El monasterio de San Millán de la Cogolla
El monasterio de San Millán de la Cogolla es una institución religiosa situada en el municipio de San Millán de la Cogolla, en la comunidad autónoma de La Rioja. Su origen se vincula a la figura de San Millán, eremita del siglo VI, cuya memoria dio lugar a una larga tradición espiritual, monástica y cultural. Desde entonces hasta la actualidad, este espacio ha conocido distintas formas de vida religiosa: eremitismo, cenobio, monasterio visigodo dúplice con regla hispánica, monasterio mozárabe, monasterio benedictino y, en la actualidad, convento de frailes de la Orden de Agustinos Recoletos.
Cronología. Se conocen el documento de consagración del año 959 y el de dedicación del 984. La cronología del conjunto ha sido objeto de distintas interpretaciones. Fontaine y Puertas defienden un origen visigodo, mientras que Heras y Núñez consideran que las bóvedas esquifadas pertenecerían a la nave de una iglesia visigoda transformada en época mozárabe, y que los cañones corresponderían a tiempos de Sancho III, en el primer tercio del siglo XI. Lampérez y Gómez Moreno, por su parte, consideran la obra mozárabe desde su origen.
Arbeiter y Noack aceptan la afiliación visigoda de algunos de los materiales hallados por Castillo y los vinculan a ciertos tramos de sillería del edificio, aunque sin concretar exactamente cuáles. De época mozárabe, entre el 959 y el 984, serían los ámbitos con bóvedas y las dos naves. En el siglo XI, el edificio se prolongaría hacia el oeste.
La lectura de paramentos de la iglesia realizada por Caballero distingue varias fases constructivas, de las que pueden destacarse las tres primeras:
- Edificio premozárabe de sillería arenisca a soga, tallada a cincel y trabada con mortero. Coincide en planta con el espacio nordeste hacia la jamba meridional del vano oriental del sur. Hacia el oeste se extendería posiblemente hasta el pilar que marca la desviación de la iglesia hacia el norte. Se relaciona con la primera covacha.
- Fase mozárabe, en la que se diferencian tres momentos. En primer lugar, un edificio de dos espacios orientales cubiertos con bóvedas esquifadas y un aula dividida en dos naves por una arquería de dos columnas centrales y dos pilares cruciformes compuestos en los extremos. Estos espacios se abrían también a las covachas excavadas en la roca. Se constata, además, el adosamiento de unas habitaciones orientales pertenecientes a este momento, realizadas con sillería caliza tallada con azuela. En segundo lugar, un incendio intencionado del edificio, tradicionalmente relacionado con comienzos del siglo XI y con el contexto de Almanzor. En tercer lugar, la reposición de las columnas de la arquería, la apertura de un vano oriental en la cabecera meridional y la adición de un pórtico meridional adosado y paralelo al aula.
- Ampliación protorrománica hacia el oeste, con tres nuevos tramos de aula posiblemente abovedados, fechada a principios del siglo XI.
Monasterio de San Millán de Yuso. Entrada. Foto: Jose Luis Filpo Cabana. CC BY 3.0. Original file (3,603 × 2,027 pixels, file size: 4.87 MB).
El monasterio donde se formó Gonzalo de Berceo. Para situar el monasterio de San Millán de la Cogolla, lugar en que se formó Gonzalo de Berceo y desde donde escribió sus obras, es necesario tener en cuenta el contexto político y cultural de la Rioja medieval. El rey de Navarra, Sancho Garcés, reconquistó Nájera, ciudad en la que residió habitualmente y que llegó a ser sede episcopal y un importante centro de cultura. Los monarcas navarros favorecieron de forma especial los monasterios de su área, y uno de los más beneficiados fue San Millán, que alcanzó una gran riqueza e importancia. De ello dan testimonio tanto sus fondos bibliográficos como la extensión de sus dominios materiales.
Estos dominios fueron muy amplios, sobre todo gracias a las donaciones reales, especialmente las de García Sánchez III, el de Nájera, después de la reconquista de Calahorra el 30 de abril de 1054. Además de dichas donaciones, García Sánchez hizo que San Millán pasara a depender de la autoridad castellana y trasladó al monasterio el cuerpo del santo, lo que motivó las peregrinaciones de Castilla en 1053 y de Álava en 1067.
