie de cambios climáticos muy numerosos y de corta duración, a los que identifican los científicos en la escala de estadios isotópicos con numeraciones pares para las fases frías e impares para las templadas. A pesar de lo cual sigue manteniéndose la terminología relacionada con las glaciaciones como referencia a la hora de fechar los acontecimientos del Paleolítico. [8]
Restos de Elephas antiquus exhumados en el yacimiento soriano de Ambrona. Foto: José-Manuel Benito – Dominio Público.-
En el hemisferio norte, el casquete polar permanente superaba el paralelo 50 en los períodos de máximo glaciar. Se sabe que las glaciaciones afectaron también a los Andes y que la Patagonia se cubrió de una capa permanente de hielo. También hay glaciares extintos de época pleistocena en las montañas más altas de África central, Nueva Zelanda y otros puntos de Oceanía.
Las zonas en las que no se produjeron episodios glaciares (como la mayor parte de África) sufrieron unos períodos de mayor humedad conocidos como pluviaciones, seguidos de otros de mayor sequedad, pero esta alternancia es todavía muy mal conocida.
A pesar de todo, existe un método relativamente preciso para medir las variaciones climáticas a nivel global, al menos desde hace unos 700 000 años, gracias a las llamadas Curvas de paleotemperaturas de isótopos de oxígeno. Este sistema se basa en el principio de que el oxígeno de los océanos (concretamente sus isótopos 16O y 18O) ha ido variando en su proporción a lo largo del tiempo. Dado que tales isótopos quedan atrapados en las conchas de animales marinos (foraminíferos), es posible calcular tales variaciones por medio de sondeos estratigráficos submarinos. El más utilizado es el V28-238 del Pacífico, pero también lo hay en el Mediterráneo.
Similares medidas pueden tomarse, también por medio de los isótopos de deuterio (δD), que también refleja la cantidad de 18O en las conchas de foraminíferos, pero en este caso los sondeos son practicados en los casquetes polares.
Véase también: Glaciación
Economía
La economía del Paleolítico no puede entenderse en términos de producción, acumulación o intercambio monetario, sino como un sistema de subsistencia estrechamente vinculado al entorno natural. Se trataba de una economía inmediata, orientada a satisfacer las necesidades del grupo a corto plazo y basada en el conocimiento detallado del territorio, de los ciclos estacionales y de los recursos disponibles.
Más que una actividad separada, la economía paleolítica formaba parte de la vida cotidiana: obtener alimento, fabricar herramientas, confeccionar ropa o construir refugios eran tareas interrelacionadas que exigían cooperación, planificación y transmisión de conocimientos. En este sentido, la economía del Paleolítico fue una economía de adaptación y supervivencia, profundamente condicionada por el medio y por el nivel tecnológico alcanzado en cada momento.
La economía del Paleolítico era depredadora, del tipo caza-recolección y con ella cubrían sus necesidades básicas: comida, leña y materiales para sus herramientas, ropa o cabañas. La caza fue poco importante al principio del Paleolítico, predominando la recolección y el carroñeo. A medida que el ser humano progresó física y tecnológicamente la caza fue cobrando mayor importancia:
Los primeros homininos, incluidos los australopitecos y Homo habilis apenas eran capaces de cazar. Vivían de la recolección de vegetales comestibles (tubérculos, raíces, cortezas y brotes tiernos, frutas y semillas); de capturar pequeños animales (insectos, reptiles, roedores, polluelos, huevos…) y de animales muertos o enfermos que encontraban (carroña, sobre todo). Eran animales oportunistas. [15]
Los Homo erectus ya cazaban, pero su verdadera base alimenticia siguió siendo la recolección y la carroña, así como las capturas oportunistas o con trampas.
Los verdaderos homininos cazadores son Homo heidelbergensis, Homo neanderthalensis y Homo sapiens que, sin embargo, nunca dejaron de comer vegetales, pequeños animales o carroña. Sobre los grandes yacimientos de Torralba y Ambrona, en Soria, España, [16] (donde hace unos 300 000 años despiezaban enormes elefantes de hasta 20 tn de peso) algunos autores sostienen que no eran cazadores, sino lugares de carroñeo, [17] mientras que otros creen que H. heidelbergensis se aprovecharía de la reducida movilidad de los elefantes en estas áreas pantanosas para cazarlos. Una prueba clara de que este hominino cazaba son las lanzas de madera de Schöningen, con 400 000 años de antigüedad. [18] Los neandertales y H. sapiens también aprendieron a pescar por medio de arpones, redes o anzuelos.
