Cráneo de Homo habilis. User: Daderot.
El Paleolítico inferior es el primero de los periodos en que está dividido el Paleolítico, la etapa inicial de la Edad de Piedra. Está caracterizado por la presencia de dos tradiciones líticas de evolución muy lenta: la olduvayense o modo técnico 1 y la achelense o modo técnico 2. Es la etapa más larga de toda la prehistoria, ya que se considera que comenzó hace unos 2,5 millones de años (cuando están datadas las primeras herramientas conocidas creadas por homininos) y duró hasta hace c.127 000 o 125 000 años (cuando comienza el Tarantiense o Pleistoceno superior, que coincide con la aparición de las industrias musterienses o modo técnico 3. (1), (2), (3), (4).
Se corresponde con la mayor parte del Pleistoceno, época geológica que abarca las últimas glaciaciones y todo el Paleolítico arqueológico. El Paleolítico inferior se extiende a lo largo del Gelasiense, el Calabriense (anteriormente denominado Pleistoceno inferior) y el Chibaniense (antes llamado Pleistoceno medio).
Es también la fase prehistórica más rica en especies de homininos y en ella está representada casi toda la evolución humana. Además de los Australopithecus, que precedieron y luego estuvieron compartiendo territorios con Homo habilis y Homo ergaster, están Homo erectus, Homo antecessor y Homo heidelbergensis; al final del periodo aparecieron las formas primitivas de Homo neanderthaliensis (en Europa) y Homo sapiens (en África), protagonistas respectivos del Paleolítico medio y del superior.
A lo largo de este inmenso periodo, el rasgo más significativo no fue solo la fabricación de herramientas, sino la lenta pero decisiva transformación del modo de vida de los primeros humanos. El Paleolítico inferior representa el momento en que la humanidad comienza a diferenciarse claramente del resto de los primates por su capacidad de adaptación técnica y por el uso sistemático de utensilios para cortar, golpear, descarnar, procesar alimentos o trabajar materiales naturales. Aunque los cambios fueron extremadamente lentos en comparación con épocas posteriores, las innovaciones que se produjeron durante esta etapa sentaron las bases de toda la evolución cultural posterior.
El modo técnico 1 (olduvayense) se caracteriza por herramientas simples obtenidas mediante golpes directos sobre núcleos de piedra, produciendo cantos tallados y lascas con bordes afilados. Este tipo de industria, aunque elemental, permitió ampliar la dieta mediante el aprovechamiento de carne, médula ósea y otros recursos animales, además de facilitar el tratamiento de vegetales duros. Más tarde, con la aparición del modo técnico 2 (achelense), se observa un avance notable en la planificación y en la regularidad de las formas. Las piezas más representativas de este periodo son los bifaces, grandes utensilios tallados por ambas caras, con un diseño más simétrico y estandarizado. Su elaboración implica un nivel superior de previsión y destreza manual, lo que sugiere un desarrollo progresivo de la inteligencia práctica y de la transmisión cultural.
El Paleolítico inferior fue también el tiempo de las primeras grandes expansiones humanas fuera de África. Se considera que grupos de Homo ergaster y Homo erectus protagonizaron las primeras migraciones hacia Eurasia, colonizando regiones del Próximo Oriente, Asia y Europa en momentos distintos. Este fenómeno supuso un salto histórico fundamental: por primera vez, la humanidad se enfrentó a entornos climáticos muy variados, a nuevas faunas y a condiciones ecológicas desconocidas, desarrollando estrategias de supervivencia cada vez más flexibles. La adaptación a paisajes fríos y templados, y la explotación de recursos en ecosistemas diversos, muestran que los homininos de este periodo no eran simples seres primitivos, sino organismos capaces de modificar su comportamiento en función del medio.
Desde el punto de vista social, la vida durante el Paleolítico inferior se basaba en pequeños grupos nómadas, probablemente organizados en bandas con cooperación básica para la búsqueda de alimentos y la defensa frente a depredadores. Aunque no puede hablarse todavía de sociedades complejas, ya se intuyen formas iniciales de coordinación grupal, aprendizaje compartido y transmisión de habilidades. La fabricación de herramientas, la selección de materias primas y la repetición de ciertos modelos indican que existía una tradición cultural acumulativa, aunque aún muy lenta y limitada.
Uno de los grandes debates en torno a este periodo es el control del fuego. Si bien el uso ocasional de fuego natural pudo haberse producido en fases muy antiguas, los indicios arqueológicos más aceptados sugieren que su control regular se consolidó hacia el final del Paleolítico inferior o comienzos del Paleolítico medio. El fuego habría supuesto una revolución silenciosa: permitió cocinar alimentos, proporcionar calor, ahuyentar animales y ampliar el tiempo de actividad durante la noche. Su dominio no solo fue un avance técnico, sino también un factor que pudo fortalecer la vida social, al convertir el espacio del fuego en un centro de reunión, protección y comunicación.
