«Las Navas de Tolosa. La batalla del castigo», de Francisco García Fitz. Madrid, Desperta Ferro Ediciones, 2024, 664 págs. ISBN: 978-84-128068-0-9
«Las Navas de Tolosa. La batalla del castigo» es una obra del historiador Francisco García Fitz que analiza en profundidad la batalla ocurrida el 16 de julio de 1212 en Sierra Morena, donde un ejército cruzado liderado por Alfonso VIII de Castilla se enfrentó al califa almohade Muhammad al-Násir. El libro no solo detalla el desarrollo táctico del enfrentamiento, sino que también examina los recursos bélicos, institucionales, organizativos e ideológicos de ambos bandos, situando la batalla en el contexto político y estratégico de la época. García Fitz destaca cómo esta confrontación marcó un punto de inflexión en las relaciones entre musulmanes y cristianos en la península ibérica, siendo considerada por los cronistas cristianos como una venganza por la derrota en Alarcos y por los musulmanes como la «causa de la ruina de al-Ándalus». La obra ha sido actualizada en 2024 para incluir los principales resultados de las investigaciones realizadas desde su primera edición en 2005, ofreciendo una visión renovada y más completa de este acontecimiento histórico.
«Las Navas de Tolosa. La batalla del castigo» proporciona un análisis exhaustivo de una de las batallas más significativas de la Edad Media en España, explorando tanto sus aspectos militares como su impacto político y social.
Fuente: Despertaferro Ediciones
Índice y más información 🔍:

Anexo: Las Navas de Tolosa y el paradigma bélico medieval. Una “batalla buscada”
La voluntad de ir al encuentro no podía ser más clara y todavía volvería a mostrarse una vez más cuando, dificultada por el Paso de Losa la bajada desde la cumbre hasta el lugar donde se encontraba el campamento almohade, Alfonso VIII se negó a dar la vuelta y concluir la campaña, como algunos sostenían, o a retroceder y localizar un nuevo paso, en este caso por el riesgo de que lo suyos lo interpretaran como una retirada y se produjera una desbandada. A esas alturas, tal como las cosas habían evolucionado, buscar el choque masivo había dejado de ser una elección para convertirse en una necesidad: “ad eos necesse ut eamus. Sicut autem fuerit uoluntas in celo, sic fiat”, declaró solemnemente el rey de Castilla. ( “Es necesario que vayamos hacia ellos; pero que se haga según la voluntad del cielo.”).
En consecuencia, puede concluirse que, una vez puesto en marcha, el ejército cruzado buscó la batalla de manera decidida, evitando los retrasos en la medida de lo posible. Pero, como apuntábamos en anteriores párrafos, no siendo este un comportamiento cotidiano en los usos militares de la época, sin embargo no era del todo desconocido y los especialistas se han encargado se mostrar y analizar algunos ejemplos de “batallas buscadas”. Lo que resulta extraordinario en Las Navas, pues, no es que una de las partes buscara el choque frontal, sino que toda la campaña se proyectase, desde el primer momento, para alcanzar esta meta.
Unas décadas después de la batalla, al rememorar los antecedentes inmediatos de la batalla de Las Navas de Tolosa, Lucas de Tuy aludía a la repoblación de la villa de Moya, “in confinio barbarorum”, por parte de Alfonso VIII, y señalaba este hecho como la causa directa de la ruptura de la tregua hasta entonces existente entre almohades y castellanos, ruptura que provocaría la posterior campaña musulmana contra Salvatierra en 1211 y, como respuesta a esta, la cruzada de Las Navas en 1212. La repoblación de Moya tuvo lugar, pues, en 1210 y según el cronista leonés el ánimo del rey de Castilla al tomar esta iniciativa no era otro que “tener ocasión de librar una batalla con los sarracenos, con los cuales en aquel momento estaba en paz”. La expresión utilizada por Lucas de Tuy –”gerendi prelium cum Sarracenis”; “emprender la guerra contra los sarracenos”– no deja lugar a dudas: Alfonso VIII quiso romper la tregua y provocar la guerra contra los musulmanes, y ya entonces –en 1210– su plan no era otro que dirimir el conflicto mediante una batalla campal.