La evolución de la economía paleolítica refleja un proceso gradual de especialización y mejora técnica, pero siempre dentro de un modelo de subsistencia flexible y diversificado. Incluso en las fases más avanzadas, la caza especializada convivió con la recolección, el consumo de pequeños animales y el aprovechamiento ocasional de carroña, lo que reducía el riesgo de escasez y aumentaba las posibilidades de supervivencia.
Esta economía, basada en la movilidad, la cooperación y el reparto, favoreció formas de organización social relativamente igualitarias, en las que la acumulación de bienes tenía un papel limitado. Lejos de la imagen de precariedad extrema, la economía del Paleolítico fue el resultado de un conocimiento profundo del entorno y de una relación activa y creativa con la naturaleza, que permitió a los grupos humanos sobrevivir durante milenios en condiciones muy diversas.
Tecnología
Categoría principal: Tecnología prehistórica
La tecnología del Paleolítico fue el resultado de un largo proceso de experimentación, aprendizaje y transmisión cultural. Aunque a primera vista pueda parecer simple, la fabricación de herramientas líticas exigía una notable capacidad de observación, planificación y control del gesto. Cada instrumento era el fruto de una cadena de decisiones: elección de la materia prima, conocimiento de sus propiedades, previsión del uso final y dominio de las técnicas de talla.
En este sentido, la tecnología paleolítica no fue un conjunto de objetos aislados, sino un sistema de saberes prácticos compartidos dentro del grupo. La continuidad técnica a lo largo del Paleolítico no indica estancamiento, sino estabilidad y eficacia: las herramientas que funcionaban se perfeccionaban, se adaptaban a nuevas necesidades y se transmitían de generación en generación.
En esencia, las técnicas de fabricación de utensilios no cambiaron demasiado a lo largo del Paleolítico, a pesar de la multitud de culturas que han llegado a diferenciarse; lo que sí se produjo fue un proceso de perfeccionamiento más o menos constante en la obtención de las formas deseadas.
Los útiles de piedra se fabricaron por medio de diversas técnicas de talla, entre las que destaca la percusión: se golpeaba el núcleo de una roca de rotura concoidea (cuarzo, cuarcita, sílex, obsidiana, etc.) con un percutor de piedra (percutor duro) o de cuerna de cérvido (percutor blando o elástico), para dar forma a las herramientas líticas. En el Paleolítico superior se llegó a tallar la piedra por presión, además de por percusión, consiguiendo un mayor control sobre el resultado. En ambos casos se obtenían filos cortantes o, bien, esquirlas afiladas denominadas lascas. Inicialmente se fabricaban herramientas de piedra muy simples, los cantos tallados; después aparecieron los bifaces o «hachas de mano», que servían para hacer de todo: cortar, cavar, romper o perforar; más adelante, los útiles se especializaron, apareciendo las raederas (para curtir pieles), los cuchillos (para desollar animales), las puntas de lanza de piedra, etc. [19] [20]
La evolución tecnológica del Paleolítico muestra un avance progresivo en el control de la forma, del gesto y del resultado final. Este perfeccionamiento no fue automático ni uniforme, sino el fruto de la experiencia acumulada y del aprendizaje social. La aparición de técnicas como la talla por presión en el Paleolítico superior refleja un aumento en la precisión y en la capacidad de anticipar mentalmente la herramienta antes de fabricarla.
Más allá de su función práctica, las herramientas paleolíticas constituyen una expresión temprana de la inteligencia técnica humana. En ellas se combinan necesidad, conocimiento del entorno y capacidad de abstracción, anticipando una relación con la materia que será fundamental en todas las etapas posteriores de la historia humana.
Canto tallado, el utensilio más antiguo y sencillo que fabricó el ser humano en el Paleolítico inferior. José-Manuel Benito Álvarez (España) —> Locutus Borg • CC BY-SA 2.5
El bifaz supuso una auténtica revolución tecnológica, dando lugar a una cultura propia, el Achelense. José-Manuel Benito
El hendidor achelense, de apariencia sencilla, pero conceptualmente muy avanzado. (José-Manuel Benito).