En conjunto, el Paleolítico inferior puede entenderse como el gran escenario de la evolución humana inicial: un periodo en el que se desarrollan las primeras tecnologías, se producen las primeras migraciones a gran escala y se establecen los fundamentos biológicos y culturales que más tarde harán posible la aparición de formas humanas plenamente modernas. Aunque la vida cotidiana de estos homininos sigue siendo en gran parte un misterio, la arqueología permite reconstruir un relato general: el de una humanidad en formación, que aprende lentamente a dominar su entorno mediante la técnica, la cooperación y la adaptación progresiva a un mundo cambiante.
Orígenes
Artículo principal: Evolución humana
Hace unos diez millones de años, durante el Mioceno, un aumento progresivo de la aridez a escala global provocó el inicio de la reducción de los bosques tropicales del Viejo Mundo, que hasta entonces se habían expandido ampliamente por África, Eurasia y parte del sur asiático durante los periodos más húmedos de esa época geológica. Este cambio climático supuso una transformación lenta pero decisiva: las grandes selvas, que habían sido el hábitat dominante de numerosos primates y hominoideos, comenzaron a retroceder y a concentrarse cada vez más en las franjas ecuatoriales de África y Asia, donde hoy aún persisten como grandes masas forestales. En ese contexto, las poblaciones de hominoideos africanos continuaron su evolución y se diversificaron en distintas ramas. De una de esas ramas surgieron los homininos, el linaje humano, caracterizado por una serie de adaptaciones biológicas y conductuales entre las cuales destacará, de manera especialmente significativa, la locomoción bípeda. (5)
La región del valle del Rift, en África Oriental, desempeñó un papel crucial en esta transformación. Mientras al oeste del Rift se mantuvieron durante más tiempo las condiciones de humedad que permitían la existencia de selvas y bosques densos, la reducción de las precipitaciones en el lado oriental de la falla geológica fue modificando gradualmente el paisaje. Allí, el medio ambiente fue evolucionando hacia un bosque más seco y abierto, con amplios claros y zonas de vegetación menos cerrada. Esta diferencia ecológica entre ambos lados del Rift no fue solo un detalle geográfico, sino un factor determinante en la evolución de distintas formas de primates. En un entorno menos arbolado, donde los desplazamientos por el suelo eran más frecuentes y donde los recursos podían hallarse dispersos, el bipedismo apareció como una adaptación ventajosa frente a la locomoción cuadrúpeda típica de los gorilas y chimpancés que permanecieron en las selvas occidentales. (6)
Este cambio de ecosistema y de forma de desplazarse supuso una auténtica revolución evolutiva. Caminar sobre dos piernas permitió liberar los brazos y las manos para transportar alimentos, crías o utensilios, y favoreció el desarrollo de una mayor destreza manual. Al mismo tiempo, el pulgar de la mano comenzó a transformarse gradualmente para mejorar la capacidad de asir objetos con firmeza y precisión, un rasgo que en el futuro sería esencial para la manipulación de herramientas. La columna vertebral se adaptó adoptando una curvatura característica para sostener el cuerpo erguido, y la pelvis y las extremidades inferiores se modificaron para soportar el peso y facilitar la marcha prolongada. El pie, por su parte, comenzó a perder progresivamente su antigua función prensil: el dedo gordo fue alineándose con el resto de los dedos y dejó de actuar como una especie de “mano”, como ocurre en otros primates arborícolas. (7)
A lo largo de millones de años, y de forma sucesiva, fueron apareciendo nuestros ancestros más lejanos conocidos por el registro fósil. Entre ellos destaca Orrorin tugenensis, una especie datada en torno a los seis millones de años antes del presente (AP), considerada uno de los primeros candidatos a hominino temprano. Posteriormente surgió el género Ardipithecus, representado por dos especies principales, con una antigüedad aproximada de entre 5,5 y 4 millones de años. Ardipithecus muestra un mosaico de rasgos: por un lado conserva características primitivas vinculadas al desplazamiento en árboles, pero por otro presenta señales compatibles con una forma inicial de bipedismo. Más adelante, ya con mayor claridad, aparece el género Australopithecus, con diversas especies que abarcan entre los 4 y 2/1 millones de años AP, dependiendo de los autores y de la clasificación taxonómica adoptada. Algunos investigadores consideran que las formas más robustas y tardías constituyen un género aparte, Paranthropus, caracterizado por mandíbulas potentes y adaptaciones dentales ligadas a dietas duras o vegetales resistentes. (6)
Ya en el Plioceno, y bajo un escenario de oscilaciones térmicas y climáticas, desde hace unos cuatro millones de años el planeta Tierra comenzó una tendencia general hacia condiciones más frías y secas. Este proceso fue gradual pero constante, y acabaría preparando el terreno para las grandes glaciaciones del Pleistoceno. Hace algo menos de tres millones de años, el cambio climático se acentuó especialmente en África Oriental y en la región del valle del Rift, donde el antiguo bosque seco fue transformándose en una sabana cada vez más abierta y poco arbolada. La desaparición progresiva de los árboles provocó que el bipedismo pleno se consolidara entre los australopitecinos como una característica altamente favorable para desplazarse entre la hierba alta y recorrer distancias mayores en busca de alimento. En este nuevo paisaje, ya no era posible depender de la vida arbórea como refugio constante, y los grupos de homininos tuvieron que adaptarse a un mundo más expuesto, donde la movilidad terrestre y la vigilancia del entorno se volvieron esenciales. (8) (9)