Se podría argumentar que Lucas de Tuy interpretaba los hechos de 1210 a la luz de lo ocurrido en el verano de 1212, pero existen suficientes testimonios fiables para afirmar que, en efecto, esta última campaña fue organizada, desde el momento mismo en que fue concebida, con el objetivo de derrotar al ejército almohade en un choque en campo abierto. Así se lo indicó Alfonso VIII al papa Inocencio III a finales de 1211, cuando le informó de su proyecto de emprender una campaña contra los musulmanes en la siguiente primavera. No nos ha llegado el testimonio directo del rey de Castilla, pero sí el del pontífice quien, al dirigirse a los obispos franceses para que predicasen la cruzada en sus respectivas diócesis –un documento fechado el 31 de enero de 1212– aludía, sin ambigüedad alguna y recogiendo la voluntad que el rey le había expresado, a las intenciones de este de luchar contra sus enemigos en un batalla campal –”campestri bello”–. Esta era la única manera, a juicio del rey, de detener a los musulmanes, para lo cual había señalado a la octava de Pentecostés como momento del encuentro –“campestre illis bellum indixit”–, “prefiriendo morir antes que ver que se hace daño al pueblo cristiano”:“Attendens ergo prefatus rex [Alfonso VIII], [quod] nisi eis campestri bello fortiter resistatur, ipsi [los almohades] tum propter innumerabilem multitudinem personarum, tum propter irruptionem machinarum durissimam, universas munitiones sue possint nefande sublicere ditioni, campestre illis bellum indixit in octavis Penthecosten proximo adfuturis, eligens mori potius quam christiane gentis mala videre”. “Por tanto, el mencionado rey Alfonso VIII, considerando que, si no se les hacía frente con valentía en una batalla campal, ellos [los almohades], tanto por la innumerable multitud de hombres como por el durísimo ataque de sus máquinas de guerra, podrían someter impíamente a su dominio todas las fortalezas de su reino, les declaró la guerra en campo abierto en la octava de Pentecostés próxima, eligiendo morir antes que ver los males de la gente cristiana.”Cuatro días después de que enviara este llamamiento a los obispos franceses y provenzales, el Papa le comunicaba al rey de Castilla que ya había cursado la petición de ayuda y, una vez más, se refería a la voluntad del monarca de librar una batalla campal contra los musulmanes en la próxima octava de Pentecostés: “cum sarracenis in octavis Penthecosten proximo adfuturis campestre bellum indixeris”. “cuando declares la batalla campal contra los sarracenos en los días posteriores a Pentecostés”.
Además, algún indicio permite sospechar que en el curso de la predicación de la cruzada los propagandistas hicieron expresa mención a la batalla como objetivo último de la campaña, razón por la cual aquellos que se adhirieron a la expedición conocían perfectamente cuál era la meta propuesta antes incluso de que la campaña se pusiera en marcha: eso explicaría, por ejemplo, que un mes antes de que los cruzados se reunieran en Toledo –el 2 de abril–, un caballero al que el documento llama Peregrinus hiciera testamento ante la posibilidad de morir durante la guerra “o en cualquier momento hasta la culminación de la batalla” –”si ego in hoc bello finiero, vel usque ad transactum praelium–”. “si yo muriera en esta guerra, o hasta que la batalla haya terminado…”
Más explícito aún, una de las razones que adujeron los cruzados ultramontanos que abandonaron la expedición tras la toma de Calatrava fue que ellos habían ido a la guerra contra el rey de Marruecos “según a ellos les fue predicado”, y que como aquel no hacía acto de presencia –por tanto, si no había posibilidad de enfrentarse a él en un duelo campal–, preferían volver a sus patrias: “quod ad bellum uenerant contra regem Marroquitanum, sicut eis fuerat predicatum, quem cum non inueniebant, uolebant modis omnibus repatriare”. “que habían venido a la guerra contra el rey marroquí, tal como se les había predicado, y como no lo encontraban, querían de todas las maneras regresar a su patria”.Hay que reconocer, pues, que en el “universo” de las cruzadas la de Las Navas representa un caso insólito. Es necesario reproducir, a este respecto, un párrafo verdaderamente antológico de Martín Alvira Cabrer:“En la cruzada de 1212 no hubo una Jerusalén que recuperar, ni un Egipto que conquistar, ni una Provenza herética que purificar y someter; ni siquiera hubo una intención explícita de conquista territorial sobre los musulmanes… Así pues, la cruzada de Las Navas de Tolosa comenzó y terminó como se había