La raedera, una lasca preparada para curtir pieles, se generalizó en el Paleolítico medio. José-Manuel Benito • CC BY-SA 2.5
Utensilios del Paleolítico superior: hoja de sílex, raspador y perforador. José-Manuel Benito. Public domain
Punta foliácea (en forma de hoja de laurel) con talla bifacial por presión (Solutrense). José-Manuel Benito • CC BY-SA 2.5.
Arpón con microlitos, arpón de doble hilera y azagaya (Magdaleniense). José-Manuel Benito • CC BY-SA 2.5
Pequeños útiles de hueso del Paleolítico superior: aguja de coser y anzuelo. José-Manuel Benito • Public domain.
La evolución de la talla de la piedra a lo largo del Paleolítico constituye uno de los mejores indicadores del desarrollo técnico y cognitivo de los seres humanos. Lejos de tratarse de un progreso brusco, este proceso se caracterizó por una mejora gradual en el aprovechamiento de la materia prima, en el control del gesto y en la planificación de la herramienta antes de su fabricación.
El paso de unas técnicas a otras no implica necesariamente la sustitución inmediata de las anteriores, sino la incorporación de nuevos métodos que convivieron durante largos periodos. Cada modo técnico refleja un aumento en la capacidad de anticipación, en la destreza manual y en la transmisión cultural del conocimiento técnico dentro de los grupos humanos.
Se pueden distinguir las siguientes etapas en la talla de la piedra:
- Paleolítico inferior arcaico, en el que predomina la llamada Cultura de los cantos tallados o modo técnico 1, conocida también con los apelativos anglosajones de olduvayense o Pebble Culture. Los homininos obtenían unos 10 cm de filo cortante de un kilogramo de roca.
- El achelense (asociado a los bifaces) y las similares culturas sin bifaces de Asia (Pre-soaniense-soaniense en India y China y padjitaniense en Japón, todas del Paleolítico inferior), constituirían el modo técnico 2, mediante el cual se desarrollan unas técnicas de talla bifacial que permiten obtener hasta 40 cm de filo de un kilogramo de roca; para ello daban entre 25 y 70 golpes.
- Durante el musteriense y otras culturas musteroides (modo técnico 3, correspondiente al denominado Paleolítico medio) eran capaces de obtener hasta dos metros de filo cortante de un kilogramo de roca, dando más de 70 golpes.
- Los humanos modernos portadores del modo técnico 4 (Paleolítico superior) llegaron a sacar de un kilogramo de roca más de 26 m de filo cortante, aunque tenían que dar más de 250 golpes. [21]
También se fabricaron útiles de hueso como los punzones, las azagayas o puntas de lanza, los arpones para la pesca, propulsores, agujas de coser, anzuelos, bastones perforados (a menudo erróneamente llamados «bastones de mando»), etc. Sin embargo todos estos artefactos solo se volvieron abundantes con la llegada a Europa de los humanos modernos, en el denominado Paleolítico Superior.
El incremento progresivo en la cantidad de filo obtenido por kilogramo de roca no solo indica una mayor eficacia técnica, sino también una creciente capacidad de abstracción y planificación. Cada avance supuso una mejor comprensión de las propiedades del material, una mayor precisión en la ejecución y una reducción del desperdicio, aspectos fundamentales en contextos de subsistencia.
La diversificación de materiales —piedra, hueso, asta y madera— y la especialización de los útiles durante el Paleolítico Superior marcan un punto de inflexión en la historia tecnológica humana. A partir de este momento, la técnica dejó de estar limitada casi exclusivamente a la piedra y comenzó a integrarse en un sistema tecnológico más complejo, estrechamente ligado al desarrollo cultural, simbólico y social de los humanos modernos.
Creencias
Artículo principal: Arte prehistórico y Arte del paleolítico.
El estudio de las creencias en el Paleolítico plantea una de las cuestiones más complejas y delicadas de la prehistoria: en qué momento los seres humanos comenzaron a atribuir significado simbólico a la muerte, a la naturaleza y a su propia existencia. A diferencia de la tecnología o la economía, las creencias no dejan huellas materiales directas y solo pueden inferirse a partir de comportamientos, prácticas funerarias, objetos simbólicos o manifestaciones artísticas.
