Después de la revisión somera sobre la medicina durante el periodo medieval que hemos presentado, trataremos de situar lo sucedido con la práctica de las mujeres. Unas mujeres que, al menos, cuidaban a los enfermos de su familia, con lo que buena parte de la medicina doméstica estaba en sus manos. Pero que se ocupaban asimismo de las enfermerías de los monasterios o de los hospitales de pobres y enfermos, además desde luego de encargarse de otros cometidos de tipo sanitario, como enseguida veremos.
Nos hemos referido en primer lugar a la medicina monástica. Y, aunque en principio solemos pensar en monjes y monasterios masculinos, está plenamente establecido que los femeninos fueron surgiendo casi a la par que aquellos y, también, que las normas y obligaciones que imperaban en unos y otros eran bastante similares. A pesar de lo que podría pensarse, el monacato femenino fue durante la denostada Edad Media un brillante espacio de libertad y de poder para las mujeres. Las monjas medievales no solo eran capaces de poseer una gran cultura, sino de ejercer asimismo su autoridad sobre los varones, como lo prueba, por ejemplo, la existencia de los monasterios dobles de monjes y monjas bajo el gobierno de una sola abadesa. En esos monasterios femeninos medievales, que para las mujeres de aquella época fueron, como decimos, centros de sabiduría y espacios de libertad, junto a la oración y otras actividades propias de la vida monacal, las monjas se dedicaban a la lectura y a la escritura, exactamente igual que sus compañeros masculinos de orden. Esto significa que si ellos tuvieron a su alcance algunos de los escritos médicos más destacados de la medicina grecolatina no hay razón para pensar que ellas no lo tuvieran igualmente. Si ellos los leyeron y estudiaron, ellas lo hicieron de forma parecida. Y si ellos desarrollaron una práctica médica a través de la enfermería del monasterio y de los primeros hospitales y leproserías, con ellas sucedió del mismo modo. Es cierto que no son numerosos los documentos que lo atestigüen —centrados en el ámbito médico—, pero tampoco hay documentos que digan lo contrario. De hecho, lo que no se encuentra son prohibiciones dirigidas de forma expresa contra la formación o el ejercicio médico entre las mujeres. Pero sí se menciona en las historias de los monasterios femeninos la dedicación de las monjas encargadas de la enfermería, así como en los libros de consejos morales, la responsabilidad de las cuidadoras de los enfermos.
Por otra parte, a lo largo de todo el periodo medieval continuaron las prácticas médicas y quirúrgicas —fundamentalmente estas últimas—, a cargo tanto de hombres como de mujeres que no habían recibido una formación ni en el monasterio ni en la escuela catedralicia ni, después, en la universidad. Su instrucción era sobre todo —aunque no necesariamente de manera exclusiva— de tipo práctico, acompañando a otro sanador experimentado del que aprendían. En el caso de las mujeres hay documentos que avalan que algunas de ellas trabajaban junto a sus padres o esposos, médicos y cirujanos, por lo que esta podría ser una de las maneras en que desarrollaran su proceso de aprendizaje9 . Hasta que en los siglos xii y xiii se empezó a organizar el sistema sanitario, tal y como lo hemos visto más atrás, no hubo ningún problema para las mujeres. De hecho, en inicio, no hubo una prohibición expresa para que las mujeres pudieran ejercer. Pero a partir de entonces cada vez fueron más frecuentes los conflictos, que se agravarían en los siglos siguientes, pues a medida que avanzaba la organización del sistema sanitario, ordenado por hombres ciertamente, cada vez era más patente el interés por acotar la función de esas mujeres. Los conflictos a que aludimos empezaron a surgir una vez constituidos los estudios universitarios, por no poseer el título adecuado para poder ejercer todos aquellos —hombres o mujeres— que no iban a la universidad. Algo que les impedía, sobre todo, actuar en el ámbito de la medicina en sí, el propiamente médico, reservado para los titulados en la institución y no tanto en el ligado a las prácticas quirúrgicas, ya que estas no eran objeto de estudio en la mayoría de las universidades, salvo alguna excepción.
