«El estudio de la filosofía es el más perfecto, sublime, provechoso y alegre de todos los estudios humanos. Más perfecto ciertamente, pues, el hombre, en la medida en que se da al estudio de la filosofía, posee ya de alguna forma la verdadera felicidad.»
Tomás de Aquino, Suma contra los gentiles.
Suma Teológica es un tratado de teología escrito por Santo Tomás de Aquino entre 1265 y 1274, al final de la vida del escritor.
Está formado por un compendio de todas las principales enseñanzas teológicas de la Iglesia católica. Fue pensado como un manual para la formación teológica de los estudiantes de teología más que como una obra apologética destinada a enfrentarse contra los no católicos.
La Suma teológica se divide en tres partes: La primera parte trata de la naturaleza de Dios; La segunda parte trata de la naturaleza del hombre y la tercera parte trata de Cristo, la redención y los sacramentos.
Presenta el razonamiento de casi todos los puntos de la teología cristiana en Occidente. Los temas de la Summa siguen el siguiente ciclo: Dios, la Creación del hombre, la finalidad del hombre, Cristo, los sacramentos y la vuelta a Dios.
La Summa es famosa por sus cinco «pruebas» de la existencia de Dios, que a menudo se denominan Quinque viae («Cinco caminos»).
Suma Teológica de Tomás de Aquino (pdf)
La Suma Teológica de Tomás de Aquino, redactada entre 1265 y 1274, es el intento más sistemático de la cristiandad latina por articular en un solo edificio conceptual la revelación cristiana, la metafísica aristotélica y la tradición patrística. Concebida explícitamente como manual “para principiantes” en teología, no por elemental sino por orgánica y pedagógica, la obra organiza el conjunto de la doctrina en un itinerario que va de Dios a las criaturas y regresa desde la criatura racional a Dios por medio de la vida moral, la gracia, Cristo y los sacramentos. Ese arco, heredero de la pauta neoplatónica de éxitus y réditus, convierte la Suma en algo más que un compendio: es una arquitectura del saber sagrado que aspira a la inteligibilidad interna, donde cada tratado ocupa un lugar funcional en el todo.
El contexto de su gestación explica su programa. Tomás inicia la Suma en el studium dominicano de Roma hacia 1265, continúa durante su segundo magisterio en París (1269–1272) y la prosigue en Nápoles (1272–1274). La universidad parisina vivía entonces la recepción masiva de Aristóteles a través de traducciones y comentarios árabes y judíos; la teología escolástica necesitaba un marco capaz de integrar filosofía natural, lógica y ética con Escritura y Padres. Frente a la dispersión de la enseñanza tradicional basada en las Sentencias de Pedro Lombardo, la Suma propone un orden que avanza por cuestiones, articula objeciones, somete autoridades a examen y distingue niveles de causalidad y de evidencia. La célebre microretórica de cada artículo —objeciones, un “sed contra” que cita una autoridad de alto rango, el “respondeo” como núcleo argumental, y las réplicas— no es un artificio escolar, sino una tecnología de la razón orientada a iluminar el punto de conflicto, jerarquizar causas y conciliar, si es posible, experiencia, razón y texto revelado.
En la Prima Pars, Tomás sitúa los fundamentos: la noción de sacra doctrina como ciencia subalternada cuyos principios proceden de la revelación; la analogía del ser y del lenguaje teológico; la demostrabilidad de la existencia de Dios por vías tomadas del cambio, la causalidad, la contingencia, los grados de perfección y el orden del mundo; la simplicidad, bondad, omnisciencia, voluntad y providencia divinas; la creación ex nihilo, la jerarquía de sustancias separadas (ángeles) y la estructura del compuesto humano de alma y cuerpo. Aquí se fijan categorías decisivas: acto y potencia, esencia y esse, participación, causalidad final. La teología natural de la Prima Pars no agota a Dios, pero muestra que el orden de la naturaleza es legible por la razón y que esa legibilidad, lejos de abolir la revelación, la presupone como su horizonte de plenitud.
Las cuestiones morales se articulan en la Prima Secundae y la Secunda Secundae en torno a la beatitud como fin último del hombre. La felicidad perfecta consiste en la visión de la esencia divina, inaccesible a las solas fuerzas naturales; la ley moral se despliega en cuatro niveles correlativos —eterna, natural, humana y evangélica— y la virtud se entiende como hábito estable que perfecciona potencias. La síntesis tomista de ética de la virtud, teleología y ley natural ha sido una de las partes más fecundas de la Suma: las virtudes cardinales ordenan la vida racional práctica, las teologales (fe, esperanza y caridad) elevan las facultades hacia el fin sobrenatural, los dones del Espíritu disponen al hombre a una docilidad suprarracional, y la gracia —como auxilio creado, sanante y elevante— hace posible aquello a lo que el hombre está ordenado pero que excede su capacidad. La casuística de vicios y pecados, la doctrina del acto humano con sus fuentes (objeto, fin, circunstancias), y la reflexión sobre estructuras sociales —justicia, derecho, propiedad, usura, guerra justa— insertan la moral personal en el bien común. Todo ello presupone una antropología robusta: el hombre como unidad sustancial de alma intelectiva y cuerpo, dotado de libertad como racionalitas appetitiva que elige medios bajo la regla del fin.