Como consecuencia de estos favores y donaciones, los dominios del monasterio se extendieron desde San Millán hasta Montes de Oca, la zona de Obarenes, el valle de Mena, la Bureba y el valle del Arlanzón. Por otro lado, alcanzaban desde la peña de Orduña hasta la sierra de San Antonio y el alto curso del río Tirón. También llegaban hasta la ría de Guernica, y el monasterio poseía pesquerías en Bermeo.
A pesar de estas ayudas, el rey García, heredero de Sancho el Mayor, provocó recelos entre los castellanos, recelos de los que también participó el cenobio de San Millán. La causa de esta animosidad contra García es difícil de precisar. Tal vez los castellanos se consideraran perjudicados en el reparto de los reinos, al no haber sido heredados por el primogénito, sino por un segundón. El caso es que desde fines del siglo XI, y tras la ocupación de La Rioja por Alfonso VI, se advierte una creciente hostilidad contra Navarra, personificada en el rey de Nájera e intensificada tras la incorporación definitiva de La Rioja a Castilla en 1087. Es posible que parte de este relato responda a una forma de propaganda política.
Un dato significativo a este respecto es la redacción de la Historia Silense. Al narrar la muerte del monarca en Atapuerca, la atribuye a las pasiones de la envidia y la soberbia. Esta explicación moral de la muerte del rey pasa después a la Historia Najerense y, desde ella, a las obras del Tudense y del Toledano, que presentan la oposición entre Fernando I el Magno, “manso y humano”, y el rey Sancho García, “agrio y furioso”. Lo cierto, sin embargo, es que Fernando acudió al funeral de su hermano y que se devolvieron predios al monasterio de San Millán.
No deja de ser curioso que ni Berceo ni su fuente latina, Grimaldo, recojan en la Vida de Santo Domingo un hecho importante: Domingo de Silos, junto con Íñigo, abad de Oña, intervino en la contienda con el fin de detener la lucha entre los dos hermanos.
De esta hostilidad contra García se hace cargo J. M.ª Ramos Loscertales, que estudia su reflejo en las crónicas medievales, las cuales justifican primero la pérdida de Castilla, después la de las comarcas que el rey había poseído en ella y, finalmente, su propia vida. La animosidad contra García llegó incluso a suponer que este rey había levantado una calumnia de adulterio contra su propia madre.
En cualquier caso, cuando escribe Berceo, hacía ya muchos años que San Millán, al igual que Silos, estaba bajo dominio castellano. En vida del poeta, la frontera navarra no rebasaba la orilla izquierda del Ebro y llegaba solo hasta la altura de Laguardia. Sin embargo, los problemas del monasterio no terminaban ahí. El cenobio de San Millán tuvo un marcado carácter conflictivo durante toda la Edad Media. Sus relaciones fueron tensas con Calahorra, con Nájera y con numerosos municipios e iglesias castellanas, fundamentalmente por motivos económicos.
De este contexto procede la primera falsificación de los votos, estudiada por A. Ubieto y por el P. Luciano Serrano, quien explica que el documento se forjó con fines económicos, es decir, con el propósito de inducir a los pueblos de Castilla a satisfacer determinadas limosnas al santo con carácter obligatorio.
Si tenemos en cuenta que el río Carrión limitaba los lugares que tributaban a Santiago de aquellos que lo hacían a San Millán, veremos que los lugares enumerados en los Votos apenas se extienden al oriente de San Millán, y sí, en cambio, hacia zonas de las actuales provincias de Álava, Burgos y lugares próximos, como Cameros. Parece tratarse, por tanto, de un intento de expansión económica en un territorio controlado por Santiago.
Quizá el carácter conflictivo del cenobio de San Millán y la necesidad de defender sus supuestos derechos históricos expliquen el tema y el tratamiento de algunas obras de Berceo. El autor, exceptuados los temas generales o litúrgicos, trata únicamente vidas relacionadas con los monasterios de Silos y San Millán, situadas en un buen tiempo pasado y abordadas desde un enfoque pasadista y parenético.