En este contexto ecológico y evolutivo aparecieron también las primeras evidencias del uso de herramientas líticas. Algunos hallazgos en la región de Hadar (Afar, Etiopía) se asocian con estos cambios y han sido datados en torno a 3,1 millones de años AP, aunque los registros más aceptados y generalizados sitúan las primeras industrias líticas claramente reconocibles en torno a 2,6–2,5 millones de años AP. En cualquier caso, estos hallazgos representan un umbral histórico fundamental: el momento en que ciertos homininos comenzaron a modificar deliberadamente la piedra para obtener filos cortantes. No se han encontrado restos directos de homininos asociados de manera concluyente a algunas de estas herramientas tempranas, por lo que varios autores consideran que pudieron haber sido fabricadas por australopitecinos que habitaban el África oriental en ese periodo. Este dato refuerza la idea de que el uso inicial de herramientas no surgió de golpe con el género Homo, sino como una tendencia previa que pudo comenzar en etapas muy tempranas del linaje humano. (10) (11)
Primeros humanos
Muy poco después (hacia los 2,33 millones de años AP) y en la misma región, se han encontrado asociados a este tipo de artefactos unos restos fósiles de homininos. Muchos hallazgos más se han realizado a lo largo de la falla del Rift y sus grandes lagos. El hominino identificado en estos yacimientos ha sido denominado Homo habilis y su industria lítica ha venido a llamarse olduvayense. Tales industrias son muy sencillas y consistían en unos simples guijarros a los cuales se les efectuaban unas extracciones mediante unos pocos golpes, con el fin de producir un filo cortante (ver más abajo). Aunque Homo habilis es el primer representante adjudicado al género Homo, hay autores que lo consideran desde el punto de vista morfológico muy similar a los Australopithecus, pero con un significativo aumento de la encefalización. Fue la primera especie de la familia Hominidae que abandonó los medios más o menos forestales, para adaptarse a un ecosistema abierto, la sabana. Las sabanas ofrecen muchos menos recursos vegetales que los bosques, por lo que también se vio obligado ampliar su dieta de tubérculos, raíces y bayas, incluyendo, a un nivel importante, la carne. Y a ella accederían gracias a sus herramientas. (8) (9).
A partir de este punto, el panorama evolutivo se vuelve todavía más dinámico. El desarrollo del bipedismo pleno y la aparición de herramientas líticas no deben entenderse como simples “mejoras técnicas”, sino como elementos de un cambio más profundo en la relación entre los homininos y su entorno. En un paisaje de sabana, donde los recursos podían estar muy dispersos y los riesgos de depredación eran elevados, la capacidad de desplazarse largas distancias, observar el horizonte y transportar alimentos o instrumentos se convirtió en una ventaja adaptativa enorme. La selección natural favoreció así no solo cambios anatómicos, sino también una progresiva reorganización del comportamiento, de la dieta y de las estrategias de supervivencia.
En este contexto se produjo uno de los grandes giros de la historia humana: la transición desde homininos de cerebro relativamente pequeño y rasgos todavía muy primitivos hacia formas más próximas al género Homo. Aunque las fronteras entre Australopithecus y Homo no siempre son claras y siguen siendo objeto de debate científico, la aparición de Homo habilis y, más tarde, Homo ergaster (o las formas africanas tempranas de Homo erectus) suele asociarse con un aumento del tamaño cerebral, una mayor capacidad de planificación y una mejora en la fabricación de herramientas. Este avance no fue repentino ni lineal, pero marcó el inicio de una trayectoria evolutiva en la que el desarrollo cognitivo comenzó a adquirir una importancia creciente.
El incremento de la inteligencia práctica debió estar estrechamente ligado a la transformación de la dieta. El consumo más frecuente de carne, médula ósea y grasas animales, así como el procesamiento sistemático de alimentos mediante instrumentos, pudo proporcionar un aporte energético decisivo para sostener un cerebro en expansión, órgano altamente costoso desde el punto de vista metabólico. Además, la obtención de estos recursos probablemente implicó nuevas formas de cooperación grupal: el acceso a carroña o presas, la defensa frente a carnívoros y la distribución de alimento dentro del grupo favorecieron conductas sociales más complejas y, quizás, una comunicación más desarrollada.
En paralelo, el uso de herramientas introdujo una nueva dimensión cultural: la transmisión de conocimientos. La talla lítica no se aprende únicamente por instinto, sino que requiere observación, repetición y aprendizaje social. Esto sugiere que, incluso en estas etapas tempranas, los grupos humanos ya poseían formas básicas de enseñanza informal, imitación y memoria colectiva. De este modo, la tecnología se convirtió en un rasgo acumulativo: cada generación podía heredar habilidades de la anterior, manteniendo una continuidad cultural que lentamente fue creciendo.