La Tertia Pars desplaza el foco al mediador. Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre en la unidad de persona, con dos naturalezas y dos voluntades; la Encarnación responde a la conveniencia de un modo de salvación que reconcilia justicia y misericordia; la redención se explica en clave de satisfacción y mérito de la cabeza por los miembros. La sacramentología corona la economía salvífica: los sacramentos, signos eficaces que causan la gracia ex opere operato como instrumentos de la humanidad de Cristo, confieren carácter cuando corresponden, vinculan a la Iglesia y ordenan la existencia hacia la caridad. La Eucaristía, con la doctrina de la transubstanciación en clave hilemórfica, ocupa el lugar central; Bautismo y Penitencia se tratan con minucia en su materia, forma, ministro, efectos e impedimentos. La Suma queda inacabada en 1273, tras la experiencia mística de Tomás, y sus discípulos completan la parte final con el llamado Suplemento, extraído del comentario a las Sentencias, donde se abordan matrimonio, órdenes y los novísimos.
Metodológicamente, la Suma se sostiene sobre una teoría del conocimiento que evita el fideísmo y el racionalismo. La razón natural, iluminada por los primeros principios del ser y del no ser, puede demostrar ciertos preámbulos de la fe; la fe, como virtud teologal, asiente a verdades reveladas por la autoridad de Dios; la teología, como ciencia, procede por deducción a partir de esos artículos de fe bajo la guía de la razón, y recurre a la analogía para hablar de Dios sin univocidades reductoras ni meras equivocidades. La autoridad de Aristóteles, de Agustín, de Dionisio y de los comentaristas árabes y judíos es constante, pero jerarquizada: la Escritura y la Tradición son norma remota, la razón es instrumento, la filosofía sirve a la teología como mano de obra que prepara y defiende. De ahí la ductilidad con que Tomás discierne: asume la física y la psicología aristotélicas, pero corrige desde la doctrina de la creación; acoge la teoría de la virtud como hábito adquirido, pero la eleva con virtudes infusas; integra el ius gentium y la lex humana, pero los subordina a la ley natural y al fin sobrenatural.
La ambición sistemática no elimina el lugar del misterio ni la prudencia hermenéutica. Allí donde la razón tropieza con límites de principio —Trinidad, Encarnación, Eucaristía— el método no abdica, sino que delimita, expone razones de conveniencia, deshace contradicciones aparentes y muestra que fe y razón no se niegan, porque versan de manera diversa sobre el mismo real. En claves más operativas, la Suma sabe detenerse en detalles pastorales sin perder altura especulativa: el ritmo de la vida sacramental, los tiempos de penitencia, la distinción entre consejo evangélico y precepto, las condiciones de la corrección fraterna, la tensión entre secreto de confesión y bien común, el estatuto moral de la mentira o del juramento, la tipificación de la usura o de la guerra. Esa atención a la “cosa menuda” revela la vocación docente de un dominico que escribe para formar conciencias, no solo para resolver aporías académicas.
La recepción de la Suma confirma su estatuto canónico. Ya en el siglo XIII circula en los studia como referencia mayor, pese a las fricciones suscitadas por la recepción de Aristóteles y a las condenas parisinas de 1277, cuyo alcance sobre Tomás la historiografía ha matizado. En la época tridentina su moral y su sacramentología se vuelven matriz de manuales; en la modernidad, su teoría de la ley natural alimenta tradiciones iusnaturalistas y debates sobre derecho y política; en el siglo XIX, la encíclica Aeterni Patris de León XIII promueve el tomismo como filosofía perenne; en el XX, la lectura histórico-crítica de Gilson y Maritain, y luego los diálogos con la fenomenología y la analítica, reabren la Suma como repertorio vivo más que como sistema cerrado. Que Tomás dejara de escribir tras su experiencia de 1273, diciendo que todo le parecía “paja” ante lo visto, no desacredita su construcción intelectual: subraya, en clave agustiniana, que la teología es scientia viatoris, un saber de caminantes cuya perfección está en el término.
La tesis que la obra sostiene puede formularse así: la vida cristiana es inteligible como retorno de la criatura racional a su principio, y esa inteligibilidad requiere una metafísica realista del ser, una antropología de la potencia y el hábito, una ética teleológica de virtud y ley, una economía sacramental que cause lo que significa, y una cristología que mantenga sin confusión ni separación la unión de Dios y del hombre. Por eso la Suma organiza su materia en un orden de causas y fines donde cada parte prepara la siguiente: el Dios simple y creador funda la creación jerárquica; la criatura racional, hecha a imagen de Dios, halla su fin en la visión; la ley y la virtud ordenan su obrar; la gracia sana y eleva; Cristo media eficazmente; los sacramentos aplican la redención; el juicio cierra el arco. Si la modernidad ha fragmentado muchas de esas conexiones, la Suma sigue siendo, en su rigor y sobriedad, el mapa más completo de un universo intelectual en el que fe y razón no compiten por el mismo territorio, sino que colaboran para decir con verdad lo que es y lo que salva.