Por el contrario, a Berceo no parece interesarle como tema literario el tiempo presente, ya que no aparecen en su obra, ni siquiera aludidos, grandes acontecimientos de su época, como el hambre de 1143, las guerras de Andalucía, la reconquista de Córdoba o la batalla de las Navas. Todo lo que no se relaciona directamente con su entorno inmediato parece quedarle lejos.
Estas observaciones, sin embargo, no autorizan a concluir que Berceo se encuentre desligado de la realidad de su tiempo. Su temática literaria, aunque pasadista, está al servicio del presente. En parte, el elogio nostálgico de una edad de oro perdida, tan frecuente en sus obras, se revela como un medio para prestigiar, con argumentos históricos, la causa que defiende.
En este sentido pueden entenderse formulaciones como las siguientes:
“Ennos tiempos derechos que corrié la verdat…”
o aquellas otras en las que se afirma que Dios hacía milagros cotidianos por los hombres, que nadie mentía a su cristiano y que los tiempos eran derechos, tanto en invierno como en verano. Estas expresiones no deben interpretarse como fruto de un poeta ingenuo ni como intento de crear una realidad escapista, sino como parte de una construcción literaria e ideológica al servicio de una memoria monástica.
A propósito de esta cuestión, parece obligada la referencia a Brian Dutton. Aunque Tomás Antonio Sánchez ya se hizo eco de la opinión de algunos críticos modernos que veían en el tributo un engaño, y aunque A. Ubieto estudió magistralmente el asunto, fue Dutton quien sistematizó y difundió el problema de los votos. Su opinión resulta matizada: lejos de sugerir que Berceo careciera de devoción sincera o que no fuera más que un hábil componedor de anuncios, considera que la Vida de San Millán es producto de una devoción hondamente sentida, pero también de una obra motivada por consideraciones económicas y condicionada por la sociedad en que vivía. La obra tomó forma concreta gracias a las dotes literarias de Berceo. Se escribió la Vida de San Millán porque todos esos factores —problemas económicos, devoción al santo y talento literario— estaban presentes al mismo tiempo. Berceo, muy devoto de su monasterio, juzgó injusta su fortuna decadente y descubrió en sus habilidades literarias una manera de contribuir a rectificar la situación.
No obstante, algunos seguidores o intérpretes de Dutton han presentado a Berceo como encubridor de falsedades o como embaucador de pobres gentes mediante la superchería de los votos. Este juicio parece excesivo. Hay que contemplar a Berceo y a su obra con perspectiva histórica, entendiendo su relación con el monasterio dentro de una situación que no es la nuestra.
En primer lugar, conviene recordar que con los votos falsificados no se pretendía tanto explotar a las ciudades o pueblos señalados en ellos como cambiar el destino de determinados tributos, canalizándolos hacia San Millán. Por otra parte, el cenobio de San Millán de la Cogolla, como tantos otros monasterios medievales, no era solo un centro religioso. Era también un centro de cultura, de acción política, social e institucional. Por eso, cuando Berceo afirma que “es por un monasterio un regno captenido”, no parece simple propaganda ni hipérbole.
El monasterio era también un centro asistencial, y al servicio de todos estos fines estaba su dimensión económica. Entre sus funciones de asistencia puede señalarse, por ejemplo, la traditio corporis et animae, institución que vinculaba bienes y personas al cuidado temporal del monasterio. A cambio, este garantizaba a sus donantes el cuidado material en vida y los auxilios espirituales tras la muerte. No se puede ignorar la existencia de este tipo de prestación, a la que Berceo se refiere cuando escribe que Santo Domingo “confessó a su padre fiçolo fradear”.
En este complejo sistema de vida que fue el monasterio medieval se encuentra inmerso Berceo. Parece aceptarlo con entusiasmo y naturalidad, como quien no conoce nada mejor; probablemente, desde su perspectiva, tenía razón. Como a cualquier otro autor, a Berceo hay que entenderlo —no juzgarlo desde valores ajenos a su tiempo— de acuerdo con las realidades históricas, sociales y religiosas en las que vivió.
Imagen: Fernando Aznar Cenamor.