En conjunto, los orígenes del linaje humano no deben interpretarse como un simple paso desde el “mono” hacia el “hombre”, sino como un proceso largo, ramificado y lleno de experimentos evolutivos. Diversas especies coexistieron durante largos periodos, algunas desaparecieron sin dejar descendencia directa y otras aportaron rasgos que serían fundamentales en etapas posteriores. La aparición del bipedismo, la transformación del paisaje africano y el nacimiento de la tecnología lítica constituyen, por tanto, los pilares iniciales de una historia que, millones de años después, culminaría en la expansión global del Homo sapiens y en el desarrollo de culturas cada vez más complejas.
Canto tallado de tradición olduvayense (Guelmim-Es Semara, Sáhara atlántico). Foto: José-Manuel Benito Álvarez (España). Dominio Público.
El H. habilis hizo su aparición coincidiendo con la primera edad del Pleistoceno, el Gelasiense. Además de utilizar herramientas líticas, se diferenciaba de sus predecesores por una capacidad craneal superior (entre 600 y 800 cm³), una mandíbula menos robusta con unos dientes menores y un inferior dimorfismo sexual, localizándose tanto en el este como en el sur de África. (9) El aumento del cerebro le permitió establecer unas relaciones sociales más complejas y disponer de una capacidad de análisis superior, que, a su vez, le sirvieron para adaptarse exitosamente al nuevo ecosistema. (8) La aptitud de los homininos para desarrollar y transmitir tradiciones culturales es más importante para su supervivencia que las adaptaciones biológicas. El uso de un lenguaje y de sistemas de pensamiento asociados está muy ligado a tales capacidades, (12) por lo que ciertos investigadores creen que H. habilis ya sería capaz de comunicarse por medio del lenguaje, mientras que otros opinan que esta posibilidad sólo surgió con la aparición de nuestra especie. (13)
Existen unas acumulaciones de piedras y numerosos huesos animales relacionadas con el H. habilis que algunos autores consideran estructuras habitables, sobre las que se podrían situar ramas y que serían las primeras conocidas; pero otros opinan que únicamente servirían como lugares más seguros que la sabana circundante, donde consumirían rápidamente los restos animales y abandonarían acto seguido, sin pernoctar allí, aunque volviendo reiteradamente. (14)
A pesar de que no todos los investigadores están de acuerdo, algunos citan otra especie de Homo contemporánea de H. habilis, que ha venido a denominarse Homo rudolfensis. Sus rasgos diferenciadores consistirían en una considerable encefalización (750 cm³), amplia cara y potente mandíbula. (8)
Cráneo de Homo rudolfensis. Daderot –
Salida de África
Al entrar en el Pleistoceno inferior, hace 1,8 millones de años, la evolución de H. habilis dio lugar a otra especie, Homo ergaster. Tenía una capacidad cerebral mayor (entre 800 y 1100 cm³), un gran tamaño (hasta 1,8 m de altura) y unas proporciones entre brazos y piernas similares a las nuestras. (15) Hacia los 1,6 millones de años AP y asociados a este nuevo hominino aparecieron unas nuevas herramientas líticas, talladas por ambas caras y, por eso, denominadas bifaces, industria achelense o modo técnico 2. H. ergaster estaba aún más adaptado a los medios abiertos y sería mejor cazador que sus predecesores, y estas adaptaciones le permitieron salir de África. (16)
Cráneo de Homo erectus. Daderot – Trabajo propio. Ver max.
La fecha de la migración fuera de África está sujeta a controversia: hasta finales de los años 80 del siglo XX se creía que se había producido hace un millón de años, pero actualmente parece que hay un cierto consenso en establecerla mucho más temprano, hacia 1,8 millones de años AP; por lo tanto, antes de la aparición de los bifaces. Hay fósiles datados con esta antigüedad en Java y China, así como otros con 1,6 en Dmanisi, Georgia. Sobre estos últimos, unos los clasifican como una especie diferente (Homo georgicus) y otros los consideran H. ergaster o una variante de este, Homo erectus. Los demás fósiles asiáticos, con antigüedades de hasta 300 000/200 000 años AP, son ampliamente identificados como H. erectus, un descendiente de H. ergaster que evolucionó como consecuencia del largo aislamiento geográfico y genético de los especímenes emigrados. Según algunos autores su industria lítica en Asia siguió siendo arcaica, la primitiva del modo técnico 1. Para otros, H. erectus habría fabricado bifaces en Europa y Asia occidental y desarrollaría una tradición diferenciada, aunque primitiva, en el resto de Asia; la casi ausencia de evolución técnica en esta región podría ser debida a que sólo utilizaban sus cantos tallados para elaborar útiles especializados en bambú, una materia prima que difícilmente se podría haber conservado hasta nuestros días. (18)
Las supuestas evidencias de uso del fuego por parte de Homo ergaster son muy controvertidas. En África oriental compartió las sabanas durante medio millón de años con Paranthropus boisei. (19)
Diversificación
Homo antecessor