concebido en septiembre de 1211: como una empresa dirigida a librar una batalla campal en la que destruir el potencial bélico almohade. Fue la batalla y sólo la batalla el motivo que bastó para movilizar a buena parte de la Cristiandad en 1212. En este sentido, la campaña que culminó en Las Nava de Tolosa es, seguramente, la primera y la única cruzada de la Edad Media cuyo objetivo explícito fue librar una batalla campal”.Pero si lo ocurrido en Las Navas resulta insólito en el marco general del movimiento cruzado, no menos lo es en el contexto de los usos bélicos de la época. Incluso aceptando la necesidad de modificar el llamado paradigma Gillingham en el sentido propuesto por sus críticos, esto es, admitiendo –aunque sea matizadamente– que, como dice Rogers, “at least some medieval commanders did view battle as one of the main weapons in their strategic arsenals”, y que “we must rank direct battle on the same plane with siege and devastation as one of the main tools of the strategists of the Middle Ages”, o aceptando que, como sostiene Monteiro, “devemos, desde já, estar disponíveis para aceitar a batalha campal não como um corpo estranho no exercício da guerra medieval, mas antes como um entre outros recursos de que dispunham os respectivos generais, e como um recurso de extraordinário valor”, habrá que reconocer al menos una evidencia: al contrario que la mayor parte de las batallas de la época –no nos atrevemos a decir que todas–, la de Las Navas, tal como fue concebida por Alfonso VIII, no fue consecuencia de una decisión táctica adoptada a la vista del enemigo con el objetivo de alcanzar un objetivo estratégico diferente, tal como obligarle a levantar un asedio, impedir una invasión o atajar una cabalgada. Así fue, ciertamente, en las batallas de El Cuarte, Uclés, Alarcos, Porto Pí, El Salado, Nájera o Aljubarrota, por recordar únicamente algunas ocurridas en el ámbito hispánico.John Gillingham ya advirtió de que el hecho de que un comandante estuviera tácticamente dispuesto a arriesgarse en una batalla no significaba que estuviera desarrollando una estrategia de búsqueda de la batalla o, dicho de otra manera, que en un momento determinado de una campaña un dirigente se decidiera a ofrecer o a amenazar a su enemigo con una batalla no quería decir que se hubiera embarcado con el objetivo de librar una batalla80. Señala Andrew Villalon, al hilo de las ideas de Gillingham, las dificultades que tienen los especialistas para conocer el pensamiento estratégico o las verdaderas intenciones de un comandante y saber si cuando iniciaba una campaña lo hacía realmente decidido a luchar en una batalla, añadiendo que para etiquetar a un comandante medieval como “buscador de batallas” sería necesario algo así como “a written, strategic plan” de la campaña: “Unfortunately [concluye], few if any, such “smoking gun” documents survive from the Middle Ages. In fact, in probability few, if any, ever existed”.Y, sin embargo, esto último, o al menos algo muy similar, es lo que encontramos al analizar el plan de campaña de Alfonso VIII –expresamente explicado al Papa y, a través de los predicadores, a los cruzados–, y al estudiar el desarrollo de sus movimientos durante la campaña. Para Alfonso VIII la batalla no fue un último o inevitable recurso para derrotar a sus enemigos, como sostiene el paradigma Gillingham, ni tampoco uno entre otros posibles, como matizan sus críticos, sino que fue el primero y el único. Si el comportamiento militar del califa almohade encaja perfectamente en la ortodoxia bélica de la Edad Media, por el contrario tal como proyectó y llevó a cabo la empresa el rey de Castilla, planteada al modo clausewitziano con el objetivo estratégico de liquidar de una sola vez en campo abierto el potencial militar de sus enemigos, la expedición que culminó en Las Navas está fuera de rango y no se atiene a ningún paradigma: que sepamos, nunca antes y nunca después, al menos en el ámbito peninsular, se había proyectado y buscado tan conscientemente el combate directo y masivo como instrumento para dirimir un conflicto armado.Las Navas de Tolosa y el paradigma bélico medieval1Francisco García Fitz. Universidad de Extremadura.1. Este trabajo se ha realizado en el marco de los proyectos de investigación FFI2012-31813 y HAR2012-32790 del Ministerio de Economía y Competitividad y forma parte de las actividades del Grupo de Investigación HUM023 del catálogo de Grupos de Investigación de la Junta de Extremadura.Imagen, detalle de folio del Códice Rico de las Cantigas de Alfonso X