No obstante, como ya lo adelantábamos, el proceso organizativo de la titulación médica y del ejercicio profesional que terminaría por ser todo un éxito tuvo una implantación lenta y con algunas grietas o resquicios por donde se colaron los sanadores no universitarios. Entre otras cosas, por algo tan sencillo como que el número de médicos con título universitario era absolutamente insuficiente para atender a toda la población. Eso sin contar con que la medicina se había convertido en algo lucrativo y no todos los titulados querían atender a quien no podía pagar sus servicios y mucho menos en el medio rural. Como tampoco querían atender casos quirúrgicos para los que además no estaban preparados. Todo esto explica que no sea extraordinario encontrar en la documentación datos que revelan que los enfermos acudían tanto a la medicina universitaria como a la practicada por mujeres y eso a pesar de la devaluación progresiva de la imagen que de estas últimas se va advirtiendo en la literatura misógina que acompaña a la institucionalización de la medicina10. Una documentación que también pone de manifiesto que en la persecución ejercida durante el periodo medieval contra las llamadas brujas, una de las acusaciones que más se repite es la de dedicarse a la curación, de modo que buena parte de las mujeres a las que se condenó por brujería no eran más que sanadoras, particularmente en el mundo rural. Como demuestra igualmente la documentación que la actividad de las sanadoras, a pesar de lo que algunos discursos contemporáneos han querido hacer creer, no se limitó a la atención a mujeres y niños, en el tradicional ámbito femenino de la asistencia al parto y procesos ginecológicos: veían a pacientes de ambos sexos y de todas las edades para efectuar prácticas quirúrgicas, pero también para atender cuadros de medicina general, así como para preparar remedios terapéuticos11. Lo anterior no impide que el dominio obstétrico-ginecológico fuera en el que más se emplearan, como lo atestigua la existencia de varios nombres para referirse a ellas cuando se ocupaban de esta tarea —madrina, comadre, partera, mujer…—, siendo precisamente tan difícil encontrar apelativos en los documentos que se refieran a las mujeres cuando sus quehaceres sanadores no pertenecían a este campo. Pero también en contra de lo que se suele creer, los documentos permiten comprobar que fueron varios los médicos y cirujanos varones que atendieron a mujeres y se ocuparon de procesos enlazados con la obstetricia y la ginecología, lo que ayuda a desmontar otro de los tópicos más manidos de la medicina medieval.
En todo caso, parece que hasta el siglo xiv las mujeres podían libremente asistir al parto, atender diferentes necesidades de salud de hombres y mujeres, testificar como expertas ante las cortes judiciales y administrar medicamentos. Sin embargo, a partir de entonces el control de estas actividades implicaba ya la prohibición de practicar a quien no tuviera una licencia, por lo que aquel espacio inicial que se había caracterizado por su amplitud e indefinición se fue restringiendo paulatinamente. Ese proceso continuó durante la edad moderna, reduciendo cada vez más las posibilidades de las mujeres para la práctica sanitaria. Aunque también aquí se encuentran excepciones como las que se refieren por ejemplo a las comadres, que, al menos en la España renacentista, actuaban de forma totalmente admitida, reconocida y aceptada por los médicos, hasta el punto de que algunos de ellos les dedicaron tratados que les pudieran servir de guía, como sería el caso de Damián Carbón. Pero desde ese siglo xiv el mercado sanitario estaría mucho más sujeto al monopolio de los médicos universitarios, por lo que la actividad femenina —como también la de otras personas que no estaban dentro del sistema— es percibida por aquellos como un desafío a tal monopolio que lleva a definir el encuentro clínico como una relación de poder. Cabré y Salmón así lo demuestran con el caso de Jacoba Félicié y la Facultad de Medicina de París, en el que no importaba tanto si los resultados que obtenía eran buenos o no, si conocía las bases de lo que aplicaba o si los enfermos estaban contentos con ella: no se la acusaba de incompetencia, sino de utilizar, siendo una mujer, los procedimientos curativos de los médicos varones y hacerlo además con autoridad. Lo molesto, lo más molesto, era justamente la autoridad que esta mujer ostentaba ante los enfermos, pues mermaba así el poder de los médicos universitarios. Por si esto no bastara, varios de los enfermos previamente habían sido pacientes de esos médicos con escaso resultado, por lo que habían decidido ponerse en manos de Jacoba, que había conseguido con ellos resultados satisfactorios. No falta este tipo de ejemplos en los documentos; como no faltan pruebas del modo de eludir la prohibición, ya más tardía, de practicar la cirugía en los siglos XV y XVI: a las viudas de barberos o cirujanos se les permitía mantener los establecimientos abiertos para sangrar o afeitar barbas. Sin embargo, hubo mujeres viudas que no se limitaron a esas dos prácticas, sino a todas las que efectuaban en vida de sus maridos. En general, las fuentes de archivo lo silencian, salvo cuando las sanadoras se vieron envueltas en batallas legales. En estas situaciones no fue infrecuente que la mujer argumentara que se trataba de un oficio familiar, imprescindible para asegurar la situación económica de sus familias, y consiguiera de este modo sentencias favorables, en contra de las pretensiones de los querellantes. Tampoco fue infrecuente que tras la muerte del esposo las viudas contrataran en sus negocios a aprendices que figuraban como «maestros», aunque en realidad no lo fueran, convirtiéndose el trabajo «en la sombra» de unos y de otras en una estrategia habitual para burlar la normativa existente.