Hasta hace poco tiempo, se creía que H. habilis había evolucionado en H. erectus y después en Homo sapiens. Pero los últimos decenios nos han deparado una serie de descubrimientos que han obligado a reescribir los procesos de hominización. Y entre los más importantes se encuentran los realizados en las excavaciones de la sierra de Atapuerca (Burgos, España). Allí, en la Gran Dolina, se han encontrado los fósiles más antiguos (por el momento) de Europa, datados en 800 000 años e identificados como una especie distinta, Homo antecessor (por su carácter pionero en colonizar el continente europeo). Tenía un volumen craneal superior a 1000 cm³, su industria lítica seguía siendo la del modo técnico 1 (podría llegar a tener un millón de años en el mismo yacimiento) y presenta indicios claros de canibalismo. (20) (15)
A raíz de este hallazgo algunos fósiles europeos, como el llamado Homo cepranensis de hace 800 000 años, han sido reclasificados como H. antecessor. También, se ha formulado la hipótesis de que sería descendiente del H. ergaster y que habría abandonado África en una nueva oleada migratoria sobre el millón de años AP. En Europa H. antecessor daría lugar a Homo heidelbergensis y este, a su vez, a Homo neanderthaliensis, mientras que en África evolucionaría en Homo sapiens.(15)
El descubrimiento de Homo antecessor no solo tuvo importancia por su antigüedad, sino porque situó a la península ibérica como un territorio clave en la comprensión del poblamiento temprano de Europa. La presencia de homininos en Atapuerca en fechas tan tempranas demuestra que el continente europeo fue colonizado antes de lo que se pensaba y que estos grupos humanos lograron adaptarse a condiciones climáticas más frías y variables que las africanas. Europa, durante el Pleistoceno inferior y medio, era un escenario ecológico complejo, con ciclos de glaciaciones e interglaciaciones que alteraban drásticamente los paisajes, la fauna y la disponibilidad de recursos. Sobrevivir en ese contexto exigía flexibilidad conductual, conocimiento del territorio y capacidad de explotar distintas fuentes de alimento.
Uno de los aspectos más debatidos sobre H. antecessor es su posición exacta dentro del árbol evolutivo humano. Algunos investigadores lo consideran un posible antepasado común de los neandertales y los humanos modernos, mientras que otros creen que podría tratarse de una rama europea temprana emparentada con poblaciones africanas o asiáticas, pero sin una descendencia directa clara. Esta discusión refleja una idea fundamental: la evolución humana no fue lineal, sino un proceso ramificado en el que distintas poblaciones coexistieron, migraron y se extinguieron, dejando huellas parciales y a veces difíciles de interpretar. En este sentido, H. antecessor es un ejemplo perfecto de cómo la paleoantropología moderna trabaja con hipótesis abiertas, sujetas a revisión a medida que aparecen nuevos fósiles o se perfeccionan las técnicas de datación.
Desde el punto de vista anatómico, Homo antecessor presenta una combinación interesante de rasgos arcaicos y modernos. Su dentición y ciertos elementos del cráneo lo aproximan a especies más primitivas, pero algunos aspectos de su rostro han sido interpretados como relativamente modernos, especialmente en comparación con otras formas europeas posteriores. Esto ha llevado a algunos autores a sugerir que podría representar una población temprana del género Homo con características particulares, adaptada a Eurasia occidental. Aunque el registro fósil es limitado, la evidencia sugiere que se trataba de individuos robustos, con un cuerpo adaptado a largas caminatas y a un modo de vida nómada.
En cuanto a su comportamiento, la industria lítica de modo técnico 1 asociada a estos homininos muestra que seguían utilizando herramientas simples basadas en cantos tallados y lascas, sin llegar todavía a la sofisticación achelense plenamente desarrollada. Sin embargo, esta aparente simplicidad tecnológica no debe confundirse con falta de inteligencia: este tipo de herramientas era eficaz para cortar carne, trabajar madera y procesar recursos vegetales. Además, el hecho de que se hayan mantenido durante largos periodos demuestra que eran suficientes para un estilo de vida basado en la movilidad y la explotación oportunista del entorno.
Uno de los elementos más llamativos del yacimiento de Gran Dolina es la presencia de marcas de corte en huesos humanos, interpretadas como evidencia de canibalismo. Este dato ha sido objeto de numerosas interpretaciones. En algunos casos, el canibalismo en la Prehistoria se ha vinculado a situaciones de necesidad alimentaria, pero también puede relacionarse con prácticas sociales complejas, como la violencia entre grupos o incluso rituales de dominación. En Atapuerca, los restos humanos aparecen procesados de forma similar a los restos animales, lo que sugiere que no se trató de un hecho excepcional, sino de una práctica relativamente sistemática en ciertos episodios. En cualquier caso, estos hallazgos reflejan que la vida en el Paleolítico inferior podía ser extremadamente dura y que los grupos humanos competían por recursos en un entorno hostil.