Por ello, cualquier aproximación a la espiritualidad paleolítica debe hacerse con cautela, evitando tanto la negación sistemática de lo simbólico como la proyección de creencias modernas sobre sociedades muy alejadas en el tiempo. Aun así, los indicios arqueológicos sugieren que el pensamiento simbólico y ritual apareció de forma gradual, mucho antes de la consolidación de las religiones propiamente dichas.
Hasta hace poco las primeras evidencias de que los hominidos habían desarrollado ciertas creencias religiosas y espirituales pertenecían al Paleolítico medio: los neandertales presentan un comportamiento funerario complejo, caracterizado por hechos como que enterraban a sus muertos, les ofrecían ofrendas (artefactos líticos, flores o restos de animales) y, en algún caso, manipulaban los cuerpos. [22] Pero el hallazgo de decenas de individuos de H. heidelbergensis arrojados intencionadamente a la Sima de los Huesos junto con un bifaz sin utilizar ha llevado a los investigadores a remontarse hasta más allá de los 300 000 años. [18] Este tipo de comportamientos se generalizó y diversificó con la aparición del H. sapiens.
Por otro lado, antropólogos como James Harrod y Vincent W. Fallio, han propuesto recientemente que la religión y la espiritualidad (así como el arte) podrían haber surgido primero entre homínidos prepaleolíticos o en las sociedades tempranas del Paleolítico inferior. De acuerdo con Fallio, el ancestro común de los chimpancés y los humanos experimentó estados alterados de conciencia, participando en el ritual, el cual fue utilizado en sus sociedades con la finalidad de fortalecer los lazos sociales y la cohesión del grupo.
Aunque existen una placa grabada hace 300 000 años en Alemania (en Bilzingsleben) [23] y una posible figura antropomorfa de 250 000 en Israel (en Berejat Ram), solo son ejemplos aislados de arte paleolítico, no habiéndose generalizado las manifestaciones simbólico-artísticas hasta la aparición de H. sapiens. Estas evidencias se remontarían a, por lo menos, 75 000 años, consistiendo en unas placas grabadas y pintadas, así como una serie de conchas marinas perforadas, halladas todas ellas en Sudáfrica (en la cueva de Blombos). Es posible que el H. sapiens haya producido elementos artísticos o decorativos con anterioridad a esta fecha, pero su cuna es África y allí es muy difícil datar adecuadamente ciertas manifestaciones artísticas y las investigaciones al respecto no son tan abundantes como en otros continentes. [24]
El desarrollo de creencias, rituales y manifestaciones simbólicas durante el Paleolítico no fue un fenómeno repentino ni exclusivo de una sola especie humana, sino el resultado de un largo proceso de evolución cognitiva y social. Estas prácticas contribuyeron a reforzar la cohesión del grupo, a dotar de sentido a la experiencia colectiva y a establecer vínculos emocionales y simbólicos más allá de la mera supervivencia material.
Con la expansión del Homo sapiens, el pensamiento simbólico alcanzó una complejidad y una difusión sin precedentes, integrándose de manera estable en la vida social mediante el arte, el ritual y la ornamentación personal. En este sentido, las creencias paleolíticas pueden considerarse el origen remoto de las tradiciones religiosas, artísticas y culturales que han acompañado al ser humano a lo largo de toda su historia.
Venus de Willendorf, estatuilla antropomorfa femenina del Paleolítico superior (entre 22 000-24 000 años AP). MatthiasKabel • CC BY 2.5
En Europa se han encontrado gran cantidad de obras de arte posteriores, pintadas o esculpidas en las paredes de las cuevas (arte parietal) o decorando elementos de uso cotidiano (arte mueble, que abarca artefactos de piedra, hueso o marfil, como arpones, puntas de lanza o bastones). No se sabe cuál era el objeto de estas representaciones simbólicas, pero es posible que tuvieran alguna finalidad mágica o religiosa, ya que su temática está íntimamente relacionada con el medio natural y su numen. Quizás eran una forma de magia simpática o evocaban figuras apotropaicas (protectoras). Las venus paleolíticas nos proporcionarían, según algunos autores, un indicio, ya que podrían haberse utilizado para asegurar el éxito en la caza o para lograr la fertilidad de la tierra o femenina. [25] Otras veces han sido explicadas como representaciones de la Madre Tierra, similar a la diosa Gea, [26] siendo descritas, además, por James Harrod como representantes de las mujeres (y hombres) en chamánicos procesos de transformación espiritual. [27]
Véase también
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