LAS MUJERES Y LA MEDICINA EN LA EDAD MEDIA Y PRIMER RENACIMIENTO
Bertha M. Gutiérrez Rodilla. Universidad de Salamanca. Publicado y difundido con permiso de encargado de la biblioteca Gonzalo de Berceo (La Rioja).
Cuadernos del CEMyR, 23; marzo 2015, pp. 121-135; ISSN: 1135-125X
Análisis del texto de Bertha M. Gutiérrez Rodilla
El texto parte de una premisa fundamental: la presencia de las mujeres en la práctica médica medieval no fue marginal ni excepcional, sino estructural, cotidiana y sostenida en el tiempo. La autora se esfuerza en desmontar una imagen muy arraigada en la historiografía tradicional, según la cual la medicina medieval habría sido casi exclusivamente masculina y universitaria, relegando a las mujeres a un papel anecdótico, doméstico o supersticioso.
El primer eje del análisis es la medicina doméstica y comunitaria. Gutiérrez Rodilla recuerda que, en una sociedad donde la mayoría de la atención sanitaria se producía fuera de instituciones formales, las mujeres fueron responsables directas del cuidado de enfermos dentro del ámbito familiar. Este dato, aparentemente obvio, tiene un enorme peso histórico: implica que la experiencia práctica del cuidado, la observación de síntomas, la preparación de remedios y la toma de decisiones terapéuticas formaban parte del saber femenino cotidiano.
El segundo eje es la medicina monástica femenina, uno de los aspectos más importantes del texto. La autora insiste en que el monacato femenino medieval fue un espacio real de cultura, autoridad y libertad para las mujeres. Los monasterios de monjas no solo reproducían la vida espiritual masculina, sino que compartían con ella el acceso a la lectura, la escritura y los textos médicos de tradición grecolatina. La existencia de monasterios dobles gobernados por abadesas demuestra que las mujeres podían ejercer autoridad incluso sobre hombres. En este contexto, las enfermerías monásticas se convierten en lugares donde las monjas desarrollaron una práctica médica comparable a la de los monjes, aunque peor documentada por razones archivísticas, no por inexistencia real.
Un tercer eje clave es la medicina práctica no universitaria, ejercida tanto por hombres como por mujeres. Antes de la consolidación del sistema universitario, la formación médica se basaba en el aprendizaje junto a un sanador experimentado. En el caso de las mujeres, la transmisión del saber se daba frecuentemente en el ámbito familiar, junto a padres, maridos o parientes dedicados a la medicina o la cirugía. La autora subraya que durante siglos no existió una prohibición explícita contra el ejercicio femenino de la medicina, lo cual cuestiona la idea de una exclusión temprana y sistemática.
El conflicto aparece con claridad a partir de los siglos XII y XIII, cuando se inicia la institucionalización de la medicina. La creación de universidades, la regulación de títulos y licencias y la progresiva profesionalización del ejercicio médico introducen una lógica nueva, controlada mayoritariamente por hombres. El problema ya no es la competencia o la eficacia de las sanadoras, sino su falta de titulación, un criterio que excluye de forma indirecta a las mujeres, al quedar estas fuera del acceso universitario.
La autora destaca un punto crucial: la medicina universitaria no logra cubrir las necesidades reales de la población. El número de médicos titulados es escaso, su práctica es cara y urbana, y rehúyen tanto el medio rural como la cirugía. Esto permite que las sanadoras sigan siendo demandadas por la población, incluso cuando su imagen comienza a deteriorarse en la literatura misógina y en los discursos de poder.
Aquí aparece uno de los núcleos más delicados del texto: la asociación entre sanadoras y brujería. Gutiérrez Rodilla muestra cómo muchas de las mujeres perseguidas por brujería eran en realidad curadoras rurales, acusadas de ejercer prácticas médicas fuera del control institucional. La acusación de brujería no responde tanto a prácticas mágicas reales como a la necesidad de eliminar una competencia incómoda en un mercado sanitario cada vez más regulado.