La importancia de Homo antecessor reside, por tanto, en que representa una ventana privilegiada hacia los primeros europeos: seres humanos arcaicos que, hace casi un millón de años, ya habían establecido poblaciones en el extremo occidental de Eurasia. Su existencia ayuda a comprender que el poblamiento europeo no fue un fenómeno tardío ni marginal, sino una parte esencial del proceso global de expansión del género Homo fuera de África. La sierra de Atapuerca se ha convertido así en uno de los lugares más decisivos para estudiar la historia humana, y H. antecessor en una de las piezas clave para reconstruir los complejos caminos de nuestra evolución.
Réplica del cráneo incompleto de Homo antecessor encontrado en la Gran Dolina de Atapuerca (Burgos, España). José-Manuel Benito.
Esta nueva migración sería paralela a otro recrudecimiento del enfriamiento global, que, a partir de entonces, produciría periódicas glaciaciones. Los hielos cubrirían buena parte de Eurasia y América del Norte, descendiendo el nivel marino en los momentos álgidos más de 100 m con relación al actual. La fauna variaba al compás del clima: en las etapas frías las tundras heladas y las estepas eran recorridas por mamuts de estepa y lanudos, rinocerontes lanudos, renos, bueyes almizcleros y antílopes saiga; en los periodos templados se reforestaba el medio y retornaban los hipopótamos, elefantes de defensas rectas, rinocerontes de Merck y de estepa, bisontes, etc. También había felinos de dientes de sable, jaguares, leones e hienas. (21) Se han identificado fogatas controladas en el yacimiento israelí de Gesher Benot Yakov que tendrían una datación de 790 000 años e indicarían un temprano dominio humano sobre el fuego, siendo las más antiguas conocidas hasta ahora. (22)
Homo heidelbergensis
Los fósiles europeos posteriores, con antigüedades de entre 500 000 y 150 000 años AP, han sido reclasificados como Homo heidelbergensis y también es pródiga en ellos la sierra de Atapuerca, en cuya Sima de los Huesos se han hallado por lo menos 32 individuos. (15) Este rico conjunto de fósiles, el mayor del mundo, está asociado a industrias líticas del tipo Achelense o modo técnico 2.20 La antigüedad de estos homininos rondaría los 300 000 años AP, es decir, en pleno Pleistoceno medio. Su estatura debía oscilar entre 1,7-1,8 m de altura, con un peso de 90-100 kg para los varones y un volumen encefálico de entre 1100-1400 cm³. Se alimentarían de carne y grasas animales, semillas, raíces y tubérculos. (23)
Homo heidelbergensis es considerado un verdadero cazador. Las datos que apoyan esta tesis comprenden desde las lanzas de madera halladas en Schöningen, Alemania (con más de dos metros de largo y 400 000 años de antigüedad), hasta yacimientos como Boxgrove (Inglaterra), la cueva de l’Arago (Francia) o Áridos (Madrid, España), de los que sus excavadores creen que los abundantes restos de fauna encontrados fueron cazados y manipulados por los humanos. Otros investigadores discrepan, al igual que pasa con los yacimientos de Torralba y Ambrona, en Soria (España). Hay menos dudas acerca de los cazaderos del Canal de la Mancha correspondientes al final del periodo (hace unos 200 000 años), donde se han encontrado restos de rinocerontes y mamuts lanudos, megaloceros y osos de las cavernas consumidos por unos humanos casi ya neandertales. (24)
Reconstrucción de una cabaña temporal de ramas excavada en Terra Amata, Niza (Francia). Pudo ser un asentamiento de primavera de hace unos 350 000 años de antigüedad. José-Manuel Benito –
A Homo heidelbergensis se le adjudican los primeros comportamientos de tipo simbólico del género Homo: la acumulación de individuos de la Sima de los Huesos es interpretada como un acto funerario y la posible figurita femenina de Berejat Ram (Israel) es considerada por algunos como un prototipo de las Venus paleolíticas. También se corresponden con su cronología las primeras evidencias claras de asentamientos, como la planta de cabaña de Terra Amata (Francia), con 350 000 años, así como la generalización del uso cultural del fuego, hacia 400 000 AP, aunque de ambos hay ciertos hallazgos anteriores bastante controvertidos (ver más arriba). (22)
África y Asia
A lo largo del Pleistoceno medio se produjo un incremento de la encefalización humana en todo el Viejo Mundo. Hace 300 000 años, los homininos de África alcanzaban los 1400 cm³, un tamaño similar a los de Europa. Los cerebros de los H. erectus del Asia oriental también crecieron, pero algo menos, llegando a tener unos 1200 cm³. (25)
La mayor lentitud en el aumento encefálico y en la tasa de cambio cultural de H. erectus ha llevado a pensar a algunos investigadores que su cerebro tenía una capacidad cognitiva limitada y su función era más bien adaptativa, multiplicando la redundancia neuronal para así resistir mejor la fatiga provocada por el calor. Esta mayor resistencia, junto a otros mecanismos anatómicos de dispersión del calor (glándulas sudoríparas, menor pelaje, etc), le permitirían perseguir a sus presas hasta el agotamiento físico y darles muerte a corta distancia. (26)
Industrias líticas
El Paleolítico inferior, como todos los demás periodos prehistóricos, debe su definición a la presencia de unas tipologías tecnológicas concretas, en su caso líticas. La primera constancia que tenemos de herramientas procede de Hadar (Etiopía) y tendría 3,1/2,5 millones de años: se trata de pequeños núcleos de basalto, cuarcita o andesita que tienen unos levantamientos toscos realizados en una o en ambas caras. Su epónimo olduvayense está relacionado con una de las estaciones clave en el estudio del proceso de hominización: la garganta de Olduvai (Tanzania), donde se ha encontrado una completa sucesión de estratos geológicos con restos arqueológicos que abarcan entre 1,8 Ma y 15 000 años AP. Los niveles más antiguos (Capa I) contienen herramientas olduvayenses, así como fósiles de Paranthropus boisei y de Homo habilis. La Capa II presenta bifaces característicos de la industria achelense. En los estratos más recientes aparecen artefactos fabricados por Homo sapiens. Olduvai es particularmente importante a la hora de interpretar los procesos relacionados con la subsistencia en los primeros tiempos del Paleolítico inferior: gracias al estudio de los restos animales allí encontrados se ha podido determinar que los homininos tempranos obtenían carne mediante el carroñeo.
Olduvayense
El olduvayense es denominado también industrias arcaicas, de los cantos tallados o modo técnico 1. Consiste en útiles tallados mayoritariamente sobre cantos rodados, con lascados que producen piezas nucleares con filos cortantes y esquirlas llamadas lascas, usando elementales técnicas de percusión. Son característicos los cantos tallados mono y bifaciales, las lascas y los núcleos con extracciones desorganizadas. En Europa ha sido denominado Paleolítico Inferior Arcaico.
Bifaz achelense. José-Manuel Benito.
Achelense
El achelense o modo técnico 2 tiene un alto porcentaje de útiles nucleares, como cantos tallados, bifaces y triedros; pero también aparecen utensilios sobre lasca, como hendidores, raederas y denticulados. En Europa ha sido denominado Paleolítico Inferior Clásico y dentro de este se diferenciaron inicialmente una serie de complejos tecnológicos que actualmente no se tienen casi en cuenta, siendo considerados como variantes locales del achelense. Entre estos estilos técnicos estarían:
- Abbevillense
- Micoquiense
- Tayaciense
Durante las fases finales del Achelense se fue extendiendo el uso del percutor blando hasta que se llegó a la talla Levallois, que dio paso a las industrias musterienses y al Paleolítico medio.
El rasgo más característico del Achelense es la aparición de herramientas líticas más elaboradas y estandarizadas que las del periodo anterior (Olduvayense u Oldowan). Si en el modo técnico 1 predominaban cantos tallados simples y lascas sin demasiada planificación, en el Achelense se observa un salto cualitativo: el tallador ya no se limita a obtener filos cortantes de manera inmediata, sino que planifica la forma final de la pieza, trabaja la piedra de manera más sistemática y busca un resultado más equilibrado. Esto implica un mayor dominio técnico, una comprensión más profunda del material y, probablemente, un desarrollo creciente de la inteligencia práctica y de la transmisión cultural.
La herramienta emblemática de esta industria es el bifaz, una pieza tallada por ambas caras, generalmente con forma ovalada o almendrada, que presenta bordes afilados y un diseño relativamente simétrico. El bifaz es un utensilio polivalente, capaz de servir como cuchillo, hacha, instrumento de corte, raspado o incluso como herramienta para desmembrar animales y trabajar madera. Su importancia es enorme porque refleja un nuevo nivel de pensamiento técnico: fabricar un bifaz requiere seleccionar una materia prima adecuada, prever cómo se fracturará la piedra y aplicar una secuencia ordenada de golpes para modelar progresivamente la pieza. La simetría que presentan muchos bifaces no es casual: sugiere que existía una idea mental previa de la herramienta y un deseo de control formal sobre el objeto.
Junto al bifaz, el Achelense incluye otras herramientas típicas como los hendedores (cleavers), útiles robustos con filo transversal, y los picos o piezas apuntadas para tareas específicas. También se producen gran cantidad de lascas, algunas de ellas retocadas, y núcleos trabajados con mayor sistematicidad. El conjunto de herramientas achelenses revela una tecnología orientada no solo a obtener un filo, sino a fabricar instrumentos duraderos, reutilizables y adaptables a diferentes actividades. En este sentido, el Achelense puede considerarse el primer gran sistema técnico humano con una verdadera continuidad cultural.
Un aspecto clave de esta fase es la mejora en la selección y transporte de materias primas. Los grupos achelenses no trabajaban únicamente con piedras recogidas al azar: en muchos yacimientos se observa preferencia por rocas específicas, como el sílex, la cuarcita o el basalto, según su disponibilidad y calidad de talla. Además, en ocasiones transportaban bloques o nódulos desde lugares alejados, lo que indica planificación territorial y conocimiento del entorno. Esto refuerza la idea de que el Achelense está vinculado a una inteligencia práctica más desarrollada y a una relación más estratégica con el paisaje.