El análisis culmina con el concepto del encuentro clínico como relación de poder. El caso de Jacoba Félicié es paradigmático: no se la acusa de causar daño, sino de ejercer autoridad médica siendo mujer. Su éxito terapéutico, lejos de protegerla, agrava su situación, porque cuestiona el monopolio masculino del saber médico. El problema, en última instancia, no es la medicina, sino el poder simbólico y social asociado a ella.
Escena médica medieval: atención a un enfermo en su lecho, con presencia de sanadores y cuidadores. Grabado del tratado Silvaticus de Matthaeus Platearius (siglo XV). — Fuente: Wikimedia Commons, dominio público. Original file (1,586 × 1,166 pixels, file size: 842 KB). User: Fæ.
Sobre las mujeres y la medicina en la Edad Media e inicios del Renacimiento
La historia de la medicina medieval y renacentista no puede comprenderse sin atender al papel fundamental que desempeñaron las mujeres en la conservación, transmisión y práctica del saber sanitario. Durante siglos, en un mundo donde la enfermedad formaba parte de la experiencia cotidiana y donde los recursos institucionales eran limitados, la atención a la salud se articuló en gran medida a través de redes informales, domésticas y comunitarias, en las que las mujeres ocuparon una posición central.
En la Edad Media, la práctica médica no fue una actividad exclusivamente académica ni profesionalizada. Antes de la consolidación universitaria, el conocimiento médico circulaba a través de la experiencia, la observación y el aprendizaje directo junto a otros sanadores. En este contexto, las mujeres participaron activamente en el cuidado de los enfermos, tanto dentro del ámbito familiar como en espacios colectivos. Su saber no era necesariamente teórico, pero sí profundamente empírico, construido a partir de la repetición de gestos, la preparación de remedios y la atención continuada a cuerpos vulnerables.
Los monasterios femeninos desempeñaron un papel decisivo en este proceso. Lejos de ser espacios de clausura pasiva, constituyeron centros de cultura, escritura y práctica sanitaria. En ellos, las monjas accedieron a textos médicos de tradición clásica, estudiaron, copiaron manuscritos y gestionaron enfermerías donde se atendía a religiosos y laicos. La autoridad ejercida por algunas abadesas sobre comunidades mixtas demuestra que el saber femenino podía traducirse en poder institucional reconocido.
A medida que la medicina se fue organizando en torno a la universidad, se produjo una transformación profunda en la definición de quién podía curar y bajo qué condiciones. La titulación académica se convirtió en criterio de legitimidad, desplazando formas tradicionales de conocimiento que habían funcionado durante siglos. Este proceso afectó a hombres y mujeres, pero tuvo consecuencias especialmente restrictivas para estas últimas, al quedar excluidas del acceso a la formación universitaria.
Sin embargo, la realidad social desbordó durante mucho tiempo la normativa. La escasez de médicos titulados, el carácter urbano y lucrativo de su práctica y su alejamiento de tareas como la cirugía o la atención rural mantuvieron vigente la figura de las sanadoras. Estas mujeres atendían a pacientes de ambos sexos, practicaban intervenciones quirúrgicas, preparaban medicamentos y ofrecían cuidados generales. Su presencia respondía a una necesidad real, no a una anomalía.
La progresiva marginación de estas prácticas vino acompañada de un discurso deslegitimador que las asociaba con la ignorancia, la superstición o la brujería. Bajo esta retórica se escondía un conflicto más profundo: la lucha por el control del saber médico y del poder que este confería. La persecución de sanadoras y la criminalización de sus prácticas no fueron solo episodios de intolerancia cultural, sino mecanismos de exclusión en un mercado sanitario en proceso de monopolización.
En los inicios del Renacimiento, esta tensión se intensificó. Aunque algunas mujeres lograron mantener su actividad mediante estrategias legales, familiares o económicas, el espacio de actuación femenina se fue reduciendo progresivamente. La medicina se redefinió como un saber masculino, académico y autoritario, y el acto clínico pasó a concebirse como una relación jerárquica entre experto y paciente.
La historia de las mujeres en la medicina medieval y renacentista no es, por tanto, la historia de una ausencia, sino la de una presencia silenciada. Recuperar su papel no implica idealizar el pasado, sino reconocer que el conocimiento médico se construyó durante siglos a partir de múltiples voces, muchas de las cuales fueron relegadas cuando la ciencia se institucionalizó. Comprender este proceso permite no solo corregir una visión incompleta de la historia de la medicina, sino reflexionar críticamente sobre las relaciones entre saber, poder y género en la construcción del conocimiento científico.