El Achelense también está asociado a transformaciones importantes en la forma de vida. Durante este periodo se consolidaron estrategias de subsistencia más complejas, con un mayor aprovechamiento de animales grandes. Aunque durante mucho tiempo se pensó que los humanos achelenses eran sobre todo carroñeros, hoy se considera que combinaban el aprovechamiento oportunista de carroña con formas crecientes de caza y control del territorio. La presencia de herramientas robustas y afiladas facilitó el despiece de animales, el acceso a la médula ósea y el procesamiento eficiente de carne y pieles. Este tipo de dieta, rica en proteínas y grasas, pudo contribuir al aumento progresivo del tamaño cerebral en algunas especies humanas.
En cuanto al contexto geográfico, el Achelense se expandió ampliamente por África y Eurasia, convirtiéndose en una tradición tecnológica casi universal. Se han hallado industrias achelenses en numerosos lugares: África oriental y meridional, el norte de África, Oriente Próximo, el subcontinente indio y grandes áreas de Europa. Sin embargo, no se desarrolló de forma idéntica en todas partes. Existen diferencias regionales en la forma de los bifaces, en la abundancia de ciertas herramientas y en los métodos de talla. Esto demuestra que, aunque el Achelense fue una tradición compartida, también estuvo sujeto a variaciones culturales y ecológicas, dependiendo de las condiciones locales y de los recursos disponibles.
Otro elemento fundamental asociado a este periodo es la progresiva consolidación del control del fuego, aunque su cronología exacta sigue siendo debatida. Algunos indicios sugieren que el uso del fuego pudo comenzar en fases tempranas del Achelense, mientras que otros sitúan su control regular en etapas más avanzadas. En cualquier caso, la domesticación del fuego habría supuesto una revolución profunda: permitió cocinar alimentos, aumentar su digestibilidad, protegerse del frío, ahuyentar depredadores y ampliar la actividad social durante la noche. La existencia de hogares o restos de combustión en algunos yacimientos achelenses sugiere que el fuego se convirtió gradualmente en una herramienta cultural más, tan importante como la piedra tallada.
Desde un punto de vista cognitivo, el Achelense es especialmente relevante porque revela un cambio en la mente humana. Fabricar un bifaz implica coordinar movimientos precisos, imaginar una forma futura y corregir errores durante el proceso. Esto requiere memoria, aprendizaje y una capacidad de planificación que va más allá de la simple reacción instintiva. Además, la continuidad de esta tecnología durante cientos de miles de años sugiere que los grupos humanos transmitían conocimientos de manera estable, probablemente mediante observación directa y aprendizaje dentro del grupo. En cierto modo, el Achelense puede entenderse como una primera gran “cultura tecnológica”, un sistema de saber práctico acumulado y compartido.
No obstante, la extraordinaria duración del Achelense también plantea una paradoja histórica: ¿por qué una tecnología tan eficaz cambió tan lentamente? La respuesta puede encontrarse en la estabilidad ecológica relativa de muchas regiones y en el hecho de que estas herramientas eran suficientemente útiles para sobrevivir. Durante el Paleolítico inferior, las innovaciones no se producían con la velocidad que conocemos en épocas posteriores; la cultura material evolucionaba de manera lenta, pero cuando una técnica funcionaba bien, podía mantenerse durante decenas de miles de generaciones. Por ello, el Achelense no debe interpretarse como un signo de estancamiento, sino como un ejemplo de estabilidad tecnológica adaptada a un mundo donde la supervivencia dependía más de la resistencia y la eficacia que de la innovación constante.
Con el paso del tiempo, especialmente hacia el final del Paleolítico inferior y durante el Pleistoceno medio, comenzaron a aparecer técnicas más avanzadas que prepararon el camino para el Paleolítico medio. En particular, la talla se volvió más especializada y surgieron métodos más eficientes para obtener lascas predeterminadas, como las técnicas que desembocarán en el método Levallois. Este cambio marca el tránsito hacia el llamado modo técnico 3, asociado a las industrias musterienses y a los neandertales en Europa. Sin embargo, durante mucho tiempo coexistieron tradiciones achelenses con nuevas formas de talla, lo que demuestra que la transición no fue brusca, sino gradual.
En conjunto, el Achelense representa una etapa clave de la evolución cultural humana: un periodo en el que la tecnología dejó de ser meramente oportunista para convertirse en un proceso planificado y repetible. La creación de bifaces y herramientas simétricas refleja un salto en la capacidad de abstracción, en la destreza manual y en la transmisión de conocimientos. Su enorme expansión geográfica y su larga duración lo convierten en una de las grandes columnas vertebrales de la historia humana, un capítulo silencioso pero decisivo en el camino hacia sociedades cada vez más complejas. El Achelense es, en definitiva, el tiempo en que la humanidad comenzó a dominar la piedra no solo para sobrevivir, sino para construir una verdadera tradición técnica que acompañaría al ser humano durante cientos de miles de años.
Referencias
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